Te besaré a la luz de la luna.

Al ocultarse el sol,

la luna alumbra nuestros corazones.

Deme tu mano amada mía,

acerca tu boca a la mía.

Nuestros labios húmedos

deslizarán la luna llena

su luz, entrará por nuestras bocas

nos llenará de pasión,

nos llenará de dicha,

nos llenará de eternidad.

Seremos sombra de luna

en una noche junto a la mar.

Una tarde casi de invierno en la playa

Las tardes de invierno en la marisma, junto a la playa,lo bañan todo de rojo y naranjas.

Herido el sol vierte su sangre. 

Viajero celestial que vas al inframundo, a iluminarlo o tal vez a despertarlo.

Sueño oscuro de cielo negro y luz de luna fría. Sólo las estrellas guardan tu promesa de despertar mañana.

La marisma se prepara para la noche larga. Sumergida en tu sangre roja, proteges aves y plantas de la temida helada. 

Si caminas por la playa sentirás bajo tus pies la arena húmeda, fría y blanda. El beso de las olas sobre la playa borrará para siempre tus efímeras pisadas. Sólo quedarán los besos, las caricias en la cara y el susurro de las palabras que el viento llevará mar adentro para volver al alba.

Dame tu mano compañera de la tarde de invierno, hagamos desaparecer el tiempo o convirtamoslo en un círculo como el que hace el sol en su viaje eterno. 

Todo, tu mano y mi mano serán un sólo corazón latiendo en la marisma sumergida en la sangre del sol, disfrutando la noche, soñando con el alba.

TE ESCRIBO SIN SABER PORQUÉ

Hoy te escribo sin saber porqué. Posiblemente sea por esa manía que tiene el Río de la Plata de caminarme o mejor dicho navegar mi corazón de vez en cuando.

No lo puedo evitar, llega de golpe, inesperado o tal vez esperado como un amanecer. Creo que siempre hay algo que recorre el aire y el gran río, mezclado con él, invisible, silencioso inodoro y sin gusto pero que es capaz de tocarte algo del cuerpo y pasar con fuerza al corazón. A lo mejor es algún tipo de onda o subpartícula actuando como un tiro. Sí, eso puede ser, como un tiro en la cabeza que no te mata, ni mucho menos, pero te abre los paquetitos de memoria, debidamente archivada, que tenemos guardados. Seguramente son recipientes como la lámpara del intrépido Aladino que al ser impactados por esas extrañas subpartículas o frotadas por ondas de amor, hacen surgir imágenes, texturas, olores, sonidos y gustos que cobran vida otra vez.

Seguro que debe de ser algo así.

Por eso me vinieron estas ganas tremendas de escribirte, porque una subpartícula u onda que recorre el aire me alcanzó de pleno.

Del humo de la lámpara surgió una imagen en blanco y negro, hecha con la vieja cámara Conway de cajón, con todas sus imperfecciones tecnológicas, es claro.

De pronto me encontré en un Montevideo otoñal. El tiempo de los atardeceres amarillos, el aire casi frío y las hojas de los plataneros marrones esperando el Pampero helado del Sur para desnudar las ramas y rodar como locas en vellones por las calles desiertas del Prado en pleno otoño austral.

Tardecitas cortas, donde el sol se iba rápido y Montevideo y nosotros nos enfrentábamos a la noche escuchando el sonido rimado de nuestros pasos. Supongo que cuando habían los tranvías, hoy sólo las vías quedan como cicatrices en las calles, los sonidos eran diferentes.

Ya sabes y seguro que te acuerdas de aquellos paseos sin tiempo, escuchando los pasos, el aire más que fresco, las hojas cayendo, el perfume del otoño de Montevideo y cada tantos pasos, detenernos para saborear un beso.

Al hacerse más negra la noche, ya a la luz tenue de las farolas, levantarnos la solapa del abrigo para abrigar el cuello, acelerar algo el paso y emprender el regreso.

