El sol

Destacado

Cada día vuelas más alto en mi horizonte calmo

te despierta el mirlo con su canto en lo oscuro del alba

silencio de la curiosa paz de la madrugada.

Desde mi retazo de tierra, pequeña ventana

te veo trepar el cielo cada mañana

subes siempre ahora, sin “hubiera” ni “pudiera”

así haces que ocurra la vida redonda, girando,

cuando descansas nos dejas tu sueño,

que es un infinito cielo estrellado bañado de luna.

Verte hablar con los pinos que crecen inclinados

vencidos por la insistente marinada.

Llenas de luz la costa Norte de la Mar Mediterrània

derramas los colores en mi paleta de pintor

que resulta son palabras y mi pincel es un lápiz

volcando palabras en una hoja blanca

de espuma de olas que llegan a la playa.

Al color y la luz le pones sonidos de trinos y cantos

mas perfumes de algas, romeros, retamas, tomillos, lavandas.

Mezclas el sonido de las olas con voces y risas de niños

que hacen castillos con la arena bien mojada.

La mar es tu espejo gigante donde peinas tu pelo de luz

llenas todo con tus rayos, incluso iluminas

 

la oscura sombra interna de la higuera achaparrada

llenas el bosque de la pineda cercana de tenue luz

con cantos de chicharras y ulular de torcazas

bañado en el intenso perfume de la pinaza.

Singularidades del mar cuántico.

“Mar cuántico donde la consciencia es el cincel que esculpe la materia.”

La vida es eterna aunque parezca llena de muertes.

Pensamientos que viajan entre fotones, consciencia que los convierte en electrones. Galaxias y quarks el mismo modelo para soñar.

Círculos de pensamientos como galaxias jugando a vivir y morir, a morir y vivir, pero siempre eternidad de la vida.

Juego eterno, teatro en que somos actores eligiendo cada papel.

Creamos escenografías de vida, de muerte, de dolor, de alegría, creamos árboles, bosques, ríos, playas, montañas, valles, ciudades, dioses castigadores, dioses benignos, amables, perseguimos paraísos que tenemos en el corazón, a disposición, listos para vivirlos. Pero si hemos elegido el juego de buscar y buscar así estaremos vagando hasta el aburrimiento. En ese momento cambiaremos de personaje y de papel a interpretar.

De los infinitos papeles que he representado, me quedo sin dudas con los personajes románticos. Aquellos que te quedas extasiado al ver una puesta de sol tiñendo de rojo una playa solitaria.  Entrelazar tu mano con otra mano, en silencio, sin decir nada. Ver una mirada callada diciéndolo todo. Una cabellera larga iluminando el sol de la tarde. Un corazón latiendo junto al mio. Y cuando llegan las noches de verano, aquellas de habitaciones con ventanas abiertas, llenas de perfumes, acariciar lentamente unas prominentes caderas frescas de oscuridad o redondeadas por los hilos de plata de la tenue luz lunar. Recorrer con las manos o la boca la suavidad y tersura redondeada de esas cálidas praderas.

Luego en las noches de frío invierno, ver una boca sedienta de pasión alumbrada en rojo por las llamas del fuego. Ver bailar esos labios cálidamente iluminados al ritmo lento del crepitar de la leña ardiendo en la chimenea. Despertar dos cuerpos desnudos para cubrirse con una manta, cuando el fuego es resplandor de brasas y las llamas apasionadas están guardadas en la eternidad del corazón.

Por todo esto me gustan los “papeles” en que camino la vida, creo escenarios para ser actor preferente en estos momentos. Saber que todo surge de un pensamiento lanzado al mar cuántico o sea al mundo de los sueños.

Juguemos sin miedo el juego elegido el mundo y el momento creado por nuestro pensamiento. Extraído del infinito mar cuántico.

Ahora disfruto el radiante sol, esta noche la creciente luna.IMG_4232

 

El bote de dulce de leche.

