El sol

Destacado

Cada día vuelas más alto en mi horizonte calmo

te despierta el mirlo con su canto en lo oscuro del alba

silencio de la curiosa paz de la madrugada.

Desde mi retazo de tierra, pequeña ventana

te veo trepar el cielo cada mañana

subes siempre ahora, sin “hubiera” ni “pudiera”

así haces que ocurra la vida redonda, girando,

cuando descansas nos dejas tu sueño,

que es un infinito cielo estrellado bañado de luna.

Verte hablar con los pinos que crecen inclinados

vencidos por la insistente marinada.

Llenas de luz la costa Norte de la Mar Mediterrània

derramas los colores en mi paleta de pintor

que resulta son palabras y mi pincel es un lápiz

volcando palabras en una hoja blanca

de espuma de olas que llegan a la playa.

Al color y la luz le pones sonidos de trinos y cantos

mas perfumes de algas, romeros, retamas, tomillos, lavandas.

Mezclas el sonido de las olas con voces y risas de niños

que hacen castillos con la arena bien mojada.

La mar es tu espejo gigante donde peinas tu pelo de luz

llenas todo con tus rayos, incluso iluminas

 

la oscura sombra interna de la higuera achaparrada

llenas el bosque de la pineda cercana de tenue luz

con cantos de chicharras y ulular de torcazas

bañado en el intenso perfume de la pinaza.

Un aljibe guarda el tiempo

La somnolencia que deja la imposible siesta en una tarde canicular de agosto, te hace caminar por los laberintos del tiempo pasado. Imposible estar presente porque sólo hay piel ardiente y sábanas mojadas de sudor que llevan a la angustiante inquietud del excesivo calor. Así los recuerdos comienzan a surgir como una caravana de dromedarios atravesando el tórrido desierto.

Uno de los dromedarios de mi somnolencia venía cargado con mis 5 años de edad, el día que celebrábamos en un club vecinal los 15 años de mi hermana.

Enseguida me vi con mi camisa blanca enfundada en unos pantalones cortos con tiradores, pelo bien corto rematado en un engominado jopo. Delante mio estaba aquel magnífico aljibe de cartón con su arco, cadena y balde colgando, no para sacar el agua fresca que guardaba en el fondo. Del circular borde del aljibe salían unas finas cuerdas las cuales en su extremo “sumergido” tenían un regalo para quien tirara de ella. Habían uno o dos regalos estrellas, creo que uno era una billetera de cuero y otro un lapicero de buena marca. El resto eran libretitas o cartulinas con mensajes.

Hoy en mi somnolencia canicular, allí delante del aljibe de cartón, supe que las finas cuerdas eran líneas de tiempo que conectaban directamente con momentos del pasado guardados en el aljibe. Volví a ver la mano pequeña y regordeta de aquel niño de 5 años que se dirigía sin vacilación a tirar de una de las cuerditas. ¡A ver si sacaba el regalo estrella!

Supongo que fue el calor y la imposible siesta que me llevaron a mi enero austral, también en plena canícula. El niño, que era yo, sólo llevaba un desgastado pantalón corto, seguramente era prófugo de la obligada siesta.

Deberían de ser entre las 2 y las 4 de la tarde. El sol no perdonaba la calle y la hacía arder distorsionando el aire. Pero allí estaba la melia o árbol del paraíso robusto y enorme, tres niños de la mano apenas podíamos abrazar su tronco, para protegernos con su fresca sombra. Sus hojas de verde intenso invitaban a sentarte apoyado en su maternal tronco.

Cuando me senté con el gran árbol empezaron a sonar el coro de las chicharras, melodías de calor intenso que rompían el cristalino silencio de la tarde de siesta. Perdón las chicharras y el lejano grito del heladero “helaaaados, Conaprole, helaaaados”, en su carrito triciclo a pedales, ya que era el mejor momento para seducir a los prófugos de la siesta.

