El sonido de los sueños.

El sonido de los sueños

Las noches de verano en mi Montevideo natal eran casi iguales a cualquier noche de verano en una ciudad extendida a orillas de un enorme río.

Lo único de diferente era la mente inquieta de un niño de 5 años. Porque en una mente de cinco años, se perciben sonidos que a muchos, y a fuerza de costumbre, llegan a pasar desapercibidos por familiares que estos son. Simplemente no los oyen.

Eso me pasaba cuando me iba a dormir, sabia que oiría los mil y un sonidos que se esconden en la noche.

La ventana de la habitación estaba abierta de par en par para dejar entrar el fresco nocturno y que se fuera el olor al “flit” que mi madre había echado rato antes para combatir los molestos mosquitos. Poco a poco el olor del flit iba siendo sustituido por el de las lavandas que florecían en el pequeño patio interno. Junto con el fresco de la noche entraba para colonizar la habitación el perfume húmedo de los helechos y culantrillos que umbrían el patio de día rebozando verde desde las macetas colgadas en las paredes. En la noche sólo eran sombras que se mecían a la luz de la luna y llenaban de frescor húmedo el aire. Escondite preferido de los grillos que cantaban a la noche su rítmica y nostálgica canción.

Una vez en la cama, la ventana se convertía en una gigantesca pantalla proyectora de un trozo de cielo del Sur. Mis ojos se llenaban de estrellas, pinceladas de luz formando constelaciones y nebulosas con forma de dioses o animales que habían decidido vivir en el cielo eternamente. ¿Quién las abría dibujado para hacer mis delicias en las noches de verano? Nunca lo supe pero le estaré por siempre agradecido a esa mano que los dibujó.

El sueño siempre tardaba en venir, sobre todo si hacía calor. Mi hermana, me decía que si cerraba los ojos vendrían prestos los “enanitos del sueño”. Seres estos que sólo se pueden ver con los ojos cerrados, sin hacer trampas, entornados no se vale, ellos lo detectan enseguida y no vienen. Me decía mi hermana, que su poder recaía en una diminuta bolsa de arpillera, hilada con el mejor de los yutes, cosa que les daba una resistencia inigualable, de la cual ellos jamás se separaban y la cual siempre tenían que tener llena. En dicha bolsita, guardaban nada más ni nada menos que polvillo de estrellas. No de las estrellas gigantes, titilantes siempre en el cielo, sino de las fugaces, esas atropelladas que sólo saben correr por el cielo y que su loca carrera las hace caer a la tierra. Y suerte de ellas que caen del cielo, porque son las estrellas que guardan los sueños. Por eso cuando vemos “caer una estrella”, siempre pedimos un deseo que en definitiva no deja de ser un sueño cortito.

Los enanitos del sueño, siempre atentos a dónde caen las estrellas de los sueños, recogen el polvillo del choque de estas con el suelo llenando a tope las bolsitas de arpillera.

Bien surtidos del material de los sueños, van más rápido que un pensamiento junto al niño o la niña que cierra los ojos porque quiere que venga el sueño. Asegurándose que los ojos están bien cerrados esparcen con mucho cuidado un poco de polvillo de estrella sobre los pequeños párpados infantiles. Esto te hace entrar inmediatamente en el mundo de los sueños. Mundo en el que puedes volar a alturas increíbles, sumergirte durante horas en la mar más profunda, volver a jugar con tu perro que como era mayor que tu, se fue antes al mundo de los sueños, ver miles de seres fabulosos, algunos alados, sonrientes y llenos de ternura, otros con garras y dientes afilados y aspectos terribles que quieren comerte o perseguirte. Lo mejor cuando aparecen estos seres del abismo es volver a la cama con los ojos abiertos y aunque inquieto y atemorizado saber que estás en la habitación de siempre y que estos seres sólo están en el mundo de los sueños.

Por esto los enanitos del sueño se esfuman si tienes los ojos abiertos.

Si los quieres “ver”, incluso hablar con ellos el secreto es: cerrar los ojos, invocar al sueño pensando que una vez dormido y después que hayan esparcido en tus párpados el polvo de estrellas, quieres verlos en el mundo de los sueños. Yo los he visto más de una vez, siguiendo con rigor la ruta.