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Cada vez creo más que los sentidos son entradas a los infinitos pasadizos del espacio-tiempo. Por eso intento disfrutarlos al máximo en cada momento. Están los agradables, aquellos que nos hacen vibrar el alma y los no tan agradables, aquellos que nos recuerdan la polaridad del mundo. A ambos procuro almacenarlos en ese misterioso e insondable saco que llamamos memoria, todos en general, los que decimos buenos o los que decidimos malos.

Así por ejemplo abrazo y me deleito con la melodía de la música, el canto de los pájaros, el rumor de las olas, el agua que surge de la fuente o las risas de la gente. Pero también abrazo el rugir del viento en la tormenta el chasquido electrizante del rayo cuando cae muy cerca, los gritos de angustia, de dolor o de miedo, porque también son partes nuestras.

Abrazo con los ojos, amaneceres y atardeceres rojos y dorados, valles visto desde la cima de la montaña, la luna llena surgiendo de un horizonte recto, ver un dibujo o un cuadro y entenderlo desde adentro, leer un libro que me guste, volver a releerlo. También intento abrazar, aunque confieso que me cuesta, imágenes de destrucción, naturales o inducidas por nuestra propia especie. Entonces estas también van a la memoria para que cuando sueñe con mundos futuros sabré que estas imágenes estarán disueltas, transmutadas en amor, para poder ver imágenes de dibujos y de cuadros, de libros llenos de ternura, mundos colaborativos y amables,  soles nacientes y lunas quietas flotando en una mar calmada,  bosques sumergidos en la niebla.

Abrazo con la nariz, los perfumes de las flores, la hierba húmeda y fresca, la tierra mojada por la lluvia, el aire que anuncia la tormenta, la cabecita suave de un bebé, la leña quemando en la chimenea en una noche helada, la fruta fresca. Pero también abrazo el olor de la vida que se corrompe o los azufres que vomita el volcán.

Con la piel abrazo la piel desnuda de la amada, acariciar una cabellera, interpretar una cara como lo haría un ciego, besar unos labios húmedos y frescos, la caricia tierna de un niño o de una madre, el lengüetazo de tu perro, nadar desnudo en mar abierta. También abrazo el dolor del golpe, la quemadura, el arañazo, que también están ahí para avisarnos. Al guardarlos en la memoria sabes que la brasa quema y la espina se clava.

Creo que me queda el sentido del gusto y relacionarlo con los pasadizos del espacio tiempo.

Me trajeron de regalo directamente de la Tierra de los Pájaros Pintados un bote de dulce le leche. Lo abrí lento, convirtiendo cada movimiento en una caricia. Observé su textura lisa como gelatina, su intenso color marrón. Olí el perfume inconfundible de la leche revuelta con azúcar.  Tomé una cuchara sopera y lentamente extraje una generosa carga del cremoso dulce. Como si de un helado se tratase, usé la lengua como pala. Al sentir el gusto inconfundible, la puerta del gusto, la que lleva a uno de los canales del espacio tiempo, se abrió de par en par.

Viajé a la cocina de mi casa infantil. Allí estaba mi madre frente a una olla enorme sobre uno de los fuegos de la cocina, haciendo girar lentamente pero sin descanso una larga cuchara de madera. La olla estaba llena de la más blanca y deliciosa leche de nuestras vacas y la más que blanca azúcar de remolacha. Mientras el líquido iba espesando y tomando el color marrón característico, la cocina se llenaba de olor a dulce de leche y la voz de mi madre cantando un tango que le gustaba mucho, “….su nombre era Margot, usa boina azul y en su pecho colgaba una cruz…”.

Allí estaba mi hermana intentando sintonizar en la enorme radio de lámparas alguna radionovela “de amor” o de desamor, como pensaba yo, ya que cuando las oía, eran unos verdaderos dramas para ponerse a llorar.

Por ahí andaba yo, con mis pantalones cortos de tiradores, esperando para cuando se fuera enfriando “limpiar” la larga cuchara de madera saboreando y guardando en mi memoria el gusto a dulce de leche. Lo que no sabía que guardaba también la cocina de mi casa, a mi madre, a mi hermana y a ese niño de 6 años que le gusta lamer las cucharas con dulce de leche. Y hoy desterrado por tierras de Septentrión, pude diseñar un futuro, hoy presente, en el que me regalaron un bote de dulce de leche hecho como en una cocina de una casa en la Tierra de los Pájaros Pintados para que desde la memoria pueda diseñar el futuro, gracias a una cucharada de dulce de leche.

