Murmullos del atardecer

Sólo con el corazón se puede escuchar la tarde. El sol atardeciendo es un camino de luz dorada que te introduce en el silencio.

El mantra vibrante de las olas te sumerge en el trino de los pájaros,  buscan refugio en las ramas despobladas de los árboles cantando bajito una antigua canción de cuna. Se invitan a dormir nomas se oculte el sol.

El banco del parque junto a la mar, te muestra una película a cámara lenta. Las olas vienen y van en un monótono y relajante acariciar a la playa.

Los paseantes van lentos como si la tierra los quisiera sujetar, hablan en voz baja los que van acompañados y los solitarios tararean o silban una melodía. Las risas y ladridos llegan lejanas envueltas de murmullo a mar.

El aire frío y los latidos del corazón te funden en la tarde. Es la hora de las presencias. Seres o almas que no se ven con los ojos sino con el corazón. Tal vez sean suspiros de amor que el viento y los rayos del sol llevan.

Lo cierto es que en el banco del parque que mira a la mar, la paz te inunda y el cielo no para de sonreír.

Murmullos del atardecer, susurros al oído, besos y amores viajando con el viento.

 

A tres días después del cuarto menguante de febrero 2018.

 

“…nos perdemos por el mundo, nos volvemos a encontrar…”

“Y así seguimos andando
Curtidos de soledad
Nos perdemos por el mundo
Nos volvemos a encontrar”.

     Los Hermanos
Atahualpa Yupanqui
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 La vida ha seguido sus ciclos y su curso. Con sus estaciones, días de sol, de frío, calor. De noches largas o veranos tórridos. Hemos ido sintiendo todo, las caricias, los besos, el abrazo fraterno, el miedo, la alegría, la tristeza, la incertidumbre y muerte del destierro.
Todas estas cosas, vivencias o ciclos, se fueron guardando amorosamente en las paredes del corazón. Así como esta foto de niños en la Escuela 137- María Noya allá por el 1966, ubicada en la calle Industrias (hoy Ing. José Serrato) de Montevideo en una vieja casona donada por el Dr. Campioti en el 1932 para funcionar como escuela. Por eso en aquella época le decíamos con cariño a la escuelita de una de las faldas del Cerrito de la Victoria: la Campioti.
El barrio adquiría el nombre del pequeño cerro hoy coronado he identificado por la espectacular iglesia del Sagrado Corazón, visible desde toda la ciudad de Montevideo. Cerrito en donde se puso sitio por dos veces a la ciudad amurallada de Montevideo. La primera en 1811 después de la Batalla de las Piedras, por las tropas del General Artigas, que habían derrotado al ejército realista español.  De ahí viene el calificativo “de la Victoria”, porque un año más tarde el General Rondeau volvió a derrotar al ejército realista español en senda batalla en el Cerrito, por terrenos en dónde está mi querida escuelita. El segundo sitio en 1843 comandado por el General Oribe enmarcado en los hechos de Guerra Grande.
Como dice Atahualpa Yupanqui en la letra de “Los Hermanos”, nos “perdimos” por el mundo y nos hemos vuelto a encontrar con compañeros que están en esa foto.
Cuando ocurren estos encuentros después de tantos años pasados, la niebla del tiempo se disipa y del corazón empiezan a surgir los recuerdos.
De pronto, al igual que en una máquina del tiempo, te trasladas al Cerrito de la Victoria, la vieja casona convertida en escuela se vuelve a llenar de voces y risas de niños jugando en el patio. Vuelves a oír la “campanilla” manual que hacía sonar la Directora para anunciar la entrada, la salida o la hora del recreo. Te ves compartiendo pupitre con otro niño o niña al cual conoces bien. sientes en la madera del pupitre las huellas hechas por la punta de algún compás esbozando un nombre o un dibujo, jugándote una buena sanción si la maestra te veía hacerlo. Las discusiones que se zanjaban con un choque de manos estiradas y un “cortá pa’la salida”. Las tardes que al salir siempre había alguien que aparecía con una andrajosa pelota e invitaba: “bo, hacemos un mariadito”. Esto consistía en escoger alguna de las calles colindantes, poner dos piedras a un par de metros de distancia a modo de portería, escoger el largo de la calle (esto dependía de la cantidad de jugadores), separar los “equipos” por número par e intentar hacer un gol haciendo pasar la pelota entre las dos piedra contrarias. Si el número era impar, el de jugadores, se valoraba y acordaba en poner en el equipo que quedaba con un jugador menos a uno o dos que teníamos como “muy buenos” jugadores. La diferencia numérica quedaba compensada.
Así iban pasando aquellos días entre tardes de pelota, trompos, cometas y bolitas, acompañadas por aquellas frases que nos repetían las maestras y que siguen marcando el comportamiento de muchos de nosotros: “….asegurando que los más infelices sean los más privilegiados”, “con libertad ni ofendo ni temo”, “sean los Orientales tan ilustrados como valientes”, “mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”, “el día que me quede sin soldados, tendré los arcabuces de la sangre para pelear con perros cimarrones”, “un lance funesto podrá arrancarme la vida pero no podrán envilecerme”… Frases todas del ideario Artiguista, al cual debemos agradecer la educación democrática y libre en la que nos formamos.
Al tener estos reencuentros, de las paredes de la vieja casona de la antigua escuelita, vuelven a surgir las voces y el ruido de la piedrita chata cayendo en un número de la rayuela pintada en el patio y las risas de niños. Lo que no sabíamos era que ninguna lluvia  pudo  borrar la rayuela, porque quedó guardada en todos nuestros corazones.
Hoy vuelve a surgir en forma de foto pero palpitando llena de vida igual que aquellos días de rayuela, pelota, bolitas, cometas y trompos.

