
Llevo días sintiendo una cierta inquietud. Algunas noches me cuesta más de la cuenta conciliar el sueño. Durante el día percibo olores y sensaciones térmicas de otro espacio-tiempo, del que no tengo ni idea en dónde está.
Aunque está muy claro que lo huelo y lo siento en estos momentos.
Hoy 27 de noviembre al mirar el calendario me di cuenta de lo que me pasaba. El 29 de noviembre de 1978 conmemoro los 45 años de nuestra partida de la Tierra de los Pájaros Pintados, la República Oriental del Uruguay.
Me di cuenta que aquel cambio de hemisferio, pasar del Sur al Norte, es como si, a pequeña escala cambiaras de planeta. Dejaba el despertar de una primavera a las puertas del verano para sumergirnos en un otoño camino de un invierno inminente.
Tal vez por este cambio tan radical escribimos este fragmento en INSTANTES ETERNOS:
“…Luego, ya medio llenos, tocaba dormirse una siesta, para aguantar hasta bien tarde en la noche, las 12 como mínimo. Mientras tanto, mi padre armaba el fuego para tener buena brasa y hacer un delicioso asado o un cordero, mientras ya bajo las estrellas preparábamos el “juda” para quemar.
Después de la cena, los brindis con sidra y vino, por parte de los adultos, era el momento de salir a corretear por el barrio. Tirábamos cohetes y saludábamos a los vecinos desde la vereda, ya que las casas estaban con puertas y ventanas de par en par abiertas, llenas de luz, risas y alegría.
“Feliz Navidad don José….Feliz Navidad doña Tota….” y escuchábamos a la carrera, “Feliz Navidad gurises”, y a veces con alguna sana advertencia “…bo, no armen mucho relajo…¿ta?”
Cuando ya no dábamos más, era hora de irse a la cama. Antes, se había dejado a oscuras la habitación fumigada con bastante flit, para que no nos comieran los mosquitos.
Una vez en mi cama con la ventana bien abierta veía en el cielo al gigante Orión mirándome sonriente. Iba entrando en el sueño de a poco, acunado por los toques de tambores que mezclaban su sonido con la fragancia de las inmaculadas flores del jazmín del cabo.
Mañana al despertar ya sería Navidad y si no caía una tormenta, también haría calor.
Es así que llegó la mañana de verano con el cielo plomizo, el aire grueso, cargado de humedad, gelatinoso y espeso.
Costaba moverse, las piernas pesaban, en el gallinero las gallinas se movían lentas en su actitud diaria de perseguir los granos caídos del comedero.
El barrio entero estaba apretado, prisionero de la atmósfera espesa y agobiante.
Al mediodía el sol misteriosamente estaba rodeado por un arco iris circular.
¡Qué problema!, ¿Cómo iríamos a buscar esa olla llena de oro si este arco iris nunca tocaría la tierra?. Es que nuestros padres siempre nos decían, que si caminábamos hacia el arco iris y llegábamos a una de sus puntas insertadas con la tierra, ahí estaba enterrado un fabuloso tesoro de oro y piedras preciosas. ¡Qué suerte que tuvimos!, porque aun hoy seguimos caminando hacia ese encuentro, sabiendo que en ese andar nos hemos ido encontrando tesoros más fabulosos, como el de sentir la vida en cada paso. Esos grandes tesoros que nos regalan los duendes del arco iris en cada amanecer, en cada atardecer, en cada sonrisa, en cada abrazo, en cada beso. Pero este arco iris estaba en el cielo, rodeando al sol, tal vez ese era el tesoro: la visión de luz que nos llena de alegría y nos hace vivir el misterio.
La tarde también llegó pesada y espesa. Invadió todo el jardín también a los dos árboles del jazmín del cabo, nevados por cientos de flores. Resultó que habían atrapado miles de arco iris y nos daban ese blanco tan radiante como si fuesen faros de luz en el verde del jardín. Flores de pétalos blancos, pequeñas y hermosas. Mi madre las sacaba con mucho cuidado de los arbolitos y sembraba toda la casa con fuentes de vidrio llenas de agua en donde flotaban los jazmines perfumándolo todo.
Perfume dulce y fresco gravado en lo más profundo de mis recuerdos.
Al girar la tarde, el aire pesado y húmedo abrazó, apretando con fuerte pasión amorosa los árboles de jazmín del cabo.
Los amó tanto que derramaron todo su perfume haciéndose uno con el aire y llegando con la embriagante fragancia del amor y de la paz a todos los confines del barrio.
No se cuánto duró el éxtasis de esa calma, de ese navegar en fragancias, seguramente fue toda una eternidad, porque todavía está ahí surgiendo de la niebla, intacto, puro, tal como era.
Despertamos del letargo tropical con un potente rayo que descargó toda la electricidad que había ido amontonando el aire. Los cristales de las ventanas temblaron con tremendo estruendo.
Luego vino la lluvia, torrencial, lavándolo todo. Cambiamos el perfume de mis jazmines de cabo por la fragancia a tierra mojada, envuelta en aire fresco.
Así, lenta, llegó la noche con su manto de estrellas y nos durmió en su aliento fresco, marcándonos la Cruz del Sur, nuestro Norte. …”
Ahora sé de dónde surge esta inquietud. Comprendí que en definitiva es algo maravilloso. Por lo tanto, dejé que recorrieran mi cuerpo los perfumes y las sensaciones que me llegaban de algún lugar del espacio-tiempo.
Supe entonces que todo se está viviendo en el mismo instante y que la única manera en que siguen “existiendo” los recuerdos compuestos, de olores, sabores, sensaciones, imágenes, era volver a mirar el “cuadro” desde dentro, o sea formando parte del “cuadro” y que la puerta para acceder a él es el perfume del jazmín del cabo, el aire de la tormenta de verano, el sonido de unos tambores o la constelación de Orión brillando en un cielo estrellado.
Así de sencillo.



