UNA VISITA EN LA NOCHE

Historia real.

Llevábamos días con aquella molestia en el estómago, la típica que nos anunciaba una gran aventura. Estábamos preparando pasar tres noches, con sus días en uno de los parajes más remotos y solitarios: los bañados de India Muerta. Cuatro muchachos, pasaríamos cuatro días completamente incomunicados. Recorreríamos ríos y arroyos. Caminaríamos por las flotantes turberas entre inmensos pajonales. Navegaríamos alguna de las gigantescas lagunas y dormiríamos entre palmares milenarios. Sólo de pensar en escuchar el silencio de los cielos estrellados, ya valía la pena. Cielos poblados de misteriosos chillidos, aullidos, graznidos y lamentos, que el viento hace mecer entre los juncos. Por eso no pensábamos en voz alta el riesgo de molestar a alguna yara o crucera (víboras altamente venenosas), mientras descansaban tranquilas en su hábitat, o encontrar entre el pajonal las garras afiladas de algún yaguatirica (felino de los bañados). Creo que eran estas cosas las que nos provocaban ese “mariposeo” en el estómago. Tal vez la misma aventura de enfrentarte a las grandes soledades.
Íbamos con dos canoas indias y cuatro remos. Dos trozos de unos 10 m2 de lona de camión, impermeable, para protegernos de la más que probable lluvia, que seguro nos visitaría sin ninguna duda. Con las lonas, varios metros de cuerda resistente, en dos rollos. Las canoas eran de madera de timbó u “oreja de negro”. Intentaban ser lo más parecidas a las que construían la etnia de los “guenoas”. Como todas las otras Naciones Originarias: extinta. Su diseño estaba adaptado para recorrer ríos o arroyos poco torrentosos y para deslizarse entre los pajonales del bañado.
Ahora, después de muchos años pasados veo lo rudimentario de lo que llevábamos. Dos cañas de pescar, un calderín, una cajita con varios anzuelos, un hacha pequeña, pero bien afilada, machetes, un sartén, una caldera de hierro, para hervir el agua y tomar mate, dos mates y sus bombillas, un rollo de alambre, unas pinzas para manipularlo, platos y vasos enlozados, un farol a mantilla con su correspondiente recambio y una lata con dos litros de queroseno. El queroseno era para el farol. El fuego para cocinar o hervir el agua lo sacaríamos de encender trozos de turba cortada en cubos. De comestibles, llevábamos en bolsas de cuero cerradas con tiestos finos:yerba mate, arroz, fideos duros de sémola y unos cuantos chorizos secos. También teníamos una cantimplora grande llena de licor de butiá preparado en la casa de uno de los compañeros de aventura. Casi me olvido, bien cerrado en una bolsita de badana de oveja, un buen trozo de tabaco “em corda”, el que había que picarlo para fumar en chala. Todo un placer, fumarlo junto a un fogón en una noche estrellada contando historias en voz baja.
Supongo que así lo hacían nuestros desaparecido hermanos emplumados.
Pero la máxima confianza la teníamos en pescar algunas tarariras, bagres o pejerrey. Si el tamaño de la pieza acompañaba, la haríamos “estaqueada” sobre el fuego mientras mirábamos extasiados caer sobre nosotros el infinito cielo estrellado del Sur, ese que alumbra las oscuridades con la luz de las estrellas, si no hay luna, claro.
Por fin llegó el día.  Llenos de controlado nerviosismo, cargamos todo en la vieja Ford F100 pickup y partimos. Ya muy cerca de la costa del arroyo de India Muerta dejamos la camioneta en un lugar elevado, entre una isla de eucaliptos. Nos asegurábamos así que una repentina crecida del arroyo no engullera la camioneta.
Las canoas en el agua con el avituallamiento cargado: comenzaba la aventura.