La Candelaria

Los pájaros esperan el atardecer

estáticos en las ramas desnudas,

la tarde rueda lenta, sin prisas.

La mar prepara su cuenco húmedo

para guardar al sol en un lecho de nubes.

La soledad del muelle se llena

salitre, sol, rumor a mar.

En esa calma fría, acogedora y húmeda

se puede soñar.

Soñar mil cosas, o sólo…

las que tu alma quiera crear.

Respirar el aire frío de la Candelaria

junto a la mar,

es estar con tu amada,

acariciar horizontes lejanos,

temblorosos de sol y mar.

Caminos de luz en el agua

deja tus sueños y tu alma volar.

 

Caminos de luz

El sol surge del nido, guardado por las ramas desnudas de un árbol invernal. Hace su recorrido volando como un misterioso pájaro de luz. Va trazando caminos de luz sobre la mar. Caminan las barcas hacia la brillante luz. Se diluyen las sombras en la intensa claridad. El aire esparce fotones que se pueden respirar. Inspira, espira déjate llenar de luz. Entra luz, propaga luz, camina en la luz. Siente como la luz llena tu cuerpo, siente la arena fresca en tus pies. Se frágil como la huella que la mar la convertirá en playa una y otra vez. Siente como vibra el aire cuando recorres el sendero de luz. Escucha a la mar, escucha las voces y susurros que el aire lleva y trae, escucha los cantos de los pájaros, las risas de los niños y el silencioso caminar del sol. Si quieres llorar, llora, que estás junto al mar y sabe que cada lágrima será parte de la mar. Tus lágrimas transmutarán en alegría e inmortales serán porque formarán con la mar caminos de luz que sólo transportan alegría amor y paz.

Creemos el mundo de los caminos de luz. Dame tu mano y empecemos a caminar. Mañana cuando despertemos después de una borrachera de estrellas otro mundo será.

La luz, la materia que crea todos los sueños, sólo necesitas como herramientas tus sentimientos y emociones….. y saber qué es lo que quieres esculpir. Yo te propongo que esculpamos todo lo que nos hace felices, sentir alegres y en paz.

Recorre los caminos de luz, hasta en la calle más oscura los encontrarás.

Ventana a la mar

Abro las ventanas de mis ojos

dejo entrar la inmensa mar.

Hoy entras calma y mansa,

espejo gris lleno de humedad,

viajeras nubes dejas peinar.

El sol en tu superficie

dos veces puede brillar,

espejo gris lleno de humedad,

¿qué escondes en tu profundidad?

Me imagino volar los peces,

con sirenas jugar.

Guardiana de mil naufragios

llena de almas estás.

Por las ventanas de mis ojos

en mi alma estás

oigo tu rumores de espuma y sal.

Tu mirada enamorada

mi alma puede tocar.

Para los marinos, eres la mar.

Igual que madre amorosa y severa

a tus hijos alimento nos das.

Espejo que reflejas las lunas llenas

los ojos de mi amada me haces llegar,

saboreo tus labios tiernos,

espuma de ola y sal.

Siempre eres camino

por donde partir o llegar.

