Los niños y la murga

Aquel carnaval coincidía con los últimos días de febrero. Quedaba poco para acabar el verano y entrar de lleno en el otoño.

Era notorio que los días se iban acortando. En el aire se respiraba ya la luz otoñal y esa melancolía que traen como una manta las noches largas.

Hablando de noches, ya se notaba el fresco que hacía tiritar de frío a las estrellas. Era casi obligado ponerse calcetines, zapatos cerrados y llevar a la tarde una chaqueta o un jersey, puesto, colgado del brazo o sobre los hombros con las mangas anudadas al pecho.

Quedaban pocos días para comenzar las clases o sea el año escolar. Por eso los chiquilines del barrio intentábamos disfrutar al máximo las delicias que nos traía el verano.

Jugar partidos de fútbol en la calle, mareaditos, como le llamábamos. Tirarnos con las chatas construidas con las maderas de un fondo de cajón de verduras, dos ejes salientes de madera, el posterior fijo y el anterior móvil para poder direccionar el vehículo, estos ejes llevaban encajados cuatro cojinetes o rulemanes, como les decíamos, a modo de metálicas ruedas. Con estas maravillas nos tirábamos por las pendientes calles del Cerrito de la Victoria, nuestro barrio. Al ir a tan poca distancia del suelo, de ahí el nombre de chata, la sensación de velocidad y libertad eran únicos y más para niños de entre siete y once años. Las carreras emocionantes que se organizaban. En la meta no teníamos bandera de cuadros pero nunca faltaba alguien con un un llamativo trapo de cocina, sustraído de la casa peligrosamente, jamás había el consentimiento familiar para llevarse un trapo de secar los platos.

Otra de las delicias del verano era jugar al “chate-piedra”. Un juego bastante parecido a las bochas pero sin bochas. En lugar de estas bolas de madera utilizábamos piedras o trozos de hormigón planos. Como las calles eran de cemento se deslizaban muy bien impactando en la piedra del contrincante y desplazándola del camino trazado. Todo un oficio de puntería.

Luego estaban las “guerras” con hondas, arcos o dardos, siempre intentando acertar a blancos predeterminados. Si bien evitábamos los accidentes, de vez en cuando se producía alguna pequeña herida entre los contendientes. Cuando esto pasaba, la bronca de los padres llegaba a ser monumental, con requisamiento de armamento y penitencia que duraba días. Por eso había que evitarlo.

Luego disfrutábamos sin límites los juegos grupales, “el librado”, “la escondida” o la “rayuela”.

Jugar bajo la lluvia de verano sólo con el pantalón corto era otra de las delicias. Fabricar barquitos de papel de estraza, hacerlos navegar por las aguas bravas de la torrentada o en los mares interiores y calmos de los charcos, nos despertaba la imaginación más extrema. Algunos eran destruidos por la incontenible fuerza de un huracán oceánico, otros, los que llegaban a ser engullidos por las enorme “boca de tormentas”, alcantarillas, seguían su lucha infatigable y heroica por los ríos subterráneos con destino al gran río, el ancho como mar. Allí vencerían en singulares batallas a galeones españoles con más de treinta cañones y devolverían el oro y la plata que habían robado a los pueblos indios del Norte allá en la enorme serranía de los Andes. Otras veces se tenían que enfrentar a temibles navíos piratas, ingleses o franceses que atacaban y robaban poblaciones de la costa del Gran Río. Eso sí con los que se aliaban siempre para combatir a portugueses y españoles era con los Corsarios de Artigas, aquellos barcos con bandera de la Confederación de las Provincias Unidas del Río de la Plata, armados por una Gran Nación que comenzaba su andadura en la democracia por aquellos tiempos: Estados Unidos.

Luego que pasaba la lluvia, montábamos en el jardín de la casa un auténtico barco de guerra. De los cuadrados metálicos del largo portón, salían unos troncos cilíndricos a modo de cañones. Invencibles. Unas veces éramos patriotas corsarios y otras desalmados piratas. El hecho es: siempre ganábamos.

