Acerca de fernandogalban

Escribir la vida, a partir de sentimientos y pensamientos.

Un pasaje de INSTANTES ETERNOS

De como la tierna mirada de un lobo marino te puede hacer trascender el espacio-tiempo.

Pasando por los relojes blandos de Salvador Dalí.

INFINITA SOLEDAD

Entre lobos y océano duerme el Polonio. Aprovecha el sol del verano para hacer la siesta.

Sabe bien que es difícil dormir en los largos días y más largas noches de tormenta. Días y noches de vientos fríos con la mar estallando olas en las rocas y un aguacero de flechas.

La luz del faro inquieta avisa a los barcos del peligro que acecha.

Dicen que a veces sirenas y tritones empujan barcos a estrellarse con las rocas. Avisan a los hombres que la mar y la tormenta les pertenecen.

Sobrecoge el alma ver la luna de Agosto, la de hielo, ver el ancho camino de luz que deja. Sólo transitado por tritones sirenas viajando al Sur a los hielos eternos de la Antártida.

Dicen que con el hielo hacen collares que parecen de diamantes. Otros dicen que llevan las almas de los marineros que estrellaron sus barcos en las rocas.

Creo que son todas fábulas que cuentan petreles y albatros a los lobos cuando descansan en las rocas.

Por eso el Polonio aprovecha el sol del verano para hacer la siesta.

Si te estiras en una de las redondas y sensuales rocas, dormirás el sueño de una siesta.

Desaparece el tiempo y tu alma sobrevuela lobos, faro, océano y roca. Sientes la sensación de infinito. Sabes entonces que eres abismo, que eres lejanía, que eres poesía en las alas del viento.

Las siestas del Polonio son inolvidables igual que los temporales y tormentas.

La lluvia: mi amiga, mi compañera

Cuando la lluvia es tu compañera, siempre te alegras de volver a verla.

Cuando era niño me acompañaba a la escuela. Me regalaba charcos hermosos por donde podían navegar mis barcos. Los de papel de estraza navegaban por mundos lejanos, incluso si con una rama provocaba una tormenta. Tripulaciones de viajeros que no sabían que estaban en un charco.

Otras veces, con mis botas de media caña, saltaba de uno a otro salpicando mi bata blanca. Los más grandes charcos eran los que más me gustaban. Era un valiente explorador que avanzaba por ciénagas peligrosas, llenas de yacarés y anacondas que acechaban. Aunque iba tranquilo y seguro con mi protectora espada de palo.

Me encantaba que mi amiga me mojara la cara. Bueno, más bien me acariciaba, abría la boca y bebía su agua, pura, cristalina e inmaculada. Venía del cielo, los ángeles nos regaban.

En las largas noches de invierno era mi cantante de nanas haciendo que las gotas repicaran en el cristal de la ventana. Cuántos ritmos de tambores y redoblantes, a veces acompañados por los oboes del viento. Era el ritmo del cielo sonando en mi casa, en mi barrio.

En el verano, de pantalón corto y descalzo, bailando y saltando en medio del aguacero tibio que el cielo me regalaba. Entonces era un respetado chamán o brujo de una tribu de mis hermanos emplumados, feliz porque el cielo había escuchado la plegaria pidiendo lluvia para aplacar la sed de los campos en verano.

Llenaba de pequeños diamantes los pétalos perfumados, del jazmín, de las rosas, violetas y glicinas. No se olvidaba de sembrar también los pastos, las hojas por humildes y sencillas que fueran. Todas iban con sus collares de diamantes.

Siempre me alegro de verte amiga y compañera. Me devuelves los charcos y las flores con collares de diamantes.

Murmullos de la mar

Susurros de la mar en una mañana de primavera. 

Dice la mar que hay flores en la arena, también misteriosas pisadas de tres dedos.

Dice la mar que el aire junto a las rocas es limpio y fresco.

Dice la mar que le gusta el azul pastel del cielo, más si está salpicado de nubes blancas.

Dice la mar que están por llegar las barcas después de una noche larga persiguiendo sardines.

