Bien sabían los espartanos qué ocurría cuando condenaban a alguien a la pena máxima: el destierro.
Este pueblo, austero y guerrero no tenían entre sus leyes la pena de muerte. Sabían que peor que la muerte era desterrar o exiliar a la persona o personas condenadas.
En estos días de fiestas navideñas en el mundo cristiano, en donde respondemos a la tradición ancestral genética de reunir a la tribu, el clan, la horda, el avá, la familia…, a todos nos duelen las ausencias.
Están las ausencias que podemos entender como naturales, las de los seres queridos que nos precedieron en el tiempo y fueron marchando al siempre misterioso mundo de la muerte. Estas aunque tremendamente dolorosas, nos queda el consuelo que esos seres queridos cumplieron su ciclo y camino en la vida, tan diverso y variado como seres humanos que habitamos el Planeta. Después están las ausencias de los seres queridos que marcharon fuera de tiempo, estas tal vez son las más duras, incomprensibles e inaceptables. Son las ausencias que nos ponen delante de nuestra insignificancia y fragilidad en el Universo. Para los que han de sufrir estas ausencias, no hay receta posible para mitigar el dolor y el desconsuelo, sólo acompañar en silencio.
Nos queda otra ausencia no menos terrible que es el exilio o el destierro de uno de la tribu, el clan, la horda, el avá, la familia… Es terrible y cruel porque el sufrimiento va en las dos direcciones, una la de los que están en la mesa con una silla vacía pero saben que el que va en esa silla está vivo, aquí me refiero solamente a los exilios forzados por una condena o por una imperiosa necesidad vital, aparte dejo los magníficos espíritus aventureros o exploradores, esos normalmente pueden volver a ocupar su silla cuando quieran dependiendo de sus economías. La otra dirección, la del exiliado no es mejor que la primera, sabe que su silla está vacía y que no la puede ocupar porque su vida o la de los que comparte ideales o causa queda en peligro. Esa es la muerte en vida.
Lo peor de esas ausencias, la del exilio, es que la tribu, el clan, la horda, el avá, la familia… saben que la mesa quedó rota para siempre porque aunque vuelva el exiliado o desterrado ya habrá pasado tanto tiempo que los mayores no estarán y si marchó alguien cuando no tocaba no has estado para compartir la lágrima en el abrazo silencioso.
Mira que sabían de crueldad los espartanos de la Grecia Clásica.
Para todas las tribus, clanes, hordas, avás, familias… que tienen sitios vacíos, quiero desearles que sean capaces de emitir todo el amor de sus corazones en un recuerdo alegre de los que marcharon y dedicar una oración, una vela, una flor, una carta, una llamada a los ausentes.
Un amoroso y fraterno abrazo a todas las tribus, clanes, hordas, avás, familias… de todos los mundos.
Fernando