 

Neutrinos

“La noche con sus sombras se fue lentamente tragando las formas. Llena de perfumes y silencios fue trayendo sueños, para soñarlos despierto.”

Benditos neutrinos, nunca se posicionan por nada. Es que no saben que existen los polos? Sur y Norte, polaridades? negativo y positivo, tiempo? pasado presente y futuro. Tampoco saben que existe el bien y el mal. Todo lo miran con una desquiciante neutralidad indiferente.

Si encuentran un grueso muro o blindaje de acero y plomo, simplemente lo atraviesan.

Viajeros de todos los mundos, si pararais en vuestra loca carrera, tal vez me explicaríais que dicen las estrellas.

Tal vez son las flechas de Cupido que corazones atraviesan llevando el amor a los corazones que navegan mares cielos y tierras. Por eso la conexión del amor unido por rayos de neutrinos, se hace tibia y suave, placentera y alegre porque va montado en neutrinos que cualquier muro atraviesan, se saltan las reglas del espacio y las cadenas del tiempo

Infatigables viajeros del tiempo nacidos de un oscuro agujero negro, testigos mudos de amores y sueños a los que nunca etiquetan.

Benditos neutrinos, portadores del amor, sin Norte ni Sur, positivo o negativo, malo o bueno, sin juez ni juzgado.

Solamente partículas de amor neutro.IMG_5503.JPG

El sonido de los sueños.

El sonido de los sueños

Las noches de verano en mi Montevideo natal eran casi iguales a cualquier noche de verano en una ciudad extendida a orillas de un enorme río.

Lo único de diferente era la mente inquieta de un niño de 5 años. Porque en una mente de cinco años, se perciben sonidos que a muchos, y a fuerza de costumbre, llegan a pasar desapercibidos por familiares que estos son. Simplemente no los oyen.

Eso me pasaba cuando me iba a dormir, sabia que oiría los mil y un sonidos que se esconden en la noche.

La ventana de la habitación estaba abierta de par en par para dejar entrar el fresco nocturno y que se fuera el olor al “flit” que mi madre había echado rato antes para combatir los molestos mosquitos. Poco a poco el olor del flit iba siendo sustituido por el de las lavandas que florecían en el pequeño patio interno. Junto con el fresco de la noche entraba para colonizar la habitación el perfume húmedo de los helechos y culantrillos que umbrían el patio de día rebozando verde desde las macetas colgadas en las paredes. En la noche sólo eran sombras que se mecían a la luz de la luna y llenaban de frescor húmedo el aire. Escondite preferido de los grillos que cantaban a la noche su rítmica y nostálgica canción.

Una vez en la cama, la ventana se convertía en una gigantesca pantalla proyectora de un trozo de cielo del Sur. Mis ojos se llenaban de estrellas, pinceladas de luz formando constelaciones y nebulosas con forma de dioses o animales que habían decidido vivir en el cielo eternamente. ¿Quién las abría dibujado para hacer mis delicias en las noches de verano? Nunca lo supe pero le estaré por siempre agradecido a esa mano que los dibujó.

El sueño siempre tardaba en venir, sobre todo si hacía calor. Mi hermana, me decía que si cerraba los ojos vendrían prestos los “enanitos del sueño”. Seres estos que sólo se pueden ver con los ojos cerrados, sin hacer trampas, entornados no se vale, ellos lo detectan enseguida y no vienen. Me decía mi hermana, que su poder recaía en una diminuta bolsa de arpillera, hilada con el mejor de los yutes, cosa que les daba una resistencia inigualable, de la cual ellos jamás se separaban y la cual siempre tenían que tener llena. En dicha bolsita, guardaban nada más ni nada menos que polvillo de estrellas. No de las estrellas gigantes, titilantes siempre en el cielo, sino de las fugaces, esas atropelladas que sólo saben correr por el cielo y que su loca carrera las hace caer a la tierra. Y suerte de ellas que caen del cielo, porque son las estrellas que guardan los sueños. Por eso cuando vemos “caer una estrella”, siempre pedimos un deseo que en definitiva no deja de ser un sueño cortito.

