Poema cuántico

El ritmo de las olas engaña al tiempo

vaivén de espuma y algas

lo hacen perderse en breves universos

sólo el corazón puede abrir ventanas al tiempo

para ver mares y soles a ritmo de olas

hacer que se pierda el tiempo

cuando el tiempo se pierde en algún universo

sólo están las olas, la mar, la pineda y el viento

puedes oler y sentir caricias y besos

sabor a mar y pinedas enredadas en el viento

Siente el ritmo de las olas

deja que se pierda el tiempo.

Dualidad

Llega la Navidad al hemisferio Norte del planeta. Invierno en septentrión. Las noches que se fueron alargando inexorablemente frenan su carrera de oscuridad con el Solsticio. A partir de ahí el sol, bien bajo en el horizonte, comenzará su ascenso triunfal.

Son noches largas de recogimiento de las familias junto al fuego. Adornar un árbol con luces, ofrecerle regalos para que él no se olvide de nosotros cuando llegue el verano y nos colme de frutos. En las cocinas, olor a caldo caliente y carnes horneadas. Comidas calóricas para soportar mejor el frío de la tierra helada. Días para estar con la família compartiendo generaciones, inmortalizando ritos y tradiciones. Siempre flotando en el aire el recuerdo amoroso de los que han marchado al gran silencio o misterio que es la muerte, la plácida y serena alegría de los que ahora saben ocupan el lugar de los seres que marcharon, la fuerza y empuje de los “medianos” llenos de futuros y la alegría inocente, espontánea, pura y siempre en el tiempo presente de los niños. Con ese espíritu, las casas se llenan para compartir el sentimiento de Amor que nos identifica como “humanos”.

Los que nacimos en el hemisferio Sur del planeta y vivimos nuestra infancia y parte de la juventud, nos resulta inevitable vivir en una dualidad de sensaciones y sentimientos.

Compartimos y disfrutamos junto a nuestros hermanos del Norte, la Navidad en invierno con todo lo que hemos explicado antes, pero…… Es inevitable que de vez en cuando, hagamos saltos cuánticos en el espacio tiempo. Hay momentos, que no se cuanto duran, que estás fuera del tiempo lineal. Son momentos en que moléculas de algun olor o perfume o fotones de un rayo de luz o la radiación calórica del fuego, te transportan. Así me sucede a mi, que a veces un olor me lleva a la cocina de mi infancia. Aparece mi madre en la cocina del verano austral con su delantal, cantando mientras preparaba el delicioso “tuco” para acompañar la pasta de la cena de Noche Buena. Otras veces es el olor a leña que me lleva al patio de mi casa entre naranjos y berros de agua junto a mi padre, preparando el fuego y la enorme parrilla, muy temprano, para aprovechar la fresca de la mañana, y empezar a asar el cordero o lechón de Navidad. Había que empezar muy pronto porque el ritual era lento, lleno de aperitivos, risas y charlas mientras se iba haciendo la carne. Bajo la protectora sombra de uno de los naranjos, me veo jugando con piedrecitas y cañas construyendo poblados indios en miniatura.

De pronto un destello de luz o el calor de las brasas en la cara me lleva otra vez al Sur, a la Navidad en verano. Mediodías poblados por el canto de las chicharras y las calles “humeando” al calor de la distancia. Niños jugando con agua mientras se regaba con la manguera las aceras del barrio, planificando ir mañana a la playa y bañarnos en las aguas del río grande como mar.

Días largos, noches cortas la del verano. Cielos sembrados de estrellas, cual de ellas más brillantes, en los lugares aislados del campo, si no hay luna puedes iluminarte con la luz de la galaxia.

Dualidad plácida la que vivimos los que cambiamos de hemisferio. Hoy he vuelto a hacer el salto cuántico con los cantos familiares….”caga tió, tió de Nadal, no caguis arengades que són massa salada, caga turrons que són més bons”…… y la magia infinita de las estaciones nos sumerge en este misterioso y maravilloso mar cuántico que creo, es la vida.

