Acerca de fernandogalban

Escribir la vida, a partir de sentimientos y pensamientos.

SINFONÍA DE INVIERNO

El invierno desnuda la tarde,

ella, vestida de gris inquietante.

El aliento del invierno

asola las calles,

tiemblan las ramas sin hojas,

eriza la piel de la tarde.

Con su vestido gris, la tarde,

siente las manos frías

del invierno acariciándola.

Se abrazarán los dos

el invierno y la tarde,

serán uno por las calles.

Luego cuando llegue la noche

y no los vea nadie

se amarán locamente 

en una cama de hojas secas

mullida y confortable

que el viento ha hecho

mientras corría a lo loco,

asolando las calles.

Quiero sentirte en la tarde.

Quiero sentirte en la tarde

cuando la mar acuna al sol.

Ver tu sonrisa radiante,

serena, llena de amor.

Ver tu pelo vestido de luz,

dorado, rojizo, amarillo,

trigal madurando al sol.

Ver la sonrisa en tus labios,

segura, tranquila, alegre,

atardecer de mar y sol.

Es tu mirada de amor,

la que enciende la tarde

llenándola de paz y color.

Por eso me gusta sentirte 

cuando la mar acuna el sol,

todo se vuelven dorado,

todo se viste de amor,

los sonidos son susurros,

olas llegando a playa 

aves volando al sol

palabras dichas al oído,

palabras de amor.

Miradas volando lejos,

sobre la mar, rumbo al sol.

Por eso quiero sentirte,

en la tarde, mirando el sol.

UN BUEN GUISO SIEMPRE VALE LA PENA

Después de muchos años de exilios y ausencias los antiguos amigos volvíamos a estar juntos. Fueron muchas las casualidades que se dieron para que esta reunión tuviera lugar.

Nos conocíamos todos muy bien. Es que habíamos compartido esas etapas de la vida en la que todo se aprende: la niñez y la adolescencia.

Cuando los aprendizajes se hacen compartidos se crean lazos indisolubles en los que por mucho que nos separe el espacio y pase el tiempo, siempre puedes retomar la conversación donde la habías dejado. Ese es el misterio de la amistad.

El hecho es que la «barra» del «muro de Berlín» estaba junta otra vez. El nombre viene dado porque de niños, nos juntábamos para jugar en un muro de la calle Berlín. Una de las calles de la falda del Cerrito de la Victoria en Montevideo. Luego en la adolescencia y juventud seguimos fieles a los encuentros en el “muro de Berlín”.

El lugar elegido para la reunión de reencuentro fue el Parque Nacional de Santa Teresa. Otrora territorio salvaje entre el Océano Atlántico, la Laguna Negra y los vastos bañados del Departamento de Rocha. Territorio de caza de los arachanes, la misteriosa etnia charrúa que habitaba aquellas lejanías. También era zona del puma y el jaguar, hoy muertos o encarcelados por «atentar contra la propiedad privada».

Peor suerte corrieron los arachanes que fueron extinguidos tan cruelmente que destruyeron para siempre su lengua y cultura. De las pequeñas pirámides que construían sólo quedan montículos llamados «los cerritos de los indios». Todo un misterio de una cultura exterminada.

El progreso convirtió esta maravillosa zona medio salvaje en Parque Nacional, con un área de servicios habilitada para acampadas.

El atractivo es tal que puedes instalar la carpa en medio de un frondoso bosque nativo y un bosque de gigantescos eucaliptos que fueron plantados para fijar las arenas móviles de las antiguas dunas.

Estar acampado en un lugar así es maravilloso.

En las frescas noches del verano austral te permite acercarte a las interminables playas del Atlántico y contemplar uno de los cielos estrellados más hermosos del mundo.

Galaxias, nebulosas, constelaciones, se ven perfectas entre las estrellas como si fueran cantos rodados de un río celeste.

Las noches sin luna o cuando está menguando, es decir con oscuridad casi absoluta, es la luz de las estrellas la que ilumina el paisaje.

Luz tenue, de un azulado más que enigmático que al mezclarse con el intenso perfume del salitre oceánico te hace entrar en un mundo diferente, un mundo en donde eres parte de un “todo”, donde alma y espíritu se fragmentan y son luz de estrellas.

Se te puede ocurrir entrar en las frías aguas del Atlántico con un “calderín” y un farol a mantilla para pescar un buen puñado de plancton y hacer una “fritadita” para la cena.

Luego, al salir del agua, lucir figura de espectro, fosforescente, debido a las microscópicas noctilucas que habitan el agua. Cuerpos pintados enigmáticamente de luz fosforescente.