Los enanitos del sueño, siempre atentos a dónde caen las estrellas de los sueños, recogen el polvillo del choque de estas con el suelo llenando a tope las bolsitas de arpillera.

Bien surtidos del material de los sueños, van más rápido que un pensamiento junto al niño o la niña que cierra los ojos porque quiere que venga el sueño. Asegurándose que los ojos están bien cerrados esparcen con mucho cuidado un poco de polvillo de estrella sobre los pequeños párpados infantiles. Esto te hace entrar inmediatamente en el mundo de los sueños. Mundo en el que puedes volar a alturas increíbles, sumergirte durante horas en la mar más profunda, volver a jugar con tu perro que como era mayor que tu, se fue antes al mundo de los sueños, ver miles de seres fabulosos, algunos alados, sonrientes y llenos de ternura, otros con garras y dientes afilados y aspectos terribles que quieren comerte o perseguirte. Lo mejor cuando aparecen estos seres del abismo es volver a la cama con los ojos abiertos y aunque inquieto y atemorizado saber que estás en la habitación de siempre y que estos seres sólo están en el mundo de los sueños.

Por esto los enanitos del sueño se esfuman si tienes los ojos abiertos.

Si los quieres “ver”, incluso hablar con ellos el secreto es: cerrar los ojos, invocar al sueño pensando que una vez dormido y después que hayan esparcido en tus párpados el polvo de estrellas, quieres verlos en el mundo de los sueños. Yo los he visto más de una vez, siguiendo con rigor la ruta.

Son muy pequeñitos, algo más grande que una abeja. Tienen ese tamaño por si algún tramposo o tramposa que abrió los ojos fuera de tiempo y los vio, creerá haber visto una mariposa nocturna que sólo busca una fuente de luz para dar vueltas. Pero en el mundo de los sueños si que se muestran tal y como son incluso a veces se llegan a posar en tu nariz para jugar al cosquilleo.

Van vestidos con overoles de trabajo en azul o rojo brillantes, no nos olvidemos que son trabajadores infatigables. Hacer dormir a niños y niñas no es tarea fácil además de tener que llenar las bolsitas de polvillo de estrellas.

En ese atuendo tan sencillo y brillante destacan dos cosas. La primera unos rayos dorados luminosos que tienen en la espalda. Funcionan como alas fotónicas que les permiten viajar por los diversos universos superando así las restrictivas reglas de nuestra dimensión de espacio, tiempo y materia. La otra cosa que destaca es su gorro en forma de cono fino, desproporcionadamente largo, más que el tamaño de todo el cuerpecito, destacando la punta aguda y luminosa que despide minúsculas chispas de colores.

Un día me explicaron que ese gorro tan tieso y exagerado es una potente antena detectora de las ondas cerebrales que emiten las mentes de los niños con intención de dormir.

Hoy se que en ese gorro-antena guardan, almacenado en chips de gran capacidad, nada más ni nada menos que todas las “rutas de los sueños”. Ahí en ese “almacenamiento” están clasificados todos los sueños soñados por los niños y niñas desde la época de las oscuras cavernas, los de hoy y los del futuro lejano esos que cuando lo soñamos no los entendemos. Cuando me explicaban estas cosas, en aquella mi tierna infancia atribuía todo a la magia, ya que faltaban décadas para que entendiéramos lo de los chips almacenadores de datos, ondas cerebrales…ellos me llevaban a los sueños del futuro. Seguramente para épocas futuras todos seremos viajeros de los mundos creados por los niños en sus sueños y la vida será un continuo viaje entre universos y mundos, lo que llamamos hoy el mundo de los sueños.

Mientras cerraba los ojos esperando que vinieran los enanitos, escuchaba en mi barrio de Montevideo el ritmo calmo nostálgico y triste de tambores sincronizados con los grillos.