Acaricio tus suaves caderas,

olas que a la playa van,

entro en tus misteriosas cuevas

de algas que el cielo hacen tocar.

Entonces me fundo contigo,

juntos nos ponemos a nadar,

¿nadar o volar?

sólo recorremos mundos

que el amor sabe crear.

Compañera, amante, espejo de luna y sol,

llena de secretos estás

que en tu profunda alma sabes guardar.

Por eso mi alma te ama con firme pasión,

como sólo lo hacen los hijos de la mar.

 

Escrito viajando en un tren de Vilanova i la Geltrú a Barcelona mientras atravesábamos los túneles del Massis del Garraf con la mar junto a nosotros.

Puerta dimensional del viento.

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Siempre pensamos que cuando sopla con fuerza el viento se lleva cosas. Lo he visto arrancar árboles como si de débiles hierbas se tratara, hacer volar tejados enteros, arrastrar personas, levantar olas gigantescas. Son los grandes vientos, aquellos descriptos por Jorge Amado en “Los viejos marineros”, aquellos que soplan con terrible fuerza, no para llevarse nada sino “…dispuestos a destruirlo todo para salvar el sueño..”.

A mi me pasa que cuando los contemplo vestidos de hojarasca, polvo o arena, formando agujeros de gusano, esas puertas que viajan por el espacio – tiempo, mi alma se une a ellos y me disuelvo en el torbellino que me lleva a infinitos tiempos.

Si lo escucho aullar herido al querer atravesar las rendijas de las ventanas, me transporto a mi niñez. Me veo en una cocina caliente, con olor a estofado caliente, sentado en mi pequeña silla metálica dibujando o pintando con acuarelas en una hoja de papel garbanzo y como mesa un cajón de verduras. Veo a mi madre cocinando y a mi hermana buscando la música que le gusta en la enorme caja de madera que guardaba la radio de lámparas. Eso si, siempre es de noche e invierno. Tal vez era sentir la seguridad de aquella cocina tibia y acogedora que no dejaba entrar al viento helado y tétrico que llenaba de soledad las calles y hacía que en las cocinas se contaran historias de misterio o enigmas no resueltos.

Otras veces, cuando acaricia mi cara con fuerza y deja mi pelo revuelto, me veo con las enormes cometas de cañas, papeles de colores y largas colas de trapos, intentando no cortarme los dedos con el resistente hilo engrasado. Cometas que hacíamos con tanto cariño y destreza. Estrellas, luceros, barriletes, cajones, barcos, las infinitas formas de los sueños creadas para que fueran nuestros ángeles voladores llevando nuestro corazón al cielo, a jugar con las nubes, a burlarse de las ramas más altas de los árboles. Veo el profundo cielo azul lleno de puntos con astros de caña y papel llenando de colorido el infinito. Me trae voces y sonidos familiares inundando el aire de caras y sonrisas de niños jugando a ser viento.

Cuando sopla húmedo y frío, lo atravieso para llegar a una playa oceánica, viendo un enorme sol rojo desapareciendo en la mar entre las brumas de la lejanía. Escucho el chasquido de látigo de enormes olas antes de romper en mil y un rugidos. Lobos marinos deleitándose en el juego que les brinda la mar helada.  Subir altos médanos con las piernas desnudas sintiendo mil pinchazos de la arena voladora.  Llego a veces a la orilla de kilométricas lagunas erizadas en miles de pequeñas olas que no pueden hacer espumosas crestas. Pisando el inestable pajonal, escuchar el concierto de flautas, clarinetes y oboes del viento pasando entre las totoras y pajas bravas que se mecen pero no se quiebran.

El torbellino me lleva al centro de un trigal amarillo moviéndose en ondas que no paran de producirse. Tal vez sea yo la piedra que cae en el estanque de trigo y provoca las ondas concéntricas.

La puerta que más me gusta es aquella que se abre cuando sopla con lluvia. Debe de ser porque mis labios tocan una cálida y acogedora boca mientras acaricio una cara mojada y juego a enredarme en la más hermosa de las cabelleras húmedas. Escucho el flamear del paraguas que sale volando sin importar para nada la lluvia.

Puertas que abren los vientos, que no se llevan nada, todo lo contrario te traen cosas, amores, paisajes, viajes, susurros de amor, vuelos en cometas de caña y papel. Creo que siempre vienen para salvar un sueño, en sus grandes alas podemos volar a vivir y realizar el sueño. No se olviden que son puertas del misterioso espacio – tiempo.