Al Cabo Polonio y su faro, tal vez el del fin del mundo.

Cuando la vida te para en esta loca carrera a ninguna parte, aprovecho para darme la vuelta y mirar el camino recorrido.

Es entonces que veo pequeños escenarios en donde pasé instantes de la vida, están a oscuras y en silencio. Vasta con una simple evocación que surge en forma de un olor, un tacto, un sonido, una imagen para que el escenario se ilumine y empiecen a aparecer los actores del instante.

Cuando empieza el espectáculo, me instalo cómodamente en la butaca especial del corazón. La obra es tan real que enseguida comparto escenario con los actores.

Faltan aún 4 o 5 kilómetros para llegar, ya respiro el aire frío impregnado de olor a océano. El camino entre los médanos se hace pesado. Sólo lo compensa la visión de la mar de arena dorada que llena mis ojos. Los médanos no dejan ver la mar, la de agua, sólo sentir su perfume de dama enamorada. Intenso perfume, a salitre, algas, tiburón. Perfume que te envuelve con la inmensidad de las fosas abisales del Sur, blanco y fresco de los témpanos de hielo perdidos, la fuerza y la intensidad de las ballenas australes, la gracia y ligereza de los pingüinos.

Por fin sin saber como, el rugido de las olas me dicen que la mar está cerca.

Sonido constante, relajante, el de la mar sacudiéndose en mil olas la espuma llena de yodo, para que el viento forme con ella bolas gigantescas y correr como locas por la interminable playa.

Cuando siento el rugido o murmullo de las conversaciones de los lobos marinos se que una vez pase este médano me encontraré frente al océano, la mar de mares.

Me detengo en lo alto del médano, porque cuando estás en este escenario, el tiempo desaparece o estás en otro tiempo u otra dimensión. Respiro profundamente, extiendo los brazos. Abrazo el infinito que se extiende ante mi. El aire de la mar llena mis pulmones, me despeina y con silbidos me murmura historias en la oreja. Mi vista recorre la ancha playa, se detiene en las inmensas y erosionadas rocas del Polonio, rematadas por el faro, tal vez el del fin del mundo.

Sobre las lisas y pulidas rocas, escultura realizada por la mar y sus enormes olas, descansan al sol del Sur la colonia de lobos marinos. Mastodontes pesados y lentos en tierra y ágiles voladores de aguas embravecidas, haciendo su descanso. Seres de miradas tiernas, llenos de amor, agradecidos de la mar que los alimenta y las rocas del Cabo que les dan calor y protección.

Instantes de soledad llena de compañía. Inmensidad que llena mi alma. Miro al Sur hasta donde la mar me lleva. El viento me dice que horizontes más allá, está helada la Antártida.

No muy lejos de la costa veo las enormes aletas traseras de dos ballenas australes sumergiéndose no se si jugando o buscando el nutritivo plancton. Imagino que tal vez están mirando los restos de algún naufragio. Hay tantos de cuando la mar erizada por los vientos del Sur se transforma en médanos líquidos como montañas y los barcos son hundidos por esa fuerza desatada.

Comienza a hacerse de noche o se apagan algunas luces del escenario. No lo se, pero es momento de regresar, no he traído impermeable ni manta. Las noches del Polonio son muy frías y largas.

Vuelvo al camino de la vida hasta otra parada. Eso sí, estas visitas al teatro me dan fuerzas para ir haciendo escenarios para que un día pueda detenerme, mirar atrás y volver a disfrutarlos.

Un homenaje a la amistad

Revisando archivos y documentos en carpetas guardadas en el ordenador, surgió este cuento del Gran Maestro del cuento corto Juán José Morosoli.

Escritor uruguayo que supo como nadie describir los sentimientos y emociones humanas a la perfecció. Todos sus personajes fueron “reales”. Gentes sencillas pero como todo lo sencillo de una gran profundidad humana.