Venía el sonido de las casas de nuestros amigos y vecinos negros. Una vez me decía don José el abuelo negro con su pelo blanco más que rizado que cuando se reunían a tocar el tambor en familia la casa se llenaba de sus ancestros.

Sonido y ritmo que vino latiendo en el corazón de seres que fueron cruelmente arrancados de la lejana, muy lejana África, tan lejana que nos separa un enorme océano.

Un día le pregunté de qué hablaban los tambores. Me dijo que de cosas que habían pasado en perdidas aldeas africanas de la selva o la sabana. Que había que tener cuidado porque un león con hambre rondaba las chozas, que no se sabía nada del grupo de cazadores de antílopes, que la luna creciente traería lluvias abundantes, que Abatwa, el elfo había estado haciendo travesuras en la aldea y Aganju, el marido de Ododua, la diosa de la tierra lo había castigado con no dejarlo bajar al río durante la crecida, todo un castigo para un elfo…

También los tambores hablaban de cosas más recientes ya con sus hombres y mujeres prisioneros y desterrados en la Tierra de los Pájaros Pintados, donde el sonido se convertía en lenguaje, porque todos ellos hablaban lenguas diferentes, unos lingala, otros luganda, kikongo…, pero con los tambores se entendía. Explicaban si había habido una fuga en tal o cual estancia, si los fugados se habían unido al ejercito revolucionario del Protector de los Pueblos Libres y con lanza y boleadoras ofrecían su vida a la Libertad que nunca más volverían a perder.

Todas esas cosas contaban los tambores en las noches de verano en un barrio montevideano.

Se ve que les gustaba mucho a los enanitos del sueño porque cuando yo cerraba los ojos y me dejaba llevar por el ritmo lento y melancólico de los tambores, sin levantar repique, enseguida entraba al mundo de los sueños envuelto por el perfume de lavandas y el fresco, muy fresco aire de la sombra de los helechos.

Aveces tenía sueños extraños, soñaba con musas y dones d’aigua seres que me susurraban palabras en lenguas desconocidas de tierras lejanas.

Curiosos viajes por los sueños, tan reales como los pequeños enanitos que guardan en sus bolsas polvo de estrellas fugaces.

Para las musas y les dones d’aigua que navegan el mundo de los sueños y para los enanitos del sueño que sin ellos estos viajes no serían un sueño.

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La calle en las noches de verano

Una de las pequeñas cosas que me gusta disfrutar es caminar despacio por las calles a altas horas de la noche en verano.

El calor húmedo de mi pueblo dormido a orillas del Mediterráneo, lo envuelve todo.

Así sin el ruido del tráfico diurno todo queda bochornosamente estático, pegajoso, enganchado en las invisibles gotitas de vapor de agua que vagan sonámbulas por el aire.

Como si de un éter misterioso se tratara, hace que la ciudad entera se abra, a olores y sonidos.

Al salir del portal de mi casa me llega el repiqueteo monótono y familiar de los motores de las barcas de luz que van a la sardina y el boquerón.  Las vas contando por el repiqueteo más cercano o más lejano y las llegas a ver yendo mar adentro entre la mar y el aire mojado.

Escuchando tus pasos en el silencio alumbrado por las farolas de la calle, los edificios empiezan a hablar en multitud de soliloquios.

Las ventanas abiertas en un intento inútil de mitigar el calor del día dejan escapar frases,  músicas, conversaciones de películas, gemidos… que casas y edificios intentan  guardar con celo, pero rendidas al agobiante calor del verano.

Mientras caminas escuchas entrecortado el diálogo de alguna película… “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”….

Entre una sinfonía de Mozart, no se si la 35, 19 o 41 relajando la tensión del calor del día, surge una voz diciendo: “nos tendremos que acostar, mañana con calor o sin calor hay que madrugar, el asunto será poder pegar ojo”.

También sale de las ventanas de casas y edificios la voz de los realizadores de programas de televisión que le llaman de “entretenimiento”, de esos que nos evaden de pensar en problemas u obstáculos y nos llevan a “ver pasar la vida” desde un sofá.

