El sol

Destacado

Cada día vuelas más alto en mi horizonte calmo

te despierta el mirlo con su canto en lo oscuro del alba

silencio de la curiosa paz de la madrugada.

Desde mi retazo de tierra, pequeña ventana

te veo trepar el cielo cada mañana

subes siempre ahora, sin “hubiera” ni “pudiera”

así haces que ocurra la vida redonda, girando,

cuando descansas nos dejas tu sueño,

que es un infinito cielo estrellado bañado de luna.

Verte hablar con los pinos que crecen inclinados

vencidos por la insistente marinada.

Llenas de luz la costa Norte de la Mar Mediterrània

derramas los colores en mi paleta de pintor

que resulta son palabras y mi pincel es un lápiz

volcando palabras en una hoja blanca

de espuma de olas que llegan a la playa.

Al color y la luz le pones sonidos de trinos y cantos

mas perfumes de algas, romeros, retamas, tomillos, lavandas.

Mezclas el sonido de las olas con voces y risas de niños

que hacen castillos con la arena bien mojada.

La mar es tu espejo gigante donde peinas tu pelo de luz

llenas todo con tus rayos, incluso iluminas

 

la oscura sombra interna de la higuera achaparrada

llenas el bosque de la pineda cercana de tenue luz

con cantos de chicharras y ulular de torcazas

bañado en el intenso perfume de la pinaza.

Una tarde de otoño

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Volar, caminar, navegar por la tarde otoño entre la mar y la marisma es un placer a los sentidos.IMG_5791

Desenvolver el aire frío y zambullirte con los patos en las aguas calmas de la riera. Ver mecerse los gorriones en las hierbas altas buscando el grano de comida. Sentir el viento en la cara, el sol tintando las nubes. El color azul oscuro de la mar con frío. El tiempo detenido en ese instante.

Para entrar en la tarde de otoño entre el mar y la marisma hay que recorrer un túnel curvo de luz dorada con caminos que convergen en la playa.IMG_5800

Respira, siente el olor a agua salada. Siente en tu cara el viento y escucha los susurros de amor que lleva en las alas.

Deja tu corazón en calma, déjalo que sea uno con la marisma, la mar, el sol y el viento que llevará tus pensamientos a donde quieras que vayan.

Impresiones de un atardecer de otoño con la luna entrando a menguante.

 

Atardecer desde mi ventana

Desde mi ventana veo la mar y su azul horizonte inalcanzable.

En las tardes de otoño el sol poniente envuelve los tejados y el campanario de la iglesia de luz dorada. Toda una invitación al descanso. Risas y sonidos suenan lejanos, nadando como peces en la suave luz dorada.

En el horizonte, desde la mar azulada, surge el cielo rosado donde se recorta la silueta de un gran barco, seguro guiado por los destellos del faro. Quiero pensar que va cargado de sueños, trayendo y llevando historias de tormentas y aguas en calma, de amores vívidos en puertos lejanos.

Me gusta ver un gran barco navegar el horizonte sin caerse al otro lado. Mientras tanto su silueta oscura se ve nítida entre el cielo rosado y la mar cada vez más oscura azulada. Va presto a descargar toneladas de sueños, ves a saber en qué puerto lejano.

Impresiones de un atardecer desde mi ventana.


Cuarto menguante de octubre 2019.

Caminos del agua

Caminos de agua sobre la tierra

vida fluyendo líquida y tierna

alegría etérea moja la tierra

sentimientos de agua paz en la tierra

centenarias campanas son las cascadas

peces volando en cristalinas aguas

cantos rodados suaves y firmes

caderas de hadas del agua siempre risueñas

instantes eternos de paz y alegría

caminos de agua llevando sueños

sueños de calma y paz mojando la tierra.

Otoño en la marisma

Luz equinoccial sembrando estrellas en el agua

avisa que viene el tiempo de la calma

tiempo de sentir la mano cálida acariciando la cara

gorriones meciéndose en frágiles ramas

semillas alimentando el vuelo de los pájaros

luz equinoccial recorriendo las almas

tiempo de contemplarte en el sueño de la tarde

ver tu sonrisa dibujando horizontes

alcanzables sólo cuando miras estrellas en el agua.

Singularidades del mar cuántico.

“Mar cuántico donde la consciencia es el cincel que esculpe la materia.”

La vida es eterna aunque parezca llena de muertes.

Pensamientos que viajan entre fotones, consciencia que los convierte en electrones. Galaxias y quarks el mismo modelo para soñar.

Círculos de pensamientos como galaxias jugando a vivir y morir, a morir y vivir, pero siempre eternidad de la vida.

Juego eterno, teatro en que somos actores eligiendo cada papel.

Creamos escenografías de vida, de muerte, de dolor, de alegría, creamos árboles, bosques, ríos, playas, montañas, valles, ciudades, dioses castigadores, dioses benignos, amables, perseguimos paraísos que tenemos en el corazón, a disposición, listos para vivirlos. Pero si hemos elegido el juego de buscar y buscar así estaremos vagando hasta el aburrimiento. En ese momento cambiaremos de personaje y de papel a interpretar.

De los infinitos papeles que he representado, me quedo sin dudas con los personajes románticos. Aquellos que te quedas extasiado al ver una puesta de sol tiñendo de rojo una playa solitaria.  Entrelazar tu mano con otra mano, en silencio, sin decir nada. Ver una mirada callada diciéndolo todo. Una cabellera larga iluminando el sol de la tarde. Un corazón latiendo junto al mio. Y cuando llegan las noches de verano, aquellas de habitaciones con ventanas abiertas, llenas de perfumes, acariciar lentamente unas prominentes caderas frescas de oscuridad o redondeadas por los hilos de plata de la tenue luz lunar. Recorrer con las manos o la boca la suavidad y tersura redondeada de esas cálidas praderas.