El arroyo de India Muerta discurría plácido entre monte indígena exuberante y camalotes en flor. Su destino era el Río San Luis. Los remos se hundían en el agua con suavidad, casi acariciándola. Las canoas se deslizaban lentas ya por el centro del arroyo, integradas al agua. Sentíamos latir la vida en las orillas y en el agua. Miles de ojos nos miraban.
De las risas y los comentarios, pasamos sin darnos cuenta a sumergimos en el silencio del bañado. De vez en cuando sentíamos las zambullidas de las nutrias alertadas de nuestra presencia. Otras era la familia de carpinchos saliendo del agua. Navegábamos inmersos en la sinfonía de silencio más delicioso. Trinos, chillidos, graznidos nos acompañaban arroyo abajo.
Después de un buen rato fuera del tiempo lineal, nos entró algo de hambre.
Nos dispusimos a preparar la comida.  Acercamos las canoas a una de las orillas apartando con suavidad los camalotes. Introducimos el calderín al agua y esparcimos unas cuantas migas de galleta de campaña seca. No tardaron en venir un enjambre de mojarritas a comerlas. Ya teníamos carnada para una pesca mayor.
De las dos cañas que tiramos al río sacamos una hermosa tararira de medida y peso considerable. Suficiente para una excelente comida de mediodía.
A poco de navegación vimos una pequeña playa de arena gruesa y dorada.
Excelente para hacer el primer campamento. Las canoas con sus cuatro metros de largo entraban holgadamente. El terraplén subía suave hasta los primeros árboles del tupido monte indio.

Una vez las canoas en tierra, las aseguramos con cuerdas largas a dos robustas ramas de un coronilla. Dormiríamos con todo el avituallamiento dentro de las canoas. Si llegaba a llover, el arroyo crecería en minutos y no nos daría tiempo ni de recoger las cosas y menos llegar a las canoas. De esta manera si el arroyo crecía quedaríamos flotando en las canoas que tenían margen suficiente con las cuerdas con que estaban atadas al coronilla para no ser arrastrados por la fuerte correntada. Para cubrirnos de la lluvia teníamos los toldos de camión. Todo eso previendo lo peor.
El cielo azul del mediodía y la fresca brisa del Sur indicaban una noche espectacular.
Mientras montábamos el campamento me tocó a mi acercarme al enmarañado monte indio para traer un poco de leña y encender el fuego. Al subir la pequeña barranca que separaba la playa del bosque, entre la arena y la arcilla, me llamó la atención una piedra negra. La acabo de desenterrar de su refugio de barro, seguramente una reciente correntada la había dejado al descubierto, era media boleadora tallada en granito. Junto a ella había también unos cuantos trozos de cerámica india, imposible de saber a que objetos pertenecían. A la boleadora de faltaba la otra mitad. Siglos enterrada o rodando por el arroyo la habían partido. Tal vez fue en alguna cacería o lucha, que fallando un blanco, pegó en otra piedra más dura, partiéndose. No lo sabremos nunca. Yo lo tomé como un mensaje. A partir de ese momento tuve la sensación de estar en un lugar que fue sagrado para otros seres humanos. Era un invitado y me recibían con la cortesía de los pueblos acostumbrados a vivir en las grandes soledades.
Después de recoger unas cuantas ramas secas de quebracho y un buen atado de paja seca para encender el fuego, me uní a los compañeros de campamento.
Ya estaba todo preparado, pensando también en pasar la primera noche.
El lugar era perfecto. Después de comer nos bañaríamos en el arroyo y pescaríamos la cena.
Mientras comíamos la tararira, que había quedado deliciosa al fuego, comentábamos lo poco que sabíamos cada uno de los arachanes.