Son muy pequeñitos, algo más grande que una abeja. Tienen ese tamaño por si algún tramposo o tramposa que abrió los ojos fuera de tiempo y los vio, creerá haber visto una mariposa nocturna que sólo busca una fuente de luz para dar vueltas. Pero en el mundo de los sueños si que se muestran tal y como son incluso a veces se llegan a posar en tu nariz para jugar al cosquilleo.

Van vestidos con overoles de trabajo en azul o rojo brillantes, no nos olvidemos que son trabajadores infatigables. Hacer dormir a niños y niñas no es tarea fácil además de tener que llenar las bolsitas de polvillo de estrellas.

En ese atuendo tan sencillo y brillante destacan dos cosas. La primera unos rayos dorados luminosos que tienen en la espalda. Funcionan como alas fotónicas que les permiten viajar por los diversos universos superando así las restrictivas reglas de nuestra dimensión de espacio, tiempo y materia. La otra cosa que destaca es su gorro en forma de cono fino, desproporcionadamente largo, más que el tamaño de todo el cuerpecito, destacando la punta aguda y luminosa que despide minúsculas chispas de colores.

Un día me explicaron que ese gorro tan tieso y exagerado es una potente antena detectora de las ondas cerebrales que emiten las mentes de los niños con intención de dormir.

Hoy se que en ese gorro-antena guardan, almacenado en chips de gran capacidad, nada más ni nada menos que todas las “rutas de los sueños”. Ahí en ese “almacenamiento” están clasificados todos los sueños soñados por los niños y niñas desde la época de las oscuras cavernas, los de hoy y los del futuro lejano esos que cuando lo soñamos no los entendemos. Cuando me explicaban estas cosas, en aquella mi tierna infancia atribuía todo a la magia, ya que faltaban décadas para que entendiéramos lo de los chips almacenadores de datos, ondas cerebrales…ellos me llevaban a los sueños del futuro. Seguramente para épocas futuras todos seremos viajeros de los mundos creados por los niños en sus sueños y la vida será un continuo viaje entre universos y mundos, lo que llamamos hoy el mundo de los sueños.

Mientras cerraba los ojos esperando que vinieran los enanitos, escuchaba en mi barrio de Montevideo el ritmo calmo nostálgico y triste de tambores sincronizados con los grillos.

Venía el sonido de las casas de nuestros amigos y vecinos negros. Una vez me decía don José el abuelo negro con su pelo blanco más que rizado que cuando se reunían a tocar el tambor en familia la casa se llenaba de sus ancestros.

Sonido y ritmo que vino latiendo en el corazón de seres que fueron cruelmente arrancados de la lejana, muy lejana África, tan lejana que nos separa un enorme océano.

Un día le pregunté de qué hablaban los tambores. Me dijo que de cosas que habían pasado en perdidas aldeas africanas de la selva o la sabana. Que había que tener cuidado porque un león con hambre rondaba las chozas, que no se sabía nada del grupo de cazadores de antílopes, que la luna creciente traería lluvias abundantes, que Abatwa, el elfo había estado haciendo travesuras en la aldea y Aganju, el marido de Ododua, la diosa de la tierra lo había castigado con no dejarlo bajar al río durante la crecida, todo un castigo para un elfo…

También los tambores hablaban de cosas más recientes ya con sus hombres y mujeres prisioneros y desterrados en la Tierra de los Pájaros Pintados, donde el sonido se convertía en lenguaje, porque todos ellos hablaban lenguas diferentes, unos lingala, otros luganda, kikongo…, pero con los tambores se entendía. Explicaban si había habido una fuga en tal o cual estancia, si los fugados se habían unido al ejercito revolucionario del Protector de los Pueblos Libres y con lanza y boleadoras ofrecían su vida a la Libertad que nunca más volverían a perder.

Todas esas cosas contaban los tambores en las noches de verano en un barrio montevideano.

Se ve que les gustaba mucho a los enanitos del sueño porque cuando yo cerraba los ojos y me dejaba llevar por el ritmo lento y melancólico de los tambores, sin levantar repique, enseguida entraba al mundo de los sueños envuelto por el perfume de lavandas y el fresco, muy fresco aire de la sombra de los helechos.

Aveces tenía sueños extraños, soñaba con musas y dones d’aigua seres que me susurraban palabras en lenguas desconocidas de tierras lejanas.

Curiosos viajes por los sueños, tan reales como los pequeños enanitos que guardan en sus bolsas polvo de estrellas fugaces.