El cuento “El burro” es todo un canto a la amistad y el amor. No hago más comentarios así lo pueden leer y disfrutar en toda su intensidad.

EL BURRO (de Juán José Morosoli)

Umpiérrez se levantaba, empezaba el mate, encendía el fuego y ponía un churrasquito en las brasas. Después desayunaba y se iba al horno de ladrillos donde trabajaba. Al mediodía se apartaba del grupo de “cortadores” que hacían un fuego en común, encendía su propio fuego, tomaba mate, ponía un churrasquito y almorzaba. De tarde, al rgresar del horno, pasaba por el matadero, levantaba achuras, las asaba, tomaba mate y cenaba. Luego se sentaba frente a la noche, fumando. Por el camino ciego que moría en el horno, no pasaba nadie. A sus espaldas las tunas y cinacinas borroneaban la noche. Después se iba a dormir.

Una vez Anchordoqui le preguntó:
-¿Pero vos no vas nunca al boliche?
-¿Pa qué?
-A jugar un truco… A tomar una caña…
-¿Para salir peliando después?
-¿Y las mujeres, no te gustan?
-¿Pa qué? ¿Para llenarte de hijos?
Anchordoqui seguía preguntando. Esperaba dejarlo sin respuesta.
-¿Y perro no tenés?
-¿Pa qué?
-¿Como pa qué? -dijo Anchordoqui malhumorado-. ¿Pa qué…? Para tenerlos nomás, para lo que se tienen los perros!
-Para tenerlos nomás, mejor no tenerlos…
-Pero alguna diversión tenés que tener -dijo Anchordoqui en retirada.
-¿Querés mejor diversión que vivir como yo vivo?
Esta vez fue Anchordoqui el que no contestó.

Con los vecinos se llevaban bien. A Nemesia la lavandera, vecina de metros más allá, la veía cuando se levantaba. Ella le daba los buenos días, arrimaba el carrito de mano, en el que llevaba las bolsas de ropa al arroyo y al fin las cargaba. Alguna vez Umpiérrez la ayudaba a levantar las bolsas.
Con Vera -el guardia civil lindero del otro lado-, se veían a boca de noche, cuando regresaba de “el servicio”, y solían cambiar algunas palabras. Una vez que este estuvo enfermo fue a acompañarlo. Llevó la pava y el mate y se sentó al lado de la cama, le preguntó si quería algo y luego se puso a tomar mate callado.
Al rato Vera le dijo:
-Yo no hablo porque tengo la garganta mal…
-Quédese callao nomás -respondió él-, yo no vine a hablar. Vine a acompañarle.
Así estuvo hasta que Vera se durmió.
-El hombre está dormido -se dijo-. Y levantó la pava, puso el mate en un bolsillo y se fue.

Un día partió hacia la estancia de Ramírez. Iba a hacerle cuatro “quemas” de ladrillo “por un tanto” con techo y comida.
Al terminar le dijo a Ramírez:
-El trabajo está… Si no precisa algo más…
Ramírez le contestó que no. Le dijo -además- que estaba muy contento con él y con el trabajo que había hecho.
-Le voy a regalar una manta de charque, medio capón y una bolsa de boniatos.
-La cuestión es llevarlo -comentó él.
-Cargue en el burro y cuando llegue a su rancho lo echa al camino…
-¿Y cabrestiará? -preguntó Umpiérrez.
-Pruebe…
Era un burro sin dueño y cansado de caminos, que había llegado allí un día que encontró la

portera abierta. Era de pelo gris, con basteras que empezaban a pelechar, de orejas quebradas que le caían sobre las quijadas.
El ensilló su caballo, cargó el burro y partió. El burro emparejó el trotecito del caballo sin dificultad. Cabrestiaba que daba gusto. Había marchado como una hora olvidado del burro, cuando se le ocurrió mirar para atrás. El cabestro se había desprendido de la asidera, pero el burro seguía la marcha como si nada hubiera ocurrido.
-¡Mirá! -dijo Umpiérrez.
Desmontó, sacudió la clinera del burro con simpatía, ató otra vez el tiro y siguió camino adelante.