Pero en los veranos cuando llegaba carnaval el disfrute llegaba a cotas inimaginables.

Primero recorríamos el barrio leyendo en los pizarrones de los clubes o sedes sociales que montaban tablados, escenarios donde actuaban las murgas o parodistas.

Los comentarios eran: “En le Club Industrias están los Diablos Verdes, Curtidores de Hongos y la Soberana”. “Sí pero en la Peña Vecinal Vivir vienen Asaltantes con Patente, La Escuelita del Crimen y Araca la Cana”. Esperábamos también a los Saltimbanquis, Patos Cabreros o la Milonga Nacional….

Lo primero que hacíamos evidentemente era armar nuestra propia murga.

Dos tapas de ollas grandes, sustraídas con sigilo de las cocinas, hacían de platillos. Unas latas grandes de conservas vacías perforadas simétricamente para atarles una cuerda, así colgaban como si fueran redoblantes que hacíamos sonar con dos palitos finos. Las latas grandes de aceite o queroseno, servían de bombos.

Luego, imprescindible para ser un verdadero murguista, había que pintarse la cara.

Pinturas no teníamos, como mucho podíamos utilizar un lápiz de labios rojo, pero eso era de alto riesgo, alguno de los amigos lo tenía que robar a su madre, asumiendo las terribles consecuencias si era descubierto. Por lo tanto utilizábamos mayoritariamente la pintura más asequible que teníamos: el negro hollín de un tapón de corcho quemado en una punta. El amigo que nos pintaba la cara lo utilizaba como un lápiz gordo.

Así quedábamos con las caras negras, a veces se veía claramente una estrella o una media luna. La mayoría de las veces eran rayas o círculos negros sobre los cachetes.

Todos embetunados de negro, las sonrisas lucía mucho más.

En esa felicidad salíamos por las calles del barrio imitando los bailes de las murgas y cantando trozos que nos sabíamos de memoria de algunas de las letras más famosas.

Casi siempre empezábamos con una letra de los Patos Cabreros de 1927 escrita por Omar Odriozola:

“Uruguayos campeones, de América y el mundo, esforzados atletas que acaban de triunfar, los clarines que dieron las dianas en Colombes, más allá de los Andes volvieron a sonar…”

“Retirada” 1968 de la murga “Milonga Nacional”, con letra de Carlos Modernell.

“Fue en noches de carnavales

que escuchamos al pasar

la pregunta de aquel niño:

¿Qué es una murga, mamá?

Murga: murga es una golondrina

Que en su romántico vuelo

Barriletes de ilusión

Va recortando en el cielo.”

Murga es el imán fraterno

Que al pueblo atrae y hechiza.

Murga es la eterna sonrisa

En los labios de un Pierrot,

Quijotesca bufonada

Que se aplaude con cariño,

Es la sonrisa de un niño

Al que ofrendan su canción…”

Cuando comenzaba a oscurecer íbamos corriendo a la puerta de los clubes donde había tablado para esperar la llegada de las murgas.

Estos venían en camiones grandes con la lona tapando la zona de carga. No fuera a ser que lloviera y se mojaran los vistosos trajes de los murguistas.

Los escuchabas venir de lejos. Los tres músicos con bombo, platillos y redoblante, iban siempre sentados al final de la caja del camión con las piernas colgando de la puerta abatida. El sonido de los platillos acompañados de algún redoble mientras el camión avanzaba veloz llenaba las calles de sonrisas y alegría.

– Mirá, mirá, allá viene el camión, seguro que son los Diablos Verdes.

– No, yo creo que son los Patos Cabreros….

Así es que nos quedó para siempre esta “retirada”:

Línea Maginot (1940)

«Se van, se van los Patos,

Los Asaltantes se van,

Se va La Gran Muñeca,

La Milonga Nacional,

Se van se van los Hongos,

Araca la Cana se va

Con Bochinche y compañia

Linea Maginot se va.»