El grito del heladero sonaba alejándose en el aire distorsionado del calor de la calle. Más se iba incrementando el dulce perfume de mis jazmines gardeñas. Dos arbolitos de jazmín habían en el jardín de la casa, en enero estaban completamente blancos de flores unas junto a las otras jugando a ver la que dejaba ir al aire la nota de perfume más bella.

Cubierto por el paraguas de la sombra fresca del paraíso, pensé en hacer una incursión sigilosa a la casa para asaltar la heladera. Sabía que allí habían botellas con leche bien fría y un gran bote de dulce de leche para comer con cuchara sopera. Cómo me gustaba abrir la heladera, tomar una botella de leche, beberla hasta aplacar la sed y después salir con una cuchara de dulce de leche frío comiéndolo como un helado de cucurucho.

Así iba pasando la tarde de canícula, bajo una sombra fresca, envuelto en el canto de las chicharras y el dulce perfume de los jazmines. El único futuro que existía en ese momento era el saber que al caer la tarde, alguien me diría, “pon la manguera, riega las plantas y la vereda, mójate tu, pero no mojes a nadie que pase cerca”. Luego las chicharras callarían y vendrían los grillos, esos que cuando cantan dejan el cielo pintado de estrellas. En la noche desde mi cama con la ventana abierta miraría el cielo hasta dormirme con miles de estrellas perfumadas de jazmín gardeña.

La brisa del Sur siempre fresca guardaría en el aljibe la canicular tarde de siesta.

Un día de Luna Llena de agosto 2020.

Diálogos de sol

La niebla quiere engullir el sol de la tarde

Pasífae lo carga a sus espaldas

ella lo llevará al inframundo

para alumbrar la noche de las almas.

No temas caminante de los mundos

siempre habrá un sol dispuesto

a alumbrar la noche más larga

haz realidad el sueño y de la noche, día

Campanas del Monestir de Montserrat a la hora del Ángelus.

La noche, encuentro de almas

La hora azul del cielo fue trayendo el manto negro de la noche, con
sus estrellas, su luna, sus nostalgias.
Lenta, suave, cálida fue llenando corazones, calles y plazas.
Así sin prisas, abre la puerta de los sueños a los corazones que se aman.
Misterio de la noche mar que se encuentran las almas.

Días de magia

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Estamos acostumbrados a mirar el tiempo como si fuera una línea. No sabemos dónde comienza y menos donde acaba. Así instalamos nuestras vidas sobre una de esas líneas. Al nacer le hacemos una marca y cuando morimos alguien hará otra marca indicando el “tiempo” que duró nuestra vida.

Cada uno debe de tener una línea. Me imagino que vistas desde lejos, deben parecerse a una ventana con percianas de láminas. Aunque sin dudas su estructura es irregular. Por ejemplo deben de haber tramos en que dos líneas se tocan. Recorren un trozo de tiempo lineal paralelo. Siempre regido por las marcas de “inicio” y “final” de cada línea. Deben de ser, esos trocitos paralelos, los que compartimos vida con parejas, hijos, amigos… Luego está todo el tiempo o línea que sobra antes y después de las marcas. ¿lo ocupan otras personas? ¿se pierde en la nada?. Un misterio.

En una de mis fotos, siempre buscando el efecto de la luz en las cosas, surgió una idea. Inconsistente y etérica como todas las ideas.

Al acercarme a la “ventana” que abrió el objetivo de la cámara surgió de pronto un concepto, igual que las dos pequeñas figuras “humanoides” que se ven con claridad. Tal vez todo es un inmenso “caldo” donde flotan libremente infinitos universos. Donde la línea que le hemos atribuido al tiempo es un círculo, que con otros infinitos círculos forma una esfera. Algo así como una madeja de lana, tan compactada que no hay punta de inicio o punta de final.

Entre el sol, las ramas y el lente de la cámara, entramos a una de las infinitas ventanas que nos llevan a cualquier punto de la madeja de lana.

