LAS CARTAS Y EL AMOR DE LA AMISTAD

No me había dado cuenta de cuánto me gustaba y me gusta escribir cartas, las escritas a mano en un papel blanco con bolígrafo. Un disfrute que hice hasta que me quedé sin receptores o sea a quien poder escribirle una carta y esperar una respuesta.

El ritual de escribirla, cosa que podía hacer en diferentes momentos, por etapas, es decir, la podía empezar y dejar cuando quisiera, situaba el ritual de escribir fuera de las coordenadas del tiempo. Tal vez era eso, como hablábamos de sentimientos o acontecimientos personales, los que consideramos buenos como los que consideramos no tan buenos, al escribirlos los instalamos fuera del tiempo. Sentimientos y hechos que al estar escritos y enganchados en un papel lo trascienden todo y se colocan en los límites de la eternidad, es decir cada vez que alguien los lea, los sentimientos o los acontecimientos vuelven a renacer y recobran la vida.

Las últimas cartas que escribí y recibí respuesta fueron hace más de 10 años. Cuando me refiero a cartas, me refiero a aquellas en que te saltas el tiempo, las escribes, las pones en un sobre, estos con las franjas azules y rojas en los bordes que indicaban que eran enviadas “por avión”, que dicho sea de paso no se si existen todavía, luego vas a comprar el sello postal correspondiente, enganchado con la lengua sintiendo el gusto amargo del pegamento, bien lengüeteado, te aseguras que no se desenganchará y además interiormente sabes que es como un beso que le das a la carta, después buscar el buzón callejero e introducirlo por la ranura que lo dejará caer en la saca que un cartero recogerá. A partir de ahí la carta está en marcha, sin prisa, tranquila y llena de sentimientos y noticias, alguien la recibirá con la ilusión o el temor con el que se recibían las cartas, siempre mirando el remitente.

Como les decía, las últimas las escribí y recibí hace más de 10 años. Fueron enviadas y recibidas a mi querida amiga Gisela. Con Gisela tuvimos una amistad, yo diría de las eternas e indisolubles. Nos conocimos a los 12 años en la secundaria. Los avatares de la vida, nos separaban por largos períodos pero curiosamente nos volvíamos a encontrar, siempre en algún momento importante de la vida de uno de los dos.

El período más largo, en el que perdimos todo contacto fue a raíz de mi exilio. Una época gris y triste para casi todos los habitantes de la Tierra de los Pájaros Pintados.

Fue en mi último viaje a la tierra natal, el año 2012 cuando nos volvimos a encontrar. Yo fui a visitar el lugar en donde había trabajado mis primeros años y por casualidad, aunque en este caso los dos sabíamos que no existen las casualidades, nos encontramos de nuevo, ella trabajaba en esa gran empresa, donde yo había estado en mis comienzos hasta el exilio. La verdad fue un encuentro que a ninguno de los dos nos sorprendió ya que estábamos acostumbrados a que nos pasara.

Nos pusimos al día de 30 años de ausencias y como siempre nos encontrábamos en momentos de mucha importancia para alguno de los dos. En un momento de nuestra conversación me comentó que estaba pasando una enfermedad en fase terminal y que el tiempo que le quedaba era poco, como mucho un puñado de meses.

Fueron pocos los momentos que tuvimos para “ponernos al día” pero cuando vives este tipo de amistad sabes que el tiempo se disuelve y desaparece como un conejo en la chistera de un mago.

Yo regresaría a mi hogar en septentrión y ella continuaría luchando por alargar lo máximo posible su vida ya que la había animado que viniera a visitarme a Catalunya, donde resido, y poder disfrutar de la luz del Mediterráneo que captaron tantos pintores y que los dos compartíamos maravillados. Le dije que era cierta y que era tal y como la pintaron los grandes maestros.

Mientras soñábamos con otro reencuentro en septentrión, decidimos mantener comunicación “por carta”, la manuscrita, la de siempre la del rótulo “por avión”.

Al llegar a Catalunya una de las primeras cosas que hice fue escribir una carta. En ella le puse entre otras cosas, los sentimientos y las percepciones de mi partida al exilio.

Una vez el Julietta libre de los remolcadores, atravesó rápido la bahía. Los edificios de Montevideo desaparecían conforme nos adentrábamos en el río. El Cerro mudo y estático, cansado de ver tantas idas y venidas, no decía nada, sólo estaba allí, cuidando la bahía y mi ciudad, esa de nombre tan raro, esa que me vio nacer, acostada junto al Río de la Plata, esa que mira al Sur, a los 35º, la capital más austral del mundo.

Dejaba mi mundo, mi vida, mis sueños.

Seguimos navegando, ya Montevideo fuera de la vista. La noche empezaba a tender su manto oscuro sobre el Río, yo seguía en la cubierta, la Cruz del Sur salía en el horizonte. El rumbo del Julietta era nordeste. Me alejaba de casa, sólo la luz de los faros me mantenía unido a mi tierra charrúa. Los iba contando, Punta Brava, Isla de Flores, Punta del Este, Isla de Lobos, Punta José Ignacio, Cabo Santa María (mi familiar y querida Paloma) y por último el del Cabo Polonio, después de él la noche me heló el alma y entré para siempre en el abismo del destierro.

Mañana saldría el sol en el Atlántico, y yo pensaría en el perfume de jazmines en las tardes de verano en Montevideo, tal vez en algún rincón del Prado.

En total nos escribimos 3 cartas. Creo que este último encuentro ayudó a mi amiga Gisela a recorrer el camino en la paz de los recuerdos agradables y con la compañía de su familia, especialmente sus maravillosos hijos.

En su última carta que recibí escribió cosas como estas:

“…Escribo, te imagino, recibo tu ternura y abrazo y las lágrimas brotan. He empeorado físicamente,…

…En agosto estuve unos días en Rocha, en casa de Ileana, pero rodeada del afecto de mis demás hermanos y sobrinos lo que fue muy bueno. También despertar oyendo el canto de los gallos y los pájaros, el sol y las estrellas tan distintos como vivencias a los de Montevideo (con la honrosa excepción de la rambla ¿no?). Planeo volver en estos días a encontrarme allí con la primavera, con su consagración, pensando en Tchaikovsky y Botticelli. Esta última acotación va en honor a Almendra y el Buby (supongo) que si bien no contaban con la devoción que yo tenía a Rosalío Pereyra los recuerdo muchas veces con mucha ternura, te acuerdas? (Estos fueron grandes profesores que tuvimos en el liceo de Rocha) Almendra y Nella María, aún trillan las calles de Rocha, son como Matusalén…

Ahora no se si nos volveremos a encontrar, con la forma conocida del 3D seguro que no, como energía, átomos y moléculas probablemente sí, pero como la vida y la muerte siguen siendo un misterio para nuestra comprensión, no entraremos en ese vasto terreno filosófico . Pero de algo sí que estoy seguro y es del amor de la amistad, ese que está en el continuo del espacio-tiempo, el que une todo con todo y tal vez todo sea figuras de luz creadas en un calidoscopio.

Mientras tanto iremos escribiendo cartas, las que se escriben en estos tiempos, en documentos de “office”, convertido en “PDF”, enviado por mensajería electrónica, correo electrónico o “en abierto” “colgadas” en una web.

Si somos capaces de trasmitir y compartir los sentimientos que llevaban las cartas manuscritas, lo habremos conseguido.

Un abrazo a mis amigos y amigas del 3D actual o de la intangible red electrónica y como se despedían los gauchos cuando se encontraban casualmente: “en la güeya estamos”.

Fernando

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