
Hoy te escribo sin saber porqué. Posiblemente sea por esa manía que tiene el Río de la Plata de caminarme o mejor dicho navegar mi corazón de vez en cuando.
No lo puedo evitar, llega de golpe, inesperado o tal vez esperado como un amanecer. Creo que siempre hay algo que recorre el aire y el gran río, mezclado con él, invisible, silencioso inodoro y sin gusto pero que es capaz de tocarte algo del cuerpo y pasar con fuerza al corazón. A lo mejor es algún tipo de onda o subpartícula actuando como un tiro. Sí, eso puede ser, como un tiro en la cabeza que no te mata, ni mucho menos, pero te abre los paquetitos de memoria, debidamente archivada, que tenemos guardados. Seguramente son recipientes como la lámpara del intrépido Aladino que al ser impactados por esas extrañas subpartículas o frotadas por ondas de amor, hacen surgir imágenes, texturas, olores, sonidos y gustos que cobran vida otra vez.
Seguro que debe de ser algo así.
Por eso me vinieron estas ganas tremendas de escribirte, porque una subpartícula u onda que recorre el aire me alcanzó de pleno.
Del humo de la lámpara surgió una imagen en blanco y negro, hecha con la vieja cámara Conway de cajón, con todas sus imperfecciones tecnológicas, es claro.
De pronto me encontré en un Montevideo otoñal. El tiempo de los atardeceres amarillos, el aire casi frío y las hojas de los plataneros marrones esperando el Pampero helado del Sur para desnudar las ramas y rodar como locas en vellones por las calles desiertas del Prado en pleno otoño austral.
Tardecitas cortas, donde el sol se iba rápido y Montevideo y nosotros nos enfrentábamos a la noche escuchando el sonido rimado de nuestros pasos. Supongo que cuando habían los tranvías, hoy sólo las vías quedan como cicatrices en las calles, los sonidos eran diferentes.
Ya sabes y seguro que te acuerdas de aquellos paseos sin tiempo, escuchando los pasos, el aire más que fresco, las hojas cayendo, el perfume del otoño de Montevideo y cada tantos pasos, detenernos para saborear un beso.
Al hacerse más negra la noche, ya a la luz tenue de las farolas, levantarnos la solapa del abrigo para abrigar el cuello, acelerar algo el paso y emprender el regreso.
Ahora supe porqué te escribo, el Río de la Plata me lo dijo: es por un paseo en el Prado y por la calle “19 de Abril” de Montevideo en una lejana tarde de otoño que quedó guardada en una lámpara, como la de Aladino, que volvió a surgir del tiempo.
Si lo lees abre tu lámpara y tal vez nos vemos allí otra vez, seguro en los besos.
Del Nando para tí.