Por eso creo que en el silencio y la calma podemos entrar en la magia. La magia de poder viajar libres por la infinita madeja de lana. Ir a los puntos que nuestros corazones y nuestras almas quieren vivir sin las marcas en una línea seguramente inventada.

A dos días de la Luna Llena de Aries de 2020.

 

El abrazo, un cuento irreal.

Viviendo estos días extraños, de encierro, angustia, miedo, incertidumbre, de sensación de final, de oscuridad, siempre surge una luz. El otro día esa luz surgió de las palabras de mi hermano Aldo. Somos hermanos de sangre por libre decisión, lo que nos hace más hermanos. Todo surgió cuando aquellos niños que jugaban a “indios” en un barrio de la austral Montevideo, decidieron al mejor estilo de Abayubá, Vaimacá, Guyunusa, Tacuabé, Senaqué, hacerse un corte en el pulgar derecho y juntando los dos dedos y las dos sangres decretar para siempre que seríamos Hermanos de Sangre. Desde ese momento seguimos con nuestros arcos atravesados en el cuerpo y unas cuantas flechas de caña tacuara en la mano.

Iremos escribiendo conjuntamente aquellas historias, muchas que seguro los incautos lectores no las creerán. Y harán bien porque son historias que surgen de las mentes de dos niños “hermanos de sangre”.

Hoy compartiremos un cuento breve, “El abrazo”. Este fue escrito para ser presentado en el “Concurso compartido literario”, convocado por la Casa del Uruguay en Barcelona.

Este “cuento breve”, es exactamente eso: un cuento. Es la recopilación de historias contadas verbalmente, cosa que nunca sabremos si pasaron tal como son relatadas. Tampoco sabremos nunca si los personajes existieron o si se parecieron a otras personas ya que al ser un compendio de varios relatos verbales, sabemos que las mentes de las personas no siempre narran las cosas tal y como fueron o simplemente se perdieron en los infinitos relatos, todos ellos posibles, de universos paralelos.

Lo definiríamos simplemente como la historia de un abrazo que quedó enganchado en una plaza de la austral Montevideo. Esa ciudad de la enorme bahía protegida por un cerro y dormida en las playas del enorme Río de la Plata o Paraná Guazú (río grande).

Si les gusta o no, pueden hacer sus comentarios.

Un abrazo para todos de estos hermanos de sangre.

Entrar en el vínculo.

                         El abrazo

Sentimientos empaquetados en palabras (1)

Hoy quisiera hacer paquetes de sentimientos con palabras. Igual que cuando estás sentado en la hierba junto a un río con la espalada apoyada en el tronco de un árbol. A la sombra fresca en un mediodía de verano.

Perderme en pensamientos que corren rápido con el agua. Soñar sentimientos, intentar atraparlos en palabras. Construir oraciones largas donde las comas y los puntos son el zumbido de insectos que pasan.

Preguntarle a la corriente del río dónde se esconden las diminutas ninfas del agua. Esas que juegan con sus espejitos mágicos. Las que hacen bailar fragmentos de sol cuando se quiere refrescar en el agua.

Estirarte en la orilla del río para acariciarlo mientras camina lento o rápido. Sentir el líquido fresco que moja mi mano. Mojarme la cara.

Sentir como el río pasa. Mirar el cielo y ver pasar las nubes más veloces que el sol. Algodones blancos de vapor de agua.

Escuchar el canto de las chicharras, el ulular de las torcazas. Sentir el mediodía de verano envolver mi cuerpo desnudo de tibio calor bajo la sombra del gran árbol.

Entornar los ojos y soñar sueños de agua. Tal vez para poder ver a las pequeñas ninfas del agua.

Hoy quería empaquetar en palabras el sentimiento de la paz y la calma.