En un lugar así el centro de todo es el “fogón”. El lugar donde se enciende el fuego ya sea para calentar e iluminar las frescas noches de enero o para cocinar.

Allí puedes hacer desde riquísimos pescados a la brasa, corvinas o brótolas, pasando por el típico asado de tira con su respectiva parrillada compuesta de chorizos, morcillas, tripa gorda, mollejas…

Otra forma de cocinar es con la olla de hierro colgada del soporte de madera. Un “fogón” de estas características bien hace un par de metros cuadrados.

Resultó ser que uno de los días que pasaba la “barra” de amigos acampada, surgió la idea de regalarnos con un delicioso guisito rústico. Esos que llevan buenos trozos de carne, chorizo, morcillas, papas, fideos, choclo, especies y sobre todo fuego de leña y el amor de cocineros – comensales.

Lo que no programamos fue que ese día de verano austral íbamos a estar bajo el ardiente viento del Norte, el que trae el terrible calor húmedo de la lejana selva tropical.

Ese al que le decimos “el aliento del diablo”.

A pesar del terrible calor el guiso empezó a marchar en el fogón. Protegidos por la sombra acogedora de las anacahuitas, las coronillas y algunos de los gigantes eucaliptos, fue transcurriendo el día entre mates, vinos y algún vaso de whisky brasilero, es que el Parque está a muy pocos kilómetros de la frontera con Brasil y realizar compras para el campamento siempre sale en cuenta, además de visitar el Chuy o Santa Vitória do Palmar pueblos fronterizos donde la simpatía de sus habitantes siempre te cautiva.

No nos podemos olvidar del concierto de pájaros, zorzales, sabiás, el tamborileo de los trabajadores picapalos y el griterío de las cotorras.

Llegada la hora de la comida saboreamos el exquisito guiso con repetición y todo.

Todos contentos después de acabar la comida y comprobar que había quedado suficiente para calentar en la cena.

Estaría más bueno todavía porque como suele suceder los sabores se “asientan” y queda más gustoso.

El calor era cada vez más asfixiante. Pero todos muy bien sabíamos que eso era puntual. Cuando viene el aire cálido del Norte, siempre al chocar con las aguas frías del Atlántico Sur, inevitablemente desata tormentas impresionantes de lluvia, viento e importante aparato eléctrico, es decir rayos y centellas.

Las tormentas se convierten en muy peligrosas y más aún si estás acampado en un paraje natural.

Efectivamente, durante la tarde el aire caliente y pesado se fue ionizando y cargándose eléctricamente, preparándose para lo peor.

Entrando la noche nos disponíamos a “calentar” el maravilloso guiso pero paralelamente el viento hacía mecer ya con rumor de hojas las altas copas de los eucaliptos. Estos árboles al haberlos plantado para fijar las arenas, encontraron abundante agua proveniente de acuíferos conectados con la inmensa Laguna Negra. Con tanta agua crecieron hasta pasar los 20 metros de alto y diámetros en que tres o cuatro personas les cuesta abrazarlos.

Al ser el suelo arenoso, la solidez de las raíces de estas moles es muy cuestionable. Siempre cuando sopla el viento tormentoso, caen tres o cuatro de estos gigantes. Eso los convierte en muy peligrosos ya que pueden caer sobre una carpa de campamento, sobre un fogón o directamente sobre personas. Produciendo muerte o discapacitaciones severas.

Rápidamente los amigos organizadores del encuentro deciden hacer caso a los consejos de los administradores del Parque (el ejército), de ir a refugiarse a la “Capatacía”.

Ese lugar es un “búnker” de piedra y alejado de los gigantes de pies débiles, además está rodeado de pararrayos, cosa que garantiza el no morir chamuscado.

El guiso ya estaba a punto para comer, dejaba ir un perfume irresistible.

Empiezan a caer las primeras gotas de lluvia, escucharse los primeros truenos intimidadores y las ráfagas de viento helado. Eso fue suficiente para que todo el mundo empezara a recoger las cosas imprescindibles e ir a refugiarse a la Capatacía.

-Dale, apúrense, bo, que se viene con todo! -nos dice nuestro amigo Aldo, el organizador del encuentro, al captarnos algo indecisos.

Nos miramos a la cara, mi amigo el gaucho Willy y yo y quedamos pensativos. Teníamos cierta incredulidad de la fiereza de la tormenta. Aunque en el fondo lo que sentíamos era una gran resistencia a abandonar el exquisito guiso que nos esperaba calentito.

Entre el aire más que fresco que nos había obligado a ponernos una chaqueta, el olor maravilloso que salía de la olla y el color rojo de las brasas, estábamos paralizados.