Y así se pasaban los días de carnaval despidiendo el verano.

A mi hermano Aldo, con el cual “sentados al cordón de la vereda, bajo la sombra de algún árbol bonachón, vimos pasar coquetos carnavales, careta viva….”

Fernando

INFINITA SOLEDAD

Entre lobos y océano duerme el Polonio. Aprovecha el sol del verano para hacer la siesta.

Sabe bien que es difícil dormir en los largos días y más largas noches de tormenta. Días y noches de vientos fríos con la mar estallando olas en las rocas y un aguacero de flechas.

La luz del faro inquieta avisa a los barcos del peligro que acecha.

Dicen que a veces sirenas y tritones empujan barcos a estrellarse con las rocas. Avisan a los hombres que la mar y la tormenta les pertenecen.

Sobrecoge el alma ver la luna de Agosto, la de hielo, ver el ancho camino de luz que deja. Sólo transitado por tritones sirenas viajando al Sur a los hielos eternos de la Antártida.

Dicen que con el hielo hacen collares que parecen de diamantes. Otros dicen que llevan las almas de los marineros que estrellaron sus barcos en las rocas.

Creo que son todas fábulas que cuentan petreles y albatros a los lobos cuando descansan en las rocas.

Por eso el Polonio aprovecha el sol del verano para hacer la siesta.

Si te estiras en una de las redondas y sensuales rocas, dormirás el sueño de una siesta.

Desaparece el tiempo y tu alma sobrevuela lobos, faro, océano y roca. Sientes la sensación de infinito. Sabes entonces que eres abismo, que eres lejanía, que eres poesía en las alas del viento.

Las siestas del Polonio son inolvidables igual que los temporales y tormentas.

LA BARCA DE LOS SUEÑOS

Me gusta salir a navegar en la barca de los sueños

Donde la mar no es de agua sino de sentimientos.

Barca donde las velas son palabras henchidas por el viento,

el viento siempre fuerte y fresco lleno de pensamientos

Por eso cuando navego la barca de los sueños,

veo tus cabellos al viento, trigal dorado mar de olas amarillas.

Las velas se desgranan volando con el viento,

son palabras en el aire llenas de sentimientos.

Tu mirada nostálgica de no sé qué recuerdos

se llena de amor, agua surgiendo corazón adentro.

En la barca de los sueños, la de los ojos abiertos,

siento tus caricias y tus besos temblorosos como velas

o palabras susurradas por el viento.

Sentidos, sentimientos, amor.

Los sentidos son puentes a las emociones. Sentimientos luego, que brotan del alma.

Una melodía lejana, unas risas, el rumor de las olas, oír la cascada, el susurro del viento en las agujas de los pinos, el estruendo del rayo en la tormenta desatada. Sonidos que me hacen sentir nostalgia.

Ver un cielo gris encapotado, un barco navegando en la distancia, un camino borrado por la niebla, un llanto, ver adoquines mojados. Son imágenes que me hacen sentir tristeza melancólica, cercana y lejana.

Oler en una mañana el pan recién horneado, el café caliente y la leche derramada, el perfume de gardenias inundando una calle, las flores de madreselvas y cuando empieza la lluvia, el perfume de tierra mojada, el delicioso olor a estofado. Perfumes u olores que me llenan de paz, de alegría en calma.

El sabor del chocolate negro, el del pan mojado en una salsa, el sabor de las algas, de los ñoquis de un domingo, el del vino tinto con queso de vaca. Sabores que me hacen sentir seguro, con el corazón en calma.

Sentir el aire fresco en la cara, el agua de la mar mientras nadas, lo blando y tibio de los labios de una boca enamorada, la caricia porque sí, las manos calientes, el juego de las cosquillas, los pies en la hierba fresca, mojada, los cuerpos en el abrazo, fraterno o apasionado. Tactos que me hacen sentir feliz, unido a todas las cosas.

Qué fortuna más grande los sentidos que nos llevan al envolvente, disolvente, expandido Amor.

