LA PEQUEÑA ABEJA Y LA GALAXIA

En pleno vuelo la pequeña abeja vio que el sol palidecía. Muy extraño le pareció, porque no habían nubes en el cielo.

La protectora colmena, según sus datos de orientación, estaba muy lejos todavía.

De pronto dejó de escuchar el zumbido de sus alas y se dio cuenta que estaba cayendo, sus alas habían dejado de batir.

En ese instante empezaron a pasar delante de ella todas las flores que había visitado a lo largo de su vida y que le habían dado su preciado polen.

Las rosas, unas de las que más le gustaban, le hacían llegar las fragancias de su perfume.

Igual los pequeños jazmines blancos llenos de pureza inmaculada que perfumaban patios y jardines.

Hasta las insignificantes, hermosas y minúsculas «nomeolvides» de azul eléctrico intenso, aparecieron delante de ella.

Mientras caía pudo saborear el dulce y familiar gusto de la miel que tan bien sabía crear junto con sus hermanas abejas.

Se vio larva pequeñísima, cuidada y alimentada por aquellas abejas nodriza que tanto amaba.

Fue entonces cuando delante de ella aparecieron valles, montañas y llanos por donde había volado tantas veces, llenos de luz y coloridos por las flores. También se vio volando sobre ríos y lagos, de los mares, solamente la franja de la costa porque a estos nunca se adentró ya que no habían flores.

Aparecieron los geranios y malbones que alegraban los balcones de tantos pueblos y ciudades.

Fue entonces cuando se dio cuenta que ya no regresaría a su amada colmena.

«Qué vida más larga y maravillosa la mía, he visto cosas extraordinarias, he polinizado miles de plantas, he hecho deliciosa miel perfumada, he compartido colmena con mis hermanas, he visto desde el aire ríos calmos, torrentosos, pequeños y grandes…»

Mientras seguía cayendo, una voz le interrumpió su agradecimiento a la vida.

Era la voz de una galaxia que moría. Su agujero negro se había convertido en un implacable cuásar. Lo engullía todo, sistemas solares enteros, estrellas gigantes que de tan grandes eran incompresible para la imaginación de una abeja suponer su tamaño, la galaxia entera estaba muriendo.

La galaxia le dijo a la abeja, que seguía cayendo, lo breve que le había parecido su vida, a pesar de los miles de millones de años vividos desde su nacimiento.

La galaxia le comentó que había dado a luz a millones de estrellas y miles de millones de planetas. Le dijo también que había viajado por la mar oscura del espacio en donde sólo existe una energía cálida, agradable, suave pero que unía todas las cosas entre sí, las visibles y las invisibles, por eso podía hablar con ella, una pequeñísima abeja. Eso, la abejita, lo entendió perfectamente porque era la misma energía que ella sentía cuando volaba por prados y bosques rumbo a las flores o cuando amasaba el polen para hacer la miel.

Las dos, la abeja y la galaxia se sintieron unidas por ese hilo invisible, cálido y muy fuerte, irrompible. La galaxia le dio las gracias a ella, a la pequeña abeja que ya no zumbaban sus alas, por haber podido oler el perfume de las flores y sentir el dulce gusto de la miel. La abeja a su vez agradeció a la galaxia que una de sus galaxias hermanas le había dado el sol para poder orientarse y darle vida a las flores que le dieron su polen y el disfrutar de una vida extraordinaria.

Así continuaron las dos, dándose las gracias y contándose las maravillas de lo inmensamente grande y de lo inmensamente pequeño que es el Universo. Mientras tanto en el tiempo del no tiempo, la abeja seguía cayendo y a la galaxia la iba engullendo el cuásar.

Pero de pronto y sin ninguna explicación, de la profunda oscuridad del Universo surgió un rayo misterioso de luz que convirtió a la galaxia que creyó que moría, en una frágil larva de abeja a la que cuidaban y alimentaban otras abejas nodrizas en el centro de una colmena. La pequeña abeja no llegó a tocar el suelo en su caída ya que se convirtió en una hermosa estrella llena de energía la cual alimentaba a un minúsculo planeta, en el tan infinito Universo, lleno de flores, valles, ríos, montañas, lagos, marismas y mares con pequeñísimas abejas recogiendo polen y preparando mieles deliciosas.

UNA TARDE FUERA DEL TIEMPO


Una tarde de sol poniente mientras caminaba por el parque, me sobresalté espantado: había perdido el tiempo. Con gran nerviosismo tanteo todos los bolsillo y no estaba.
La primera e irracional reacción fue retroceder lo andado para ir a buscarlo, seguro se me cayó y no estaría muy lejos. Caminé unos cuantos metros en sentido contrario, no lo sé con exactitud cuantos, porque sin tiempo pierdes la noción del espacio. Miré hacia atrás y sólo veía los hermosos pinos del parque que comenzaban a cambiar el verde brillante de sus agujas por la luz dorada del atardecer.
Por suerte para mí, algo en mi interior me dijo: “déjalo, si lo perdiste, ya está, seguro alguien lo encontró y ha salido corriendo”. Efectivamente miro con atención, siempre escuchando la voz que resonaba en mi interior y habían unas cuantas personas corriendo. No sé a dónde iban ni de dónde venían pero estaba claro que al tener tiempo suficiente se aceleraban mas y mas y seguían corriendo. Ni se me pasó por la cabeza alcanzarlos, dejé que se llevaran el tiempo.
Total que me resigné y lo di por perdido. Sin tiempo que cuidar de no perderlo, ante mi se abrió una ventana o más bien un cuadro con un paisaje maravilloso.
Entre los pinos del parque, que actuaban a modo de marco con sus troncos, ramas y hojas, veía la mar.
Sobre la mar el sol semi oculto por el ramaje volcaba, como un athanor, oro líquido en forma de luz. El chorro principal se diluía en el agua de la mar en forma de camino dorado, pero como había perdido el tiempo, no podía calcular la distancia que recorría el camino.
Los vapores de oro desprendidos del athanor ardiente de oro fundido habían teñido el cielo de dorados escalonados escurriéndose entre las siluetas negras del ramaje.
El cuadro o la imagen de esta ventana se movía muy lento, tanto la mar como las personas parecían que estaban perdiendo el tiempo y lo peor era que no les importaba perderlo.
Me di cuenta que el cuadro tenía también sonidos, fragancias y tactos, los que se oyen, huelen y sienten cuando sabes que has perdido el tiempo.
El rumor de la mar con su fragancia a alga y sal, las risas de los niños jugando, la brisa fresca de la marinada, el perfume de la pineda, los murmullos de trinos y alas buscando la protección de los pinos para pasar la noche, el tibio resplandor de la luz dorada, el sabor fresco de los labios en el beso, el tacto de una caricia de ojos cerrados, los dedos recorriendo el pelo, los susurros de boca a oreja diciendo un te quiero…
Y todo esto por perder el tiempo.

Carta breve: a quien corresponda

En cada primavera te veo venir a mi, como vienen las almas que viven para siempre en nuestro corazón.

Así con el viento y con el sol vienes por el camino como las flores de malvas o las amarillas del diente de león.

Vienes vestida de 15 años con tu gran sonrisa y un jazmín en el pelo, tal como te has quedado en mi corazón.

Por eso te escribo un poema lleno de primavera en flor.