No tardó nada en llegar el último ultimátum: -Bo, nosotros nos vamos si se quedan acá les puede caer un rayo o un árbol. Cosa de ustedes ¿ta? Sentenció con seriedad Aldo.

Mi amigo Willy me mira y me dice: -Ché ¿cómo lo ves esto?

-Bueno creo que es una tormenta pasajera -le respondo con total aplomo.-

-Es que si nos vamos nos perdemos el guisito ese, que ahora debe de estar buenazo. -Dijo Willy.

-Sí, es una lástima perdernos el guiso calentito y todo. Y ahora que ha refrescado debe de caer al cuerpo de maravilla. Yo iría comiendo y si vemos que se complica más, rajamos para Capatacía.

Con una amplia sonrisa dijo mi amigo:

-Mirá, creo que tenés razón y después de todo, si nos cae un rayo quedamos con los pelos de punta y salimos como un negativo de foto. Referente a los árboles y viendo por donde viene el viento, el que tenemos más cerca caería para el otro lado de la toldería. Así que…

Entre el viento, la lluvia intensa y los rayos que menudeaban aquí y allá, saboreamos debajo del toldo el exquisito guiso acompañado de un vaso abundante de vino tinto y una charla llena de risas y alegría recordando antiguas anécdotas vividas.

Cuando pasó la tormenta, la verdad no sé cuánto duró, porque cuando te comés un guiso con un amigo en el medio del caos, el tiempo se diluye y desaparece.

Al regresar al campamento el resto de amigos, el comentario casi al unísono fue: -¿Y se morfaron todo el guiso?

-Claro, es que un buen guiso siempre vale la pena.

Parque de Santa Teresa, Rocha República Oriental del Uruguay. En un verano austral.

Este breve relato nace de nuestro último viaje a la Tierra de los Pájaros Pintados hace ya ahora diez años exactos.

Hemos pretendido hacer un homenaje a ese sentimiento maravilloso que es el Amor, el amor fraterno. Un homenaje a la amistad y a los amigos.

Los protagonistas de este cuento, no se olviden que es un cuento escrito por un cuentista, son: Aldo, Selva, Willi, Ricardo (que nos dejó hace unos años), Marinela, Rulo, Rubito, Ruben, Lister, Ivana, Federico.

UN DESEO REALIZADO

Don José Vilchez era un hombre culto y de disciplina estricta, casi militar. Nació en un país de América a mediados del siglo XIX que estaba consolidando su existencia: la República Oriental del Uruguay.

La pequeña República, si bien era una incipiente democracia americana, conservaba aún las costumbres autoritarias y guerreras que la llevaron a ser independiente.

Por aquellos tiempos, el pueblo entero estaba armado y dispuesto a seguir al caudillo local sin dudarlo. Éstos, los caudillos eran hombres que ya asentados en sus territorios, habían luchado junto a los grandes Libertadores contra tantos invasores de la Banda Oriental. Conocedores como nadie del territorio, muchos habían combatido codo a codo con las etnias originarias arraigadas allí durante miles de años como la Nación Charrúa. Estos caudillos por su valor, fortaleza y fiereza en el combate unida al conocimiento del terreno y el dominio de la técnica montonera de combate, les habían hecho ganar un prestigio y admiración entre sus paisanos que demostraban una fe ciega cuando estos hacían el llamado de: REGOLUCIÓN.

Así el pueblo de la pequeña República no temía a ejércitos extranjeros, que siempre salieron muy mal parados o derrotados, ni de gobiernos patrios que quisieran imponer por la fuerza alguna ley. Con estas condiciones, evidentemente, no eran buenos tiempos para el parlamentarismo o dicho de otro modo: una democracia parlamentaria.

Todos los ciudadanos en sus casas, tenían siempre a mano y preparadas las temibles chuzas (arma entre lanza y alabarda), un sable bien afilado, boleadoras y algún trabuco de caño corto o de caño largo. Aunque el arma verdaderamente imprescindible era el caballo. En la lucha, caballo y jinete se convertían en una unidad imbatible.

Estas circunstancias habían hecho de los habitantes de la Banda Oriental, ahora República un pueblo noble y solidario pero guerrero infatigable para defender su Tierra, su Patria.

Así había sido educado don José Vilchez, “leyendo con la lanza entre las manos”. La República seguía la máxima del Protector de los Pueblos Libres: José Artigas “SEAN LOS ORIENTALES TAN ILUSTRADOS COMO VALIENTES.”

Don José Vilches era de estos hombres, educados en una férrea disciplina pero con acceso a la enseñanza que garantía una gran cultura.