Juguemos a hacer mezcla de sentidos a ver qué sentimiento resulta.

«Bajo un cielo gris, camino en una tormenta desatada. La calle se borra en la niebla. Al entrar al bar el perfume del café caliente me embriaga. Tus manos tibias acarician mi cara mojada.»

«Entro a la mar acompañado del rumor de las olas. Un barco se pierde en la distancia. Intenso perfume de agua salada. Mientras la mar me acaricia con sus aguas, paso la lengua por mis labios con sabor a algas.»

«El cielo está gris y encapotado. De la cocina surgen risas. Antes de entrar ya huelo el pan recién horneado. -Prueba con un trozo de pan la salsa- ¡qué rico está este estofado! Mi madre me abraza.»

«Después de escuchar el estruendo del rayo y las gotas golpeando el paraguas, los adoquines brillan mojados. El perfume de gardenias envuelve la tarde. Los dos nos detenemos bajo el paraguas. Saboreamos los labios con gusto a madreselvas. Nos fundimos en un abrazo sin dejar de besarnos.»

Amo todo lo que siento. También lo que provoca ira, dolor o rabia.
Sólo saber que los sentimientos son combinables usando los sentidos.
Que todo nos lleva a ser viajeros del Amor.

P.D.: Escrito en una mañana que me desperté envuelto por una vieja nostalgia y en el aire un intenso olor de agua.

Lunita de mediodía.

Al verte sola en el cielo del mediodía, 
me entran ganas de abrazarte.
Sola, menguante, entre tanto azul brillante,
brotes verdes de los pinos,
intentan inútilmente tocarte
hacerte cosquillas en la barriga,
hasta que estalles en risas de alegría,
yo te veo tan sola que sólo quiero abrazarte
viajera solitaria de cielos oscuros
en silencio cuántas noches iluminas mi cama
cuántas noches, sobre la mar,
tu alfombra de plata, camino de soñadores
que a ti, susurran palabras de amor
decirte que no estas sola,
nos unen tus hilos de plata.

Viña de otoño

Viña de otoño

mar de pámpanos rojizos

entre el margen y la montaña

llenas de paz el alma

viña roja, dónde está tu alma?

en la bodega guardada

madurando llena

de sol, tierra y aire

viña de otoño

entre el margen y la montaña

bebo tus colores

me lleno de calma.

Días de magia

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Estamos acostumbrados a mirar el tiempo como si fuera una línea. No sabemos dónde comienza y menos donde acaba. Así instalamos nuestras vidas sobre una de esas líneas. Al nacer le hacemos una marca y cuando morimos alguien hará otra marca indicando el «tiempo» que duró nuestra vida.

Cada uno debe de tener una línea. Me imagino que vistas desde lejos, deben parecerse a una ventana con percianas de láminas. Aunque sin dudas su estructura es irregular. Por ejemplo deben de haber tramos en que dos líneas se tocan. Recorren un trozo de tiempo lineal paralelo. Siempre regido por las marcas de «inicio» y «final» de cada línea. Deben de ser, esos trocitos paralelos, los que compartimos vida con parejas, hijos, amigos… Luego está todo el tiempo o línea que sobra antes y después de las marcas. ¿lo ocupan otras personas? ¿se pierde en la nada?. Un misterio.

En una de mis fotos, siempre buscando el efecto de la luz en las cosas, surgió una idea. Inconsistente y etérica como todas las ideas.

Al acercarme a la «ventana» que abrió el objetivo de la cámara surgió de pronto un concepto, igual que las dos pequeñas figuras «humanoides» que se ven con claridad. Tal vez todo es un inmenso «caldo» donde flotan libremente infinitos universos. Donde la línea que le hemos atribuido al tiempo es un círculo, que con otros infinitos círculos forma una esfera. Algo así como una madeja de lana, tan compactada que no hay punta de inicio o punta de final.

Entre el sol, las ramas y el lente de la cámara, entramos a una de las infinitas ventanas que nos llevan a cualquier punto de la madeja de lana.

