Cuentos de la niebla

Porqué “cuentos de la niebla”.

Siempre nos ha fascinado, la capacidad que tiene la niebla de transformar las cosas, las “realidades”.  Nos oculta paisajes conocidos, familiares a nuestros sentidos, nos obliga a usar nuestra intuición, ser fieles a la brújula y seguir adelante pletóricos de FE.

Muchas veces cuando transitamos por las nieblas de nuestras mentes, encontramos esos claros, esos oasis que se abren en otros mundos, esos que queremos ir creando.

Otra vez la niebla que viene desde la mar, nos transporta a otra dimensión, la dimensión del Amor, la Paz y la Alegría.

 

Relato breve: Tormenta en la mar

Si bien no sale de la niebla auténtica, si sale de la niebla del tiempo, con fuerza y lleno de la carga de sentimientos con los que vivimos esos momentos.

Relato breve de una historia pasada pero que dejó su impronta en nuestras vidas. Bueno como casi todas las historias que recodamos.

Luna nueva de Virgo de 2015.

La tormenta en la mar.

Habían pasado ya 10 días de la partida del puerto de Montevideo del moto vapor Julietta, el enorme “congelador” griego de 170 metros de eslora y 35 de manga, con destino a los puertos de Ileus, Bahía, Génova, El Pireo y Haifa.

Diez días que llevábamos bajando por la costa de América del Sur, rumbo norte. Ya habíamos pasado la Punta Fría en el atlántico Golfo de Santa Catalina, sumergidos profundamente en una niebla densa que sólo la quilla del Julietta era capaz de cortar con precisión quirúrgica.

Después de haber dejado la hermosa ciudad de Ileus, en unas horas de navegación llegaríamos a Salvador de Bahía.

Así fue como al llegar a la bocana del puerto de Salvador Bahía, las máquinas del Julietta se detuvieron y en un quejido de eslabones la pesada ancla tocó fondo, 20 metros de profundidad indicaba el sonar. Por la radio, escuchaba la voz del práctico del puerto de Bahía, que entre portugués e inglés decía algo así como “euuu, iulieta iullieta….güelcom tu Salvado da Bahía”, después explicaba que por el intenso tráfico, deberíamos permanecer unas horas anclados hasta esperar turno de entrada.

Mientras sucedía toda esta conversación, aproveché para salir al exterior del puente de mando y me puse a mirar la hermosa ciudad de Salvador de Bahía. Nunca había visto tantas cúpulas de iglesias juntas. Después al recorrer la ciudad llegué a la conclusión que debería de ser la ciudad con más fe católica del mundo, calles enteras con iglesias una al costado de la otra, en algunos casos algún vetusto edificio del siglo XIX, interpuesto tímidamente en medio. Algunas de estas iglesias, con protección policial en la puerta, debido a las reliquias de oro y plata que conservaban en su interior. Esto contrastaba enormemente con los niños descalzos y flacos que correteaban por las calles empedradas de la ciudad “vieja”, esa que Jorge Amado define “con azulejos portugueses y su gracia antigua”.

Mientras la miraba desde el puente, pensaba que en unas horas, el Julietta estaría amarrado tal vez en el mismo muelle en que estuvo el “Itta”, el mítico transatlántico magistralmente pilotado por Vasco Moscoso de Aragón, capitán de altura, inmortalizado por Jorge Amado en “Los viejos marineros”.

Pero el pensamiento que predominaba en mi en esos momentos, era que la ciudad de Salvador de Bahía, “con sus azulejos portugueses y su gracia antigua”, sería la última ciudad americana que vería en este viaje antes de “sumergirme” en el enorme Océano Atlántico, que guarda bajos sus aguas las montañas más altas del planeta, la Cordillera Atlántica, y tal vez pasaría volando sin ver las míticas ciudades del continente perdido de la Atlántida. Serían unos cuantos días de travesía hasta entrar al Mediterráneo por las Columnas de Hércules……..

La espera de estar anclados a las afueras del puerto de la ciudad de Salvador de Bahía, que en principio era por unas horas, comenzó a alargarse. Tanto se alargó que al final estaríamos girando sobre el ancla a merced de las mareas y corrientes marinas más de un día. Es que llegamos la tarde del 7 de diciembre y el día 8, es festivo en todo Brasil. Día que se conmemora o se celebra a la hermosa Diosa Iemanjá, con su deslumbrante vestido azul surgiendo de las aguas de la mar. es una de las diosas-madre más importante de la religión del Umbanda brasilero. Tiene millones de seguidores convirtiéndose en un verdadero estilo de vida de este pueblo americano, que sin duda puede presumir de la maravillosa mezcla de culturas que lo componen.

Los antiguos y lejanos dioses africanos, que venían ocultos en los miles de corazones de los esclavos, arrancados por la fuerza de sus tierras, en un tráfico y negocio infame y cruel. Esos dioses de caoba, mestizos, se fusionan con los santo y vírgenes “legales”, “autorizados”de la religión católica, imperante y oficializada en toda América. Así tenemos a San Jorge como Ogúm, San Marcos como Xangó,…. e Iemanjá como Nuestra Señora de los Mares. Cuando me enteré de esta última, en mi corazón y mente surgió una plegaria para que la travesía del Atlántico y parte del Mediterráneo fuesen sin peligro.

Esa noche, cálida y húmeda del trópico, veía desde la cubierta del Julietta, miles de luces que iluminaban las playas colindantes al puerto, eran las pequeñas barcas construidas en madera. de unos setenta u ochenta centímetros, que los bahianos, vestidos escrupulosamente de blanco inmaculado, hombres y mujeres, estas con pañuelos blancos también atados en la cabeza, adentrándose hasta la cintura en la mar, dejaban ir llenas de las ofrendas de frutas tropicales y flores blancas, iluminadas por velas que la leve brisa tropical no apagaba. También nos llegaba de las playas el sonido de los cánticos y tambores con un sonido extraño, entre plegaria y lamento que se mezclaba con el aire cálido y las aguas tibias del Atlántico tropical.

No se cuantas horas pasaron de dejarme ir y fundirme en la atmósfera mágica y mística que se respiraba en varios kilómetros a la redonda, haciendo resplandecer a la ciudad de Salvador de Bahía con sus azulejos portugueses y su aire antiguo, hasta que una suave música griega, calmada y nostálgica que habían puesto unos marineros para escucharla, me transportó de nuevo a la metálica cubierta del Julietta.

Uno de los marineros que escuchaban la música, se acercó a mi, traía en su mano una libreta tamaño cuartilla con anillas y una birome, para mi todavía no existían los bolígrafos, con una franca sonrisa, me dice algo en griego, al ver que no entendía nada, me suelta algunas palabras en inglés, castellano, italiano y no se que más. El hecho es que de aquel puzzle de palabras en diferentes idiomas, extraído seguramente del mejor diálogo de los ocupantes de la torre de Babel, pude descifrar lo que quería el marinero que hiciera. Quería mandarle una carta romántica a una chica que había conocido en Buenos Aires, durante los días en que el Julietta había estado cargando pero como él no sabía ni hablar y menos escribir en castellano, me pedía a mi, que le hiciera el favor de escribir algo bonito para Ana, la chica bonaerense de la cual se había enamorado. Eso si tenía que escribirlo en letra de imprenta, así él podía copiarla sin problema y las palabras de amor quedarían grabadas con su trazo. Entre sorprendido y contento, tomé rápidamente la libreta y la birome. Le pregunto si tenía alguna preferencia y su respuesta es: “molto fengári, molto zálazar”. Traducido más o menos quería decir que pusiera cosas románticas que hablaran de la luna, de la mar.

Acostumbrado como estaba a escribir cartas, de amor y de amistad, cosa que siempre me había gustado, hasta hoy día, no me costó mucho en hacer una carta a una muchacha de la cual un marinero errante se había enamorado y que le quería trasmitir que no la olvidaba, que no era él un pasajero amor de los dejados en tantos puertos. No hice copia de lo que escribí, pero evocando el jardín de los recuerdos, que todos cultivamos en nuestros corazones, creo que tal vez comenzaba como algo así: “Querida Ana, hace días que el motovapor Julietta navega siguiendo la costa de América. Hoy al acabar las tareas diarias del barco, me siento en unos cabos que están en la cubierta a ver salir la luna llena elevándose sobre el Atlántico tropical. Al despegarse del horizonte para empezar a volar como una cometa de luz sobre el cielo estrellado, deja caer a los costados dos gigantescas lágrimas que se unen a la mar, ahora entiendo porqué la mar es salada, seguro que es de tantas lágrimas que vertió la luna.

Al ir elevándose deja una senda de plata sobre la mar, la senda por la cual nuestros corazones transitaran firmes para encontrarnos en la hermosa luna……..” puse más cosas, que ahora no recuerdo al igual que el nombre del marinero que me pidió escribiera esa carta, sé que concluía que lo esperara para dentro de seis o siete meses, cuando el Julietta dejara otra vez el Mediterráneo y empezara a subir desde el norte la costa de América, rumbo a los grandes mares del Sur, en donde el cielo marca el sur magnético con una gigantesca cruz de estrellas. 

A partir de ahí ya desconozco si Ana esperó a su marinero griego enamorado y si el Julietta regresó al Río de la Plata. Bueno el hecho es que yo quiero pensar que efectivamente Ana y el marinero griego acabaron viviendo su amor en algún lugar de América o a lo mejor en el Peloponeso o en una pequeña isla del Egeo, que puestos a soñar podría ser Ítaca y los dos regresaron a casa, la casa del amor.

Dejé a aquel marino que me agradecía con sonrisas y apretones de mano, copiando con su mano las letras de imprenta que había escrito en la libreta. Lo hacía en una hoja especial que tenía, un folio de color crema. Mañana si entrábamos a puerto, en un rato libre iría corriendo a la oficina de correo de Salvador de Bahía y enviaría “nuestra” carta a Ana que la esperaba en Buenos Aires.

Al otro día, a las cinco de la mañana ya estábamos levantados disfrutando de los tremendo desayunos griegos, huevos fritos con panceta, café, zumo de naranja y tostadas con mermeladas y quesos.  Al acabar y salir a la cubierta, veo que estaban moviendo las cuatro grúas que tenía el Julietta, dos a babor y dos a estribor. La colocaron a modo de soportes apuntando al centro del barco, luego desenrollaron una enorme lona, la cual utilizaban para cubrir posibles contenedores que cargaran en la cubierta y a modo de gigantesco toldo, lo sujetaron a las puntas de las grúas, que estas tensaron. Le pregunto al cocinero argentino de origen polaco para qué hacía este montaje, para mi alegría, me dice que sacarán 5 o 6 corderos de los que llevábamos “enfriados” rumbo a Italia y con una grandes barbacoas que tenía el barco los asaríamos para comerlos. Claro de tres mil quinientas toneladas de corderos no se notarían cien o doscientos kilos.

La fiesta fue impresionante, eso si, sin gota de alcohol, porque las normas eran que sólo se podía beber alcohol cuando el barco estuviera bien amarrado a un muelle, el ir dando vueltas sobre el ancla, era considerado “navegando”. Pero protegidos por el enorme toldo del vertical sol del trópico, y acompañados por música de Theodorakis que salía de los altavoces que tenía el Julietta para comunicar el puente con la tripulación en los momentos de atraque, partida o carga y descarga, el aire tibio y la mar turquesa en la que flotábamos, todo eso con el olorcito a los corderos bien asados, daba un ambiente de camaradería y alegría compartida que hoy al cabo de treinta y siete años me traen una sonrisa de placer a la cara.