Pero los sonidos que más me gustan que salen a la noche de las anónimas ventanas, son los jadeos del amor. Aquellos que dos cuerpos desnudos producen en ese mágico instante de unión, de sincronía universal. Creo que es el sonido que mezclado con el repiqueteo del motor de las barcas de luz más armoniza el aire húmedo y pesado dejando el cielo lleno de estrellas resaltando inmensa la Vía Láctea.

Luego para completar el deleite del paseo, te puedes sentar en el banco de alguna plaza solitaria y oler el perfume de magnolias y jazmines escuchando cada vez más lejano los sonidos de la noche de mi pueblo dormido a orillas del Mediterráneo.

 

Luna en cuarto menguante del mes de Julio de 2019 o el día del Año Nuevo según el calendario Maya de las trece lunas.

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¿A dónde van las palabras?

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A veces me pregunto a dónde van las palabras que no se dicen con la voz o con el lápiz o con la máquina.

Por eso me gusta decirlas en voz baja, susurradas, casi intuidas, dibujadas manuscritas o repiqueteadas como la lluvia fresca cayendo en la hojarasca.

Cuando las susurro es porque tengo una oreja junto a la boca con una cabellera recogida a un lado de la cara.

Un cuello y una cara por donde extender las palabras, oliendo el pelo cual flor perfumada.

Cuando las escribo, dibujo prominentes caderas que acarician mis manos y recorren mis labios llenos de palabras.

Es cuando dibujo sintiendo su trazo que entro en el corazón de esa mujer soñada que me permite bañarme en sus sueños más profundamente guardados.

Sintiendo su alma estremecida por el cosquilleo de las palabras.

Todo vuelve al inicio, al momento de la creación máxima, a donde todo comienza y en donde todo acaba como un eterno círculo que por los mundos viaja.

Escribiendo esto ahora se a donde van las palabras que no se dicen o escriben.

Vagan por el aire como fantasmas o como semillas de cardos llevados por el viento de montes y prados.

Esperan pacientes ser depositadas en algún alma o simplemente en un trozo de tierra fértil o tal vez en la grieta de una roca solitaria.

Así serán escritas o susurradas el torrente de palabras surgidas de la Nada.

 

A casi cuarto menguante de la luna de julio de 2019.

 

Sueño de una noche de verano

El día había estado encendido de calor. Así que la noche sería de insomnio largo, pegajosa sin dejar que la luz fría de la luna llena refrescara las sombras.

Me levanté cansado, sudoroso más que somnoliento. No estaba malhumorado de no haber podido dormir por el calor húmedo que hizo naufragar mis sueños. Más bien pensaba que había podido disfrutar durante la noche de la luz de la luna recorriendo la habitación, entrando por el ventanal abierto de par en par. Brisa no entraba ninguna, el patio con sus árboles estaba con las hojas como engominadas, con la forma que les había dejado el día. Eso si entraba una luz cremosa de luna llena. Le daba a la habitación un aire de profundo misterio, desde la sombra que proyectaba el armario hasta la silla con la ropa desarreglada por la prisa de quitármela para intentar refrescar el cuerpo, se producían formas y figuras que la imaginación se encargaba de hacer para combatir el insomnio bochornoso. También sentía una contenida alegría de haber podido disfrutar de los perfumes de las flores del patio. El jazmín inmaculado y la exuberante y verde dama de la noche, en lugar de competir decidieron mezclar sus perfumes para hacer del insomnio una noche de dulzura infinita. La atmósfera estática y húmeda actuó como una prensa invisible y suave que estrujó las flores sin dañarlas, para que estas llenaran el aire denso de un perfume dulce, fresco, envolvente, delicioso, casi palatable más que respirable.

La noche tropical absorbió mis sueños que se mezclaron con el aire húmedo y cálido.

Entre sombras quietas de rayos de luna llena fue pasando la noche de sueños de ojos abiertos y perfumes dulces en el aire quieto.

El canto del mirlo me dijo que en cualquier momento el sol acostaba las estrellas. Empezaría el día tal vez cansado y lento pero con el corazón lleno de perfumes, sombras misteriosas y sueños de ojos abiertos.