Sabíamos que fue la etnia que estuvo establecida en aquellas inmensidades por más de diez mil años. Sabíamos que habían desaparecido antes de que portugueses y españoles quisieran conquistar esas tierras. Sin oro ni plata eran poco atractivas para la codicia europea. Seguramente fueron los constructores de lo que llamamos “los cerritos de los indios”. Pequeños montículos de piedra utilizados como enterramientos u otras finalidades aún desconocidas. Son montículos de 6 o 7 metros de altura donde crecen árboles autóctonos. Vistos en la inmensa planicie de los bañados son pequeños cerros. De ahí su nombre de “cerritos”.  En algunos  han construido sus casas los habitantes de la zona. Otras de estas
construcciones fueron meticulosamente destruidas por la vil ignorancia de los saqueadores europeos y el desprecio de sus continuadores nacionales.
Decidimos ir a bañarnos al arroyo. Más adelante en uno de sus meandros divisábamos unas rocas grises pulidas como huevos gigantes. Seguro sería un lugar ideal para unas buenas zambullidas.
Casi al tocar de las rocas, vimos ovillada una enorme crucera. Tomaba el sol aletargada y feliz de que éste calentara su fría sangre.
Probablemente más de dos metros de largo. Reconocimos su piel escamosa tatuada de hermosos mandalas de advertencia. Segura, tranquila, sabedora de que ningún ser vivo, ni los grandes depredadores, bueno exceptuando al águila mora, señora de los cielos, se atrevería a arriesgarse a su mortal mordedura.  Sabíamos muy bien que si no la molestábamos ella jamás emprendería un ataque, no eramos nada comestible. Esquivamos con unos buenos metros de
distancia a doña crucera, yarará acácusú, como la llamaban nuestros hermanos emplumados, y nos dispusimos a disfrutar de la fresca y limpia agua del arroyo de India Muerta. Después debañarnos, nadar y tirarnos del tronco inclinado de un sauce, estábamos muy cansados.
Decidimos tirar un aparejo al medio del arroyo y esperar mientras íbamos preparando el campamento para la noche.
Sacamos los ponchos patria de las canoas. Los dejaríamos bien a mano ya que la temperatura acostumbra a bajar bastante por las noches. Aunque estuviéramos sentados junto a un buen fuego igual había que estar prevenidos. Cada uno estábamos en nuestros pensamientos y tareas hasta que sentimos que la rama donde atamos el aparejo se sacudía a un lado y otro.
Rápidamente lo desatamos y empezamos a recogerlo en su tablita. Por la forma de tirar el pez era grande. Efectivamente, gran sorpresa al ver un bigotudo bagre de unos 60 cm de largo. Nuestra cena.
Ya sentados junto al fuego, mientras pasábamos el mate,  fuimos viendo como el sol se desangraba en las sierras lejanas, ahora bien negras.
Del Este, como leche derramada venían las estrellas a llenar arroyo y bañados de
pequeñas luces, los sueños o las almas de los que nos precedieron.
Después de cenar, mientras tomábamos unos tragos del delicioso licor de butiá decidimos hacer una “picada” de tabaco para fumar a la luz de las brasa. Era el momento ideal para compartir las misteriosas historias  que se contaban, de luces malas, apariciones, cantos
perdidos en el tiempo, o tal vez el viento acariciando el pajonal.
En la zona que nos encontrábamos los originarios pobladores, los arachanes, estaban estrechamente vinculados a la naturaleza que los sustentaba. Sus chamanes, además de oficiar de médicos, con sus rituales y ofrendas, iban a buscar el espíritu de la naturaleza. Ñamandú el Gran Creador.
Armamos cinco cigarros, cuatro que nos fumaríamos nosotros y uno que dejaríamos como ofrenda de agradecimiento en uno de los coronillas del monte autóctono que nos rodeaba. Era una ofrenda de agradecimiento a los seres de los diferentes universos que pueblan estos solitarios parajes. El gran cigarro lo dejamos pensando en Yarairá, dueño de la bruma, de la neblina y del humo de la pipa que inspira a los chamanes. Avivamos el fuego hasta que las chispas de la llama se convirtieran en estrellas.
