Las tardes de invierno en la marisma lo bañan todo de rojo.
Herido el sol vierte su sangre.
Viajero celestial que vas al inframundo, a iluminarlo o tal vez a despertarlo.
Sueño oscuro de cielo negro y luz de luna fría. Sólo las estrellas guardan tu promesa de despertarnos mañana.
La marisma se prepara para la noche larga. Sumergida en tu sangre roja, proteges aves y plantas de la temida helada.
Si caminas por la playa sentirás bajo tus pies la arena húmeda, fría y blanda. El beso de las olas sobre la playa borrará para siempre tus efímeras pisadas. Sólo quedarán los besos, las caricias en la cara y el susurro de las palabras que el viento llevará mar adentro para volver al alba.
Dame la mano compañera de la tarde de invierno, hagamos desaparecer el tiempo o convirtamoslo en un círculo como el que hace el sol en su viaje celestial.
Todo, tu mano y mi mano serán un sólo corazón latiendo en la marisma sumergida en la sangre del sol.
Bien sabían los espartanos qué ocurría cuando condenaban a alguien a la pena máxima: el destierro.
Este pueblo, austero y guerrero no tenían entre sus leyes la pena de muerte. Sabían que peor que la muerte era desterrar o exiliar a la persona o personas condenadas.
En estos días de fiestas navideñas en el mundo cristiano, en donde respondemos a la tradición ancestral genética de reunir a la tribu, el clan, la horda, el avá, la familia…, a todos nos duelen las ausencias.
Están las ausencias que podemos entender como naturales, las de los seres queridos que nos precedieron en el tiempo y fueron marchando al siempre misterioso mundo de la muerte. Estas aunque tremendamente dolorosas, nos queda el consuelo que esos seres queridos cumplieron su ciclo y camino en la vida, tan diverso y variado como seres humanos que habitamos el Planeta. Después están las ausencias de los seres queridos que marcharon fuera de tiempo, estas tal vez son las más duras, incomprensibles e inaceptables. Son las ausencias que nos ponen delante de nuestra insignificancia y fragilidad en el Universo. Para los que han de sufrir estas ausencias, no hay receta posible para mitigar el dolor y el desconsuelo, sólo acompañar en silencio.
Nos queda otra ausencia no menos terrible que es el exilio o el destierro de uno de la tribu, el clan, la horda, el avá, la familia… Es terrible y cruel porque el sufrimiento va en las dos direcciones, una la de los que están en la mesa con una silla vacía pero saben que el que va en esa silla está vivo, aquí me refiero solamente a los exilios forzados por una condena o por una imperiosa necesidad vital, aparte dejo los magníficos espíritus aventureros o exploradores, esos normalmente pueden volver a ocupar su silla cuando quieran dependiendo de sus economías. La otra dirección, la del exiliado no es mejor que la primera, sabe que su silla está vacía y que no la puede ocupar porque su vida o la de los que comparte ideales o causa queda en peligro. Esa es la muerte en vida.
Lo peor de esas ausencias, la del exilio, es que la tribu, el clan, la horda, el avá, la familia… saben que la mesa quedó rota para siempre porque aunque vuelva el exiliado o desterrado ya habrá pasado tanto tiempo que los mayores no estarán y si marchó alguien cuando no tocaba no has estado para compartir la lágrima en el abrazo silencioso.
Mira que sabían de crueldad los espartanos de la Grecia Clásica.
Para todas las tribus, clanes, hordas, avás, familias… que tienen sitios vacíos, quiero desearles que sean capaces de emitir todo el amor de sus corazones en un recuerdo alegre de los que marcharon y dedicar una oración, una vela, una flor, una carta, una llamada a los ausentes.
Un amoroso y fraterno abrazo a todas las tribus, clanes, hordas, avás, familias… de todos los mundos.
Estamos haciendo la revisión de INSTANTES ETERNOS para poder publicarlo como eBook, o sea en formato digital así puede llegar a mis hermanos americanos.
Vamos descubriendo trozos en los cuales las sensaciones y los sentimientos afloran como el agua de una fuente.
Aquí va un homenaje al mate. La infusión más maravillosa del mundo, al menos para los Orientales.
“Una de las costumbres más lindas de nuestro Pueblo Oriental, consiste simplemente en dedicar tiempo, un trocito de vida a compartir el mate. Les aseguro que cuando estás en una rueda de mate, estás inmerso en el único lugar en donde transcurre la vida, el momento presente. Dedicas todo “tu presente” a compartirlo.”