Dice la mar que piense en la musa y la veré, caminando por la arena con su vestido blanco de espuma y una diadema verde de algas sujetando la cabellera.

Tal vez ella, la musa,  me susurrará palabras para hacer poemas de luna.

Me gusta la mar charlatana y contenta explicando historias que si las creo seguro que son ciertas.

TU MIRADA EN EL VIENTO

Creo que me gusta el viento porque acerca cosas lejanas. Por ejemplo una mirada.

¿Qué esconde el viento en sus invisibles alas?

Sólo veo mecer de ramas, arena rodando por la playa, olas encrespadas o en remansos de agua, ondas, que los hacen parecer calles empedradas. Cometas de papel y cañas pintando cielos, sujetas por hilos en infantiles manos.

Viento frío que vienes de lejos. De vastas llanuras heladas o de montañas nevadas.

Las nubes viajan rápidas, parecen muy livianas.

Por eso, creo, me gusta mirar el viento, porque me acerca tu mirada.

Aquella que salió de tus ojos en una noche lejana o ¿en un amanecer de rojos, amarillos y naranjas?

Mirada maravillada, mirada de luz que viaja eternamente, como la luz de cualquier estrella solitaria.

En el viento nuestras miradas se encuentran, se aman. Juntas viajan a lugares magníficos, llenos de olas, montañas, praderas heladas, arenas volando por dunas lejanas.

Dame la mano, perdón, unamos nuestras miradas. Viajemos con el viento, susurrémonos palabras.

PRIMAVERA GUARDADA

Primavera guardada en el corazón,

tarde de luz junto a la mar.

Un faro solitario, enormes rocas doradas,

un océano azul profundo,

rugir de olas, rizos de espuma blanca.

Playas de arena gruesa,

caracolas gigantes y estrellas de mar,

intenso olor de algas rojas, yodo y sal.

Radiante azul claro del cielo,

viento helado, canto de ballenas,

aullidos de lobos de mar.

Horizonte que te lleva lejos, muy lejos,

por mares helados, naufragios perdidos,

voces mezcladas en el viento,

ahogadas entre anémonas y algas.

Compañía de primavera guardada,

arena gruesa, rocas doradas, 

olas y viento, caracolas y estrellas

olor de inmensidad atomizada. 

Archivo de audio:

La belleza es una mujer.

Ver amanecer siempre es una buena noticia. Marcará el resto de un día. No podemos ver girar la Tierra pero sí sabemos que pasan las horas.

Por eso busco la belleza entre las horas. Ahora es de día, ahora es de noche.

Entre cables, cementos, vías de hierro y vidrio mugrientos de la ventana de un tren, el sol naciente lo llena todo de belleza. 

La belleza es subjetiva, pregunto a veces?

No lo sé. 

Lo que tal vez sí intuyo, es que la belleza es un «éter» de fotones y electrones que penetran y traspasan todas las cosas para que el corazón las vea.

Es una hermosa figura de mujer desnuda a la que vamos poniendo cuerpo y rostro, sonrisa o lágrima, sonido y silencio. Por sus ágiles y rápidos movimientos sin dudas tiene alas y una piel muy suave y cálida.

Tal vez por eso veo la belleza en el conjunto del sol saliendo, entre cables, hierros y vidrios mugrientos.

Mirar la belleza te libera de las horas y así, ver girar la Tierra, abandonar las cadenas del tiempo.

PRIMAVERA EN EL AIRE

Suave perfume en el aire 

susurros de tu voz

llantos de soledad 

temblorosos en el viento, 

tu voz y tu perfume

envuelven en luz la noche,

llenan la soledad de amor 

tu pálida voz en el viento,

respira perfumes de luz

perfumes de amor.

LA BARCA DE LOS SUEÑOS

Me gusta salir a navegar en la barca de los sueños

Donde la mar no es de agua sino de sentimientos.

Barca donde las velas son palabras henchidas por el viento,

el viento siempre fuerte y fresco lleno de pensamientos

Por eso cuando navego la barca de los sueños,

veo tus cabellos al viento, trigal dorado mar de olas amarillas.

Las velas se desgranan volando con el viento,

son palabras en el aire llenas de sentimientos.