Había recibido educación en colegios de la Compañía de Jesús, popularmente conocidos como “jesuitas”. Con ellos aprendió bastos conocimientos que le sirvieron para forjarse un próspero futuro en el mundo de los negocios. En aquellos años todo estaba por hacer en la naciente República.

Estricto y disciplinado, no le costó mucho levantar un próspero negocio de compra y exportación de lana.

Con tan buena posición económica don José Vilchez, se instaló, después de contraer matrimonio con doña Dulcinea Irigoyen, en una de las nuevas casonas del barrio Sur de Montevideo.

Doña Dulcinea Irigoyen era una hermosa y simpática joven de la alta sociedad montevideana de principios del siglo XX, con ella compartirían largos años de vida y cinco hijos varones.

La casona del barrio Sur, se encontraba a no más de un centenar de metros del primer cementerio montevideano, el Cementerio Central.

Don José Vilchez, por su carácter y formación, era un hombre pragmático, de pocas palabras y no muy dado a manifestar sus deseos.

Pero había un deseo que sí manifestaba en cada reunión familiar, cuando estaba con su esposa e hijos e incluso con otros familiares o amigos. Manifestar su deseo así, públicamente era casi inaudito en él. O tal vez lo manifestaba con presencia de más personas para comprometer más a sus hijos, ya que el deseo dependía estrictamente de ellos.

“El día que me muera me llevan en el ataúd, ustedes, mis hijos, caminando a hombros hasta el cementerio. No quiero ni carruaje ni carroza ni ningún vehículo. Ustedes y yo el resto que quiera venir caminando detrás.” Sentenciaba.

Ese era el único deseo de don José Vilchez. Siempre lo manifestaba en cada reunión. Sus hijos le decían que lo diera por hecho, que así lo harían. Agregaban siempre, con cierto asombro por la insistencia de su padre, que no pensara en eso ahora, que su salud era excelente. Pero don José Vilchez siempre insistía en manifestarlo.

Pasaron los años y ya muy mayor don Vilchez, falleció.

Sus hijos se encargaron de los trámites funerarios. Cuando llegó el momento de decidir qué tipo de vehículo fúnebre escogían para trasladar el féretro desde la casa al cementerio, los hijos casi al unísono, manifiestan que la voluntad de su padre era que ante la poca distancia que separaba la casa del cementerio, el ataúd, con sus restos mortales, fuera llevado en hombros por sus hijos hasta el lugar de la sepultura.

Imposible, fue la respuesta de la funeraria. Nos encontrábamos llegando a la mitad del siglo XX y Montevideo ya era una extensa ciudad de América con toda su modernidad. Leyes y normativas municipales regían todos los ámbitos de la vida para regular y hacer más convivencial la vida ciudadana. La época de los caudillos y el pueblo armado, pertenecían al pasado. Ahora la República destacaba en el mundo por sus leyes avanzadas como “la del divorcio”, “trabajo de ocho horas” entre tantas otras. El ritual de la muerte también estaba regulado. No estaba permitido llevar en hombros y caminando a ningún fallecido hasta el cementerio, por muy cerca que de éste se encontrara. El traslado había de ser en un vehículo fúnebre. Familiares y amigos sí podían ir caminando detrás del vehículo, pero el muerto dentro del coche.

Los hijos de don José Vilchez primero estallaron en protestas y enfado, después ante la imposibilidad de franquear la muralla legal les vino la frustración, tristeza y desasosiego. Hasta llegaron a hablar con altas autoridades tanto políticas como funcionariales, con los cuales la familia tenia amistad de años, imposible esto era una normativa con rango de Ley y nadie se la podía saltar, por más amistad y conocimiento que hubiera de don José Vilchez y su influyente familia.

Después del velatorio en la casona del barrio Sur, con gran dolor, decepción y rabia por no poder cumplir el único deseo de su padre, los hijos de don José Vilchez ven llegar la negra carroza fúnebre. Vehículo a motor, tipo camioneta grande, con un cargado decorado barroco con hojas, esculturas, cruces…, todo un decorado en negro, enorme pesado, podemos decir que tétrico, con un espacio central visible para colocar un féretro. Tan lúgubre que solamente estando muerto podías ir ahí.

Siguiendo el protocolo municipal, el féretro con los restos de don José Vilchez es introducido por empleados de la funeraria en el vehículo funerario.

Los hijos con lágrimas en los ojos ven como no pueden cumplir el único deseo en vida de su padre: ser llevado a hombros por sus hijos hasta la sepultura.