Ahora supe porqué te escribo, el Río de la Plata me lo dijo: es por un paseo en el Prado y por la calle “19 de Abril” de Montevideo en una lejana tarde de otoño que quedó guardada en una lámpara, como la de Aladino, que volvió a surgir del tiempo.

Si lo lees abre tu lámpara y tal vez nos vemos allí otra vez, seguro en los besos.

Del Nando para tí.

LAS CARTAS Y EL AMOR DE LA AMISTAD

No me había dado cuenta de cuánto me gustaba y me gusta escribir cartas, las escritas a mano en un papel blanco con bolígrafo. Un disfrute que hice hasta que me quedé sin receptores o sea a quien poder escribirle una carta y esperar una respuesta.

El ritual de escribirla, cosa que podía hacer en diferentes momentos, por etapas, es decir, la podía empezar y dejar cuando quisiera, situaba el ritual de escribir fuera de las coordenadas del tiempo. Tal vez era eso, como hablábamos de sentimientos o acontecimientos personales, los que consideramos buenos como los que consideramos no tan buenos, al escribirlos los instalamos fuera del tiempo. Sentimientos y hechos que al estar escritos y enganchados en un papel lo trascienden todo y se colocan en los límites de la eternidad, es decir cada vez que alguien los lea, los sentimientos o los acontecimientos vuelven a renacer y recobran la vida.

Las últimas cartas que escribí y recibí respuesta fueron hace más de 10 años. Cuando me refiero a cartas, me refiero a aquellas en que te saltas el tiempo, las escribes, las pones en un sobre, estos con las franjas azules y rojas en los bordes que indicaban que eran enviadas “por avión”, que dicho sea de paso no se si existen todavía, luego vas a comprar el sello postal correspondiente, enganchado con la lengua sintiendo el gusto amargo del pegamento, bien lengüeteado, te aseguras que no se desenganchará y además interiormente sabes que es como un beso que le das a la carta, después buscar el buzón callejero e introducirlo por la ranura que lo dejará caer en la saca que un cartero recogerá. A partir de ahí la carta está en marcha, sin prisa, tranquila y llena de sentimientos y noticias, alguien la recibirá con la ilusión o el temor con el que se recibían las cartas, siempre mirando el remitente.

Como les decía, las últimas las escribí y recibí hace más de 10 años. Fueron enviadas y recibidas a mi querida amiga Gisela. Con Gisela tuvimos una amistad, yo diría de las eternas e indisolubles. Nos conocimos a los 12 años en la secundaria. Los avatares de la vida, nos separaban por largos períodos pero curiosamente nos volvíamos a encontrar, siempre en algún momento importante de la vida de uno de los dos.

El período más largo, en el que perdimos todo contacto fue a raíz de mi exilio. Una época gris y triste para casi todos los habitantes de la Tierra de los Pájaros Pintados.

Fue en mi último viaje a la tierra natal, el año 2012 cuando nos volvimos a encontrar. Yo fui a visitar el lugar en donde había trabajado mis primeros años y por casualidad, aunque en este caso los dos sabíamos que no existen las casualidades, nos encontramos de nuevo, ella trabajaba en esa gran empresa, donde yo había estado en mis comienzos hasta el exilio. La verdad fue un encuentro que a ninguno de los dos nos sorprendió ya que estábamos acostumbrados a que nos pasara.

Nos pusimos al día de 30 años de ausencias y como siempre nos encontrábamos en momentos de mucha importancia para alguno de los dos. En un momento de nuestra conversación me comentó que estaba pasando una enfermedad en fase terminal y que el tiempo que le quedaba era poco, como mucho un puñado de meses.

Fueron pocos los momentos que tuvimos para “ponernos al día” pero cuando vives este tipo de amistad sabes que el tiempo se disuelve y desaparece como un conejo en la chistera de un mago.

Yo regresaría a mi hogar en septentrión y ella continuaría luchando por alargar lo máximo posible su vida ya que la había animado que viniera a visitarme a Catalunya, donde resido, y poder disfrutar de la luz del Mediterráneo que captaron tantos pintores y que los dos compartíamos maravillados. Le dije que era cierta y que era tal y como la pintaron los grandes maestros.