Si alguien las abre y siente su cara mojada su cuerpo envuelto en calor tibio y pasa delante de su frente una mariposa, que en realidad es una ninfa del agua, los paquetes de palabras habrán estado bien empaquetados.

También cuando las vayan desempaquetando han de sentir en el pecho como el corazón se ensancha y se convierte en río y en una frondosa sombra en un mediodía de verano.

Luna semilla en el primer día de marzo de 2020.

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La ciudad y la luna

Anaranjada, redonda, enorme, como un saco luminoso lleno de sueños de amor, sale la luna.

Lleva días juntando sentimentos de corazones que la piensan y miran.

Dentro de ese globo luminoso se guardan sentimientos y palabras.

Sentimientos de amor encendidos, de lejanas nostalgias, o de otros que están por nacer y que ahora son sólo palabras pintadas en papel.

Lleva también en su panza de luz, millones….infinitas palabras. Muchas que se dijeron bajo su luz bañando una mar calma, en praderas de horizontes lejanos o surgiendo de una pineda en la alta montaña. Hay otras palabras, que también las guarda, no dichas aún porque están esperando que se junten dos manos y dos miradas. Así en el silencio de una noche, derramará su luz con palabras codificadas. Unos labios transformarán la luz en palabras susurradas y un oído las llevará al corazón y al alma. Empezará un intercambio de palabras, de labios húmedos que las susurran, de corazones y almas que las guardan. Entonces habrá un momento en que coincidan las miradas en la luna brillante y redonda, saldrá de los corazones un rayo de palabras, que se descodificarán en luz para llenar a la luminosa panza, la de la viajera noctura. Ella las guardará en secreto y amor para vertirlas infinitas veces cada vez que se entrelacen dos manos y dos miradas.

Luna llena de palabras y sueños de amor ilumina mi ciudad dormida, déjanos tus rayos de luz para poder susurrar palabras, bien bajito para no despertar la noche llena de magia.

A la Luna Llena de febrero de 2020.

“Un buen guiso siempre vale la pena”

Después de muchos años de exilios y ausencias los antiguos amigos volvían a estar juntos. Fueron muchas las “casualidades” que se dieron para que esta reunión tuviera lugar. Nos conocíamos todos muy bien. Es que habíamos compartido esas etapas de la vida en la que todo se aprende: la niñez y la adolescencia. Cuando los aprendizajes se hacen compartidos se crean lazos indisolubles en los que por mucho que pase el espacio y el tiempo, siempre puedes retomar la conversación donde la habías dejado. Ese es el misterio de la amistad. El hecho es que la “barra” del “muro de Berlín” estaba junta otra vez.

El lugar elegido para la reunión fue el Parque Nacional de Santa Teresa. Otrora territorio salvaje entre el Océano Atlántico, la Laguna Negra y los vastos bañados del Departamento de Rocha. Territorio de caza de los arachanes, la misteriosa etnia charrúa que habitaba aquellas lejanías. También era zona del puma y el jaguar, hoy muertos o encarcelados por “atentar contra la propiedad”. Peor suerte corrieron los arachanes que fueron extinguidos, tan cruelmente que destruyeron para siempre su lengua y cultura. De las pequeñas pirámides que construían sólo quedan algunos montículos llamados “los cerritos de los indios”.

El hecho que esta maravillosa zona medio salvaje, se convirtió en Parque Nacional con un área de servicios habilitada para acampadas. El atractivo es tal que puedes instalar la tienda en medio de un frondoso bosque nativo o un bosque de gigantescos eucaliptos, que fueron plantados para fijar las arenas móviles de las antiguas dunas. Estar acampado en un lugar así es maravilloso. En las frescas noches del verano austral te permite acercarte a las interminables playas del Atlántico y contemplar uno de los cielos estrellados más hermosos del mundo. Galaxia, nebulosas, constelaciones, se ven perfectas entre las estrellas, como si fueran cantos rodados de un río celeste. Las noches sin luna o cuando está menguando, es decir con oscuridad absoluta, son las estrellas las que iluminan el paisaje. Luz tenue, de un azulado más que enigmático que al mezclarse con el intenso perfume del salitre oceánico te hace entrar en un mundo diferente, un mundo en donde eres parte de un “todo”, donde alma y espíritu se fragmentan en la luz de las estrellas.

