Extraído del relato “El abrazo”
Una tarde, un parque, un banco, tu y yo.
Hoy me senté contigo en un banco del parque. El día estaba nublado. De esos días que se suelen decir, desapacibles, típicos de las primaveras adelantadas.
El sol se mantenía escondido tras la nubes, aunque estas no amenazaban lluvia, eran compactas. Como los rayos del sol no calentaban el aire, todo quedaba envuelto en humedad fría volando con forma de brisa de marinada.
Nos sentamos en un banco entre grises que traía el aire. Nos tomamos de las manos, encogimos los hombros con gesto de arroparnos y nos juntamos bien apretados. Las manos entrelazadas y los brazos bien pegados.
Sin decirnos nada empezamos la charla.
Esta consistía en sentir el calor de las manos, tu pelo acariciándome la cara mis labios soplándote suave al oído, como para susurrarte algo, pero sólo era un soplo de aire cálido.
¿Dónde estaban las palabras? Se escabullían por el aire. Esto les permitía enredarse en las agujas de los pinos, rodar como granitos de arena por la playa o bañarse en la mar disfrazadas de olas, espuma o algas. Otras eran aves que volaban, planeaban o caminaban por la playa.
Los dos, con las manos entrelazadas, bien juntos sentados en el banco del parque, hacíamos volar y navegar las palabras.
¿De qué iba la charla? Nunca lo sabremos porque todo era aire de palabras, disueltas, blandas. Incomprensibles si nadie las pescaba.
Todo acabó, me refiero a la charla, en el momento del beso. Fue cuando juntamos nuestras bocas y sentimos los labios frescos y húmedos. Entonces todo se comprimió a un átomo o a una sola palabra: AMOR.
Por eso me gusta ir al parque porque siempre me encuentras en la playa, en los árboles, en la mar, en los pájaros y en el aire multitud de palabras amables, tiernas y cálidas, seguramente creadas por unas manos entrelazadas y unas bocas que tal vez se besaron.