Por eso creo que en el silencio y la calma podemos entrar en la magia. La magia de poder viajar libres por la infinita madeja de lana. Ir a los puntos que nuestros corazones y nuestras almas quieren vivir sin las marcas en una línea seguramente inventada.

A dos días de la Luna Llena de Aries de 2020.

 

«Un buen guiso siempre vale la pena»

Después de muchos años de exilios y ausencias los antiguos amigos volvían a estar juntos. Fueron muchas las «casualidades» que se dieron para que esta reunión tuviera lugar. Nos conocíamos todos muy bien. Es que habíamos compartido esas etapas de la vida en la que todo se aprende: la niñez y la adolescencia. Cuando los aprendizajes se hacen compartidos se crean lazos indisolubles en los que por mucho que pase el espacio y el tiempo, siempre puedes retomar la conversación donde la habías dejado. Ese es el misterio de la amistad. El hecho es que la «barra» del «muro de Berlín» estaba junta otra vez.

El lugar elegido para la reunión fue el Parque Nacional de Santa Teresa. Otrora territorio salvaje entre el Océano Atlántico, la Laguna Negra y los vastos bañados del Departamento de Rocha. Territorio de caza de los arachanes, la misteriosa etnia charrúa que habitaba aquellas lejanías. También era zona del puma y el jaguar, hoy muertos o encarcelados por «atentar contra la propiedad». Peor suerte corrieron los arachanes que fueron extinguidos, tan cruelmente que destruyeron para siempre su lengua y cultura. De las pequeñas pirámides que construían sólo quedan algunos montículos llamados «los cerritos de los indios».

El hecho que esta maravillosa zona medio salvaje, se convirtió en Parque Nacional con un área de servicios habilitada para acampadas. El atractivo es tal que puedes instalar la tienda en medio de un frondoso bosque nativo o un bosque de gigantescos eucaliptos, que fueron plantados para fijar las arenas móviles de las antiguas dunas. Estar acampado en un lugar así es maravilloso. En las frescas noches del verano austral te permite acercarte a las interminables playas del Atlántico y contemplar uno de los cielos estrellados más hermosos del mundo. Galaxia, nebulosas, constelaciones, se ven perfectas entre las estrellas, como si fueran cantos rodados de un río celeste. Las noches sin luna o cuando está menguando, es decir con oscuridad absoluta, son las estrellas las que iluminan el paisaje. Luz tenue, de un azulado más que enigmático que al mezclarse con el intenso perfume del salitre oceánico te hace entrar en un mundo diferente, un mundo en donde eres parte de un “todo”, donde alma y espíritu se fragmentan en la luz de las estrellas.

Se te puede ocurrir entrar en las frías aguas del Atlántico con un “calderín” para pescar un buen puñado de plancton y hacer una “fritadita para la cena». Luego, al salir del agua lucir figura de espectro, fosforescente, debido a las microscópicas noctilucas que habitan el agua.

En un lugar así el centro de todo es el “fogón”. El lugar donde se enciende el fuego ya sea para calentar e iluminar las frescas noches de enero o para cocinar. Allí puedes hacer desde riquísimos pescados a la brasa, corvinas o brótolas, pasando por el típico asado de tira con su respectiva parrillada compuesta de chorizos, morcillas, tripa gorda, mollejas… Otra forma de cocinar es con la olla de hierro colgada por una cadena del soporte de madera. Un “fogón” de estas características bien hace un par de metros cuadrados.

Resultó ser que uno de los días que pasaba la “barra” de amigos acampada, surgió la idea de regalarnos con un delicioso guisito rústico.  Esos que llevan buenos trozos de carne, chorizo, morcillas, papas, fideos, choclo, especies y sobre todo se cuecen en un fuego de leña.

Lo que no programamos fue que ese día de verano austral íbamos a estar bajo el ardiente viento del Norte, el que trae el terrible calor húmedo de la lejana selva tropical. Ese al que le decimos “el aliento del diablo”.