Se te puede ocurrir entrar en las frías aguas del Atlántico con un “calderín” para pescar un buen puñado de plancton y hacer una “fritadita para la cena”. Luego, al salir del agua lucir figura de espectro, fosforescente, debido a las microscópicas noctilucas que habitan el agua.

En un lugar así el centro de todo es el “fogón”. El lugar donde se enciende el fuego ya sea para calentar e iluminar las frescas noches de enero o para cocinar. Allí puedes hacer desde riquísimos pescados a la brasa, corvinas o brótolas, pasando por el típico asado de tira con su respectiva parrillada compuesta de chorizos, morcillas, tripa gorda, mollejas… Otra forma de cocinar es con la olla de hierro colgada por una cadena del soporte de madera. Un “fogón” de estas características bien hace un par de metros cuadrados.

Resultó ser que uno de los días que pasaba la “barra” de amigos acampada, surgió la idea de regalarnos con un delicioso guisito rústico.  Esos que llevan buenos trozos de carne, chorizo, morcillas, papas, fideos, choclo, especies y sobre todo se cuecen en un fuego de leña.

Lo que no programamos fue que ese día de verano austral íbamos a estar bajo el ardiente viento del Norte, el que trae el terrible calor húmedo de la lejana selva tropical. Ese al que le decimos “el aliento del diablo”.

A pesar del terrible calor, el guiso, empezó a marchar en el fogón. Protegidos por la sombra acogedora de las anacahuitas, las coronillas y algunos de los gigantes eucaliptos, fue transcurriendo el día entre mates, vinos y algún vaso de whisky brasilero. El Parque está a muy pocos kilómetros de la frontera con Brasil y realizar “compras” para el campamento siempre sale encuentra, además de visitar el Chuy o Santa Vitória do Palmar pueblos fronterizos donde la simpatía de sus habitantes siempre te cautiva.

Llegada la hora de la comida saboreamos el exquisito guiso con repetición y todo. Contentos después de acabar la comida y comprobar que había quedado suficiente para calentar en la cena. Estaría más bueno todavía porque como suele suceder los sabores se “asientan” y queda más gustoso.

El calor era cada vez más asfixiante. Pero todos muy bien sabíamos que eso era puntual. Cuando viene el aire cálido del Norte, siempre al chocar con las aguas frías del Atlántico Sur, inevitablemente desata tormentas impresionantes de lluvia, viento e importante aparato eléctrico, es decir rayos y centellas. Esto convierte a estas tormentas en muy peligrosas y más aún si estás acampado en un paraje natural.

Efectivamente, durante la tarde el aire caliente y pesado se fue ionizando y cargándose eléctricamente, preparándose para lo peor.

Al caer la noche nos disponíamos a “calentar” el maravilloso guiso pero paralelamente el viento hacía mecer ya con rumor de hojas de las altas copas de los eucaliptos. Estos árboles al haberlos plantado para fijar las arenas, encontraron abundante agua proveniente de acuíferos conectados con la inmensa Laguna Negra. Con tanta agua crecieron hasta pasar los 20 metros de alto y unos diámetros en que tres o cuatro personas les cuesta “abrazarlos”. Al ser el suelo arenoso, la solidez de las raíces de estas moles es muy cuestionable. Siempre cuando sopla el viento tormentoso caen tres o cuatro de estos gigantes. Eso los convierte en muy peligrosos ya que pueden caer sobre una tienda de campamento, sobre un fogón o directamente sobre personas. Produciendo muerte o discapacitaciones severas.