Llegó, desensilló, y luego de refrescar el caballo lo soltó allí nomás en el potrero lindero al horno. Luego consideró que el burro tendría sed. Sacó la lata de lavarse los pies, la llenó de agua y esperó.
-Sin duda el burro, después de beber -pensó-, tomará el camino. Hambre tiene que tener…
Pero no. El burro bebió y luego se paró frente a él, mirándole con curiosidad llena de ternura.
-¿Pero ha visto? -dijo Umpiérrez hablando para sí mismo a media voz. Y tras un silencio:
-Umpiérrez, traéle un poco de chala… te trajo el charque y el capón y los boniatos.
Y cuando él se aconsejaba, siempre aceptaba los consejos.
Por eso fue a buscar un brazado de chala.

Al otro día cuando volvió del trabajo, encontró a López -un español riquísimo dueño de medio pueblo-, parado frente al burro.
-¡Qué lindo animal! -le dijo y agregó-: Cuando yo era niño y cuidaba ovejas en la montaña, tenía uno igual…
Unpiérrez pensó que López se estaba riendo de él y del burro. Pero no, porque López siguió así:
-Mañana traigo a mis nietos a verlo y te mandaré un saco de maíz y otro de afrecho.
Umpiérrez se quedó cavilando. Halló que la actitud del burro con él, y la de López con el burro eran una cosa rara. Y aquella generosidad, conociendo a López, más.

El iba al horno, venía. Se iba otra vez. El burro lo veía partir, de pecho al camino, como hace un perro cuando se va el amo. Al atardecer, cuando Umpiérrez volvía, el burro estaba allí esperándole.

Aquella tarde estaban López y Nemesia frente al rancho.
-¿Qué pasa? -preguntó Umpiérrez.
-Pasa que los muchachos casi matan al burro a pedradas. Si Nemesia no llega a tiempo… Mañana hacemos el alambrado y un galpón de cajones…

Era un galpón abrigado, de piso seco, con olor a pasto. Cuando llovía, Nemesia iba allí a lavar y a secar la ropa. Umpiérrez cebaba mate para los dos. Un día ella se comidió para hacer la comida, y él aceptó.

Anchordoqui terminó el comentario:
-No quería bichos ni mujer, pero el asunto es que los tres se la pasan mejor que yo…

Suplemento dominical de El Día
17 de junio de 1951

Un cuento de locos

El siguiente relato no va acompañado de ninguna imagen. Es porque fue extraído de ese lugar extraño e infinito que es el mundo de los sueños. Por lo tanto pertenece a lo intangible e irreal, algo así como intentar imaginar un misterioso agujero negro en el espacio.

Además me olvidaba que es sacado del sueño de un loco.

“Cosa de locos. Un relato irreal.

En un momento de cordura, se dió cuenta el loco de que estaba en otro mundo. No era el mundo real. Por eso en el mundo real le decían: el loco.  

Con los que hablaba en ese mundo de locos todos estaban alegres y se sentían felices. Compartían todas las cosas como niños jugando. 

Cuando el loco que cultivaba la tierra necesitaba ayuda, allí iban todos alegres y felices a sembrar o cosechar patatas, hortalizas, granos. El que cultivaba la tierra, junto con otros locos, lo hacía porque simplemente le gustaba, eran completamente felices y además la tierra era de todos. Sin dudas estaban rematadamente locos.

Los locos cultivadores, igual que los constructores o los curadores, cuando ya estaban satisfechos de sus logros diarios iban a ver a otros locos que hacían teatro, tocaban músicas hermosas, pintaban cuadros o recitaban poemas en parques, plazas y calles, también escribían libros que todo el mundo podía leer cuando lo quisiera. A nadie le faltaba nada para llevar una vida placentera y feliz. Los locos que enseñaban a los niños a leer, escribir, compartir, jugar, lo hacían con tanto amor que todos los niños aprendían enseguida. 