Para las musas y les dones d’aigua que navegan el mundo de los sueños y para los enanitos del sueño que sin ellos estos viajes no serían un sueño.

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¿A dónde van las palabras?

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A veces me pregunto a dónde van las palabras que no se dicen con la voz o con el lápiz o con la máquina.

Por eso me gusta decirlas en voz baja, susurradas, casi intuidas, dibujadas manuscritas o repiqueteadas como la lluvia fresca cayendo en la hojarasca.

Cuando las susurro es porque tengo una oreja junto a la boca con una cabellera recogida a un lado de la cara.

Un cuello y una cara por donde extender las palabras, oliendo el pelo cual flor perfumada.

Cuando las escribo, dibujo prominentes caderas que acarician mis manos y recorren mis labios llenos de palabras.

Es cuando dibujo sintiendo su trazo que entro en el corazón de esa mujer soñada que me permite bañarme en sus sueños más profundamente guardados.

Sintiendo su alma estremecida por el cosquilleo de las palabras.

Todo vuelve al inicio, al momento de la creación máxima, a donde todo comienza y en donde todo acaba como un eterno círculo que por los mundos viaja.

Escribiendo esto ahora se a donde van las palabras que no se dicen o escriben.

Vagan por el aire como fantasmas o como semillas de cardos llevados por el viento de montes y prados.

Esperan pacientes ser depositadas en algún alma o simplemente en un trozo de tierra fértil o tal vez en la grieta de una roca solitaria.

Así serán escritas o susurradas el torrente de palabras surgidas de la Nada.

 

A casi cuarto menguante de la luna de julio de 2019.

 

Sueño de una noche de verano

El día había estado encendido de calor. Así que la noche sería de insomnio largo, pegajosa sin dejar que la luz fría de la luna llena refrescara las sombras.

Me levanté cansado, sudoroso más que somnoliento. No estaba malhumorado de no haber podido dormir por el calor húmedo que hizo naufragar mis sueños. Más bien pensaba que había podido disfrutar durante la noche de la luz de la luna recorriendo la habitación, entrando por el ventanal abierto de par en par. Brisa no entraba ninguna, el patio con sus árboles estaba con las hojas como engominadas, con la forma que les había dejado el día. Eso si entraba una luz cremosa de luna llena. Le daba a la habitación un aire de profundo misterio, desde la sombra que proyectaba el armario hasta la silla con la ropa desarreglada por la prisa de quitármela para intentar refrescar el cuerpo, se producían formas y figuras que la imaginación se encargaba de hacer para combatir el insomnio bochornoso. También sentía una contenida alegría de haber podido disfrutar de los perfumes de las flores del patio. El jazmín inmaculado y la exuberante y verde dama de la noche, en lugar de competir decidieron mezclar sus perfumes para hacer del insomnio una noche de dulzura infinita. La atmósfera estática y húmeda actuó como una prensa invisible y suave que estrujó las flores sin dañarlas, para que estas llenaran el aire denso de un perfume dulce, fresco, envolvente, delicioso, casi palatable más que respirable.

La noche tropical absorbió mis sueños que se mezclaron con el aire húmedo y cálido.

Entre sombras quietas de rayos de luna llena fue pasando la noche de sueños de ojos abiertos y perfumes dulces en el aire quieto.

El canto del mirlo me dijo que en cualquier momento el sol acostaba las estrellas. Empezaría el día tal vez cansado y lento pero con el corazón lleno de perfumes, sombras misteriosas y sueños de ojos abiertos.

El tiempo en la montaña.

La misteriosa “dona d’aigua” me enseñó un dibujo que había hecho con líneas y sonido. Al ver y escuchar el dibujo de plantas exuberantes,
sentí en lo más hondo de mi ser que estamos construidos de
sueños, materia sutil que surge del gran almacén: el vacío del
espacio.

Entonces supe que todas las cosas coexisten en el mismo instante y sólo se manifiestan como “reales” las que ponemos nuestra atención, deseo, interés, observación.  Así que pensé en la lluvia y esta comenzó a caer suave y fresca, tal vez siendo cada gota un universo.