Luego en las noches de frío invierno, ver una boca sedienta de pasión alumbrada en rojo por las llamas del fuego. Ver bailar esos labios cálidamente iluminados al ritmo lento del crepitar de la leña ardiendo en la chimenea. Despertar dos cuerpos desnudos para cubrirse con una manta, cuando el fuego es resplandor de brasas y las llamas apasionadas están guardadas en la eternidad del corazón.

Por todo esto me gustan los “papeles” en que camino la vida, creo escenarios para ser actor preferente en estos momentos. Saber que todo surge de un pensamiento lanzado al mar cuántico o sea al mundo de los sueños.

Juguemos sin miedo el juego elegido el mundo y el momento creado por nuestro pensamiento. Extraído del infinito mar cuántico.

Ahora disfruto el radiante sol, esta noche la creciente luna.IMG_4232

 

El bote de dulce de leche.

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Cada vez creo más que los sentidos son entradas a los infinitos pasadizos del espacio-tiempo. Por eso intento disfrutarlos al máximo en cada momento. Están los agradables, aquellos que nos hacen vibrar el alma y los no tan agradables, aquellos que nos recuerdan la polaridad del mundo. A ambos procuro almacenarlos en ese misterioso e insondable saco que llamamos memoria, todos en general, los que decimos buenos o los que decidimos malos.

Así por ejemplo abrazo y me deleito con la melodía de la música, el canto de los pájaros, el rumor de las olas, el agua que surge de la fuente o las risas de la gente. Pero también abrazo el rugir del viento en la tormenta el chasquido electrizante del rayo cuando cae muy cerca, los gritos de angustia, de dolor o de miedo, porque también son partes nuestras.

Abrazo con los ojos, amaneceres y atardeceres rojos y dorados, valles visto desde la cima de la montaña, la luna llena surgiendo de un horizonte recto, ver un dibujo o un cuadro y entenderlo desde adentro, leer un libro que me guste, volver a releerlo. También intento abrazar, aunque confieso que me cuesta, imágenes de destrucción, naturales o inducidas por nuestra propia especie. Entonces estas también van a la memoria para que cuando sueñe con mundos futuros sabré que estas imágenes estarán disueltas, transmutadas en amor, para poder ver imágenes de dibujos y de cuadros, de libros llenos de ternura, mundos colaborativos y amables,  soles nacientes y lunas quietas flotando en una mar calmada,  bosques sumergidos en la niebla.

Abrazo con la nariz, los perfumes de las flores, la hierba húmeda y fresca, la tierra mojada por la lluvia, el aire que anuncia la tormenta, la cabecita suave de un bebé, la leña quemando en la chimenea en una noche helada, la fruta fresca. Pero también abrazo el olor de la vida que se corrompe o los azufres que vomita el volcán.

Con la piel abrazo la piel desnuda de la amada, acariciar una cabellera, interpretar una cara como lo haría un ciego, besar unos labios húmedos y frescos, la caricia tierna de un niño o de una madre, el lengüetazo de tu perro, nadar desnudo en mar abierta. También abrazo el dolor del golpe, la quemadura, el arañazo, que también están ahí para avisarnos. Al guardarlos en la memoria sabes que la brasa quema y la espina se clava.

Creo que me queda el sentido del gusto y relacionarlo con los pasadizos del espacio tiempo.

Me trajeron de regalo directamente de la Tierra de los Pájaros Pintados un bote de dulce le leche. Lo abrí lento, convirtiendo cada movimiento en una caricia. Observé su textura lisa como gelatina, su intenso color marrón. Olí el perfume inconfundible de la leche revuelta con azúcar.  Tomé una cuchara sopera y lentamente extraje una generosa carga del cremoso dulce. Como si de un helado se tratase, usé la lengua como pala. Al sentir el gusto inconfundible, la puerta del gusto, la que lleva a uno de los canales del espacio tiempo, se abrió de par en par.

Viajé a la cocina de mi casa infantil. Allí estaba mi madre frente a una olla enorme sobre uno de los fuegos de la cocina, haciendo girar lentamente pero sin descanso una larga cuchara de madera. La olla estaba llena de la más blanca y deliciosa leche de nuestras vacas y la más que blanca azúcar de remolacha. Mientras el líquido iba espesando y tomando el color marrón característico, la cocina se llenaba de olor a dulce de leche y la voz de mi madre cantando un tango que le gustaba mucho, “….su nombre era Margot, usa boina azul y en su pecho colgaba una cruz…”.

Allí estaba mi hermana intentando sintonizar en la enorme radio de lámparas alguna radionovela “de amor” o de desamor, como pensaba yo, ya que cuando las oía, eran unos verdaderos dramas para ponerse a llorar.

Por ahí andaba yo, con mis pantalones cortos de tiradores, esperando para cuando se fuera enfriando “limpiar” la larga cuchara de madera saboreando y guardando en mi memoria el gusto a dulce de leche. Lo que no sabía que guardaba también la cocina de mi casa, a mi madre, a mi hermana y a ese niño de 6 años que le gusta lamer las cucharas con dulce de leche. Y hoy desterrado por tierras de Septentrión, pude diseñar un futuro, hoy presente, en el que me regalaron un bote de dulce de leche hecho como en una cocina de una casa en la Tierra de los Pájaros Pintados para que desde la memoria pueda diseñar el futuro, gracias a una cucharada de dulce de leche.