Llevo días sintiendo una cierta inquietud. Algunas noches me cuesta más de la cuenta conciliar el sueño. Durante el día percibo olores y sensaciones térmicas de otro espacio-tiempo, del que no tengo ni idea en dónde está.
Aunque está muy claro que lo huelo y lo siento en estos momentos.
Hoy 27 de noviembre al mirar el calendario me di cuenta de lo que me pasaba. El 29 de noviembre de 1978 conmemoro los 45 años de nuestra partida de la Tierra de los Pájaros Pintados, la República Oriental del Uruguay.
Me di cuenta que aquel cambio de hemisferio, pasar del Sur al Norte, es como si, a pequeña escala cambiaras de planeta. Dejaba el despertar de una primavera a las puertas del verano para sumergirnos en un otoño camino de un invierno inminente.
Tal vez por este cambio tan radical escribimos este fragmento en INSTANTES ETERNOS:
“…Luego, ya medio llenos, tocaba dormirse una siesta, para aguantar hasta bien tarde en la noche, las 12 como mínimo. Mientras tanto, mi padre armaba el fuego para tener buena brasa y hacer un delicioso asado o un cordero, mientras ya bajo las estrellas preparábamos el “juda” para quemar.
Después de la cena, los brindis con sidra y vino, por parte de los adultos, era el momento de salir a corretear por el barrio. Tirábamos cohetes y saludábamos a los vecinos desde la vereda, ya que las casas estaban con puertas y ventanas de par en par abiertas, llenas de luz, risas y alegría.
“Feliz Navidad don José….Feliz Navidad doña Tota….” y escuchábamos a la carrera, “Feliz Navidad gurises”, y a veces con alguna sana advertencia “…bo, no armen mucho relajo…¿ta?”
Cuando ya no dábamos más, era hora de irse a la cama. Antes, se había dejado a oscuras la habitación fumigada con bastante flit, para que no nos comieran los mosquitos.
Una vez en mi cama con la ventana bien abierta veía en el cielo al gigante Orión mirándome sonriente. Iba entrando en el sueño de a poco, acunado por los toques de tambores que mezclaban su sonido con la fragancia de las inmaculadas flores del jazmín del cabo.
Mañana al despertar ya sería Navidad y si no caía una tormenta, también haría calor. Es así que llegó la mañana de verano con el cielo plomizo, el aire grueso, cargado de humedad, gelatinoso y espeso.
Costaba moverse, las piernas pesaban, en el gallinero las gallinas se movían lentas en su actitud diaria de perseguir los granos caídos del comedero.
El barrio entero estaba apretado, prisionero de la atmósfera espesa y agobiante.
Al mediodía el sol misteriosamente estaba rodeado por un arco iris circular.
¡Qué problema!, ¿Cómo iríamos a buscar esa olla llena de oro si este arco iris nunca tocaría la tierra?. Es que nuestros padres siempre nos decían, que si caminábamos hacia el arco iris y llegábamos a una de sus puntas insertadas con la tierra, ahí estaba enterrado un fabuloso tesoro de oro y piedras preciosas. ¡Qué suerte que tuvimos!, porque aun hoy seguimos caminando hacia ese encuentro, sabiendo que en ese andar nos hemos ido encontrando tesoros más fabulosos, como el de sentir la vida en cada paso. Esos grandes tesoros que nos regalan los duendes del arco iris en cada amanecer, en cada atardecer, en cada sonrisa, en cada abrazo, en cada beso. Pero este arco iris estaba en el cielo, rodeando al sol, tal vez ese era el tesoro: la visión de luz que nos llena de alegría y nos hace vivir el misterio.
La tarde también llegó pesada y espesa. Invadió todo el jardín también a los dos árboles del jazmín del cabo, nevados por cientos de flores. Resultó que habían atrapado miles de arco iris y nos daban ese blanco tan radiante como si fuesen faros de luz en el verde del jardín. Flores de pétalos blancos, pequeñas y hermosas. Mi madre las sacaba con mucho cuidado de los arbolitos y sembraba toda la casa con fuentes de vidrio llenas de agua en donde flotaban los jazmines perfumándolo todo.
Perfume dulce y fresco gravado en lo más profundo de mis recuerdos.