Montaña fresca

Horas blandas

Chillido de golondrinas

Susurros callados por el aire

Haces de fotones

Cincel de realidades

Corazones escultores

Pensamientos volando

Atmósfera soñada

Camino de montaña

Palabras disueltas

En la fresca mañana

Montaña blanda

Cuenco del lago brumoso

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Carta a un amigo

Querido amigo:

Ya sabés mi afición a la comunicación a través de “la carta”. Tal vez me venga de haber repartido tantas veces la querida “cartita”, aquella que nos mantenía informados durante los terribles y oscuros años de la dictadura militar en mi querida Banda Oriental. Fueron años crueles así como el infinito exilio posterior.

Tal vez me venga, lo de escribir cartas, del relato de Eduardo Galeano cuando narraba lo que le explicó su maestro un día, Juan Carlos Onetti, al referirse si escribir a máquina o manuscrito. Entonces le decía Onetti que no había nada más lindo que escribir con birome porque ibas sintiendo el trazo, las vueltas de las letras que irían formado las palabras y estas irían cargando los sentimientos que cada palabra representaba. En una atrevida opinión personal creo que la descripción es casi erótica. Bueno a mi a veces me pasa, cuando escribes palabras en manuscrito, al ir trazando las formas redondeadas de las letras es como si acariciaras con todos los sentimientos unas caderas, pechos, labios, piernas la piel y el pelo entero de una mujer enamorada, entras sin dudas en el mundo del amor. Entiendo que algo así se debe de sentir cuando dibujas o pintas una acuarela, un cuadro, en donde la mano va dando formas y colores a la visión que sale del corazón del artista.

No quiero ni imaginarme lo que nos diría ahora Onetti en donde todos, o casi todos, vamos escribiendo con un procesador de textos de un ordenador. También te tengo que confesar que llevo siempre a mano una pequeña libreta y un bolígrafo por si en algún momento, mientras voy en un tren, autobús o simplemente sentado mirando la mar, conecto con alguna de las musas del aire, esos seres maravillosos que revolotean por el corazón, y me viene una frase, un recuerdo, un perfume, un tacto, una estrofa de un poema o simplemente un pensamiento. Entonces sale la libreta y dibujo las palabras que luego intentaré pintar en un cuadro, eso sí con el procesador de textos correspondiente.

Antes usábamos la carta manuscrita, aquella que estabas horas escribiendo, la que explicabas todo lo que había pasado en los días o meses de ausencia. Era lindo porque ibas recordando lentamente los acontecimientos que considerabas más importante y que le pudieran interesar al destinatario de la carta. Todo un ritual sin dudas. Cada palabra salía del corazón directamente a la mano, de esta a la hoja, luego de doblarla al sobre y este al correo. Siempre tuve la sensación que era como mandar un cuadro reducido por correo.

Las cartas, qué cosa linda. Es un momento en el que estás exclusivamente por ese amigo, o ese amor lejano. Por eso, como considero que tanto en la amistad como en el amor, lo que llamamos tiempo, pierde las coordenadas, desaparece, se disuelve en lo que es, una simple ilusión, una norma aceptada por todos y que nos la creemos tanto que es casi indiscutible como verdad absoluta. Ay, cuantas verdades absolutas fueron cayendo una a una. Tal vez creemos en las cosas porque vivimos engañados por las pseudoevidencias. Siempre recuerdo aquella clase magistral que nos dio el Profesor Clemente Estable en el Instituto Biológico de Montevideo. Nos hizo salir al hermoso patio del Instituto y nos pregunta: “-qué evidencia estamos viendo ahora, muchachos?-” ante el silencio y la sorpresa de todos nos dice “-que nosotros estamos completamente quietos y el sol se va moviendo en el cielo-“, “-todos sabemos que eso no es así ¿cierto?-” “-aquí tenemos un claro y sencillo ejemplo de una pseudoevidencia-“.

Este hecho me hizo pensar mucho, ¿cuántas cosas habrá en el mundo que creemos y damos por ciertas que en realidad son el producto de una apreciación errónea?

Por eso te digo que en la carta, quedan grabadas para siempre la amistad y el amor, escapando de las invisibles cadenas del espacio y del tiempo.

Recuerdo con mucho cariño cuando retomamos con mi gran amiga Gisela el flujo de cartas. La sorpresa y estupefacción de su familia, me contaba ella, cuando un día aparece un cartero a entregar una carta, fue mayúscula. No lo podían creer, siendo ella analista de sistemas, lo que significa que su dominio en las “nuevas tecnologías” era absoluto, estuviera recibiendo una carta manuscrita, con un sobre, con sellos de correo y con su debido “matasellos”.

