Una tarde de sol poniente mientras caminaba por el parque, me sobresalté espantado: había perdido el tiempo. Con gran nerviosismo tanteo todos los bolsillo y no estaba.
La primera e irracional reacción fue retroceder lo andado para ir a buscarlo, seguro se me cayó y no estaría muy lejos. Caminé unos cuantos metros en sentido contrario, no lo sé con exactitud cuantos, porque sin tiempo pierdes la noción del espacio. Miré hacia atrás y sólo veía los hermosos pinos del parque que comenzaban a cambiar el verde brillante de sus agujas por la luz dorada del atardecer.
Por suerte para mí, algo en mi interior me dijo: “déjalo, si lo perdiste, ya está, seguro alguien lo encontró y ha salido corriendo”. Efectivamente miro con atención, siempre escuchando la voz que resonaba en mi interior y habían unas cuantas personas corriendo. No sé a dónde iban ni de dónde venían pero estaba claro que al tener tiempo suficiente se aceleraban mas y mas y seguían corriendo. Ni se me pasó por la cabeza alcanzarlos, dejé que se llevaran el tiempo.
Total que me resigné y lo di por perdido. Sin tiempo que cuidar de no perderlo, ante mi se abrió una ventana o más bien un cuadro con un paisaje maravilloso.
Entre los pinos del parque, que actuaban a modo de marco con sus troncos, ramas y hojas, veía la mar.
Sobre la mar el sol semi oculto por el ramaje volcaba, como un athanor, oro líquido en forma de luz. El chorro principal se diluía en el agua de la mar en forma de camino dorado, pero como había perdido el tiempo, no podía calcular la distancia que recorría el camino.
Los vapores de oro desprendidos del athanor ardiente de oro fundido habían teñido el cielo de dorados escalonados escurriéndose entre las siluetas negras del ramaje.
El cuadro o la imagen de esta ventana se movía muy lento, tanto la mar como las personas parecían que estaban perdiendo el tiempo y lo peor era que no les importaba perderlo.
Me di cuenta que el cuadro tenía también sonidos, fragancias y tactos, los que se oyen, huelen y sienten cuando sabes que has perdido el tiempo.
El rumor de la mar con su fragancia a alga y sal, las risas de los niños jugando, la brisa fresca de la marinada, el perfume de la pineda, los murmullos de trinos y alas buscando la protección de los pinos para pasar la noche, el tibio resplandor de la luz dorada, el sabor fresco de los labios en el beso, el tacto de una caricia de ojos cerrados, los dedos recorriendo el pelo, los susurros de boca a oreja diciendo un te quiero…
Y todo esto por perder el tiempo.