Al girar la tarde, el aire pesado y húmedo abrazó, apretando con fuerte pasión amorosa los árboles de jazmín del cabo.
Los amó tanto que derramaron todo su perfume haciéndose uno con el aire y llegando con la embriagante fragancia del amor y de la paz a todos los confines del barrio.
No se cuánto duró el éxtasis de esa calma, de ese navegar en fragancias, seguramente fue toda una eternidad, porque todavía está ahí surgiendo de la niebla, intacto, puro, tal como era.
Despertamos del letargo tropical con un potente rayo que descargó toda la electricidad que había ido amontonando el aire. Los cristales de las ventanas temblaron con tremendo estruendo.
Luego vino la lluvia, torrencial, lavándolo todo. Cambiamos el perfume de mis jazmines de cabo por la fragancia a tierra mojada, envuelta en aire fresco.
Así, lenta, llegó la noche con su manto de estrellas y nos durmió en su aliento fresco, marcándonos la Cruz del Sur, nuestro Norte. …”
Ahora sé de dónde surge esta inquietud. Comprendí que en definitiva es algo maravilloso. Por lo tanto, dejé que recorrieran mi cuerpo los perfumes y las sensaciones que me llegaban de algún lugar del espacio-tiempo.
Supe entonces que todo se está viviendo en el mismo instante y que la única manera en que siguen “existiendo” los recuerdos compuestos, de olores, sabores, sensaciones, imágenes, era volver a mirar el “cuadro” desde dentro, o sea formando parte del “cuadro” y que la puerta para acceder a él es el perfume del jazmín del cabo, el aire de la tormenta de verano, el sonido de unos tambores o la constelación de Orión brillando en un cielo estrellado.
Una de las cosas más hermosas de la vida son los amaneceres. Ver o sentir salir el sol, además de ser todo un espectáculo, es una fuente de ALEGRÍA.
Los amaneceres, nos llenan de colores, sonidos, olores, texturas y sabores.
La luz del sol surgiendo por el horizonte es algo sublime. Del rojo encendido al rosado más cálido es sin dudas pintura para las almas.
Momentos en que nos envuelven sonidos especiales. El despertar de las tupidas copas de los árboles de hojas perennes, convertidos en altavoces de trinos y cantos, es la música de la mañana. Las personas que van a sus tareas, si bien manteniendo la prisa exigida socialmente, pasan casi de puntillas como si atravesaran un templo donde un coro hace cantos.
En calles de pueblos y ciudades, los olores de café caliente y panes horneados ponen una nota más al pentagrama de la ALEGRÍA. En caseríos o masías aisladas huele a hierba húmeda y tierra mojada. El humo que sale de las chimeneas lleva perfume de pan tostado untado de muchos sabores que anuncian el inicio de un nuevo día.
El aire se llena de las texturas frescas de todo amanecer. Aire que acaricia y envuelve e invita a respirar profundo y pausado llenando de ALEGRÍA el amanecer.
Luego los sabores, el del pan blando y caliente o la crujiente tostada con la mantequilla y la mermelada. Paladar el café a sorbitos cortos, llevar en tu boca inmensos cafetales en selvas y montañas.
Sin dudas, son los amaneceres generadores de ALEGRÍA.
Cuando estás en el estado de ALEGRÍA, imposible estar en la tristeza, el miedo, la rabia, el odio, la desazón, la angustia o la pena.
Por eso los amaneceres nos abren cada día una puerta a ese estado que nos lleva a celebrar la vida. Es una oportunidad, si dejamos entrar cualquiera de las percepciones que nos brindan los amaneceres. Ninguno sabrá jamás qué nos deparará el resto del día, pero estamos seguros que si hemos podido dejar entrar por unos momentos la ALEGRÍA, por alguna de sus ventanas, de colores, sonidos, texturas, olores o sabores, el día que se abre ante nosotros será mucho mejor.
Si un día puedes vivir un amanecer con todas sus ventanas abiertas, estarás en la FELICIDAD y si sigues buscando o eligiendo los instantes de ALEGRÍA, tus días pasarán sin pasar, porque estarás fuera del tiempo y serás un faro de AMOR, construido en la firme roca de la ALEGRÍA.
La meva finestra al cosmos s’obre a Septentrió. La constel·lació de 7 estrelles que volten Polaris. El Carro o la grega Osa Major.