En su última carta que recibí, antes de marchar a ese otro mundo en donde no hay ilusión ni engaño y en donde todas las cartas están escritas, escribió cosas como estas: “En agosto estuve unos días en Rocha, en casa de Ileana, pero rodeada del afecto de mis demás hermanos y sobrinos lo que fue muy bueno. También despertar oyendo el canto de los gallos y los pájaros, el sol y las estrellas tan distintos como vivencias a los de Montevideo (con la hermosa excepción de la rambla, ¿no?). Planeo volver en estos días a encontrarme allí con la primavera. con su consagración, pensando en Tchaicosvski y Botticelli……”

Esta carta permanece guardada hasta que supongo algún día alguien la encuentre, amarillenta y bien doblada pero completamente libre e inaccesible al veto digital al que nos sometemos diariamente escribiendo con el procesador de textos del ordenador. Al leerla, quien la encuentre, y ver que no conoce a nadie de los citados, ni destinatario ni remitente, tal vez le llegue sorprendentemente el canto de gallos y pájaros a la luz del sol o las estrellas y se encuentre con una hermosa primavera.

Querido amigo, increíble las vueltas que se dan al escribir una carta. Todo esto fue saliendo debido a un mensaje que me mandaste, utilizando las nuevas tecnologías, en que me hablabas del familiar repiquetear de la lluvia en el cobertizo de techo de zinc en un barrio montevideano vestido de otoño. Te prometo que la próxima hablaremos de aquellos gurises que jugaban en los charcos sin importar lo fría que estaba la lluvia. Hoy me he perdido por los caminos de las palabras escritas en una carta.

Un abrazo grande como charrúa atajando ñandúes.

Fernando

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En Vilanova i la Geltrú, así se ve la Luna en su Cuarto Creciente del mes de mayo de 2019, flotando blanca en la mar azul del cielo.

Oasis de la marisma

Las tardes junto a la mar y las marismas sin duda tienen algo especial. Tal vez sea la percepción de que el sol se va poniendo muy lento. Puedes sentir la Tierra girar. O tal vez por el lento caminar de los transeúntes del parque. También el nadar lento de los patos en el agua de la marisma y los pequeñitos escondiéndose entre las hierbas con su protectora madre.

Creo que lo especial de estas tardes es que se puede sintonizar los corazones con el micro universo que ves. Es parar el cronómetro. Es convertirte en el mismísimo tiempo. Es ser las aguas, el viento, el sol. Es ser todas las cosas.

Es el momento en donde en el abrazo se mezclan los latidos de corazones, haciendo interminable, largo, inmenso, infinito el beso apasionado. Bocas que sonríen, miradas que penetran, labios que se besan.

Los bancos del parque te invitan al silencio. Si te sientas te transportan a otro tiempo o… mejor dicho te sacan del tiempo.

Así las tardes junto a la mar y las marismas en el parque tienen la puerta misteriosa que cuando la traspasas todo queda blando, tibio, lento. Todo a ritmo de corazón latiendo feliz y contento.

Me dejo abrazar por la tarde, acariciar por el viento, llenar mis ojos de mar, de nubes, de patos nadando lento mientras agradezco al banco que me halla transportado fuera del tiempo.

 

Vilanova i la Geltrú en luna cuarto menguante del primer día de mayo de 2019.

En la puerta del armario hay un agujero negro.

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Un túnel en la puerta del armario.

De la espesa y tupida niebla que es el tiempo, tanto pasado como futuro, escapándose solamente el instante actual, al cual ilumina el foco de la consciencia como si de un teatro se tratara, tal vez las cosas que vemos con mayor claridad, dentro de esa niebla, son las que nos hicieron soñar o imaginar cosas.

Recuerdo nítidamente el enorme armario de caoba que había en la habitación de mis padres. Para un niño de seis o siete años le resultaba algo así como una montaña o tal vez un enorme prisma monolítico. Entre las infinitas formas de los nudos de la madera, destacaba en una de las puertas un dibujo con nueve elipses concéntricas que se extendían desde los límites de la puerta hasta el centro.