Despertando al otro día, siento el rugiente ruido metálico del ancla que se elevaba, las máquinas del Julietta se ponen en funcionamiento, listas para mover la inmensa mole de hierro flotante.

Me apresuro a subir al puente de mando. Utilizando unos prismáticos, miro con atención una pequeña lancha que venía veloz hacia el barco. Según me indica el capitán, medio en griego, medio en inglés, es la lancha del práctico del puerto de Salvador de Bahía, o sea la persona que por sus conocimientos, de los canales de acceso al puerto, guía a los barcos hasta su muelle de destino.

En pocos minutos, la lancha está pegada al Julietta, protegida por sus defensas para evitar que un golpe de mar la destrozara contra la montaña de hierro del barco. Dos marineros arrojan desde la cubierta una escalerilla de cabos y escalones de madera bien unidos por las cuerdas, para que el práctico sortee los quince metros que separan su pequeña lancha de la cubierta del Julietta.

Una vez en el puente y con la autorización del capitán, el práctico da las coordenadas del rumbo, hacia la bocana del puerto, al primer oficial, este las trasmite por escrito al timonel, que cosa que me pareiía muy curiosa, este nunca ve la mar, sino que está “encerrado” en una cabina con un cristal en la puerta lateral, al fondo del la “sala” del puente. Dentro de esa pequeña cabina está un enorme y resplandeciente timón metálico, en la pared de delante del timón un semicírculo metálico con grados marcados partiendo de cero, en el medio, a derecha e izquierda. En el cero una enorme “punta de flecha”, que se movía de acuerdo los giros del timón. El timonel, que estaba de pie, por eso era relevado cada dos horas durante la navegación, sólo tenía que poner la flecha girando el timón, de acuerdo a lo que había escrito el oficial de guardia en ese momento.

Yo estaba maravillado, nunca había visto como funcionaba uno de los grandes barcos que no me cansaba de mirar, tal vez premonitoriamente, cuando surcaban el horizonte por La Paloma, rumbo, ves a saber dónde. Entonces pensaba si tal vez me hubiera visto pasar en el Julietta, el Capitán Domínguez, padre de mi amigo Diego, desde su singular casa en La Paloma, aquella que la había hecho de tal manera que cuando subía la marea, no se podía entrar o salir por tierra de ella. Capitán, que seguro esta su espíritu allí, que se casó con aquella hermosa bailarina de ballet clásico, y que una repentina fiebre, lo desembarcó para siempre en una lejana playa del Caribe. En cuerpo nunca más volvió a la casa de La Paloma, pero doy fe, que su espíritu está allí, porque cada noche se enciende la luz del comedor que da al jardín, desde donde se puede pescar como si fueses en un barco. Bueno pero eso pertenece a otra historia, ya que El Capitán Dominguez bien se merece un capítulo aparte.

Con un potente toque de bocina, el Julietta se pone en movimiento, el práctico regula la velocidad con la enorme palanca que está en el puente. Los gigantescos pistones que hacen girar el cigüeñal y este las hélices de más de cuatro metros comienzan a hacer su clásico ruido de tambor, pero con golpes muy espaciados, lo que quiere decir de vamos a la velocidad más lenta.

Pasamos los espigones que protegen el puerto, varios muelles con barcos atracados nos miran atentamente. Veo que dos potentes remolcadores, se ponen una a cada costado del Julietta. Al enfrontar un extenso muelle donde se veían por lo menos cinco grandes cargueros amarrados, veo que hay un gran hueco entre ellos, de unos doscientos metros, el mínimo para poder amarrar al Julietta con seguridad. Al acercarnos al “hueco”, el remolcador de la izquierda se coloca delante del barco. Las máquinas quedan a relantí y el práctico, comienza a frenar el barco invirtiendo el giro de las hélices. Los remolcadores ayudan a quitar la inercia que traía el Julietta y lo empiezan a empujar de costado, dirección al muelle. Veo unos enormes neumáticos que cuelgan del muro de piedra del muelle a modo de defensas, para amortiguar posibles golpes y evitar daños al barco.

A los pocos metros, los marineros del Julietta, lanzan a tierra unos cabos que son recogidos por estibadores del puerto y a modo de lazo colocados en el férreo cuello de las amarras que daban a proa y popa. Los motores que enroscaban los enormes cabos de amarras, tiran con fuerza y acaban de arrimar al Julietta a su muelle.

Una vez la escalerilla nos une con tierra firme, las máquinas de navegar se acallan, y comienza un intenso trajín de gentes, que suben al barco, eran los tratantes de las cargas que esperaban al Julietta. En Bahía, cargaríamos miles de toneladas de cacao con rumbo a Israel.

El primer oficial, nos dice amablemente que podemos descender del barco y recorrer la ciudad, eso si, nos advierte que tomemos buena nota de la hora de partida del barco, que estaría apuntada en una pizarra a pie de la escalerilla. Atentos porque llegada la hora indicada, el barco partiría, con o sin los que hubiésemos bajado. El barco nunca esperaba a nadie.

Una vez ubicados por dónde se ha de salir del puerto, empezamos una larga caminata a lo largo del muelle, entre barcos de todos los tamaños tiempos y cuidados. El sol del trópico ya nos dejaba sin sombra y el calor era muy agobiante. Pero todo era tan nuevo a mis ojos, que un poco de calor bien valía pagarlo como precio.

Al llegar a los controles de salida o entrada del puerto de Salvador de Bahía, dos soldados negros de la policía militar, no nos olvidemos que en aquellos años toda América estaba muy convulsa, nos detienen, muestro la carta de embarque de el Julietta, todo está en orden, pero uno de ellos, el más joven, me pregunta que era eso que llevaba abrazado con el brazo izquierdo. No conocía lo que es el mate, estaba sorprendido por el mate en si y el termo. Acto seguido, el otro soldado, entre risas, le explica que yo era “un patricio del sur”, que en el estado de Río Grande do Sul, era la bebida del “gauxos”. El otro se ruboriza de su ignorancia y me pide que se lo deje ver. Le digo si quiere tomar uno, pero le advierto que no le gustará porque es terriblemente amargo. Le aviso que si decide a tomarlo, lo ha de acabar, que un mate no se puede dejar a medias. Ante la duda, mi seriedad y las risas de su compañero, decide con una sonrisa decirme que no, que si algún día va a Río Grande, ya lo probará.

Me dirijo a la parte antigua de la ciudad, sintiendo, casi acariciando las calles empedradas consciente que serían las últimas calles que pisaría de mi amada América, Abya Yala, tal vez para siempre o por lo menos por mucho tiempo.

Estaba a 4.000 kilómetros de mi Montevideo natal, pero sabía que todavía ahí podía regresar caminando, una vez zarpara el Julietta, no habría marcha atrás.

Después de recorrer la ciudad tan hermosa de Salvador de Bahía, con sus cientos de iglesias y los platos de “feijoadas” que te vendían en la calle o los tragos de caipiriña que te ofrecía, imposible de beber esa temible aguardiente con el calor que hacía, decido volver con tiempo prudencial al Julietta.

De pronto en una gran plaza, me encuentro con un gran cúmulo de gente, que observaban en el centro a dos hombres que interpreté estaban peleando. A punto estuve de tomar otra dirección, para evitar posibles contratiempos, pero al ver entre las gentes unos cuantos cascos blancos de las letras PM pintadas, y al ver que estos no intervenían sino que eran unos espectadores más, decidí acercarme. Ahora el ignorante de cultura americana era yo, los chicos aquellos bailaban capoeira, una danza de origen africano, que en un principio era como un arte marcial. Cuando empiezan a sonar los tambores siguiendo el ritmo del birimbao, me quedo extasiado. Otra de las cosas que no había visto en los 23 años de vida.

Al salir de la plaza, dos mujeres negras, vestidas de blanco inmaculado, junto con sus graciosos pañuelos blancos atados a la cabeza, se me acercan, no se si por el mate, el cual era mi cartel identificativo que no era de ahí, o porque me querían preguntar algo, me hablan en dialecto bahiano, mezcla de muchas lenguas, les digo que me perdonen pero no les entiendo nada, con una sonrisa hago el gesto de girarme para seguir mi camino y una de ellas me regala dos collares de cuentas pequeñitas, uno de colores celeste y blanco y el otro de verde y rojo. Les digo que no los quiero comprar y me hacen entender que son para mi, que no quieren dinero. Me los coloco en el cuello y marcho después de habernos abrazado con las manos. Años después me enteré que otra vez había actuado como un gran ignorante de la cultura popular. las mujeres aquellas, eran lo que en el Umbanda se llaman Mae do Santo y los collares que me regalaron eran símbolos de la máxima protección, que representaban a Iemanjá el azul y blanco y a Xangó el verde y rojo. Había sido todo un honor el recibir eso.

Ante la enormidad del puerto de Salvador de Bahía, evidentemente, no entré por la misma puerta, pero con los collares que llevaba puesto, y el mate en la mano, los policías que estaban en el control me indicaron que pasara sin tener que presentar nada. Increíble.

Al ir caminando por el interminable muelle, me llega un perfume dulce agradable, completamente nuevo para mi. Me estaba acercando a una enorme pirámide construida de piñas frescas, listas para cargar, ves a saber a dónde. Me quedo estupefacto mirándolas, ya que en mi sur lejano no prosperan los cultivos tropicales y la piña sólo la comíamos enlatada, con almíbar, justamente procedente de Brasil. No se que cara puse pero uno de los que estaba atendiendo la carga de las piñas, me dice que tome todas las que me pueda lleva. Atraído por la curiosidad y el perfume, tomé tres, más no podía, ya que llevaba el mate. El hombre aquel, con una cuerda ató a las tres por sus hojas y me las dio. Me las colgué en el hombro a modo de sacos y continué la marcha rumbo al Julietta.

No paraban de pasar camiones a toda velocidad repletos de sacos enormes llenos de cacao, con lo que supuse iban hacia el Julietta. Apretando la marcha para llegar a tiempo, agobiado por el tórrido calor y sumergido en mil pensamientos, siento los frenos de uno de los camiones que se detiene al costado mio. El chofer, con una resplandeciente sonrisa blanca que brillaba escandalosamente en contraste a su piel negra, me dice que suba, que el va para el barco. Nunca supe como ese hombre sabía que yo iba para el Julietta. En la atiborrada cabina, además del chofer iban tres estibadores más. Este le dice a dos que se bajen y vayan colgados a los costados de la caja del camión. Entre risas, estos acceden sin problemas. Qué contento estaba yo de ahorrarme la caminata casi eterna hasta el Julietta. Como deferencia, le dejo el resto del paquete de cigarrillos Coronado, que llevaba, sabedor si, de que en Brasil les gusta mucho el tabaco rubio uruguayo.

Al llegar al barco nos despedimos con golpes de manos y uno de los estibadores, al verme los collares me invita a la noche para un ritual del Umbanda que hacían, no se en que playa, una macumba. Le agradezco y le digo que mi barco parte a las 20.30 y que me será imposible asistir.

Una vez a bordo del Julietta, observaba los frenéticos trabajos para acabar de cargar de cacao las bodegas, que todavía tenían algún espacio.

Decido quedarme para observar las maniobras de abandonar el puerto.

Al dejar el último camión su carga, las grúas del Julietta, vuelven a su posición estática, retraídas, listas para la navegación. Los oficiales, se aseguran del cierre hermético de las enormes bodegas, cuyas puertas dan a la cubierta del barco. Los enormes motores se encienden, haciendo salir un eructo negro de las chimeneas del Julietta.