En medio del silencio respetuoso ante la muerte, sólo se oyen los intentos del chofer del vehículo fúnebre de arrancar el motor. No había forma de arrancar el macabro vehículo. Pasan los minutos y los hermanos comienzan a hablar entre ellos. Los intentos de arrancar el motor no cesan. Llega un momento que el chofer del vehículo desciende, se quita la gorra negra y abre el capó del coche.

Esa fue la señal para que los hijos de don José Vilchez sacaran el ataúd del la lúgubre carroza, inservible e inutilizada.

Con una sonrisa y lágrimas corriendo por sus caras comienzan la marcha al cementerio llevando en sus hombros el ataúd con su padre.

Los empleados de la funeraria por más que insistieran no pudieron arrancar ni mover el coche fúnebre. Algo más pesado y fuerte inutilizó el vehículo que era nuevo, de una marca más que conocida y prestigiosa en automoción.

El deseo de don José Vílchez, se cumplió, fue llevado en hombros de sus hijos caminando hasta la última morada en el Cementerio Central de Montevideo.

Por cierto según el que me contó esta historia, uno de los hijos de don José Vilchez, el coche fúnebre no tuvo ningún inconveniente en arrancar para volver al garaje de la funeraria. Eso sí después que don José Vilchez reposara en un panteón del Cementerio Central de Montevideo para siempre.

La noche o el sueño?

Caminar en la noche por algún lugar solitario es lo más parecido a estar soñando, dormido o con los ojos cerrados.

Es en las noches cuando las sombras y los sonidos, que no sabes de dónde vienen, te envuelven en recuerdos, vividos o soñados en una noche cualquiera. 

Caminar por un parque o una calle desierta en noches de frío y estrellas, de viento y lluvia o de calor lleno de perfumes, hacen que sueñes.

Cuando caminas en la noche puedes elegir los sueños o vivencias de recuerdos que quieres sentir o escribir. 

Siempre escribo, vivo o sueño los de caricias y besos. Los de palabras en latidos, los de labios húmedos, temblorosos, blandos, adoptando la forma de otros labios o cuerpo. Labios  incansables de recorrer cálidos paisajes llevados por un ardiente deseo hecho aliento.

Sueños, palabras o momentos en donde se disuelve el tiempo, donde unos ojos cerrados entregados al sueño, llevan el lenguaje a las manos, a las puntas de los dedos. Claro, es de noche en el parque, en la calle desierta, te mueves a ciegas sólo el tacto de la piel te dice qué sueño o vivencia a elegido tu corazón o tu pensamiento.

Por eso me gusta la noche, para poder elegir sueños. Para poder viajar por mundos que están fuera de las cadenas del tiempo. 

Seguro, si cierras los ojos y evocas una noche cualquiera, sentirás la caricia de unos labios y las palabras convertidas en aliento. Tal vez el ritmo de dos corazones latiendo acelerados te hagan brotar un poema.

O tal vez todo está en la noche viajando con las alas del viento. 

RESPIRAR OTOÑO

Lentamente, casi sin darse cuenta, la ciudad se fue vistiendo de otoño.

Viene cansado, el verano se resistió a marchar, hasta que los días se acortaron. El sol comenzó su camino de mar a mar.

Los árboles y su ciudad lo sintieron enseguida, querían descansar.

Se pintaron de ocres y amarillos, hasta sus ramas desnudar. Dejar colchones de hojas secas, en las veredas, pasos con sonido de sonajas.

Debajo de los bancos, guardar palabras y besos, secretos escondidos en la ténue y envolvente luz otoñal.

Secretos que el viento hará volar, visibles en los torbellinos, de hojas secas al cielo van.

Cabelleras despeinadas, rayos de sol hechos de pelo, manos de aire, aliento de frío, otoño en la ciudad

A la noche, caricias, pensamientos, silencios de palabras, miradas que saben hablar.

Escucho el susurro del fuego junto al hogar.

Noche que se alarga, momentos para soñar.

Sueños de paz, alegría, tranquilidad. 

Otoño de amarillos, vistes la ciudad. Respiro tus noches largas, tus árboles desnudandose, tu viento frío, tu mensaje de paz.

TARDECITAS DE MONTEVIDEO

                                 

Hay tardecitas que sólo se pueden vivir en Montevideo. Dicen que es la capital más austral del mundo. Tal vez lo sea o tal vez sólo sea una extendida ciudad con poca gente perdida en el Sur de un planeta. 

La ciudad en donde la tierra se convierte en punta de lanza como si quisiera clavarse en el mismísimo Polo Sur. 

El río, tan ancho como la mar, el que le dio la vida a la ciudad y seguramente el nombre: Monte VI de Este a Oeste, según una antigua carta de navegación del Río de la Plata indicando la localización de una enorme y protectora bahía, refugio de navegantes. 