Todo el mundo hacía las cosas que más les gustaban y tenían tiempo para compartirlas y explicarlas a todos. Claro, estaban locos de remate.

Estaban tan locos que sabían que la tierra era de todos igual que el agua, el sol, la ciencia, la tecnología. Cada grupo humano cuidaba de su entorno, de las vidas de todos los seres vivos. Si estarían locos que decían que el planeta Tierra era su madre y el sol era su padre. Llegaban a afirmar que los átomos y moléculas que formaban sus cuerpos eran partes del sol y de la tierra. 

Tan pero tan locos estaban que de los miles de lenguas que se hablaban ninguna tenía las palabras “guerra”, “hambre”, “soledad”.  No las habían inventado porque como todo era de todos no había seres en soledad, ni nadie que pasara hambre y tampoco tenían que robarle nada a nadie con una guerra.

Cuando el loco tuvo el momento de cordura y vió el mundo de los cuerdos, se dió cuenta que estando loco era feliz. Nunca más volvió a la cordura.

Por suerte para el loco todo fue un sueño. Eso sí le sirvió para ver el mundo real de los “normales” con esas palabras que no entendía como “competencia”, “miseria”, “guerra”, “destrucción”, “egoísmo”…..  Por supuesto no entendió nada porque él estaba loco. 

Un cuento de locos.”

EQUINOCCIO DE OTOÑO 2020

EQUINOCCIO 2020

Hoy 22 de setiembre de 2020 nuestro planeta denominado por una de las especies que lo habita (los homínidos autodenominados “humanos”): Tierra, estará con su eje de rotación a exactos 90º de los rayos del sol.

Esto producirá que el día y la noche tengan la misma duración de horas. A este fenómeno astronómico desde tiempos inmemoriales le llamamos EQUINOCCIO. A lo largo del viaje de la Tierra en su órbita elíptica entorno al sol, se producen 2 equinoccios durante un año.

Por caprichos de la inclinación del eje terrestre nos encontramos con el principio de polaridad. Tenemos un Polo Norte y un Polo Sur que nos dan dos hemisferios, Norte y Sur.

La importancia de los equinoccios es que, inmersos en la polaridad, marcan el inicio de diferentes estaciones según el hemisferio terrestre. El 22 de setiembre empieza el otoño en el hemisferio Norte y la primavera en el hemisferio Sur.

Todos los homínidos llamados humanos, tendríamos que sentir la importancia de este cambio ya que nos va el alimento, el sustento material de nuestros cuerpos.

Tal vez los que notamos más este cambio somos aquellos homínidos que nacimos en un hemisferio y vivimos en otro.

Por ejemplo, yo, que nací en las praderas del Sur cuando llega el mes de setiembre, mi alma se prepara para la primavera. Se que ha de venir el persistente viento del Sur, el Pampero, para ayudar a las abejas en la polinización y a los niños hacer volar sus brillantes cometas.

En cambio mi cuerpo me dice que me una al descanso de la naturaleza. Que mire los árboles pintarse de amarillo y dejar caer las hojas en los caminos, calles y charcos. Disfrutar de los días que se acortan y ver más tiempo a Polaris fija en el cielo del Norte.

Ya no hay prisas, las cosechas están en los graneros y el vino en sus botas.

Como sólo se puede vivir una polaridad a la vez, travesaré la puerta que abre la Tierra hacia el otoño.

Caminaré por bosques o calles de árboles amarillos, rojizos y terracotas. Hundiré mis piernas en la hojarasca seca apilada por el viento. Sentiré el giro de las hojas succionadas por los breves remolinos que me harán subir el cuello de la chaqueta. Cuando venga la lluvia suave, apartaré un rato el paraguas para que moje mi cara, después la seguiré escuchando repiquetear en el paraguas. Entraré en los bosques, despacio, en silencio, procurando no molestar las setas e insectos que viven en la hojarasca. Escucharé el latir del bosque, la mirada atenta de los árboles y cómo se hablan entre ellos con las raíces y ramas. En las noches sentiré los perfumes de otoño, humedad fresca, lluvia o alguna flor despistada.