Las tardes de verano en que me “hacían dormir siesta” en “la cama grande”, como incentivo chantajista. La habitación estaba fresca, con una temperatura muy agradable a pesar de ser verano, debido a la penumbra que dejaban las persianas de láminas de madera cerradas. Era entonces que el dibujo de la puerta del armario, para mi, tomaba otra dimensión.

Como me costaba dormir, ya que lo que yo quería era estar en la calle, a pesar del calor, sentado o jugando a la sombra del enorme paraíso de la vereda, esperando que pasara el carrito del heladero con su entrañable toque de campanita y el grito de “conaproooole……conaproooole helaaaados”, la elipse concéntrica de la puerta del armario, era mi escapatoria.

Me ponía a mirar aquella figura formada por los colores marrones de la madera y se convertía en un interminable túnel el cual si lo andaba, podía acceder a infinitos mundos. Todas las elipses confluían en un punto que a modo de agujero negro galáctico tenía el poder de transportarme al lugar que quisiera. Claro está que no tenía ni idea de lo que era un agujero negro galáctico, es más, creo que ni lo había intuido los científicos.

Montado en mi “chata”, aquel veloz vehículo que consistía en una base de madera de unos 60 cm de lado con dos ejes de madera, uno de ellos giratorio a modo de dirección guiada con los pies, rematados con cojinetes por ruedas y que era imprescindible para las carreras bajando las pendientes de la falda del Cerrito de la Victoria, emprendía el viaje, volando ya que la chata dejaba de depender de la gravedad, dentro de los nueve círculos concéntricos de la puerta del armario.

Cuando pasaba el tramo oscuro de las elipses, el punto central me hacía pasar a uno de los mundos. Ya no necesitaba la chata para moverme. Podía caminar por bosques lleno de verdor, con plantas trepadoras que estallaban en flores de colores imposibles de ver en el jardín de casa. Sentía la cálida y agradable caricia del aire mientras me dejaba envolver por los perfumes más dulces y exóticos que desprendía el bosque. Era un mundo muy extraño, los ciervos, liebres, carpinchos, pumas, jaguares, los pequeños aperiás, el colibrí, las abejas, el tatú y la mulita, los ñandúes, el sabiá, el rojo churrinche…, todos compartían el agua fresca del arroyo y ninguno se tenía que comer al otro para vivir. Claro era un mundo en donde no existía la muerte, en ninguna de sus formas, nadie sabía lo que era.

Pero lo más increíble de aquel mundo era que los animales hablaban. Así resultaba que mientras caminaba por el bosque, escuchaba la conversación del puma con el carpincho: -cuéntame carpincho lo que viste en la otra orilla del río- preguntó el puma.

-vi a doña anaconda cuidándose sus 10 metros de piel en uno de mis fangares-

-¿y qué le dijiste?

-y…sabiendo su mal genio y su respetable tamaño, sólo le pregunté si tenía para mucho rato, ya que yo necesitaba darme un revolcón en el barro para limpiar mi piel, no la fuera a enfadar-

-ja ja ja- dijo el puma

-pero doña anaconda estaba de buen humor -interrumpió el carpincho- y me dijo ponte a mi lado carpincho que hay lugar para los dos, ya iré con cuidado de no hacerte daño con mis 90 kilos. Así fue que los dos disfrutamos de un maravilloso baño de barro.

Dejaba la conversación entre el carpincho y el puma y escuchaba la del colibrí y la abeja.

-Colibrí ¿no sé si has visto aquella maravillosa flor blanca que trepa la anacahuita gigante en donde nace el arroyo? -dijo la abeja-

-No, no la vi hermana abeja -respondió el colibrí-.

-Tendrías que ir a verla, tiene uno de los néctares más deliciosos del bosque y con su polen mis hermanas y yo haremos la miel más rica y dulce de todas las conocidas.

-Gracias hermana abeja voy volando a probar ese néctar.

Entre esos diálogos no se si me dormía o seguía viajando por valles, selvas, lagos, montañas, hasta que volvía a recorrer el túnel de elipses concéntricas de la puerta del armario, encontrándome de nuevo en la habitación de la “cama grande”, traído por el hilo invisible del grito del heladero “conaproooole……conaproooole helaaaados” y que yo no podía salir a comprarme un helado porque “estaba durmiendo la siesta”. Pero no importaba, qué bien lo había pasado en el viaje.

Relato que me trajeron las musas del viento cuando despejaron el trozo de niebla que lo cubría durante la Luna Llena de abril.