Sensaciones de una mañana

Vista que se pierde en el verde de olivos y viñas

amarillos de campos segados y retamas,

robles, encinas, borrajas y malvas

se mezclan con trinos, zumbidos y murmullos de alas,

perfume dulce e intenso de las amarillas retamas

aire tibio poniendo música de sonajas

a las hojas de encinas y robles, oboes son los pinos,

pero cuando el aire calma, surge misterioso

el perfume de las hadas, discreto y suave

en flores de vides, que a los insectos llaman.

A la vista llegan centenarias chimeneas apagadas

campanarios de ermitas, siempre esperando una plegaria,

sintiendo la mañana, ves, escuchas y hueles como pasa lenta,

rodando al mediodía del alma.

 

En un rincón del Gran Penedès, el día de la Luna Llena de mayo de 2018.

Nave Tierra

Cada amanecer es diferente, así nos lo explica el cielo. Creo que son los vientos y el aire los que configuran el día. Nubes de formas caprichosas, de formas que sólo los sueños pueden imaginar, hacen ver el sol siempre cambiante.

Lo que si tiene cada amanecer es que si lo miras y entras en él unos minutos, sientes al planeta, nuestro hogar, nuestra madre, la Tierra, girar como un trompo lanzado al círculo por la chaura resistente de la inocente mano de un niño que lo mira girar sorprendido y alegre.

Puedes sentirte en el amanecer tripulante de una gran nave espacial.  Siempre tienes una gran ventana para ver el espacio exterior. Amaneceres, atardeceres, medios días, noches estrelladas.  Astronautas, viajeros del espacio en esta, para nosotros inmensa nave, pequeña subpartícula para el Universo, viajando a grandes velocidades por un infinito vacío lleno de cosas.

Todo es un inmenso y cambiante holograma creado de corazones, pensamientos y emociones.

Por eso cada amanecer es distinto porque el holograma lo creamos cada uno de nosotros, latiendo, pensando, sintiendo.

 

Perfumes, olores…

Los homínidos que nos autodenominamos “seres humanos” somos una imagen holográfica creada por los sentidos y asociada entre si por los pensamientos.

Durante nuestras vidas funcionando en 3 dimensiones (espacio, tiempo, materia), vamos recibiendo, a través de los sentidos multitud de estímulos. Formas y colores mediante la vista, melodías y sonidos por el oído, olores y perfumes con el olfato, sabores con el sentido del gusto y percepciones táctiles por la piel es decir el sentido del tacto.

Conforme vamos “sintiendo”, los vamos agrupando siguiendo un parámetro de polaridad emocional: lo que vimos, olimos, tocamos, degustamos, escuchamos, nos produjo una emoción placentera, agradable, alegre, excitante (digamos positiva) o por el contrario esta emoción nos hizo sentir miedo, rabia, angustia, asco, dolor (emociones negativas).

Con esta dual clasificación, lo vamos guardando en ese misterioso agujero negro de nuestro cuerpo: la memoria. Luego nuestra mente los va rememorando y ordenando convirtiéndolos en pensamientos positivos o negativos. Con estos pensamientos vamos creando nuestras realidades y atrayendo, la mayor de las veces inconscientemente, las cosas del espacio, tiempo, materia que nos harán sentir y vivir lo que queramos experimentar.

 

Personalmente, desde mi más tierna infancia, siempre disfruté intensamente de la lluvia o me produjo sensaciones placenteras.

Durante mi infancia austral, cuando llovía en verano era salir a la calle casi desnudo a corretear sintiendo el agua fresca que recorría mi cuerpo, abrir la boca mirando al cielo y saborear el agua. Hacer barquitos de papel estraza, (con lo que se envolvían los alimentos que se compraban en aquella época), y correr junto a ellos por la correntada de la calle. Oler el perfume de “tierra mojada” al caer los primeros y avisadores gotones del inminente chaparrón, también era una agradable sensación que luego se mezclaba con los perfumes de jazmines y violetas.

En invierno, bien enfundado en cálidas botas, saltar dentro de todos los charcos del camino, esperando a la mañana siguiente romper la capa de hielo que dejaba la noche. Escuchar el aguacero golpeando techos y ventanas con el viento desmelenando los helechos del patio. Sentir la cara y las manos mojadas, heladas, mientras ibas sin prisas a la escuela.  Oír el canto del sabiá o el grito de los teros, que siempre se alegran cuando llueve.

Tardes de domingo lloviendo en el gran parque, caminar por los senderos rodeado de gigantes verdes, escuchar tus pasos ritmados por el repiquetear de las gotas en el paraguas. El tacto de acariciar un pelo y una cara mojadas, sentir esos labios frescos con tus labios formando un único universo mojado.

Hoy tal vez por eso de la lluvia fina de primavera, tuve dos regalos. Mojarme la cara en el parque escuchando las gotas caer entre los árboles con los mirlos ejecutando su sinfonía y las melias (paraísos) florecidas perfumando toda una calle. Momento de alegría y placer que la lluvia hizo que mi mente creara.

Siempre observo lo que pienso, atraigo y vivo lo que siento.

Para no hacerlo muy largo, lo dejo aquí, pero prometo comentar otro sobre el perfume del café recién hecho, del pan caliente, de las salsas en la cocina de mi infancia, del mate con cáscaras de naranja del pelo de mi amada.

Hay que ver las cosas que hace una fina lluvia de primavera.