Subo a la parte exterior de puente, ya que nos habían dicho antes de embarcar que a la hora de atracar o partir, los que veníamos como “pasajeros”, que eramos cuatro personas, no estuviésemos en los lugares dónde se hacían las maniobras por parte de la tripulación, ya que podía ser peligroso para nosotros. Bueno en aquella enorme “terraza” metálica, no molestaba a nadie y podía ver todo.

Tiran dos cabos hacia el lado de mar, que son enganchados por dos remolcadores uno a proa y otro a popa. La escalerilla que nos unía al muelle, ya había sido retirada y la “puerta” metálica estaba perfectamente camuflada con el resto de la barandilla que circundaba la cubierta. Unos estibadores quitan los cabos de las amarras metálicas que los motores recogen rápidamente. En segundos, otra vez,ese sacudón del tiro de los remolcadores que nos separan de la tierra firme. Era consciente que con esa sacudida abandonaba para siempre América, Abya Yala, la tierra de mis antepasados y de otros que la hicieron suya. Hasta ahí, Salvador de Bahía, sabía que si quería podía volver a Montevideo caminando, a pesar de los 4 mil kilómetros que me separaban, pero que después de ese “tirón”, ya empezaría a poner miles de millas de agua, todo un océano, con sus incertidumbres, dudas, miedos y misterios.

Me despido de Abya Yala con una lágrima que se secó rápidamente debido al calor del trópico y a que tal vez yo ya me había muerto y como dijimos antes, cuando te mueres, no lloras.

Una vez fuera del puerto, la velocidad del Julietta se empieza a incrementar, notándolo por el ruido de los pistones de las máquinas.

Rumbo NE, viendo alejarse América por la popa. La mar estaba plana y el sol se ponía, sobre el continente cada vez más lejano, entre un derroche de rojos y amarillos a cual de ellos más espectaculares. A proa se empezaban a divisar las primeras estrellas indicándome que en poco estaríamos sumergidos en el cielo oscuro de la noche atlántica.

Como la cena en el barco era a las 17 horas, y ya llevaba días que había decidido saltarme tan brutal horario culinario, decido ir al camarote a probar las piñas que me habían regalado en el puerto.

Nunca había probado esa fruta natural y fresca. Mi sorpresa fue mayúscula, tenía una dulzura, un perfume y un sabor que jamás había sentido. Lamenté no haber cogido más, pero tampoco podía traerlas, porque las encontré tan y tan deliciosas, que aun hoy persiste en mi memoria aquella textura jugosa perfumada y dulce, que con palabras escritas o habladas creo seré incapaz de trasmitir.

Después de darme por “cenado” subo a la tercera cubierta, que tenía una pequeña piscina, a la cual el oficial de máquinas, el Cheff Inginier, siempre tenía la amabilidad de llenarnos con agua de mar, en esa cubierta, habían unos bancos de madera bien amarrados al suelo, los cuales era una delicia sentarse a mirar la noche infinitamente estrellada, fumarse un cigarrillo y escuchar el sonido de la mar abierta por la quilla del Julietta navegando veloz, 21 millas la hora, que para un carguero, está considerada una velocidad extraordinaria.  Además siempre me encontraba a alguien de la tripulación, para hablar y preguntar muchas cosas en mi eterna curiosidad. Esa noche me encontré con el segundo oficial de máquinas, un hombre ya con algunos años. Me comentó que llevaba toda la vida en la mar, desde que acabó sus estudios de ingeniería naval en Grecia, que llevaba un par de años haciendo la ruta Mediterráneo, Río de la Plata, pero que antes había hecho casi todas, lo que más me impactó fue cuando me contó que a lo largo de su larga carrera de marino, había vivido tres naufragios, y que de los tres había podido sobrevivir. Me contó que durante una tormenta, si la proa del cualquier barco no se levanta después del golpe de tres olas, este se hunde en picado indefectiblemente, sin dar tiempo a nadie a poder salir.

Decía que tal vez al cruzar la imaginaria línea del ecuador, al pasar al hemisferio norte, podríamos ver la mar algo más “picada”, porque en esa zona los vientos cambian de dirección y esto provoca turbulencias marinas, pero que tranquilo que no era ningún ciclones o huracán, que esto podía pasar al chocar masas de aire frío con la alta temperatura de la mar en la zona ecuatorial del planeta.

Lo que yo no me imaginaba que nos íbamos a encontrar en pocos días con uno de los vortex del huracán Greta.

Era consciente que en poco dejaría de ver la Cruz del Sur, la constelación que marca mi amado sur y que pasaría a ver a la Osa Mayor, o el Carro y Polaris, que me marcarían el norte que tendría que aprender a amar.

Llevaba un juego que me había inventado, con un viejo planisferio, y contando la velocidad del barco, con el tiempo que llevábamos, iba calculando la latitud y longitud en que nos encontrábamos, después subía al puente y lo corroboraba con las cartas de navegación del Julietta y preguntando al oficial de guardia los datos correctos. Qué alegría me dio cuando según mis cálculos estábamos pasando la línea del ecuador y el oficial al preguntarle me dice, “en este momento exacto estamos cruzando el ecuador del planeta”. Me ericé completamente como si una corriente telúrica venida del fondo del océano me hubiera atravesado rumbo al cielo.

Transcurrieron dos o tres días de navegación plácida, es decir, cielos despejadamente azules durante el día, amaneceres y atardeceres con el sol emergiendo o sumergiéndose en la mar circular que nos rodeaba. En todo momento te sentías como el centro de un gran círculo de agua.

Me gustaba ir a la punta de la proa y sentir el aire fresco cargado del olor a sal que siempre tiene el Atlántico. Desde allí me estiraba bien sujeto a las barras de hierro a mirar como la proa y quilla del Julietta cortaban dejando espuma el océano color turquesa. El suave balanceo de la quilla entrando y saliendo de las aguas era casi adormecedor, aunque miraba con algo de vértigo por los 20 metros que me separaban del agua. Otras veces iba a la parte más central del barco en la cubierta, donde veías como se deslizaba de rápida el agua y la distancia era mucho menor, tanto que daba la impresión de a veces poder tocarla, incluso te mojabas cuando atravesábamos alguna de las potentes corrientes que llevaban otro rumbo diferente al nuestro y enfadadas estrellaban olas contra el barco. Ante esto, el Julietta se deslizaba impertérrito con sus casi treinta millones de toneladas desplazadas.

Disfrutaba mucho en ese lugar de ver las manadas de delfines que nos acompañaban, saltando a los costados del barco o “ganándonos” en la carrera oceánica. Un día el espectáculo fue un cardumen de peces voladores, que nos cruzamos en su peregrinar. Salían fuera del agua e impulsados por sus enormes aletas a modo de alas, recorrían grandes distancias “volando”, algunos despistados sobrepasaban la cubierta del barco, quedando varados en la misma a la espera que alguno de nosotros los devolviera presto al agua. Otra vez vimos una familia de cachalotes que pasaron junto a nosotros rumbo sur, seguramente a la Antártida. Uno de ellos se acercó lo suficiente para poder ver uno de sus gigantescos ojos, pero que me llenaron de ternura y paz porque su merada era de curiosidad inocente, de una pureza como pocas veces había visto antes en un ser vivo.

En aquella biblioteca viviente del océano iban pasando los días entre cielo y agua. Ya no veíamos aves que surcaran el cielo, lo que quería decir que nos encontrábamos bastante alejados de la costa. No me perdía ni una noche de ver surgir de la mar como una exuberante dama blanca a la luna. Seguramente debía ser por la falta de aire contaminado o la simple refracción de la luz pero nunca más he vuelto a ver los tamaños magníficos de la luna en medio del océano Atlántico. Hubo una noche en que por un momento la proa del Julietta coincidió con el camino que hacía el reflejo de la luna en la mar. Me fui corriendo a la proa y por un instante pensé que el Julietta entero tomaba carrerilla para remontar vuelo y abrazarse con la luna. Fueron sensaciones y experiencias tan grandes que están guardadas en mi corazón a modo de tesoro vital que evoco y abro cada vez que me intenta atrapar la tristeza o el desanimo.

Todo transcurría en esa calma hasta que una mañana, me despertó el movimiento del barco, que era como si fuese con un coche por un camino empedrado, sin sacudidas pero con una inquietante vibración.

Después del desayuno a la griega, con huevos fritos y bacón, subo a una de las cubiertas y al ver la mar, me doy cuenta que habíamos cambiado el transitar por una mar de un azul cobalto hermoso a una mar de azul grisáceo y llena de manchas blancas, producidas por la espuma de miles de pequeñas olas generadas por el viento.

Durante todo el día estuvimos con esa mar que yo intuía normal, aunque en el cielo empezaban a aparecer pequeñas nubes, a modo de rebaño de ovejas, que según mi tío Ricardo, eran los antecesores y anunciantes de fuertes lluvias y vientos, los temibles cirro-cúmulos. 

Ya habíamos atravesado por algunas lluvias, sobre todo después de la niebla que nos envolvió en el Cabo Frío, en el Golfo de Santa Catalina, pero todo había sido como si el Julietta hubiera recibido un lavado automático.

Los días iban pasando plácidos entre soles, lunas, estrellas y la mar en calma. Tanto era que el Julietta podía desarrollar su velocidad máxima, 23 nudos, con lo que se preveía hacer una parada en Tenerife o Gran Canaria para repostar combustible, ya que este es más barato en las islas. Si las cuentas salían, se podía repostar y estar en Génova antes de navidad para poder entregar los corderos enfriados que llevábamos desde Uruguay.Pero a pesar de los planes, la mar seguía como una calle empedrada. Fue aquella noche que me acerqué a la cocina para prepararme algo de cenar, ya que había abandonado el ritmo griego de comidas, con la cena a las 17 horas. Por lo tanto, como en la cocina había una nevera constantemente cargada de alimentos, fiambre, quesos, huevos, mermeladas, frutas, yogurt, …. , era muy práctico y sencillo prepararse algo para comer a cualquier hora. Pero mi sorpresa fue que no encontraba los platos, cazos y cubiertos, que siempre estaban a la vista en sus soportes. Me pareció muy extraño, además suponía que deberían de estar en los armarios que rodeaban la cocina, pero estos estaban cerrados con cierres de seguridad y yo no conocía los movimientos a hacer con la manecilla para abrirlos. Para mi suerte, aparece uno de los oficiales, que venía a prepararse un café, ya que estaba de guardia en el puente. Primero, me enseña como se abren los armarios y acto seguido, le pregunto dónde están todos los utensilios. Me abre un armario, y veo que están los plato, completamente inmovilizados en sendos soportes, apretados por arriba y por abajo. Voy abriendo armarios y lo mismo de inmovilismo con los vasos, cubiertos y cazos. Le pregunto del porqué tanta inmovilización, si tenían miedo de que se fueran volando a otro planeta.

Con una sarcástica sonrisa, de quien se dirige a un incauto ignorante, me explica que se recibió por radio un comunicado meteorológico, de que en la ruta que íbamos nos meteríamos de lleno en los restos de lo que había sido el huracán Greta. Según el parte, entraríamos en una zona con vientos de más de 150 km. hora, cosa por la cual, el Julietta se movería “un poco”, así que había que dejar todas las cosas “rompibles” bien sujetas para evitar desastres.