Mientras soñábamos con otro reencuentro en septentrión, decidimos mantener comunicación “por carta”, la manuscrita, la de siempre la del rótulo “por avión”.

Al llegar a Catalunya una de las primeras cosas que hice fue escribir una carta. En ella le puse entre otras cosas, los sentimientos y las percepciones de mi partida al exilio.

Una vez el Julietta libre de los remolcadores, atravesó rápido la bahía. Los edificios de Montevideo desaparecían conforme nos adentrábamos en el río. El Cerro mudo y estático, cansado de ver tantas idas y venidas, no decía nada, sólo estaba allí, cuidando la bahía y mi ciudad, esa de nombre tan raro, esa que me vio nacer, acostada junto al Río de la Plata, esa que mira al Sur, a los 35º, la capital más austral del mundo.

Dejaba mi mundo, mi vida, mis sueños.

Seguimos navegando, ya Montevideo fuera de la vista. La noche empezaba a tender su manto oscuro sobre el Río, yo seguía en la cubierta, la Cruz del Sur salía en el horizonte. El rumbo del Julietta era nordeste. Me alejaba de casa, sólo la luz de los faros me mantenía unido a mi tierra charrúa. Los iba contando, Punta Brava, Isla de Flores, Punta del Este, Isla de Lobos, Punta José Ignacio, Cabo Santa María (mi familiar y querida Paloma) y por último el del Cabo Polonio, después de él la noche me heló el alma y entré para siempre en el abismo del destierro.

Mañana saldría el sol en el Atlántico, y yo pensaría en el perfume de jazmines en las tardes de verano en Montevideo, tal vez en algún rincón del Prado.

En total nos escribimos 3 cartas. Creo que este último encuentro ayudó a mi amiga Gisela a recorrer el camino en la paz de los recuerdos agradables y con la compañía de su familia, especialmente sus maravillosos hijos.

En su última carta que recibí escribió cosas como estas:

“…Escribo, te imagino, recibo tu ternura y abrazo y las lágrimas brotan. He empeorado físicamente,…

…En agosto estuve unos días en Rocha, en casa de Ileana, pero rodeada del afecto de mis demás hermanos y sobrinos lo que fue muy bueno. También despertar oyendo el canto de los gallos y los pájaros, el sol y las estrellas tan distintos como vivencias a los de Montevideo (con la honrosa excepción de la rambla ¿no?). Planeo volver en estos días a encontrarme allí con la primavera, con su consagración, pensando en Tchaikovsky y Botticelli. Esta última acotación va en honor a Almendra y el Buby (supongo) que si bien no contaban con la devoción que yo tenía a Rosalío Pereyra los recuerdo muchas veces con mucha ternura, te acuerdas? (Estos fueron grandes profesores que tuvimos en el liceo de Rocha) Almendra y Nella María, aún trillan las calles de Rocha, son como Matusalén…

Ahora no se si nos volveremos a encontrar, con la forma conocida del 3D seguro que no, como energía, átomos y moléculas probablemente sí, pero como la vida y la muerte siguen siendo un misterio para nuestra comprensión, no entraremos en ese vasto terreno filosófico . Pero de algo sí que estoy seguro y es del amor de la amistad, ese que está en el continuo del espacio-tiempo, el que une todo con todo y tal vez todo sea figuras de luz creadas en un calidoscopio.

Mientras tanto iremos escribiendo cartas, las que se escriben en estos tiempos, en documentos de “office”, convertido en “PDF”, enviado por mensajería electrónica, correo electrónico o “en abierto” “colgadas” en una web.

Si somos capaces de trasmitir y compartir los sentimientos que llevaban las cartas manuscritas, lo habremos conseguido.

Un abrazo a mis amigos y amigas del 3D actual o de la intangible red electrónica y como se despedían los gauchos cuando se encontraban casualmente: “en la güeya estamos”.