La meva natal finestra és al Sud del Planeta on no es veuen ni Polaris ni l’Osa Major ni el Carro, ni la brillant Arcturus.
Allà, al Sud hi és Ñandú Guasú Pyporé que en guaraní vol dir la Petjada del Nyandú, anomenada pels colonitzadors europeus «la Creu del Sur».
El pobles originaris de les praderes, els charrúas, anomenaven el nyandú com a «berá».
Va ser-hi arrel del comerç i intercanvi amb el poble guaraní, vinguts de la selva preamazònica, que ells que tenien com animal sagrat a l’aranya, nyandú en guaraní, van quedar-hi meravellats pel port, bellesa i mida d’en berá el qual era considerat pels pobles de la pradera com l’animal sagrat. Va ser així que el van començar a anomenar nyandú guasú, que vol dir «Animal Sagrat Gros». Als charrúas els va agradar aquesta denominació, ja que el definia perfectament i el van començar a anomenar de forma més simplificada com NYANDÚ.
No entenien els guaranís com podia ser-hi un au i que no pogués volar.
Aleshores, els charrúas, que coneixien perfectament l’evolució de les especies els van explicar el perquè.
Va haver-hi un temps en el que els berás volaven com qualsevol au, fins que van arribar a les enormes praderes del Con Sud americà. Allà no necessitaven volar ni visitar el cel. Tenien al seu abast tot el menjar que la pradera els oferia, herbes, llavors, insectes, serps i petits mamífers. A partir d’aquell moment l’únic que haurien de fer era desplaçar-se per les praderes i ser-hi molt veloços per no caure en les arpes del jaguareté o el puma.
Es veu que això va provocar una maledicció per forces fosques del cel, envejoses de la decisió dels nyandús i no van poder aixecar el vol mai més. Però aquesta maledicció no tan sols afectava als nyandús sinó que també als pobles de les praderes i profèticament deia que aquest pobles restarien condemnats a vagar per les prades i ser-hi perseguits pel fet d’haver-hi convertit a Berá en Nyandú Guasú el seu animal sagrat.
Però com en tota profecia malèfica, també intervenen les forces de la llum. Aquestes van permetre a l’Avi Nyandú, l’ultim de l’estirp que sabia volar, fer un últim vol per els cels del Sud.
Al Sud del Sud aquest va deixar les seves urpes clavades que formen les 4 estrelles de la Creu del Sur, Nyandú Guasú Pyporé, «la petjada del nyandú». Aquesta petjada de fet és un advertiment als pobles de les praderes que no els sorprengui si un dia són perseguits i desplaçats de les seves praderes, sembla que aquesta maledicció continua vigent.
Potser per això tots el que vàrem néixer al Sud sota l’influencia de Nyandú Guasú Piporé, varem ser-hi perseguits i vàrem tenir que abandonar les nostres praderes.
Ara, puc gaudir d’aquesta finestra a Septentrió sabent també que l’Osa Major en realitat és Calisto salvada per Zeus quan ella era una osa errant degut a la maledicció d’Hera, la dona de Zeus, per haver-hi tingut un fil, Árcade, amb el seu marit. Árcade estava a punt de matar a Calisto, ja que el seu fil era un important caçador i ella estava convertida en osa errant per Hera. En veure això, Zeus els va salvar col·locant-los al cel del Nord, voltant Polaris, a ella com la constel·lació de l’Osa Major i al seu fil Árcade com Arcturus l’estrella més brillant.
NOTA: La llegenda de Nyandú Guasú és extreta d’aquest vincle, on posa que està tret de: «Material extraído del libro» Leyendas, mitos y tradiciones de la Banda Oriental» del historiador Gonzalo Abella Betum San Ediciones» http://www.geocities.ws/uruguayoculto/leyendas/laprofeianandu.html
Us ho recomano llegir-ho sencer ja que està molt ben fet.
Cuando navego sentimientos, desaparecen los tiempos. Ni pasado ni futuro, sólo un presente perpetuo. Es un presente de pasados y de futuros que seguro están en ves a saber qué línea de tiempo.
Son los sentidos que te llevan a sentir la emoción de cada momento por eso sólo la vida es la que nos lleva a lo eterno. Siente y ama la tristeza y el miedo, siente y ama la dicha y la alegría, son los vehículos del tiempo.