El humo de los cigarros subía al cielo con formas desconocidas. Notábamos cercanas infinitas presencias. Esas que envueltas en el aire hacen que te recorra un escalofrío.
Sentíamos una gran sensación de paz, casi diría de protección materna.
Nuestras voces dejaron de contar historias. Pasamos a ser parte de los sonidos del silencio en una noche estrellada. Eramos parte de la noche junto con el arroyo, el monte, y los bañados de India Muerta.
Reencendíamos los cigarros con ramitas del fuego. El humo iba subiendo y el tabaco nos adentraba cada vez más en el mundo de los chamanes.
En un momento sentimos el típico ruido que hacen las ramas cuando alguien va caminando por el bosque. Nuestros ojos no daban crédito a lo que veíamos. Los cuatro nos repetíamos: ¿ves lo mismo que yo?
Delante nuestro teníamos una figura de forma humanoide de unos 80 cm. de alto. Orejas puntiagudas y enormes sobresalían de una cabellera negra, larga y enmarañada. Cuerpo desnudo cubierto de pelo. Manos finas con dedos que acababan en forma de garra. Los pies invertidos.
No había ninguna duda, delante nuestro teníamos al Caiporá. Duende mágico, como todos los duendes, protector de los bosques y los bañados. La leyenda dice que su misión es asustar y frustrar a cazadores y leñadores que mataban o talaban seres más allá de lo que necesitaban para vivir. Señor de los animales, suele hacer procesiones seguido de estos por los montes en las noches.
Si no hubiera sido porque nos pareció ver una sonrisa en su enorme y dentada boca y que entre unos de sus dedos llevaba el cigarro que antes habíamos dejado en el coronilla, nos habríamos quedado petrificados de miedo.
Arriba de la barranca lo esperaba el carpincho más grande que habíamos visto jamás. Seguramente era su montura.
Sin articular palabras nos comunicamos con don Caiporá fluidamente. Algo muy extraño, hablábamos con el corazón. Las frases nos resonaban en todo el cuerpo, no a partir del oído.
Nos dio la bienvenida y nos pidió fuego para encender tan maravilloso cigarro que le habíamos dejado.
Sin dejar de temblar la mano, acerqué una rama fina al fuego para
encender la punta. La extendí lentamente al cigarro que el Caiporá ya tenía en la boca. Aspiró con fuerza dejando salir una gran bocanada de humo. Sí, estaba muy bueno el cigarro. Hizo un gesto que interpretamos como un saludo y de un formidable salto lo vimos montado sobre el enorme carpincho.
Nuestro asombro y sorpresa no acabaron ahí. Al ponerse en marcha vimos la imponente silueta de don puma, que nos hizo un maullido ronco pero amable como el de un gato doméstico. Le seguían, aunque algo más pequeño que don puma, don yaguatirica, no menos inquietante. Después nos pareció ver a doña nutria, don guazubirá con su mas que tierna mirada, doña rana y cerrando la procesión doña crucera. Esta última nos hizo un silbido largo como saludo.
Ni idea tengo del rato que estuvimos para recuperarnos de tamaña sorpresa. Lo cierto es que mientras el fuego se consumía, nos prometimos con unos tragos de licor de butiá, no contar a nadie sobre este encuentro. Total ¿quién nos iba a creer? Nadie.
Antes que se apagara el fuego y para no encender el farol acondicionamos las canoas para dormir. Los toldos nos servirían de mullido colchón, el riesgo de lluvia se presumía remoto. Nos taparíamos con los ponchos y mirando el cielo navegaríamos por Orión, las Pléyades, Sirio,
Vega…, en el blanco río de la Vía Láctea. Dormiríamos y soñaríamos acompañados de maternales presencias.

Un pensamiento en “UNA VISITA EN LA NOCHE

  1. Maravilloso…si hasta el olor a tabaco y el sabor a licor me acompañaron en esta historia…!

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