Fernando

LA PEQUEÑA ABEJA Y LA GALAXIA

En pleno vuelo la pequeña abeja vio que el sol palidecía. Muy extraño le pareció, porque no habían nubes en el cielo.

La protectora colmena, según sus datos de orientación, estaba muy lejos todavía.

De pronto dejó de escuchar el zumbido de sus alas y se dio cuenta que estaba cayendo, sus alas habían dejado de batir.

En ese instante empezaron a pasar delante de ella todas las flores que había visitado a lo largo de su vida y que le habían dado su preciado polen.

Las rosas, unas de las que más le gustaban, le hacían llegar las fragancias de su perfume.

Igual los pequeños jazmines blancos llenos de pureza inmaculada que perfumaban patios y jardines.

Hasta las insignificantes, hermosas y minúsculas «nomeolvides» de azul eléctrico intenso, aparecieron delante de ella.

Mientras caía pudo saborear el dulce y familiar gusto de la miel que tan bien sabía crear junto con sus hermanas abejas.

Se vio larva pequeñísima, cuidada y alimentada por aquellas abejas nodriza que tanto amaba.

Fue entonces cuando delante de ella aparecieron valles, montañas y llanos por donde había volado tantas veces, llenos de luz y coloridos por las flores. También se vio volando sobre ríos y lagos, de los mares, solamente la franja de la costa porque a estos nunca se adentró ya que no habían flores.

Aparecieron los geranios y malbones que alegraban los balcones de tantos pueblos y ciudades.

Fue entonces cuando se dio cuenta que ya no regresaría a su amada colmena.

«Qué vida más larga y maravillosa la mía, he visto cosas extraordinarias, he polinizado miles de plantas, he hecho deliciosa miel perfumada, he compartido colmena con mis hermanas, he visto desde el aire ríos calmos, torrentosos, pequeños y grandes…»

Mientras seguía cayendo, una voz le interrumpió su agradecimiento a la vida.

Era la voz de una galaxia que moría. Su agujero negro se había convertido en un implacable cuásar. Lo engullía todo, sistemas solares enteros, estrellas gigantes que de tan grandes eran incompresible para la imaginación de una abeja suponer su tamaño, la galaxia entera estaba muriendo.

La galaxia le dijo a la abeja, que seguía cayendo, lo breve que le había parecido su vida, a pesar de los miles de millones de años vividos desde su nacimiento.

La galaxia le comentó que había dado a luz a millones de estrellas y miles de millones de planetas. Le dijo también que había viajado por la mar oscura del espacio en donde sólo existe una energía cálida, agradable, suave pero que unía todas las cosas entre sí, las visibles y las invisibles, por eso podía hablar con ella, una pequeñísima abeja. Eso, la abejita, lo entendió perfectamente porque era la misma energía que ella sentía cuando volaba por prados y bosques rumbo a las flores o cuando amasaba el polen para hacer la miel.

Las dos, la abeja y la galaxia se sintieron unidas por ese hilo invisible, cálido y muy fuerte, irrompible. La galaxia le dio las gracias a ella, a la pequeña abeja que ya no zumbaban sus alas, por haber podido oler el perfume de las flores y sentir el dulce gusto de la miel. La abeja a su vez agradeció a la galaxia que una de sus galaxias hermanas le había dado el sol para poder orientarse y darle vida a las flores que le dieron su polen y el disfrutar de una vida extraordinaria.

Así continuaron las dos, dándose las gracias y contándose las maravillas de lo inmensamente grande y de lo inmensamente pequeño que es el Universo. Mientras tanto en el tiempo del no tiempo, la abeja seguía cayendo y a la galaxia la iba engullendo el cuásar.

Pero de pronto y sin ninguna explicación, de la profunda oscuridad del Universo surgió un rayo misterioso de luz que convirtió a la galaxia que creyó que moría, en una frágil larva de abeja a la que cuidaban y alimentaban otras abejas nodrizas en el centro de una colmena. La pequeña abeja no llegó a tocar el suelo en su caída ya que se convirtió en una hermosa estrella llena de energía la cual alimentaba a un minúsculo planeta, en el tan infinito Universo, lleno de flores, valles, ríos, montañas, lagos, marismas y mares con pequeñísimas abejas recogiendo polen y preparando mieles deliciosas.