Calculo que habían pasado unas tres horas o tal vez, dos, ya que el tiempo en la mar parece que transcurriera en otra dimensión. Es algo así como cuando se dice “perdió la noción del tiempo”. Sobre todo, esos instantes o eternidades, en donde te percibes como un punto más de una gran inmensidad, un punto ridículo, ya que un enorme barco, te parece microscópico, un punto en que sientes que giras con una esfera aun más microscópica en un inimaginable infinito cuántico.

Así fue como volver a la desnudez y desprotección de la inocencia cuando empecé a sentir los excesivos balanceos del Julietta. Algo que no había sentido antes en los días de navegación que llevaba.

Al ser noche cerrada, sólo veía por las ventanas el agua de la lluvia que se deslizaba con fuerza. Para transitar por los pasillos tenía que ir agarrándome con fuerza de las barandas pasamanos que habían de cada lado, sintiendo la inestabilidad de los pies, la inevitable languidez de estómago, que precede al mareo provocado por el movimiento incesante, que no dejaba estabilizar el “giroscopio” interno del oído.

Al llegar al camarote, las maletas, que traía 22 más el baúl, iban como las bolas de las máquinas “clipers”, pegando a un lado y otro de las paredes.

Con mucho cuidado, para no ser arrastrado y golpeado por el mobiliario, que no estaba fijo en el suelo, dos bonitas sillas, porque el resto estaba bien anclado al piso, como la cama, un sofá que estaba contra una de las paredes o el escritorio. Las sillas, cuyas patas sobresalían del asiento como si fuesen las patas de una araña, y que yo pensaba que eran un tipo de diseño moderno pero que en realidad era pura ingeniería al servicio de una silla adaptada a suelos “inestables”, iban de un lado a otro sin volcarse. Entonces fue cuando supe para que era la cuerda que tenían debajo, rematada con una pieza de rosca. Junto al escritorio, desde el cual escribí extensas cartas a familiares y amigos, sobre este fantástico viaje que estaba realizando rumbo al destierro, a unos centímetros, habían en el suelo dos orificios con rosca hembra, esto era para enroscar la cuerda de las sillas y dejar estas fijas al suelo o con el mínimo de movimiento.

Aseguro las sillas al suelo y empiezo a distribuir las maletas que seguían desbocadas su carrera por el camarote, en los huecos que me permitía el mobiliario, debajo del escritorio, en la ducha del pequeño baño interno y las que me sobraron las puse una al costado de las otras, a modo de eslabones y hundidas a presión entre dos paredes paralelas del camarote.

Ahora empezaba el otro reto: intentar dormir, o por lo menos acostarse sin salir despedido de la cama, ya que los movimientos del Julietta eran de babor a estribor cada vez más intensos y la cama estaba orientada de proa a popa.

El desenlace final, todo fue bien, ya que lo podemos escribir ahora.

Todo un reto intentar dormir sin lugar a dudas. La cama esta ubicada sobre una tarima de madera de unos 70 cm. de alto, en dónde el colchón quedaba empotrado. Por supuesto no tenía barandas, como se ponen en las cunas de los niños, o sea que el salir despedido estaba garantizado con tamaño movimiento. Pero como veníamos criados en la vieja escuela de que “para todo hay una solución”, seguramente tradición que adquirimos los que nos criamos en la Banda Oriental, de aquellos tíos abuelos italianos que llegaron con sus tornos y herramientas, siendo capaces de arreglar todas las cosas mecánicas o eléctricas que se estropeaban en las casas del barrio. Tanto te rebobinaban el motor de una heladera como hacían la pieza del coche que no se encontraba porque era de “importación” y para el consumo que había no era rentable traer. Ellos, aquellos italianos desterrados que amaron y quedaron para siempre en la Tierra de los Pájaros Pintados, nos enseñaron que todo tienen solución y todo se puede arreglar. Por eso nos pusimos a observar el entorno que nos rodeaba en el pequeño camarote. El problema que tenía que solucionar era dormir, o por lo menos acostarme, sin salir rodando por el camarote. La solución vino del sofá que estaba empotrado y anclado sobre una de las paredes del camarote. Este, al igual que la cama, tenía los almohadones, de skay empotrados. Enseguida vi la solución. Quité los 4 cojines del sillón y los coloqué a modo de cuña entre el colchón y su encaje en la cama. Total, que el resultado fue una cama en forma tubular, en donde al acostarte quedabas prácticamente inmovilizado. Garantizado no salir volando por ninguno de los costados, exceptuando que el Julietta diera una más que probable vuelta de campana a juzgar como se movía.

El objetivo de acostarse, estaba conseguido, otra cosa muy distinta era dormir. Imposible, con ese movimiento, lo único que conseguía era que mis líquidos del oído no pararan de moverse al igual que la mar. Así que decidí relajarme, hacer de cuentas que estaba en un parque de atracciones, disfrutando de la montaña rusa líquida más grande del mundo, mientras esperaba el primer atisbo de luz natural para ir al puente de mando.

A la primera grisácea claridad, miro por la ventana, la visión era unos segundos de ver agua, una mar oscura y plomiza, y luego unos segundos de ver enteramente en la ventana otro gris, más claro que era el cielo.

Mientras subía al puente, agarrándome de las barandas paralelas de los pasillos del Julietta, miraba el enorme póster de las Cariátides, que cubría toda la pared que daba acceso a la sala de entretenimiento.


Siempre me fascinó ver aquellas columnas conformas de mujer sosteniendo el techo del templo. Yo lo quería ver como la representación del espíritu femenino que es capaz de unir cielo y tierra a través de su fuerza, aunque sabía perfectamente que esas mujeres representaban la condena impuesta por los espartanos a soportar los más atroces pesos físicos por siempre, después de haber arrasado la ciudad de Carias, por el hecho de que su pueblo se había aliado a los derrotados invasores persas. A mi me sigue gustando más la interpretación libre y personal, anterior.

Justo en ese momento, cuando observaba absorto la Cariátides, sentí que el Julietta comenzaba a moverse en dirección proa – popa, y el ruido de las máquinas indicaban que la velocidad se había reducido al mínimo.

Había que asirse con fuerza a las barras de los pasillos o de las escalerillas, ya que soltarse era salir despedido hacia delante o hacia atrás, ya que los movimientos eran cada vez más bruscos.

Con bastante sensación de vértigo y mareo, llego al puente, pregunto al oficial de guardia, a pesar de que estaban todos los oficiales, desde el capitán hasta el contramaestre, que pasaba que nos movíamos en otro sentido, es decir de proa a popa. Me explica que las olas son tan grandes, que el Julietta no las puede aguantar de costado, ya que lo hacen rolar acercándose peligrosamente a los 45º, punto este de no retorno, porque cualquier barco inclinado a esos grados, se da vuelta de campana, lo que significaría el fin. Para evitar esto, se cambió el rumbo, ahora Nornoroeste, a los efectos de enfrentar las olas de proa. Las olas superaban los 30 metros de altura, impulsada y batidas por vientos de 170 Km/h, mar arbolada era el diagnóstico meteorológico.

La vista desde el puente impresionaba, subíamos y bajábamos enormes montañas de agua color gris oscuro. Cuando estábamos arriba, parecía la vista de mis verdes praderas onduladas en las brumas de la lejanía. Luego al bajar, como en una montaña rusa, quedábamos rodeados de paredes de agua que resultaban difíciles de volver a remontar.

La velocidad del Julietta, era la mínima efectivamente como lo había intuído, para evitar que las dos enormes hélices salieran fuera del agua, cosa que al estar liberadas de la fuerza y resistencia, aceleraran sus revoluciones de giro, provocando una inoportuna avería de los motores. Y en aquella mar quedarse a la deriva, era naufragio seguro.

Ahora la sensación más profunda que tuve, tan es que muchas veces, me vuelve a la mente, trayéndome un sentimiento de angustia tremenda, soledad y desamparo, fue cuando mirando por el grueso cristal de la puerta de la tercera cubierta, que daba al exterior por la popa, y que estaba perfectamente cerrada, ya que salir al exterior sería unirse para siempre al océano Atlántico, fue, ver al Julietta y yo en él, descender una enorme ola, él con sus 170 metros de eslora y 35 de manga, con sus 40 millones de toneladas, pero demostrándose con una inocencia y fragilidad parecida a la de mis barquitos de papel que hacía navegar veloces en la correntada del cordón de la vereda después de la lluvia, allá lejos en mi Montevideo natal.

Ese vértigo, esa sensación que estás a merced de algo más grande, más poderoso, en la cual sólo te sabes testigo, observador entregado a lo que la ola quiera y tu coraza aguante, es la misma sensación que me viene cuando la vida a veces te hace navegar por otros mares con olas secas pero no menos temibles y poderosas.

Al mediodía, nos fuimos acercando al salón comedor, austero pero con lo imprescindible, una mesa rectangular de unos 4 metros, con sillas de “patas de araña” que vagaban atónitas por el recinto. Estaba precedido por un enorme ventanal con vidrios de más de 10 cm de espesor, que daba a la altura de la cubierta principal con vista a la proa.

La imagen me encantaba, veía la proa del Julietta sumergirse cortando la gigantesca ola y esta golpeando con fuerza en el “ventanal” hasta dar la sensación de ir en un submarino, ya que después del golpe toda la cubierta de proa quedaba debajo de la turbia y agitada agua del Atlántico. Al contar hasta cuatro, veía la punta de la proa emerger apuntando al cielo convirtiendo la cubierta en una cascada de un río torrentoso evacuando agua.

Todo esto me parecía increíble, creo que de alguna manera, a pesar del miedo, lo disfrutaba, hasta que uno de los oficiales, que había sufrido 3 naufragios a lo largo de su carrera, me comenta que había que evitar por todos los medios, jugando con la velocidad y el rumbo, que “cayeran” en la cubierta 3 olas seguidas, sin dar tiempo a que la proa emergiera al cielo otra vez, porque el barco no aguantaría el peso de tantas toneladas de agua y se iría a pique como si de una flecha se tratase, sin dar tiempo a ningún tipo de evacuación o salvamento.

A partir de ahí las contaba, cuando vi que no pasábamos de dos olas golpeando en el ventanal de la cubierta antes de que volviera la catarata de agua, decidí no preocuparme más, entregar lo que tenga que ser a las manos de la mar, del viento, de la pericia de los oficiales y sobre todo de la sonrisa de Iemanjá la Diosa de los Mares, que tan bien me había tratado en Salvador de Bahía.

Así que a partir de ese momento, me puse a disfrutar de la tormenta.

Otra hazaña, aunque parece trivial explicarlo, era comer. Con el meneo tan impresionante, no era fácil.

El hecho divertido, que aun hoy me provoca la sonrisa, fue lo que le ocurrió a un chico, de 15 años, que venía con nosotros como “pasajero”, con su padre griego que volvían repatriados a Grecia, después de una experiencia de inmigración en Chile bastante desafortunada. Todos, cuando ocupamos la mesa, tuvimos la precaución de fijar la silla al suelo con el cordón que colgaba de esta. El chico, greco-chileno, no lo hizo, supongo que por descuido. Todo transcurría con normalidad, me refiero al movimiento, los cocineros nos habían puesto un delicioso plato de salchichas con bacón huevo frito y puré, que todos custodiábamos cogiéndolo con una mano y la otra un tenedor o un cuchillo dependiendo del comensal. De pronto se produce el impacto de una enfurecida ola y provoca una inclinación vertiginosa del Julietta, haciendo que la muy libre silla del chico, con él sentado, claro, se deslice como caballo desbocado hacia una de las paredes del comedor. No me olvidaré nunca de los ojos de desesperación y asombro de aquel muchacho, las manos y las piernas extendidas intentando agarrarse a algo inalcanzable ya que la mesa cada vez estaba más lejos. Lo único que lo quería alcanzar fue, por separado, el plato, las salchichas, el huevo frito y el puré que fueron quedando en el suelo del comedor como advertencia de tamaño descuido. Cuando pegó con fuerza contra la pared, y a pesar de su rostro pálido y sus ojos de susto, viendo que nada grave había ocurrido, estalló una risa generalizada que nos vino muy bien para sacarnos tanta tensión vivida y quitarle dramatismo al susto del chico.