A pesar del terrible calor, el guiso, empezó a marchar en el fogón. Protegidos por la sombra acogedora de las anacahuitas, las coronillas y algunos de los gigantes eucaliptos, fue transcurriendo el día entre mates, vinos y algún vaso de whisky brasilero. El Parque está a muy pocos kilómetros de la frontera con Brasil y realizar “compras” para el campamento siempre sale encuentra, además de visitar el Chuy o Santa Vitória do Palmar pueblos fronterizos donde la simpatía de sus habitantes siempre te cautiva.

Llegada la hora de la comida saboreamos el exquisito guiso con repetición y todo. Contentos después de acabar la comida y comprobar que había quedado suficiente para calentar en la cena. Estaría más bueno todavía porque como suele suceder los sabores se “asientan” y queda más gustoso.

El calor era cada vez más asfixiante. Pero todos muy bien sabíamos que eso era puntual. Cuando viene el aire cálido del Norte, siempre al chocar con las aguas frías del Atlántico Sur, inevitablemente desata tormentas impresionantes de lluvia, viento e importante aparato eléctrico, es decir rayos y centellas. Esto convierte a estas tormentas en muy peligrosas y más aún si estás acampado en un paraje natural.

Efectivamente, durante la tarde el aire caliente y pesado se fue ionizando y cargándose eléctricamente, preparándose para lo peor.

Al caer la noche nos disponíamos a “calentar” el maravilloso guiso pero paralelamente el viento hacía mecer ya con rumor de hojas de las altas copas de los eucaliptos. Estos árboles al haberlos plantado para fijar las arenas, encontraron abundante agua proveniente de acuíferos conectados con la inmensa Laguna Negra. Con tanta agua crecieron hasta pasar los 20 metros de alto y unos diámetros en que tres o cuatro personas les cuesta “abrazarlos”. Al ser el suelo arenoso, la solidez de las raíces de estas moles es muy cuestionable. Siempre cuando sopla el viento tormentoso caen tres o cuatro de estos gigantes. Eso los convierte en muy peligrosos ya que pueden caer sobre una tienda de campamento, sobre un fogón o directamente sobre personas. Produciendo muerte o discapacitaciones severas.

Rápidamente los amigos organizadores del encuentro deciden hacer caso a los consejos de los administradores del Parque (el ejército, es que continúa siendo una zona estratégica para el País. Desde allí se controla el llamado «Paso de la Angostura», entre las lagunas, los bañados y el Océano Atlántico), de ir a refugiarse a la “Capatacía”. Ese lugar es como un “búnker”, de piedra y alejado de los gigantes de pies débiles, además está rodeado de pararrayos, cosa que garantiza el no morir chamuscado.

El guiso ya estaba a punto para comer, dejaba ir un perfume irresistible.

Al caer las primeras gotas de lluvia, sentirse los primeros truenos intimidatorios y las ráfagas de viento helado, todo el mundo empezó a recoger las cosas imprescindibles para ir a refugiarse a la Capatacía.

-Dale, apúrense, bo, que se viene con todo! -Nos dicen nuestros anfitriones.

Al vernos la cara de uno de los amigos y la mía, de incredulidad con la tormenta, aunque en el fondo era una gran resistencia a abandonar el exquisito guiso que nos esperaba calentito.

Ya estábamos recibiendo el último ultimátum: -Bo, nosotros nos vamos si se quedan acá les puede caer un rayo o un árbol.

Mi amigo me mira y me dice: -Ché ¿cómo lo ves esto?

Le respondo -Bueno creo que es una tormenta pasajera.

-Es que si nos vamos nos perdemos el guisito que tiene pinta de estar buenazo. Dijo mi amigo.

-Sí, es una lástima perdernos el guiso calentito y todo. Yo iría comiendo y se vemos que se complica más, rajamos para Capatacía. Sugerí como propuesta altamente razonable.