Tu mirada nostálgica de no sé qué recuerdos

se llena de amor, agua surgiendo corazón adentro.

En la barca de los sueños, la de los ojos abiertos,

siento tus caricias y tus besos temblorosos como velas

o palabras susurradas por el viento.

UN CUMPLEAÑOS EN EL VERANO AUSTRAL – ENERO

Jazmín del cabo

Hacía ja un buen rato que los gallos del barrio me habían despertado. Como todavía estaba oscuro, antes de levantarme, disfrutaba del tacto agradable de la sábana que me cubría. La mañana a pesar de ser verano era muy fresca, como suelen ser las mañanas de finales de Enero en el Sur de América.

Por la ventana abierta de la habitación entraba el fresco, típico aliento de un amanecer de Enero. El aire vibraba en una mezcla de cantos de gallos y gritos de alegría de los venteveos. Madrugadores irreductibles de las mañanas de verano, los venteveos, despertadores de plumas amarillas y negras repitiendo …”bien te veo”. Los niños para reírnos de alguien o simplemente gastarle una broma transformamos el canto en “bicho feo”. Incluso lo silbamos para decirle a alguien que es un “bicho feo”.

Los grillos también se sumaban a la aérea sinfonía de la mañana. Algo cansados de cantar toda la noche a la luna y las estrellas, esperaban la salida del sol e irse a dormir y pasar el canto a las chicharras.

De pronto por el trozo de cielo que la ventana me regala, comienza a aparecer pintada la enigmática hora azul. Las estrellas se van disolviendo en el cada vez más claro azul del amanecer.

Las pequeñas gotas de rocío que se habían posado durante la noche en los pétalos de los jazmines del cabo y en las espigadas flores de la lavanda, se iban evaporando lentamente. Humedecían el aire del dulce y delicioso perfume de los jazmines y las lavandas. Enero se convertía así en un caudaloso río lleno de perfumes y sonidos que inundaba todo Montevideo.

Desde mi barrio, el que está acostado en una de las faldas del Cerrito de la Victoria, el de la triunfante batalla en la Guerra de Independencia, el de donde se puso sitio a la colonial y amurallada Montevideo, me llegaban los familiares sonidos de una mañana de Enero.

Antes que la calle despertara y los árboles dieran su sombra sonaba el estridente carro del lechero. Lo escuchaba venir desde lejos. Cada vez que el rutinario caballo estiraba del carro después de la parada a la orden de “soooooo” del lechero, las botellas de leche, vacías, colocadas en los casilleros metálicos para diez unidades, producían un ruido continuo de cristales rompiéndose. Evidentemente no se rompía ni una, pero el ruido era como si se estuvieran rompiendo todas. Por fin se detenía en la puerta de casa. Desde mi refugio, en la cama, seguía la secuencia del lechero. “Soooooo”, se detenía el caballo, el lechero, hacía girar la rueda del freno para que el carro no se moviera, es que la calle hacía pendiente. Sacaba dos botellas llenas, abría el portón de casa, atravesaba el jardín y se dirigía a la columna que sostenía el porche, bien cubierta por la frondosa hiedra. Entre las hojas de la hiedra estaban las dos botellas vacías con el dinero dentro que mi madre a la noche, antes de irse a dormir había dejado junto a la hiedra. Nos dejaba las botellas llenas y partía. El caballo al sentir que liberaban al carro del freno, volvía a tirar produciendo el ensordecedor ruido de cascabeles que hacían los casilleros con botellas vacías. Así hasta la siguiente casa donde detenerse.

Todo parecía normal pero no. Hoy era mi cumpleaños. Inevitable no pensar en los regalos. Primero pasaban por mi cabeza los ansiados, aquellos regalos que ni tan sólo los Reyes, con su poderosa magia traían. El tren eléctrico o el maravilloso avión a fricción que al hacer girar las ruedas en el suelo se encendían unas luces en las alas y en la cola. Seguro me regalarían alguno de los libros que faltaban para completar los 23 volúmenes de la “Enciclopedia de Oro” que tanto utilicé y de la que tanto aprendí. Eso era un excelente regalo.