En esas condiciones estuvimos inmersos tres días con sus noches. Cuando los restos del huracán Greta decidieron calmar las aguas y sofocar los vientos, el Julietta se había desviado mucho de la ruta a las Islas Canarias, así que evaluando el combustible disponible, y el poco tiempo que faltaba para la entrega de los corderos enfriados en Génova, el capitán decide poner rumbo a las Columnas de Hércules y entrar en el Mediterráneo ya en pleno invierno boreal, en donde el Julietta nos dejaría junto con los corderos enfriados, no se si para siempre pero si por ahora, por mucho tiempo……

Para Jorge Amado y “Los Viejos Marineros”

Para Ana, aquella novia del marinero griego que quedó en Buenos Aires esperándole.

Para todos los que están haciendo un viaje y aún no lo saben.

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Paseando con la luna llena.  IMG_0002

La neutra luz de la luna llena, lo ilumina todo. Deja sombras oscuras, bien marcadas, sin calor, sin frío.

Sólo ilumina. Ilumina las cálidas noches del trópico o las heladas oscuridades de latitudes altas. Esto a la luna le es indiferente, ella sólo ilumina.

Envuelve con su luz lechosa y blanca los perdidos claros de las selvas envueltos de perfumes de flores nocturnas. Hace más negro y espeso el monte que se puebla de inquietantes ojos verdes al acecho.

Proyecta la robusta sombra de encinas centenarias en los campos de las dehesas mediterráneas.

Su luz se sumerge en las noches de helada, llenas de silencios, para no romperla como un si fuese un círculo de hielo luminoso.

En las noches estivales su luz esparce las risas y los sonidos de tambores mitigando el insomnio canicular.

Me gusta verte caminar serena y firme por los tejados elevándote como una cometa de luz.

Pero cuando me detengo a mirarte, surgiendo de un horizonte de agua, extendiendo tu alfombra de plata, tu luz me llega al corazón. Tejes invisibles hilos de luz que nos conectan con otros corazones que te miran surgiendo de otros mares, praderas o montañas.

Igual que reflejas la lejana luz del sol, reflejas los corazones cuando te miramos. Así nos traes la dulzura de beso, la nostalgia del silbido del solitario caminante y el encuentro de las almas que se aman en tu círculo de luz blanca.

Pasear bajo tu luz escuchando los pasos y sintiendo la tibieza de una mano, y el palpitar de dos corazones es, sin más, viajar por el cielo estrellado.

Vilanova i la Geltrú, sexto día de la luna llena de mayo de 2015.

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La luna y venus después de la tormenta

Hay veces que salgo a caminar, y después de un rato de escuchar mis pasos, sentir los pies sobre la calle, seguir mi respiración, más o menos ritmada, empiezo a ver los símbolos del cielo.

El sol marchando, sólo un tenue resplandor azul en un horizonte, cada vez más negro. Las nubes de tormenta, antes grises, ahora oscuras, negras, corriendo rápidas a la mar, para seguir mezclando las aguas.

Detrás de un gran cúmulo de nubes negras se empieza a perfilar un hilo de luz blanca encerrado en un casi efímero círculo. La luna nueva sonriendo, ¿a quién?, tal vez a la noche, o tal vez a todas las criaturas de la tierra, que en ese momento la miramos. Nos sonríe porque  la miramos a ella, o porque miramos el lucero, Venus vespertino, enorme y radiante, destellante como un enorme diamante celestial.

Pero yo creo que se ríe, porque sabe, que está uniendo pensamientos, de miradas lejanas entre si, y que ella con sus rayos los une, y como son pensamientos de amor, destellante porque ella es la gran puerta del amor, entonces, sonríe.  Los pensamientos que le llegan, que guarda y procesa, los vuelca con sus rayos, guardianes de la magia de todos los tiempos, en los corazones de los enamorados de la luna, del cielo nocturno y de las estrellas.

Es entonces, después de haberte escuchado tus pasos sobre la calle, dejando que el aire frío acaricie tu rostro, cuando pasas el portal del tiempo y del espacio, y te llegan imágenes y pensamientos de amor, que unos ojos están proyectando a la luna.

Es curioso y extraño, porque cuando más presente estás, cuanto más sabes que estás caminando por calles mojadas, es cuando más te llegan las imágenes, aunque lo más delicioso de todo es ese rayo de luna que te llega al corazón, lo acaricia por dentro y te enciende una llama de alegría, paz, y felicidad, que sólo la blanca luna, cual ordenador sideral es capaz de hacer.

Así mirando la luna, sintiendo todo el inmenso amor que te llega, sabes que has hecho un salto, que te encuentras en otro espacio y en otro tiempo, el espacio y el tiempo de los sueños. El lugar en donde todo se crea. Por eso al mirar con amor a la luna, ya se está creando con fotones, que vienen de algún lugar de la galaxia, la parte material del sueño, el encuentro definitivo de lo que ahora son pensamientos y almas, que miran la luna y vibran con la luz de las estrellas.

Por eso, sólo por eso, escucho mis pasos en la calle, sigo mi respiración ritmada, si llueve me mojo la cara y si hace frío, siento la caricia del aire.

Vilanova i la Geltrú, cuarto día de la luna nueva de febrero de 2015, en plena luna semilla.

 

Tal vez porque los sueños procedan de una niebla más grande más intensa de la que conocemos, por eso pondremos en este apartado la descripción de un sueño que tuve una noche……de niebla.

Cosas de la lluvia

Me dormí sintiendo las gotas repiquetear en el techo. Ese ritmo incomparable que hacen las aguas cuando vienen del cielo. Alguien decía que eran las lágrimas de miles de seres que nos mojaban y daban vida a los campos. Lágrimas si, pero de alegría, la alegría de quien riega y nutre la vida.
La habitación se iluminaba con los relámpagos y los truenos hacían de invisibles tambores eléctricos, dando sobriedad a la hermosa sinfonía de percusión celestial.
Al entrar en el sueño veo una hermosa ninfa en un bosque bailando bajo la lluvia, al iluminarse con los relámpagos su aspecto etérico e inmaculado la llenaban de mágica alegría, como si la misma luna hubiese bajado a bailar en el bosque. Cuánta alegría y felicidad irradiaba aquella ninfa, su vestido blanco dejaba entrever su cuerpo de mujer hermosa. Su rostro dejaba deslizar las brillantes gotas que le daban el aspecto del cuarzo más cristalino de la tierra.
Nuestros sueño se entrelazan y con la más radiante de las sonrisas, me indica un camino del monte, sólo visible con el encendido de algún relámpago. Me susurra algo al oído, palabras que me llenan de paz y alegría. Me dice que transite un trozo de ese camino hasta un claro del bosque, que allí encontraré algo…
Sin dudar de sus instrucciones emprendo la marcha, al poco tiempo de caminar, la verdad que no se cuánto porque ya sabemos que en los sueños espacio y tiempo se juntan en un todo indisoluble como el hilo de la cometa enredado en si mismo, siguiendo por ese universo real pero sin tiempo, espacio o materia, llego al claro en el bosque, allí como si de un teatro circular se tratara veo niños y niñas, uno de esos era yo, jugando simplemente a correr bajo la lluvia. Lluvia del verano austral, aquella que nos regalaba con intenso olor a tierra mojada, con las notas de alegría de quien calma su sed después de un día de calor estival. Aquellos niños corríamos refrescándonos los cuerpos y la cara, con la boca abierta a ver quién bebía más lluvia, degustándola en cada trago, sabiendo en lo más profundo que eso era la vida. Nos llenábamos de agua celestial alimentadora de nuestros cuerpos y almas, al igual que los cuerpos y almas de los árboles del barrio, los paraísos, los jacarandás, las acacias y algún que otro sauce llorón.
Después de la lluvia cuando empieza a surgir la luz del sol, que no lo vemos, repartida entre las gotas de las nubes bajas, como pequeñas luciérnagas de luz blanca, y después de quedar absortos por el hermoso arco iris circular, vemos otro de los regalos del agua, los charcos. De todos los tamaños y formas distribuidos por las amplias aceras irregulares del barrio, allí estaban listos para navegarlos nuestros mares, ríos y océanos.
Cada uno traía de sus casas una hoja de papel de diario, aunque las mejores eran las de papel de “astrasa”, un papel mucho más resistente que había envuelto en su momento algún delicioso bizcocho, o un pan casero o tal vez unas galletas de campaña. Como expertos ingenieros navales, doblábamos el papel hasta confeccionar un barquito el cual iba con todo nuestros sueños a navegar por el charco más grande. Qué alegría cuando lo veíamos surcar nuestro océano empujado por el frío viento del sur, el pampero, ese que sabíamos de su nacimiento en tierras heladas por la cercanía de la fría Antártida y nos llegaba para refrescarnos los días del verano austral.
Otras veces lo poníamos en la torrentosa corriente del bordillo de la acera, nuestro querido cordón de la vereda. Y corríamos acompañando su vertiginoso recorrido hasta las enormes “bocas de tormenta” que se lo engullían todo. Si los rescatábamos antes de llegar a la alcantarilla de la esquina, los considerábamos los mejores barcos de papel y si la “boca de tormenta” se lo tragaba sabíamos que atravesaría un largo túnel oscuro pero que al final lo esperaba el Gran Río que lo llevaría al océano infinito para seguir navegando en este mundo de sueños.
Al despertarme no le pude dar las gracias a la Ninfa, pero desde la brillante luna sentía su cálida sonrisa de amor y una palpitante sensación que la encontraría en otra lluvia, en otro sueño.
Estas cosas raras tiene la lluvia.

Segundo día de la luna creciente de septiembre.

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Sueño de una noche tropical

La noche se extendía invitándome al sueño. Respirando el aire denso, plomizo, húmedo que nos hacía avanzar lentos por él como cuchillos intentando cortar gelatina. En estas condiciones intuimos que el sueño sería una tarea difícil de conseguir.

Pero al acostarme al lado de esa maravillosa ventana orientada al norte, sentí la suave caricia fresca de la brisa mezclada con los perfumes de las flores nocturnas del patio. La dulce brisa comenzó a arrullarme, a envolverme en sus perfumes hasta cantarme una suave melodía que fue haciendo, a pesar de los pronósticos, que entrara en un profundo sueño.

Me vi otra vez rodeado de la densa y familiar niebla, la que me lleva siempre al mundo de los sueños.  Rodeado de voces y recuerdos fui atravesando la niebla incierta y cada vez más densa pero amable y acogedora. Yo sabía que ella era el vehículo que me transportaba a otra dimensión. Confiado seguía caminando sin ver nada más que el gris luminoso de la niebla.  Después de un eterno instante, (porque una vez dentro de la niebla, las coordenadas desaparecen, ya no hay tiempo, ni espacio ni materia, sólo espíritu caminando), diviso ante mi una pequeña puerta custodiada por un sonriente jaguar y once colibrís pintados con los más fabulosos colores tornasolados. Suspendidos en el aire batiendo las invisibles alas, estáticos por momentos como a punto de lamer el néctar de una flor y otros con movimientos velocísimos que los hacían estar en todos los sitios de la puerta.  El jaguar se aparta de la entrada y la puerta se abre mientras los colibrís me invitaban a atravesarla.