Pasaré la puerta que abre la Tierra para vivir desde donde sea las delicias del otoño y hacer como hacen las hojas secas, dejar que el viento las transporte lejos de sus ramas, flotando en algún charco, marchando veloz en una correntada, haciendo rondas con otras hojas, jugando en los remolinos de aire o pintadas por los niños para celebrar el otoño de los colores cálidos.

En mi corazón guardaré el otro polo, el del Sur, en donde hay un niño volando cometas y árboles llenos de pequeñas hojas verdes diciendo que es primavera y la vida se acelera buscando la eternidad.

Lluvia, playa, marismas

La luz se abre paso entre las espesas nubes

la mar es un espejo de plata

todo, el cielo, la mar, la marisma se visten de gris

el amor se detiene en las barandas del parque

la vida late en las aguas tranquilas que van a la mar

el amor lo envuelve todo alegrando el gris

lluvia llamando otoño, tiempo de calma y de sueños

sueños de ojos abiertos, sueños de paz y de vida

magia de la lluvia en las marismas y la playa

vida hecha de luz pintada en gris.

Camins pel Gran Penedès

Queridos/as amigos/as seguidores/as de este humilde blog:

Comenzaré a publicar una serie de relatos que denomino “Camins pel Gran Penedès”. Son breves narraciones de experiencias o vivencias que tuve en mis casi 10 años trabajando por esa región de Catalunya que me robó el corazón: El Gran Penedès (unidad de las comarcas del Alt Penedès, Baix Penedès i Garraf).

Los relatos estarán escritos en català (intentaré hacerlo lo mejor que sepa), porque es la lengua utilizada en más de mil años por las gentes de estos lugares. Cuando hablas con los paisajes, montañas, planas, ríos, bosques y los amas, tienes que hacerlo en la lengua que los creó. Lengua que les dio la forma a los castillos, las torres, los cultivos, los pueblos. En definitiva los paisajes y lugares son las personas que lo habitan, habitaron, transforman y transformaron.

Para mi esos casi 10 años fueron de singular importancia. Enriquecí mi viaje vital de una forma que me permite entender, compartir y disfrutar de una cultura ancestral, inmensamente rica, forjada en el inapagable fuego de las enormes cocinas de las masies del Gran Penedès.

Sin más dilaciones empezamos con el primer relato:

oznor

Eclipse de lluna entre vinyes, oliveres, roures, alzines, ducs i rossinyols.

El dia havia sigut llarg i pesarós però amb un regal preciós al final.

A les 8 del matí ja hi era a la porta la petita botiga d’agroquímics i pinsos. Un cop a dins, i després d’obrir portes i finestres per ventilar l’ambient, vaig seure a planificar la ruta del dia. Avui tocava el triangle Vilafranca del Penedès, El Pla del Penedès, Sant Sadurní d’Anoia, Vilafranca del Penedès. Repassant les fitxes del clients, vaig veure que m’esperava un dia llarg. Hi havien 12 clients per visitar i com que ens trobaven a inicis de desembre molts estarien per les vinyes podant, el que representava arribar a la masia, preguntar on era i encertar el camí que t’explicaven per arribar a la vinya que estaven podant.

El matí s’aixecava fred però amb el cel seré, blau intens, sense núvols, gens d’aire i llum cada cop més apagada com volent hivern. Era més que probable que aquesta propera nit glacés a la plana penedesenca.

Entre les 13 i les 15 hores arribaria a Sant Sadurní d’Anoia per anar a dinar. Com era dijous, allà em trobaria a 8 o 10 companys de diferents laboratoris o cases de venta d’agroquímics, sulfats i adobs per les vinyes. Si bé érem competència en lo comercial, en l’humà érem la gran família que els dijous dinàvem junts en la taula rodona de Ca La Neus. Cada dijous, la mestressa i cuinera, la Neus, preparava peus de porc. Una autèntica delícia gastronòmica que cap dels qui anàvem ens volíem perdre.