También pensaba en los calcetines, calzoncillos, camisas o zapatos que no podían faltar. Si me regalaban zapatos, que fueran esos de charol, los de una parte con cuero blanco y la otra con cuero negro o marrón, como los que salían en las películas de gangsters. Esos me encantaban y todavía hoy, me encantan.

Bueno hoy es mi cumpleaños y era un día para disfrutarlo.

Mi madre y mi hermana aparecían al pie de la cama: -Feliz cumpleaños Nando-

-A levantarse que es tarde y hay muchas cosas para preparar- Mientras me hacía el dormido las risas estallaban cuando mi hermana me hacía cosquillas en los pies.

-Ves que no está tan dormido-

En la cocina, tomaba la enorme taza de cocoa disuelta en leche fría, todo comenzaba a llenarse de perfumes de fiesta. Saboreaba el delicioso pan “marcellés” untado con manteca y mermelada de las naranjas amargas del fondo de casa. ¡Qué delicia!

En la enorme radio de lámparas se escuchaban tangos emitidos por Radio Sarandí o Radio Carve. El mate dulce circulaba sin parar, era el preferido de mi madre y hermana. De vez en cuando me tomaba alguno. Me gustaba el sabor del cedrón o el de la piel de naranja seca que le ponían.

En poco rato el perfume de las pizzas, los escones y las “pildoritas” llenaban la casa de olor a celebración.

Lo que más me fascinaba eran las tortas donde después iban las velas correspondientes. Algunos años eran tortas con forma de barco. Mi madre recortaba el bizcochuelo en tres partes dando forma a un espectacular barco. Otras veces la torta era una cancha de fútbol. La hacía con coco rallado teñido con anilina verde para formar el césped. Los jugadores de ambos equipos eran de azúcar pintados de los colores de Nacional y Peñarol. Todo un espectáculo y además riquísimo.

Después de comer venía la imposible siesta. Muy poco rato duraba y como era mi cumpleaños, pleno verano y hacía calor, me dejaban organizar una “guerra” de agua. La manguera del jardín conectada, dos o tres baldes de agua preparados y la fiesta comenzaba. Consistía en mojar a todo el mundo que se acercara al “campo de batalla”. Carreras, risas y agua refrescante llenaban la calurosa tarde.

Sobre las 6 tocaba una buena ducha. Mi madre me ponía bastante agua de colonia, gomina en el pelo y me peinaban un impresionante jopo que se mantendría hasta la hora de ir a dormir. Pantalón corto azul marino con dos tiradores, camisa blanca almidonada de manga larga y medias blancas hasta las rodillas.

Ya estaba preparado para recibir a los invitados.

Mientras llegaban los invitados, la noche se iba instalando en el barrio. Era el momento de empezar los juegos con todos los niños. Casi siempre empezábamos por “el librado”, algo así como “ladrón y policía”. Luego cuando la noche ocupaba todos los rincones, era el turno del “escondite”. -Uno, dos, tres, cuatro…..

-Estás vichando-

-No, no vi nada-

-Si, hacés trampas- Las eternas discusiones que siempre se arreglaban. Es que en el barrio teníamos infinidad de escondites y nadie era tan, tan tramposo.

Cansados y tranquilizados por el maravilloso perfume de los jazmines que inundaban el barrio en una noche de Enero, nos tirábamos en el césped a mirar el cielo.

Los grillos acompañaban a las estrellas de Orión, el gran cazador celestial, con sus fieles perros en su intento de cazar a las 7 hermanas cabritas del cielo (las Pléyades). Cuando veíamos la Cruz del Sur entre la copa de los árboles, ya sabíamos que era hora de ir a dormir.

Guardar los regalos, echar “flit” en la habitación para espantar a los mosquitos, abrir de par en par la ventana, mirar las estrellas y soñar, soñar con hadas, duendes y doncellas. Esos seres que por las noches se escapan de los libros de cuentos y viven sus aventuras en los sueños de los niños. Tal vez mañana me despierte el carro del lechero o los gallos del barrio, siempre tan madrugadores.

Hoy ha sido un gran día, un lindo cumpleaños.