Con pasos de alegría atravieso el umbral dejando atrás la niebla que desaparece por completo al cerrarse la puerta.

Me encuentro en un amanecer del trópico (en el cual nunca estuve en el mundo de tres dimensiones).  El verde brillante de la vegetación, espesa, tupida, todavía umbría ya que recién el sol se iba abriendo paso entre las enormes hojas y los vapores de la mañana. El verde es tan intenso que hasta lo podía respirar, el aire húmedo era de una deliciosa tibieza acogedora.  Empiezo a caminar por senderos franqueados sólo con la imaginación ya que no hay camino marcado, sintiendo el roce fresco de las hojas que me acarician con ternura.  El agua del rocío que dejó la noche se deslizaba por una gran hoja y dejé mojar mi cara y beber del fino hilo de plata que me regalaban.  En el agua fresca venían escondidos todos los manantiales, los ríos, los mares y los océanos del mundo, con cada sorbo veía los mares árticos y antárticos, los enormes ríos, los saltarines arroyos de montaña y las fuentes, las nacientes, las lagunas gigantescas de mis praderas lejanas.

Seguía la marcha, sintiendo, viendo y escuchando mis pasos cómo se hundían en la blanda alfombra de hojarasca llena de vida que alimentaba la selva.

Gritos, silbidos, trinos, zumbidos poblaban el aire trémulo.

Fue tal vez un aleteo repentino lo que me llevó a ver enganchada entre los árboles a aquella hermosa flor tropical, no sabía que nombre tenía, si es que tenía alguno, ella tampoco sabía mi nombre aunque eso no era necesario porque nos comunicábamos con el corazón y los dos veníamos de antiguo linaje.  Creamos un puente etérico e indestructible que sólo el amor es capaz de crear.

Me acerco a esa flor que despertaba de la larga noche del trópico y en sus tres pétalos brillaban candorosas pequeñas gotas de rocío al igual que cuentas diamantinas que resaltaban su belleza.

Cuidando de no romper su hermosura acaricio un pétalo suavemente. Terso, suave, húmedo, acogedor. Al tocarlo me trasmite su amor, me llena de alegría, paz, calma y sobre todo una dulzura infinita.

Miro sus colores que jugaban entre un blanco radiante que hablaba de la pureza de su alma con otras partes rojas que decían de su inmensa pasión. Sus colores me decían que su alma es capaz de amar con la pureza de la luz y con la fuerza del fuego inextinguible del corazón.  Hermosa flor tropical me das tanto y sólo pides a cambio que se te ame, que de mi corazón salga un rayo dorado para envolverte, para poder sentir y vivir cómo se deslizan las gotas de rocío por tus pétalos y cómo un corazón se acerca a ti a respirar tu perfume, a acariciar tus pétalos y sentir extasiado cómo te abres al nuevo día dejando fluir todo el amor que tienes guardado para un caminante de los sueños. Caminante que atravesó la puerta que está en la frontera de la niebla y el mundo “real”.

No lo puedo evitar, otra alba está llegando en el mundo del 3D y tengo que volver a la niebla que me lleve otra vez a mi cama pero antes de marchar te doy un beso con mis labios en tus pétalos y sello el puente que nos une mas allá de todos los tiempos y de todos los sueños.

Al despertar en mi cama recordaba que en alguna parte del sueño oía una voz que me decía el nombre de la flor pero no me acuerdo, aunque se y estoy seguro que ese nombre ha quedado en algún lugar de mi alma y que en los momentos de calma y felicidad me acordaré de ese nombre como una señal eterna grabada con amor.

Un sueño del trópico. Vilanova i la Geltrú a dos días de la luna llena de agosto de 2014.

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El sueño

Soñaba que estaba despierto. Dos soles iluminaban la tierra.

Soñaba que estaba con la luna en un templo solar que coronaba una pirámide escalonada.

La luna con forma de hermosa mujer me miraba sonriente delante de un altar de piedra. Brillaba resplandeciente con un vestido de oro y plata, sobre su cara redonda que emanaba amor, lucía un tocado de plumas verdes rojas y amarillas, seguro de las más hermosas aves de un paraíso tropical.

En su mano izquierda llevaba un corazón palpitando que me lo ofrecía.  Al aceptar su regalo me vi envuelto en luz dorada que llegaba de dos potentes rayos nacidos de los soles.

La abracé para darle las gracias y con el abrazo nos fundimos en una esfera de colores tornasolados que se agitaban en la superficie como miles de colibrís volando al sol en una tarde de verano.

Ahí en esa esfera decidimos crear los mundos y vimos que nos convertíamos en todas las cosas, eramos los infinitos seres de todos los mundos que surcábamos en el mismo instante infinitas galaxias.  Eramos el nacimiento de la estrella y eramos su muerte.  Eramos la abeja en la flor y la nieve en la montaña; la mar erizada y profunda y el pequeño pez; el llanto desconsolado de dolor y la risa sublime; el bebé naciendo y el anciano en su lecho de muerte.

Eramos todo en ese instante.  Fue entonces que supe que no estaba soñando.

Vilanova i la Geltrú junto a la mar Mediterrània, en el Garraf, en Gaia, a dos días de la luna creciente de mayo.

Los decretos del poder

Los decretos del poder

 

Cuando la niebla entra en un tren

Amanecer con niebla sobre la mar es un espectáculo hermoso. Deja pasar la luz del sol envolviendo todo en un gris de plata brillante. Acercándose a la costa rocosa desdibuja los acantilados, resbala silenciosa sobre la mar tranquila casi sin olas, acariciándola, dejándola en calma en paz húmeda y líquida.

Desde el tren miraba el plácido cuadro, aquí y allá surgían de la nada las pequeñas barcas mariscadoras, flotando somnolientas en la espesa mar gris.

La niebla iba envolviendo los acantilados y con ellos la vía por dónde circulaba el tren.  En el vagón atiborrado de seres, se escuchaban conversaciones, teléfonos, diarios que se abrían y cerraban, libros….la vida en busca de la vida. De pronto siento un silencio profundo, el tiempo detenido, miro atentamente los asientos todos ocupados y veo a toda aquella vida dormida o aletargada por un sueño que venía de la mar, de la niebla. Había cesado toda actividad “mata tiempo” y estábamos todos sumergidos en la calma, la tranquilidad, en el no-tiempo. Fue como si la niebla se hubiera convertido en las enormes alas del ángel de la paz y estas nos envolvieran con infinita ternura. Todos sentimos la caricia en el corazón y esa gran paz, la paz del SER. Así cada uno en la calma, soñamos mundos y hasta vidas enteras. Percibimos otro de los mundos posibles, en dónde el tiempo es una simple ilusión.

No se cuanto de reloj duró aquello, pero estoy seguro que para muchos fue toda una vida soñada desde la paz, la alegría y el amor. Creo que estuvimos captando la materia de los sueños, que son los fotones que al igual que el barro le damos forma como alfareros de vidas, como creadores de universos.

Hay que ver las cosas que nos trae la niebla.

Vilanova i la Geltrú cuarto día de la luna creciente de abril de 2014.

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Tarde de “levantada”

Tarde de “llevantada” (viento muy fuerte que proviene de la mar) en Vilanova i la Geltrú.

Cuando sopla el levante, la mar Mediterrània se enfurece, espiga olas de varios metros, deja desierta las playas de personas y estas pasan a ser ocupadas por los duendes del aire, que juegan con la arena haciéndola volar, marcando ondas, mensajes de los vientos. Baten las crestas de las olas formando espuma y los más antiguos y sabios nos hacen escuchar desde la lejanía el canto de amor de las sirenas, las mismas que cautivaron a Ulises atado al palo mayor de su barco.

Cuando sopla el levante de la mar nos llegan las voces en risas o llantos de los tantos naufragios ocurridos en miles de años. Parece que despertaran todas esas almas y volaran libres surcando las olas.

Cuando sopla el levante llegan palabras de amor tantas veces pronunciadas pero sólo oímos aquellas que salieron del corazón y que fueron recogidas por las caracolas y las estrellas de mar.

Cuando sopla el levante los duendes del viento borran mis huellas en la arena y hacen volar mi corazón a unirse con la frecuencia del amor y me hacen sentir mi alma grande, expandida y eterna.

Cuando sopla el levante la mente se aquieta y el corazón se calma porque oyes entre las olas y la arena la dulce voz de alguna sirena cantando en una lengua que sólo el amor interpreta.

Cuando sopla el levante se difunde una alegría inquieta.

Vilanova i la Geltrú a seis días de la luna menguante de marzo.

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Desde la niebla al equinoccio de primavera

Siempre la alegría, así es la vida con sus eternos círculos concéntricos.

Círculos cíclicos que podemos agrandar o estrechar indefinidamente. Ciclos que están unidos entre si por gluones, lazos etéricos de energía que dejan fluir pero no romper.

Podemos ir pasando de un ciclo a otro en armonía, con suavidad como mece el viento los juncos del bañado sin romper ninguno.

El vehículo que nos permite el movimiento entre los ciclos es la Alegría. Por eso nos alegramos ente cada estación. Disfrutamos y sentimos el frío viento del invierno, la nieve que cae helada y silenciosa, nos reconfortamos junto al fuego o con una comida caliente.

Gozamos luego con el estallido primaveral, colores, cantos, risas, perfumes que nos alegran el alma.

Alegría del verano, con su calor, nuevas alas en los cielos, la caricia fresca de la brisa marina.

Después el otoño con sus amarillos y ocres, dándonos la alegría de la paz de un universo que bosteza, con sus nubes, el vino en las bodegas.

Otro ciclo con el que estamos conectados es el del agua. Miles de millones de gotas que se evaporan de los mares, los ríos y del manto de rocío de los bosques, subiendo al cielo, a la nube de algodón ora blanca ora gris hasta hacerse pesada y densa, cargando el aire de iones hasta que la chispa radiante del rayo las hace caer regando los suelos, la tierra, dándonos la vida. Fluye por las venas de la madre tierra y por las nuestras reviviendo el milagro: la Vida.

Nuestro paso por los mundos también es un ciclo, somos el niño que nace, el joven que aprende, que experimenta y el adulto que hace, que construye mundos, los que quiera. Somos el anciano que recoge el mundo creado y corrige preparando al niño y al joven en su aprendizaje para que cuando cree, lo haga con mayor sabiduría.  Luego pasamos al reposo, fragmentamos nuestro cuerpo en sustancias que teníamos en préstamo y descansamos en la tierra y en el aire, decidiendo otra vez en qué dimensión, en qué espacio y tiempo queremos vivir como unidades.

Pero hay algo que une todos los ciclos y eso es AMOR, tal vez los gluones, esa fuerza misteriosa que lo une todo con todo.

Feliz y alegre ciclo que empieza hoy con este equinoccio.

Manoalsol

 

La playa eterna

Siempre te iré escribiendo cosas, Tierra amada, porque has dejado en mi el perfume de jazmines y el sabor a madreselvas. Quisiera cuidarte más, pero la vida nos ha apartado, aunque yo se que sabes que mi amor siempre te envolverá, al igual que un manto de estrellas o el cálido sol del amanecer.

Veo a través de la niebla del recuerdo aquella playa interminable, que acababa entre espumas mezcladas con las brumas de la lejanía.