Rápidamente los amigos organizadores del encuentro deciden hacer caso a los consejos de los administradores del Parque (el ejército, es que continúa siendo una zona estratégica para el País. Desde allí se controla el llamado “Paso de la Angostura”, entre las lagunas, los bañados y el Océano Atlántico), de ir a refugiarse a la “Capatacía”. Ese lugar es como un “búnker”, de piedra y alejado de los gigantes de pies débiles, además está rodeado de pararrayos, cosa que garantiza el no morir chamuscado.

El guiso ya estaba a punto para comer, dejaba ir un perfume irresistible.

Al caer las primeras gotas de lluvia, sentirse los primeros truenos intimidatorios y las ráfagas de viento helado, todo el mundo empezó a recoger las cosas imprescindibles para ir a refugiarse a la Capatacía.

-Dale, apúrense, bo, que se viene con todo! -Nos dicen nuestros anfitriones.

Al vernos la cara de uno de los amigos y la mía, de incredulidad con la tormenta, aunque en el fondo era una gran resistencia a abandonar el exquisito guiso que nos esperaba calentito.

Ya estábamos recibiendo el último ultimátum: -Bo, nosotros nos vamos si se quedan acá les puede caer un rayo o un árbol.

Mi amigo me mira y me dice: -Ché ¿cómo lo ves esto?

Le respondo -Bueno creo que es una tormenta pasajera.

-Es que si nos vamos nos perdemos el guisito que tiene pinta de estar buenazo. Dijo mi amigo.

-Sí, es una lástima perdernos el guiso calentito y todo. Yo iría comiendo y se vemos que se complica más, rajamos para Capatacía. Sugerí como propuesta altamente razonable.

Con una amplia sonrisa dijo mi amigo: -Mirá creo que tenés razón y después de todo, si nos cae un rayo quedamos con los pelos de punta y salimos como en un negativo de foto.

Entre el viento, la lluvia intensa y los rayos que menudeaban aquí y allá, saboreamos debajo del toldo el exquisito guiso acompañado de un vaso de vino y una charla llena de risas y alegría recordando antiguas anécdotas vividas.

Cuando pasó la tormenta, la verdad no sé cuánto duró, porque cuando te comes un guiso con un amigo en el medio del caos, el tiempo se diluye, desaparece. 

Cuando regresaron el resto de amigos, el comentario era: -¿Y se morfaron todo el guiso?

-Cláro, es que un buen guiso siempre vale la pena.

  Las fotos no son del guiso protagonista de la historia, pero sirven para ilustrar el “fogón”.

Invierno en Septentrión

Paraísos cercanos aquellos que puedes respirar, oler, tocar, ver, palatar.

Massís del Garraf, vieja montaña cárstica, misteriosa, de simas profundas.

Puedo ver desde tus acantilados ponerse el sol en la mar, intrépidos veleros intentando atrapar la luz.

Remanso para patos, garzas y almas en tus plácidas marismas, refugio, comida y alimento espiritual.

Al adentrarte en el Massís del Garraf, te reciben viñas dormidas, pinedas, olivares e intrépidos almendros que empiezan a florecer. Milenarias masies perdidas entre picos y valles, Can Grau, Can Camps, Can Suriol. Ruinas del Castell d’Olivella, bastión medieval, desde el siglo IX custodio de “la frontera”, “la marca” que separaba mundos, el islam al Sur, carolingio al Norte.

En este paraíso cercano, escucho el canto del ruiseñor, puedo disfrutar del silencioso vuelo del águila, los cencerros de los rebaños trashumantes que buscan un invierno más suave entre valles que hacen florecer los almendros. Pronto vendrán las abejas con sus danzas y zumbidos y probaremos la dulce miel joven con sabor a almendras, romeros, retamas, tomillo, hinojo….esa la de mil flores. Gusto a Mediterráneo, gusto a Massís del Garraf.

Paraísos cercanos, este que puedes respirar, oler, tocar, ver, palatar.