Un claro en el monte, isla sin agua.

El viento del Sur, vigoroso y frío, había estado soplando toda la noche en aquella primavera austral.  Silbido de boleadoras de guerra y llantos de almas perdidas en la interminable pradera traía el Pampero al colarse por las rendijas de puertas y ventanas.

Sería un buen día de sol primaveral. El Pampero mantendría todo conato de nubes bien alejado. El cielo compartiría con el sol y el viento el azul más maravilloso jamás pensado. Profundo, intenso, uniforme, como un gran mantel que oculta debajo las migajas brillantes de las estrellas.

Con esta maravilla de cielo y sol no tuve ninguna duda que era una excelente mañana para ir a visitar el monte y su río.

Después de llegar al final de la calle empedrada del pueblo que acababa con el inicio del campo, emprendí el camino marcado por los carros rumbo al río.

Desde el inicio del camino bien trazado por dos huellas profundas, el río, Guazubirá, no se veía de lo bien protegido que estaba por la ancha cinta de verde intenso del monte indígena. El nombre, Guazubirá, se lo habían puesto mis hermanos emplumados por la gran cantidad de estos ciervos que vivian en la protección del monte. Pocos quedaban ahora a pesar de estar extinguidos pumas y jaguares. 

El trozo de campo desde el final de la calle hasta el comienzo del monte no era más de 500 metros. Pradera natural con algún tacurú enorme cubierto de hierba, ciudad populosa de hormigas coloradas en su interior.

Sin darme cuenta las primeras arueras me recibian a la entrada del monte, “buenas noches señora aruera”, cumplía con el ritual saludo al revés(*), no fuera cosa que se enfadaran. Poco más allá ya comenzaba la tupida maraña del monte indígena.  Estaba en territorio del Caiporá y la magia de mis hermanos emplumados.

Me puse a buscar uno de los corredores hechos por los carpinchos en su camino al río. Era la única forma de llegar a la orilla del río sin sufrir daños por la espinosa vegetación.

Los pasadizos no llegaban a superar el metro de alto núnca, por lo que había que caminar agachado, casi en cuclillas. Con el pretexto de descansar un rato, me sentaba, si estaba seco el camino, o me quedaba en cuclillas a charlar con el monte.

El viento era ya un susurro que pasaba entre coronillas, espinillos, arrayanes o quebrachos. Siempre había cerca un plumerillo rojo intenso del zucará resplandeciendo en la oscuridad del monte. 

Me contaron que la familia de carpinchos había crecido. Doña carpincho había parido a tres magníficos cachorros. Las flores del zucará no sabían cómo hacer para esconderse de los pequeños cachorros para no ser devoradas. Todos sabemos que a los carpinchos les encantan las flores. Doña coronilla con su fornida madera bien torneada y sus más de 300 años escapados de la letal hacha, me comentó que estaba enfadada con los aperiás. Durante la noche parece ser que se comieron un montón de brotes tiernos de sus ramas. Pero bueno es parte de la vida del vecindario en el bosque indígena.

Avanzando por el túnel de vida, escuchaba entre el murmullo del viento el canto nostálgico del sabiá. Traía una pena antigua, como de paraíso perdido. Voces de niños jugando en el monte. Intentando encontrar plumas de ñacurutú (lechuza) o de apakani (águila), para darle estabilidad a las flechas hechas con las resistentes tacuaras. Voces y almas que han quedado para siempre jugando, cantando, amando el bosque y la libertad de las praderas. Amor que renace en cada brote, en cada canto, en cada flor, en el susurro del viento, en el murmullo del agua.

Todavía faltaba para llegar al río cuando el túnel de los ingenieros carpinchos me hizo salir a un magnífico claro en el monte. De unos diez metros de diámetro, era una plataforma verde conectada con el intenso azul del cielo. Un cilindro de árboles hacia el infinito.

La tentación era muy grande, irresistible, tener delante de mí aquella alfombra verde, mullida y húmeda. Me estiré, brazos y piernas bien abiertos dispuestos a abrazar el cielo infinito.

Sintiendo todo mi cuerpo sostenido por la sy yvy (Madre Tierra). Cerré los ojos, inspiré profundamente los perfumes del bosque, giré las manos para que las palmas acariciaran la verde hierba. En ese instante mi cuerpo y mi alma se fundieron con la tierra. Sentía sus latidos, me acariciaba la hierba fresca y la brisa de primavera. Llenaba mis pulmones con perfumes de carquejas y marcelas, el intenso olor a vida de los sauces, ceibos, arrayanes del bosque. Abejas y mangangá pasaban zumbando en busca de flores. Las infatigables hormigas transportaban sus pesadas cargas de trozos de hojas rumbo al hormiguero. Actividad intensa entre los pastos frescos del claro.

Al abrir los ojos y entrar en el cielo azul, un águila mora flotaba sobre el aire. Volaba en círculos mirando si doña yarará cuzú había acabado su sueño invernal y salía aletargada a calentar sus dos metros de sangre fría con el sol de primavera. 

Sentí mi cuerpo uno con la tierra, mi corazón fundido en el aire, mi sangre, la savia del monte.

Los sonidos cesaron porque yo era el sonido. Los relojes desaparecieron en la luz y el tiempo dejó de existir. Sólo el bosque, sólo la vida y la eternidad viajaban sin espacio en el lemniscata.

Por un instante, me pareció ver a mis hermanos emplumados formando un círculo, viajando en el lemniscata dorado mientras creaban mundos con el humo del tabaco sagrado.

Los claros del monte indígena están llenos de magia, ya me lo habían dicho las hormigas negras pero hasta que no me estiré en el claro, no supe que yo también era magia. 

Che py’a oñua

(*)- Tanto la aruera como la aruera dura, puede provocar alergias severas con el solo hecho de permancer un tiempo bajo su sombra, y aún cuando no se entre en contacto directo con ellas. Esta reacción es provocada por una resina volátil que se desprende de la planta en época de grandes calores. Algunas personas pueden quedar sensibilizadas por algún tiempo, pero a otras las afectas de forma permanente.

Con ánimos de evitar las reacciones alérgicas que puede provocar, entre la gente del campo, existe la costumbre de saludar a la aruera al revés cuando se pasa por enfrente. Por la mañana se la saluda con un «buenas tardes» o «buenas noches», y por la tarde con un «buenos días» o «buenas noches».

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