Aquella playa de la Paloma, mejor dicho del Cabo Santa María, frente al Pozo de la Ballena en las canaletas del faro.

Tiempo en que no había turistas ni surferos, sólo vecinos de Rocha, pescadores y algún montevideano pudiente.

Pasear por las pinedas, carceleras de los médanos blancos siempre listos a marchar con el viento.  Acercarme a la mar y dejarme acariciar por el aire, lleno de gotitas de agua con olor a salitre, algas y a esa mar misteriosa que nos hace intuir su fuerza, su profundidad. Nos dice que es santuario de ballenas, lobos y también de esas criaturas escurridizas, diosas de las grandes aguas, seres divinos que intuimos su presencia, que nos hablan con el lenguaje del corazón. Ese que no usa palabras, ese que nos llega al unísono, que podemos entender sin saber el idioma.

Las sentimos hablarnos, nos dicen que avisaron a los lobos que aparten a sus crías que el trompa de cristal anda con hambre buscando comida.  Les dicen a los caballitos de mar que habrá mar de fondo, que no abandonen su refugio en el jardín de algas, anémonas y estrellas.

Así fue que me avisaron aquella tarde de primavera austral, que me quedara junto a las rocas del faro, a unos 50 metros de la rompiente en las canaletas.

Me quedé escuchando, mirando al Gran Sur, sentado en la roca dorada.

El cielo estaba plomizo y cerrado.  Siento de pronto un gran silencio, ese que parece que te estallaran los oídos. No se escucha nada, ni los pájaros, ni las olas, nada. El aire se hace denso y pesado, gelatinoso, sólo el latido del corazón. La mar empieza a retirarse cautelosa. Se aleja de la costa y deja huérfanas las rocas, veo las algas al descubierto, mejillones, navajas, anémonas…todas desprotegidas del manto líquido y poderos de la mar.

Diez, veinte tal vez treinta metros se retira. El aire cada vez es más denso, igual que las nubes, pesadas, a punto de caer sobre la mar. Casi no se puede respirar, es algo electrizante.

A lo lejos sobre el horizonte, veo un látigo de luz blanca que parte la atmósfera de gelatina.

Luego un gran estruendo, el rugido de la luz, que vuelve todo a la realidad.

Casi al instante, las nubes se desangran en un torrente de lluvia y la mar, aprisionada se levanta, diciendo que ella es libre, comienza a correr hacia la costa, en una pared compacta de varios metros de alto, coronada con una diadema de espuma.

Cuando encuentra las rocas, ruge en un envolvente abrazo que vuelve a cubrir a todos los seres de las rocas.

A pesar de la distancia, me llega su aliento fresco, que hace mi corazón capaz de convertirme en todo, de fundirme en todo, de sentir el susurro de esa sirena, que me llena de felicidad, aunque sé que volverá a su misterio, a sus profundidades recónditas.  Pero también sé que nos volveremos a encontrar, tal vez en otro mar, en otra playa, porque los seres que compartimos el mismo lugar antes de que estallara la estrella, siempre nos iremos encontrando en todos los mundos que iremos creando.

Vilanova i la Geltrú llegando a la luna llena de marzo de 2013.

La casa de los sueños

El intenso perfume de la pineda, se mezclaba con la húmeda fragancia de la mar, convirtiendo el bosque y la playa en un lugar misterioso en dónde la niebla iba ocupando esos espacios aparentemente vacíos.

Así fue que en unos instantes mi referencia era solamente el rumor de las olas y mis pasos en la hojarasca. ¡Qué niebla mas espesa! ¡qué fragancia intensa de pino y mar!.

Allí dentro me di cuenta que estaba entrando en otro espacio, en otro tiempo tal vez.  Podía escuchar a los árboles susurrarme historias al oído.  Entre las volátiles gotitas de la niebla, que me iban empapando, sentí el tiempo detenerse.  De pronto me encontré en un gran vacío, en otro cielo en otra tierra.

Parecía que no hubiera nada en absoluto, pero empiezo a ver con el corazón y en ese vacío en donde no hay nada, siento voces, percibo formas de objetos, incluso aparecen difuminadas trozos de películas, que se superponen, aparecen y desaparecen. ¡Qué extraño! ¿que lugar o mundo es este?.

Me llega la respuesta de esa voz en lo hondo de mi corazón “estas en la casa de los sueños”.

Claro me encontraba en el lugar desde el cual creamos y manifestamos nuestros mundos.  Es como una enorme cocina en donde encontramos todos los ingredientes para hacer nuestros mundos.  Increíble todo son fotones bagando desordenados y llenando ese espacio vacío.  Cuando nuestras mentes y nuestros corazones se unen en un deseo, un anhelo, estos fotones adquieren dirección y propósito, y en un momento sin tiempo, se agrupan en electrones, átomos y moléculas que materializan el sueño.

Soñemos conscientes, lo que queremos, lo que anhelamos,  luego sentirlo con el corazón, sentir la emoción dentro y luego entrar en la película, siendo los protagonistas y a vivir el sueño.

Ya saliendo de la “casa de los sueños”, una vieja encina me murmura despacito “nunca te aferres a un sueño, sabe que lo puedes cambiar en cualquier momento. Esa es tu libertad”.

Al salir del bosque, me encuentro con la playa y veo como la niebla se aleja subiendo la ladera de la montaña, dejándolo todo tal y como lo había soñado.

Luna en cuarto creciente de febrero de 2013.

Algunos vídeos de lugares que andaremos.

 

Desde otro palmar, desde otro río, siempre los recuerdos claros y frescos del amor, hermosas canciones.

Dona d’aigua

Caminando por el sendero de montaña, sentía como se iba acercando el rumor del agua, producido en un salto o una pequeña cascada.  Sonidos de la vida fluyendo cristalinos y puros.  Cada vez mis pasos se oían menos al andar por el camino pedregoso, ribeteado de tomillos y romeros.  El viento susurraba su música en el bosque otoñal, que estallaba en ocres y amarillos rojizos, como si las hojas hubieran atrapado algún atardecer.

Por el rumor cada vez más intenso sabía que en cualquier momento estaría junto a la cascada.  El camino seguía ascendente y tuve que desviarme, atravesar unos metros de vegetación enmarañada…. Allí estaba, fluyendo entre rocas pulidas por la insistencia del agua, fluyendo cristalina, pura, generando millones de gotitas que en forma de nube descomponían la luz en ese siempre mágico arco de colores.   Detrás de la cortina de agua llena de luz y de colores, distingo una forma, parecía la de una mujer, con los cabellos largos hasta la cintura, cubriéndole parte de la cara y el pecho.  Intento fijar mi mirada para comprobar que no engaña, que era un efecto de la luz en el agua de la cascada.  Efectivamente, mis sentidos no me engañaban, detrás de la caída de agua estaba resplandeciente una hermosa ninfa, una dona d’aigua.

Decidí acercarme, suave, intentando no molestarla para evitar que se fuera. Me vino el deseo de hablarle y tocarla, porque siempre me dijeron que estos seres no existen, que son fruto de nuestras mentes.  Pero me surge la pregunta ¿y todo lo que vemos, fruto de qué es?, de nuestras mentes, claro.

Me deja acercarme, me siento a su lado en una roca húmeda, que en seguida se transforma en confortable y cálida.  Mi corazón late de prisa, mi emoción es alta.  Me mira con unos hermosos ojos oscuros. Nunca había visto aquella mirada, que enseguida entró en mi corazón que se sintió en calma, colmado con una paz extraña.

Extraña por lo hermoso, por lo plácido, por el sentir el corazón latiendo en la mas rotunda y absoluta paz.  Mi intuición me dice que eso es amor.

Cuando sentí que estaba en la misma vibración, supe que era un ser extraordinario, una diosa del agua, que sabía los secretos de la tierra, porque ella misma era la tierra. ¡Cuánta inocencia y pureza trasmitía su alma!.

Me deja acariciar su pelo y una rara electricidad me recorrió el cuerpo que siento que se llena de luz cristalina, me convierto en cristal líquido.  Nunca antes había visto esa mirada transparente, llena de compasión desbordante, de amor.

Mi corazón sintió la alegría, tocado por esos ojos oscuro de mirada profunda que me inundaron de amor. 

Qué hermosa sensación, enamorarte de una dona d’aigua.  Puedo besar sus mejillas y noto un gusto a madreselvas.  Seguro que en su correr por las aguas, regó en algún momento aquella enredadera de madreselvas que cuando niño tomaba el néctar de sus flores.

Sin que moviera sus labios sentía sus palabras en mi mente.  Me hablaba de la tierra, de las aguas, del aire y del sol.  Había cosas que la entristecían, cosas que no me las diría para no romper la magia.

Quise abrazarla pero intuí que su cuerpo se me iba a escurrir como el agua entre los brazos.  Con su vibración, su energía, cuántas cosas me explicaba.

Se hizo la noche, había que regresar a nuestros mundos.  Mundos que tuve la suerte de que por un instante se cruzaran.

No lo olvidaré nunca, el poder haber conocido una diosa de la tierra y de las aguas.

Antes de ella irse con sus aguas y yo de volver al camino del bosque, pude besar sus labios, que me dejaron ese sabor a madreselvas que guardaré en mi corazón para siempre, y que será mi luz para cuando transite los tramos oscuros del camino de la vida.

Me guardo ese regalo, de saber que existen estos seres llenos de amor y que a veces, la vida nos regala con estos encuentros, sabiendo que el momento es breve, pero tenemos el cofre del corazón para guardarlo.

Del mundo de los sueños vino, de ese claro en la niebla, la pude ver, sentir, querer.  Sólo puedo decir que si existen las donas d’aigua.

Vamos a seguir soñando y esperar compartir la vida y los sueños con estos seres de fábulas, que según la física cuántica ya existe esa realidad, sólo hay que desear vivirla.

Vilanova i la Geltrú 7 de noviembre de 2012 – ….en un claro de la niebla.

Entrando otra vez en la niebla, encontré este breve cuento que tenía perdido entre los papeles.

Lo comparto con todos/as.  Lo llamé “Tarde de invierno”

Sentado junto al fuego entrego mis pensamientos a las danzantes llamas y los dejo volar en el humo.

El calor de las brasas irradiando luz me lleva lejos muy lejos.  A aquellos paraísos prometidos y perdidos para siempre.

Me llevaron otra vez a mis 17, caminando por aquellas desiertas playas invernales que recibían la furiosa mar del Gran Sur.

¡Qué pequeño nuestro cuerpo ante tanta inmensidad, pero que grande nuestro corazón al ver que sentíamos la unidad de todo lo que nos rodeaba!

El viento, frío, constante y eterno nos susurraba historias.  De cuando los arachanes miraban la lejanía y eran felices; historias de naufragios; de la riqueza de la vida, de cuando los baqueanos nos describían las bandadas de chajás que cuando levantaban el vuelo tapaban al mismísimo sol.   Y el viento sabe, porque siempre está ahí, misterioso en las largas noches de invierno, sembrador en primavera, refrescante en los veranos y anunciador en el otoño.

Si la soledad huele ese es su perfume, un profundo olor a océano lleno de espuma y algas, de tiburón y lobo, de estrellas y caballos marinos.

Me sumergí otra vez en las brumas de la lejanía respirando la soledad, sintiendo las amorosas caderas de Abya Yala, mi América.

Seguíamos el vuelo de los petreles, valientes, no había ola ni vientos que detuvieran su vuelo.