Con una amplia sonrisa dijo mi amigo: -Mirá creo que tenés razón y después de todo, si nos cae un rayo quedamos con los pelos de punta y salimos como en un negativo de foto.

Entre el viento, la lluvia intensa y los rayos que menudeaban aquí y allá, saboreamos debajo del toldo el exquisito guiso acompañado de un vaso de vino y una charla llena de risas y alegría recordando antiguas anécdotas vividas.

Cuando pasó la tormenta, la verdad no sé cuánto duró, porque cuando te comes un guiso con un amigo en el medio del caos, el tiempo se diluye, desaparece. 

Cuando regresaron el resto de amigos, el comentario era: -¿Y se morfaron todo el guiso?

-Cláro, es que un buen guiso siempre vale la pena.

  Las fotos no son del guiso protagonista de la historia, pero sirven para ilustrar el «fogón».

Invierno en Septentrión

Paraísos cercanos aquellos que puedes respirar, oler, tocar, ver, palatar.

Massís del Garraf, vieja montaña cárstica, misteriosa, de simas profundas.

Puedo ver desde tus acantilados ponerse el sol en la mar, intrépidos veleros intentando atrapar la luz.

Remanso para patos, garzas y almas en tus plácidas marismas, refugio, comida y alimento espiritual.

Al adentrarte en el Massís del Garraf, te reciben viñas dormidas, pinedas, olivares e intrépidos almendros que empiezan a florecer. Milenarias masies perdidas entre picos y valles, Can Grau, Can Camps, Can Suriol. Ruinas del Castell d’Olivella, bastión medieval, desde el siglo IX custodio de «la frontera», «la marca» que separaba mundos, el islam al Sur, carolingio al Norte.

En este paraíso cercano, escucho el canto del ruiseñor, puedo disfrutar del silencioso vuelo del águila, los cencerros de los rebaños trashumantes que buscan un invierno más suave entre valles que hacen florecer los almendros. Pronto vendrán las abejas con sus danzas y zumbidos y probaremos la dulce miel joven con sabor a almendras, romeros, retamas, tomillo, hinojo….esa la de mil flores. Gusto a Mediterráneo, gusto a Massís del Garraf.

Paraísos cercanos, este que puedes respirar, oler, tocar, ver, palatar.

 

Marismas y la mar

Amanecer en la marisma de Ribes Roges el 21 de diciembre, último día del año astronómico ya que mañana 22 se produce el Solsticio de Invierno en el hemisferio Norte y comenzamos el «viaje hacia la luz».

Había un intenso temporal de Garbí que agitaba la mar provocando un oleaje continuo de rugido intimidatorio.

La vida en forma de garzas, patos, caderneras, estorninos, gaviotas y cormoranes se refugiaba en los remansos de agua de la marisma, protegidos por la vegetación y alimentados generosamente por ella.

La niebla y la lluvia le daban el toque imprescindible para despedir el otoño y vivir el día más corto del año rumbo al invierno.

Mañana vuelve la luz, deja de retroceder para comenzar su ascenso imparable hasta estallar en vida en la próxima primavera.

Un buen día el de hoy, para hacer balance del año, comprobar si conseguimos los objetivos planeados o qué nos faltó para conseguirlos. Encendemos las luces del árbol para decirle que no tenga miedo a las sombras, que la luz ya viene y pronto renacerán sus ramas hojas, flores y frutos

Esperamos la luz con la confianza que la madre Tierra nos soportará y nos alimentará igual que lo hace con las aves de la marisma de Ribes Roges. El próximo año que empieza mañana, no nos faltará de nada, todo lo que pensemos con el corazón la madre Tierra nos lo dará llena de alegría como lo hacen todas las madres.

Un feliz Solsticio de Invierno a todos y que nuestros pensamientos y sentimientos sean de alegría, dicha y prosperidad. Encendamos el árbol de nuestros corazones y a disfrutar del viaje intergaláctico con nuestra Madre Tierra y nuestro padre Sol por el inabastable Universo.