El Río de la Plata o Paraná Guazú, nombre que le dieron los pueblos originarios, perdidos seguramente en las aguas del “río ancho como mar”, abraza la ciudad de Montevideo como una madre a su hija.

El río que no tiene nada de plata ni de color plateado, el de las aguas marrones, el que muere en el Atlántico, el que en las noches claras de verano hace emerger del horizonte la enigmática Cruz del Sur hecha de estrellas.

Las tardes junto al Río eran, para mí,  tardes de amor, de lucha, de esperanzas. No buscábamos un mundo mejor, sinó vivir todo el mundo en un paraíso. 

A pesar de su gran extensión, la ciudad de Montevideo siente al Río en todos sus barrios.

En las tardes noches de invierno la envuelve con su tupido, frío y húmedo aliento de niebla.

Los sonidos y las luces son engullidos por el manto gris que lo moja todo. 

Calor de dos manos entrelazadas, pasos que retumban y la letra de algún tango que te llega por la niebla en el silbido rítmico y solitario de algún caminante:

“Con el pucho de la vida

Apretado entre los labios

La mirada turbia y fría

Y un poco lento el andar

Dobló la esquina del barrio

Curda ya de recuerdos

Como volcando un veneno

Esto se le oyó cantar

Vieja calle de mi barrio

Donde he dado el primer paso

Vuelvo a ti doblado el mazo

En difícil barajar

Con una daga en el pecho

Con mi sueño hecho pedazos

Que se rompió en un abrazo

Que le diera la verdad

Aprendí todo lo bueno

Aprendí todo lo malo

Sé del beso que se compra

Sé del beso que se da

Del amigo que es amigo

Siempre y cuando le convenga

Y sé que con mucha plata

Uno vale mucho más

Aprendí que en esta vida

Hay que llorar si otros lloran

Y si la murga se ríe

Uno se debe reír

No pensar ni equivocado ¿para qué?

Si igual se vive

Y además corres el riesgo

Que te bauticen gil

La vez que quise ser bueno

En la cara se me rieron

Cuando grité una injusticia

La fuerza me hizo callar

La esperanza fue mi amante

El desengaño mi amigo

Cada carta tiene contra

Y cada contra se da

Hoy no creo ni en mí mismo

Todo es truco todo es falso

Y aquel que está más alto

Es igual a los demás

Por eso no ha de extrañarte

Si alguna noche borracho

Me vieras pasar de brazos

Con quien no debo pasar…” Autores Gorrindo/Grela

La niebla que te sumerge en esa triste nostalgia del tango es la misma que hace acelerar dos corazones unidos en besos inolvidables escondidos en el manto gris de la niebla, amparados por un zaguán o una esquina cualquiera.

El mate en la rambla costanera sorbiendo lentamente la luz dorada del sol poniente y las charlas de miradas, sin palabras articuladas, inundan de paz las almas.

En las tardes de viento del SE, el que anuncia un inevitable temporal, te trae un mensaje de soledad y lejanía. Mensajes enviados por los hielos antárticos y océanos embravecidos, reino de pingüinos, lobos, leones marinos y gigantescas ballenas. 

Después están las tardes envueltas en el perfume del jazmín gardenia. Arbolitos de flores blancas que inundan con su perfume dulce y fresco toda Montevideo, como una niebla invisible que la brisa del río esparce. 

Las tardecitas que más me gustan son las que sopla el Pampero. Son las del aire límpio, el que cuando respiras te llena el alma y el cuerpo. Y ni qué decir del color del cielo, un azul tan intenso, tan profundo que sólo lo puedes ver en Montevideo. Después que el sol se esconde detrás del Cerro, empieza a verse el telón de la noche, escenografía para el espectáculo de teatro de las estrellas.

Por eso, las caricias y los besos en Montevideo nunca se olvidan porque los esconde la niebla y van envueltos de jazmines, estrellas y el viento que nunca los deja caer en el olvido del suelo.

A Montevideo su Río y mis gentes.

En un lugar de septentrión a 27 de octubre de 2022.

Los niños y la murga

Aquel carnaval coincidía con los últimos días de febrero. Quedaba poco para acabar el verano y entrar de lleno en el otoño.

Era notorio que los días se iban acortando. En el aire se respiraba ya la luz otoñal y esa melancolía que traen como una manta las noches largas.

Hablando de noches, ya se notaba el fresco que hacía tiritar de frío a las estrellas. Era casi obligado ponerse calcetines, zapatos cerrados y llevar a la tarde una chaqueta o un jersey, puesto, colgado del brazo o sobre los hombros con las mangas anudadas al pecho.