Els temes a taule eren variats. Sempre començàvem per les “bondats” dels productes que portàvem cadascú. Després venien els “intercanvis”, es a dir si quelcom de nosaltres teníem un client que era fidel a un producte que no hi era al nostre catàleg, negociàvem els preus per poder satisfer al client i no perdre’l.

Després la sobretaula derivava a política o temes de futbol. Recuperant-nos de la letargia dels peus de porc i mig reflotats amb un cafè ben carregat, cadascú sortia a acabar la seva ruta programada.

Com que ja estava fent-se fosc molt ràpidament vaig decidir que la masia que hi era casi al bell mig entre Sant Sadurní i Vilafranca, seria l’ultima visita del dia.

En arribar surt la iaia, sempre amable i alegre -hola Fernandu, busques al nen oi?, el nen era un pagès alt i fort d’uns cinquanta i pico d’anys, però ja ho sabem, per una mare sempre serà “el nen”, “-mira el trobaràs a la vinya del fondo un cop passat la riera, ja veuràs el tractor, està podant…però igual ja torna perquè gairebé no es veu i comença a fer fred, ara que si li quedava poc ho acaba posant els llums del tractor… ja coneixes al nen-“

Agafo l’estret camí entre vinyes nues. Els cargolats troncs retallats al cel fred de l’hora blava parlaven d’hivern.

Quan veig el tractor m’acosto el màxim que puc a una banda del camí. Començo a caminar per la rengla entre ceps que em porten al tractor. Esquivant sarments tallats intento esbrinar on para en Josep. No ha de ser gaire lluny ja que el tractor està engegat. En arribar, veig al Josep que hi era darrera de la roda grossa del tractor recollint les tisores de podar.

Un cop fetes les salutacions, comencem a parlar dels possibles tractaments d’hivern per a les vinyes. Si tenia molts ceps afectats pel llampat o si eren pocs i era millor fer un tractament “convencional” i no químic. De com havien anat els productes per controlar el míldiu o el sempre efectiu sofre per “la malura” (oídium)….

Mentrestant s’anava fent fosc i es començaven a veure les primeres estrelles.

Ens va cridar l’atenció una claror vermellosa sorgint d’un puig erigit de ceps nus. La conversa es fa més lenta, amb una curiosa expectativa. Tots dos sabíem que era la lluna plena que començava a sortir, però aquella claror vermellosa ressaltant les vinyes nues donava un aire de cert misteri místic.

Quan la lluna enorme i rodona hi era sobre el puig, la conversa entre tots dos va acabar, només teníem ulls per veure la grandària de la lluna i el silenci trencat per la repicadissa del motor del tractor. En Josep no ho dubte ni un moment i d’una salt puja al tractor i ho apaga. “- Un moment tant bonic no es mereix el soroll del tractor-” Ara si que el camp sencer va quedar amb la seva música de capvespre. L’udolar del duc que començava cacera i els cants dels rossinyols des de el bosc d’alzines i roures de la riera propera, feien pujar aquella lluna enorme groguenca i lleugera com un globus d’aire calent.

Cada cop ens submergíem més dins de l’espectacle. De sobte veiem com si el camp amb les vinyes, oliveres, alzines, roures, ducs i rossinyols s’aixequés com un mantell transparent per cobrir la lluna. Lentament el mantell va anar vestint-la i fent-la posar-se vermella, pot ser perquè l’estàvem mirant.

Enorme, rodona i vermella va enfosquir encara més la nit entre les vinyes.

Ara si, el silenci va ser absolut, ni el duc udolava ni el rossinyol cantava ni en Josep i jo parlàvem. Tots miràvem la lluna, com a una deessa, rodona, enorme, vermellosa rosada.

Una deessa que t’enamora.