El dorado del aire y la arena nos trajo otra vez junto al fuego, la niebla nos estaba dejando.    Si, si ya lo se, estamos lejos, muy lejo del Gran Sur.  Pero cuando lo evoco mi corazón vuelve a ser grande y volvemos a sentir la unidad, volvemos a sentir el todo, volvemos a  SER.

Gracias poderoso SUR, pronto te volveré a ver.

Pongo algunas fotos, estas son de una tarde de tormentas, en tierras de septentrión. 

Descansando de vientos y mareas.

Duende cabalgando los vientos.

Volver……..

EL ÁRBOL DEL PARAÍSO     

A pocos metros está la playa, pero cuando llueve vuelven a surgir de la nada los bañados que poblaban antaño la costa mediterránea de Vilanova i la Geltrú. El milagro de la vida sempiterno.

Al levantarme apareció aquella niebla que salía de la mar.

En pocos minutos entró con su sigilo blanco desdibujando calles, árboles, gentes y la ciudad entera.   Sólo quedó ese humo blanco y húmedo envolviéndolo todo.

Sumergido en esa espesa nube, entré en otra niebla, una niebla que venía de lejos, que traía olor a río, haciéndome sentir su aliento húmedo.

Cunado el sol que se imaginaba empezó a verse, me encontré en ese barrio montevideano, extendido sobre la falda del Cerrito… el de la Victoria, claro.

Corría con aquel pantalón corto de tiradores elásticos, llevaba un arco de caña, flechas, también de caña tacuara muy finas, una bincha con una pluma apretada, una pluma roja, seguro del “batarás” del gallinero.

Corríamos a refugiarnos del sol hacia la sombra fresca del paraíso de la calle, robusto y fuerte, que lo habíamos visto aguantar más de un tornado, con sus largas raíces penetrando la tierra, pero que levantaban las baldosas de la vereda.   Tanto fue que al final le costó la vida.  Esa testadurez  de enraizarse en la tierra, esa osadía de levantar baldosas.   Tuve mucha suerte de no estar para ver su fin, porque sin duda se me hubiera roto el corazón de ver caer a aquel amigo, refugio de miles de generaciones de pájaros y de los muchachitos del barrio que crecimos junto al perfume de sus flores y esa sombra protectora y amiga de los veranos.

Ya se que no estás, que te cortaron, como a casi todos nosotros.  Pero tu sombra, tus hojas, tus nidos, tus flores azules perfumadas, tus frutos, todo, todo tu ser sigue ahí en esa niebla inmortal, de la cual siempre te puedo volver a poner allí en la vereda, sólo metiendo la mano en la niebla y agarrándote con los mil brazos del corazón.

Esa niebla, ¡qué misterio!, no nos deja ver nada, pero nos hace navegar por el tiempo y traer aquellas formas, olores, sabores, sensaciones, sonidos que tienen vida propia.  Yo creo que en las cavidades del corazón está escondido ese infinito continuo.

EL PERFUME DEL JAZMÍN

Es así que me llegó aquella mañana de verano con el cielo plomizo, aire grueso, cargado de humedad, gelatinoso y espeso.

Costaba moverse, las piernas pesaban, en el gallinero las gallinas se movían lentas, en su actitud diaria de perseguir los granos caídos del comedero.

El barrio entero estaba apretado, prisionero de esa atmósfera espesa y agobiante.

Al mediodía vimos la luz solar misteriosa que formaba arco iris redondos.

¡Qué problema!, ¿Cómo iríamos a buscar esa olla llena de oro si estos arcos iris nunca tocaban la tierra?.  Eso era lo que nos decían nuestros padres siempre, que si caminábamos hacia el arco iris, en dónde se juntaban sus puntas con la tierra, ahí estaba enterrado un fabuloso tesoro de oro y piedras preciosas.   ¡Qué suerte que tuvimos!, porque aun hoy seguimos caminando hacia ese encuentro, sabiendo que en ese andar nos hemos ido encontrando tesoros más fabulosos, en sentir la vida en cada paso.  Esos grandes tesoros que nos regalan los duendes del arco iris en cada amanecer, en cada atardecer, en cada sonrisa, en cada abrazo, en cada beso.   Pero este arco iris estaba en el cielo, rodeando al sol, ese era el tesoro, esa visión de luz única que nos llena de alegría.

La tarde también llegó pesada y espesa. Invadió todo el jardín y a los dos árboles de jazmín del cabo, nevados por ciento de flores, que habían atrapado miles de arco iris y nos daban ese blanco tan radiante que parecían faros de luz entre el verde del jardín.  Flores de pétalos blancos, pequeñas y hermosas, que mi madre sacaba con mucho cuidado de los arbolitos y sembraba toda la casa con fuentes de vidrio con agua en donde flotaban los jazmines perfumándolo todo.

Perfume dulce y fresco que me ha quedado en lo más profundo de mis recuerdos.

Fue así que al girar la tarde, el aire pesado y húmedo abrazó con fuerte pasión amorosa los árboles de jazmín del cabo.

Los amó tanto que derramaron todo su perfume haciéndose uno con el aire y llegando con esa embriagante fragancia de amor y de paz  a todos los confines del barrio.

No se cuánto duró el éxtasis de esa calma, de ese navegar en fragancias, seguramente una eternidad, ya que todavía está ahí surgiendo de la niebla, intacto, puro, tal como era.

Despertamos con aquel potente rayo que descargó toda la electricidad que había ido amontonando el aire.

Luego vino la lluvia, torrencial que lo lavó todo.  Cambiamos el perfume de mis jazmines del cabo por la fragancia a tierra mojada, envuelta en aire fresco.

Luego llegó la noche con su manto de estrellas y nos durmió con su aliento fresco, siempre marcándonos la Cruz del Sur nuestro norte.

Rescatamos esta canción cantada por Alfredo Zitarrosa que la disfruten.

http://www.youtube.com/watch?v=PFF_F3fx4h0

17 de septiembre de 2012 a las 21.03 horas.

Tarde en el acantilado

Al despejarse la niebla, me encuentro sentado en el trono dorado de las rocas que caen al pequeño acantilado hacia la mar Mediterránea.

El grito de las fragatas me sumerge de lleno en el paisaje. No se cuánto tiempo ha pasado, pero si se que las horas se fueron blandas, transparentes, como si fueran de una cálida gelatina.

Veo la mar, mi vista se pierde en el horizonte, los barcos se desdibujan en la lejanía ¿a qué puertos irán?, ¿dónde les estarán esperando?.  Les deseo buena mar y un pronto regreso.

¡Qué suerte poder tener estas rocas vertiendo a la mar!.  Dejo ir mi corazón al infinito, soy la roca, soy la mar, soy el aire.  En el cielo se pintan de ceniza las otrora nubes blancas, el sol ya nos dijo “buena noche”.  El aire cálido me acaricia la piel, qué delicia y entro en ese sueño de ojos abiertos, y sueño la calma de la tarde, respiro la paz, siento la alegría de la vida transcurriendo cual eterno río y lo creo con aguas tranquilas, pero de corriente firme, aceptando los meandros y corriendo al encuentro de la mar, la eterna inmortalidad.

Con estos sueños que nos dejó la niebla, acaricio la roca y le doy las gracias por haberme acogido esta tarde, con las primeras estrellas me marcho, ahora siguiendo los caminos del cielo.

Un despertar

Aun recuerdo despertar en medio de aquellas largas noches del invierno del sur.  Escuchar el silencio, roto solamente por el canto de algún gallo o los pasos y el silbido de un trasnochador solitario. Siempre silbando un tango, que se iba perdiendo en la oscuridad del barrio.

Eran despertares a otros mundos, tal vez paralelos,  mundos  en que la imaginación era y es el vehículo transportador.

La noche fría y silenciosa, se convertía en praderas verdes, bañadas de oro por el sol, con pequeñas nubes de puro algodón colgadas, estáticas en un cielo azul envolvente.

Tocaba el cielo y la tierra, navegaba por la gran pradera de hierba fresca y verde.  Volaba hasta la franja de verde intenso y oscuro de las coronillas, anacahuitas, arueras, quebrachos, sauces y ceibos que con sus fuertes ramas escondían el tesoro líquido del arroyo.  Venas verdes llenas de vida atravesando mis plácidas praderas. Praderas del yaguareté, del puma, del guazubirá y en el confín del cielo azul el punto negro del vuelo planeado de mi águila mora, mirando a las aletargadas yararas o cruceras, borrachas de sol, seguras en la protección de su mortal mordisco.

Entrando en la espesura de la vena verde, sólo accesible por los pasos tubulares abiertos por los carpinchos que van a nadar y bendecir el agua.

Paso agachado, sintiendo los mil ruidos del monte. El zumbido de camoatí avisando que miles de aguijones están en paz. El canto del sabiá, las chicharras despertando al calor y el monótono canto de las torcazas.

Junto al agua la vida agrega a los sonidos los colores de los cientos de pájaros que se bañaron un día en aquel arco iris, y pintaron de colores sus pechos, sus alas y sin saberlo dieron nombre a esa tierra de praderas interminables: Tierra de los Pájaros Pintados. Pintados como el churrinche con su rojo de fuego que atraviesa el aire llenándolo de alegría.

Me vuelvo a dormir, en la fría noche del sur, pero sabiendo que existen huecos en la niebla, que entrando en ella llenos de confianza, los iremos recorriendo, viviendo y sintiendo. Esos mundo que están ahí.

La niebla que surge de la mar

La niebla que viene de la mar, nos envuelve con su perfume de salitre, llevando a la tierra el mensaje del agua de la vida.

Mezcla la esencia de las profundidades marinas, de los peces, del plancton, las ballenas, los delfines… con el olor a pineda, que la brisa suelta al pasar entre las agujas.

Esa unión hace la vida.  Llena de pequeñas gotas los árboles, luego caen juntándose con la tierra seca para darle el aliento de vida.  Subir por las raíces como sangre verde y ofrecerse al sol, recibiendo energía infinita e interminable.

Esa niebla que al igual que aquel cuadro de Vang Gog, nos trae las risas, los sonidos y los perfumes de otra época, los vivos y los muertos, todos felices, detenidos en ese bucle  de espacio tiempo, sólo capaz de producirse por los millones de gotitas de agua que en la niebla guardan el holograma de todas esas vidas.

En esta niebla me encuentro, ahora, mirando la mar, redonda e inabastable, misteriosa y profunda.

La roca que me acoge es fría pero sus huecos maternos dan vida a decenas de matas de tomillo, llantén y flores azules y amarillas.

Desde mi silla pétrea veo la mar, brillante al sol como un espejo de gigantes.  ¡Qué brillo! ¡cuánta luz!.  Mi vista se pierde en ese horizonte que se une al cielo, y también mi alma.

Vuelo con las fragatas a las olas, me zambullo en el agua con ellas tal vez para buscar esos hilos plateados llenos de vida para que nos alimenten.

Sentir la libertad y la paz.  Saber la eternidad de la vida.  Latir palpitar, vibrar con la luz, crear mundos, alimentarte de la magia que sólo la niebla es capaz de traernos.

Vilanova i la Geltrú, un día de verano de 2012, en que surgió de la mar esa niebla.

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4 pensamientos en “Cuentos de la niebla

  1. Cuanta emoción ; muchas gracias Fernando por escribir así …viví esos momentos intensamente mientras leía ; tal es así , que cuando terminé de leer , tenía los ojos húmedos . supongo que también, la niebla llegó hasta mi…Desde el otro lado del Río , te mando un gran abrazo!!!!

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