Quedaban pocos días para comenzar las clases o sea el año escolar. Por eso los chiquilines del barrio intentábamos disfrutar al máximo las delicias que nos traía el verano.

Jugar partidos de fútbol en la calle, mareaditos, como le llamábamos. Tirarnos con las chatas construidas con las maderas de un fondo de cajón de verduras, dos ejes salientes de madera, el posterior fijo y el anterior móvil para poder direccionar el vehículo, estos ejes llevaban encajados cuatro cojinetes o rulemanes, como les decíamos, a modo de metálicas ruedas. Con estas maravillas nos tirábamos por las pendientes calles del Cerrito de la Victoria, nuestro barrio. Al ir a tan poca distancia del suelo, de ahí el nombre de chata, la sensación de velocidad y libertad eran únicos y más para niños de entre siete y once años. Las carreras emocionantes que se organizaban. En la meta no teníamos bandera de cuadros pero nunca faltaba alguien con un un llamativo trapo de cocina, sustraído de la casa peligrosamente, jamás había el consentimiento familiar para llevarse un trapo de secar los platos.

Otra de las delicias del verano era jugar al “chate-piedra”. Un juego bastante parecido a las bochas pero sin bochas. En lugar de estas bolas de madera utilizábamos piedras o trozos de hormigón planos. Como las calles eran de cemento se deslizaban muy bien impactando en la piedra del contrincante y desplazándola del camino trazado. Todo un oficio de puntería.

Luego estaban las “guerras” con hondas, arcos o dardos, siempre intentando acertar a blancos predeterminados. Si bien evitábamos los accidentes, de vez en cuando se producía alguna pequeña herida entre los contendientes. Cuando esto pasaba, la bronca de los padres llegaba a ser monumental, con requisamiento de armamento y penitencia que duraba días. Por eso había que evitarlo.

Luego disfrutábamos sin límites los juegos grupales, “el librado”, “la escondida” o la “rayuela”.

Jugar bajo la lluvia de verano sólo con el pantalón corto era otra de las delicias. Fabricar barquitos de papel de estraza, hacerlos navegar por las aguas bravas de la torrentada o en los mares interiores y calmos de los charcos, nos despertaba la imaginación más extrema. Algunos eran destruidos por la incontenible fuerza de un huracán oceánico, otros, los que llegaban a ser engullidos por las enorme “boca de tormentas”, alcantarillas, seguían su lucha infatigable y heroica por los ríos subterráneos con destino al gran río, el ancho como mar. Allí vencerían en singulares batallas a galeones españoles con más de treinta cañones y devolverían el oro y la plata que habían robado a los pueblos indios del Norte allá en la enorme serranía de los Andes. Otras veces se tenían que enfrentar a temibles navíos piratas, ingleses o franceses que atacaban y robaban poblaciones de la costa del Gran Río. Eso sí con los que se aliaban siempre para combatir a portugueses y españoles era con los Corsarios de Artigas, aquellos barcos con bandera de la Confederación de las Provincias Unidas del Río de la Plata, armados por una Gran Nación que comenzaba su andadura en la democracia por aquellos tiempos: Estados Unidos.

Luego que pasaba la lluvia, montábamos en el jardín de la casa un auténtico barco de guerra. De los cuadrados metálicos del largo portón, salían unos troncos cilíndricos a modo de cañones. Invencibles. Unas veces éramos patriotas corsarios y otras desalmados piratas. El hecho es: siempre ganábamos.

Pero en los veranos cuando llegaba carnaval el disfrute llegaba a cotas inimaginables.

Primero recorríamos el barrio leyendo en los pizarrones de los clubes o sedes sociales que montaban tablados, escenarios donde actuaban las murgas o parodistas.

Los comentarios eran: “En le Club Industrias están los Diablos Verdes, Curtidores de Hongos y la Soberana”. “Sí pero en la Peña Vecinal Vivir vienen Asaltantes con Patente, La Escuelita del Crimen y Araca la Cana”. Esperábamos también a los Saltimbanquis, Patos Cabreros o la Milonga Nacional….

Lo primero que hacíamos evidentemente era armar nuestra propia murga.

Dos tapas de ollas grandes, sustraídas con sigilo de las cocinas, hacían de platillos. Unas latas grandes de conservas vacías perforadas simétricamente para atarles una cuerda, así colgaban como si fueran redoblantes que hacíamos sonar con dos palitos finos. Las latas grandes de aceite o queroseno, servían de bombos.

Luego, imprescindible para ser un verdadero murguista, había que pintarse la cara.