Vaig tornar a la botiga molt tard, però em trobava tant bé d’haver-hi pogut veure un espectacle celestial d’aquella magnitud que ni el cansament ni els pensaments “materials” van ser capaços de treure’m aquest somriure de dins del cor.

La ninfa y el caminante

Hubo un momento en que el caminante de la vida se detuvo en el remanso del río para beber agua. Al estirarse en la tierra y acercarse al agua, vió su cara reflejada junto al cielo y las nubes que pasaban. Sin romper el espejo del agua empezó a sentir los sonidos que lo rodeaban. De las cañas salían sonidos de flautas, de los insectos violines y sonajas, de las ranas melodías graves muy bien rimadas. 

Un sentimiento de amor empezó a recorrer su cuerpo y alma. ¡Qué momento tan sublime! Quiso guardarlo para siempre, pero ¿cómo lograrlo sin romper el espejo del agua? 

Entonces sintió la voz de una ninfa del agua. Estaba sobre un nenúfar que flotaba en el agua. Cubría su desnudez con hojas de helechos. En su pelo que ondeaba al ritmo del agua había una diadema que brillaba, hecha con rayos de sol que había atrapado el agua. 

La ninfa miró al caminante extendido a la orilla del agua. Cuerpo pesado,  sólido en contacto con la hierba, pero vio su alma, ligera, blanca, flotando en el aire y en el agua. Entonces supo la ninfa que ese caminante era de confianza. Decidió responder la pregunta. 

Ahora desplegó la ninfa unas alas transparentes y largas, seguramente copiadas a las libélulas por lo tornasoladas. Acercándose a la oreja del caminante batiendo las alas inmóvil como si de un colibrí se tratara, le susurro al oído estas palabras, -sabes una cosa caminante de los mundos, ¿cómo puedes hacer inmortal una frágil y sencilla gota de agua? -vertiéndose al océano y que sea una con todas sus hermanas formando el infinito de las grandes aguas-

-De la misma manera, querido caminante, cualquier instante de amor, por breve e insignificante que te parezca, si lo quieres hacer inmortal y eterno, igual que a la pequeña gota de agua lo tienes que verter al océano del corazón. Allí se juntará con infinitos momentos de amor que todo lo abarcan. Cada vez, gota a gota, sentimiento a sentimiento harás del océano del corazón más grande y el agua será todo amor donde podrán navegar cuerpos y almas. –

La ninfa desapareció volando detrás de la cañas y el caminante feliz rompió el espejo del agua para beber y llenarse de instantes de amor que Irán marcando su marcha. 

Siempre el viento

Noche de viento 

Tropilla de caballos corriendo en la noche, decenas de cascos percutiendo la tierra.

La noche oscura y estrellada me lleva a mi infancia lejana.

Me acurruco con miedo envuelto en las frazadas. 

El aullido misterioso de un monstruo se cuela por las rendijas de la ventana. 

En la seguridad de mi cueva de mantas escucho como brama arrancando ramas.

Ningún gallo canta, ningún perro ladra sólo se siente el temblar de frágiles casas.

Estruendo de cosas que se arrancan chispas de cables liberando electricidad desbocada, ruido de metales, maderas, techos y casas arrancados, rotos, desgarrados, prisioneros de la turbonada.

Mañana la calle estará cambiada.

Toda esa furia desatada, la escucho con miedo desde mi cueva hecha con frazadas. 

Siempre me imaginaba un malévolo gigante soplando con fuerza sobre mi casa, mi barrio mi querida ciudad que sólo quiere dormir tranquila a orillas del Río de la Plata. 

Ese gigante de vez en cuando sigue soplando ya no tengo mi protectora cueva de frazadas y estoy muy lejos del Río de la Plata 

Tal vez porque ahora se que ese malévolo gigante es el viento que insistentemente quiere recordarme que todas las cosas cambian y que sólo sopla de vez en cuando. Por eso mi alma es capaz de volar con sus alas.

Vidas, amores, sueños, también barrios, recuerdos de infancia. 

Un recuerdo por si viene el “temporal de Santa Rosa”.