Pinturas no teníamos, como mucho podíamos utilizar un lápiz de labios rojo, pero eso era de alto riesgo, alguno de los amigos lo tenía que robar a su madre, asumiendo las terribles consecuencias si era descubierto. Por lo tanto utilizábamos mayoritariamente la pintura más asequible que teníamos: el negro hollín de un tapón de corcho quemado en una punta. El amigo que nos pintaba la cara lo utilizaba como un lápiz gordo.

Así quedábamos con las caras negras, a veces se veía claramente una estrella o una media luna. La mayoría de las veces eran rayas o círculos negros sobre los cachetes.

Todos embetunados de negro, las sonrisas lucía mucho más.

En esa felicidad salíamos por las calles del barrio imitando los bailes de las murgas y cantando trozos que nos sabíamos de memoria de algunas de las letras más famosas.

Casi siempre empezábamos con una letra de los Patos Cabreros de 1927 escrita por Omar Odriozola:

“Uruguayos campeones, de América y el mundo, esforzados atletas que acaban de triunfar, los clarines que dieron las dianas en Colombes, más allá de los Andes volvieron a sonar…”

“Retirada” 1968 de la murga “Milonga Nacional”, con letra de Carlos Modernell.

“Fue en noches de carnavales

que escuchamos al pasar

la pregunta de aquel niño:

¿Qué es una murga, mamá?

Murga: murga es una golondrina

Que en su romántico vuelo

Barriletes de ilusión

Va recortando en el cielo.”

Murga es el imán fraterno

Que al pueblo atrae y hechiza.

Murga es la eterna sonrisa

En los labios de un Pierrot,

Quijotesca bufonada

Que se aplaude con cariño,

Es la sonrisa de un niño

Al que ofrendan su canción…”

Cuando comenzaba a oscurecer íbamos corriendo a la puerta de los clubes donde había tablado para esperar la llegada de las murgas.

Estos venían en camiones grandes con la lona tapando la zona de carga. No fuera a ser que lloviera y se mojaran los vistosos trajes de los murguistas.

Los escuchabas venir de lejos. Los tres músicos con bombo, platillos y redoblante, iban siempre sentados al final de la caja del camión con las piernas colgando de la puerta abatida. El sonido de los platillos acompañados de algún redoble mientras el camión avanzaba veloz llenaba las calles de sonrisas y alegría.

– Mirá, mirá, allá viene el camión, seguro que son los Diablos Verdes.

– No, yo creo que son los Patos Cabreros….

Así es que nos quedó para siempre esta “retirada”:

Línea Maginot (1940)

«Se van, se van los Patos,

Los Asaltantes se van,

Se va La Gran Muñeca,

La Milonga Nacional,

Se van se van los Hongos,

Araca la Cana se va

Con Bochinche y compañia

Linea Maginot se va.»

Y así se pasaban los días de carnaval despidiendo el verano.

A mi hermano Aldo, con el cual “sentados al cordón de la vereda, bajo la sombra de algún árbol bonachón, vimos pasar coquetos carnavales, careta viva….”

Fernando

Un pasaje de INSTANTES ETERNOS

De como la tierna mirada de un lobo marino te puede hacer trascender el espacio-tiempo.

Pasando por los relojes blandos de Salvador Dalí.

INFINITA SOLEDAD

Entre lobos y océano duerme el Polonio. Aprovecha el sol del verano para hacer la siesta.

Sabe bien que es difícil dormir en los largos días y más largas noches de tormenta. Días y noches de vientos fríos con la mar estallando olas en las rocas y un aguacero de flechas.

La luz del faro inquieta avisa a los barcos del peligro que acecha.

Dicen que a veces sirenas y tritones empujan barcos a estrellarse con las rocas. Avisan a los hombres que la mar y la tormenta les pertenecen.

Sobrecoge el alma ver la luna de Agosto, la de hielo, ver el ancho camino de luz que deja. Sólo transitado por tritones sirenas viajando al Sur a los hielos eternos de la Antártida.

Dicen que con el hielo hacen collares que parecen de diamantes. Otros dicen que llevan las almas de los marineros que estrellaron sus barcos en las rocas.

Creo que son todas fábulas que cuentan petreles y albatros a los lobos cuando descansan en las rocas.

Por eso el Polonio aprovecha el sol del verano para hacer la siesta.

Si te estiras en una de las redondas y sensuales rocas, dormirás el sueño de una siesta.

Desaparece el tiempo y tu alma sobrevuela lobos, faro, océano y roca. Sientes la sensación de infinito. Sabes entonces que eres abismo, que eres lejanía, que eres poesía en las alas del viento.

Las siestas del Polonio son inolvidables igual que los temporales y tormentas.