UNA TARDE FUERA DEL TIEMPO


Una tarde de sol poniente mientras caminaba por el parque, me sobresalté espantado: había perdido el tiempo. Con gran nerviosismo tanteo todos los bolsillo y no estaba.
La primera e irracional reacción fue retroceder lo andado para ir a buscarlo, seguro se me cayó y no estaría muy lejos. Caminé unos cuantos metros en sentido contrario, no lo sé con exactitud cuantos, porque sin tiempo pierdes la noción del espacio. Miré hacia atrás y sólo veía los hermosos pinos del parque que comenzaban a cambiar el verde brillante de sus agujas por la luz dorada del atardecer.
Por suerte para mí, algo en mi interior me dijo: “déjalo, si lo perdiste, ya está, seguro alguien lo encontró y ha salido corriendo”. Efectivamente miro con atención, siempre escuchando la voz que resonaba en mi interior y habían unas cuantas personas corriendo. No sé a dónde iban ni de dónde venían pero estaba claro que al tener tiempo suficiente se aceleraban mas y mas y seguían corriendo. Ni se me pasó por la cabeza alcanzarlos, dejé que se llevaran el tiempo.
Total que me resigné y lo di por perdido. Sin tiempo que cuidar de no perderlo, ante mi se abrió una ventana o más bien un cuadro con un paisaje maravilloso.
Entre los pinos del parque, que actuaban a modo de marco con sus troncos, ramas y hojas, veía la mar.
Sobre la mar el sol semi oculto por el ramaje volcaba, como un athanor, oro líquido en forma de luz. El chorro principal se diluía en el agua de la mar en forma de camino dorado, pero como había perdido el tiempo, no podía calcular la distancia que recorría el camino.
Los vapores de oro desprendidos del athanor ardiente de oro fundido habían teñido el cielo de dorados escalonados escurriéndose entre las siluetas negras del ramaje.
El cuadro o la imagen de esta ventana se movía muy lento, tanto la mar como las personas parecían que estaban perdiendo el tiempo y lo peor era que no les importaba perderlo.
Me di cuenta que el cuadro tenía también sonidos, fragancias y tactos, los que se oyen, huelen y sienten cuando sabes que has perdido el tiempo.
El rumor de la mar con su fragancia a alga y sal, las risas de los niños jugando, la brisa fresca de la marinada, el perfume de la pineda, los murmullos de trinos y alas buscando la protección de los pinos para pasar la noche, el tibio resplandor de la luz dorada, el sabor fresco de los labios en el beso, el tacto de una caricia de ojos cerrados, los dedos recorriendo el pelo, los susurros de boca a oreja diciendo un te quiero…
Y todo esto por perder el tiempo.

Carta breve: a quien corresponda

En cada primavera te veo venir a mi, como vienen las almas que viven para siempre en nuestro corazón.

Así con el viento y con el sol vienes por el camino como las flores de malvas o las amarillas del diente de león.

Vienes vestida de 15 años con tu gran sonrisa y un jazmín en el pelo, tal como te has quedado en mi corazón.

Por eso te escribo un poema lleno de primavera en flor.

Una tarde, un parque, un banco, tu y yo.

Extraído del relato “El abrazo”

Una tarde, un parque, un banco, tu y yo.

Hoy me senté contigo en un banco del parque. El día estaba nublado. De esos días que se suelen decir, desapacibles, típicos de las primaveras adelantadas.

El sol se mantenía escondido tras la nubes, aunque estas no amenazaban lluvia, eran compactas. Como los rayos del sol no calentaban el aire, todo quedaba envuelto en humedad fría volando con forma de brisa de marinada.

Nos sentamos en un banco entre grises que traía el aire. Nos tomamos de las manos, encogimos los hombros con gesto de arroparnos y nos juntamos bien apretados. Las manos entrelazadas y los brazos bien pegados.

Sin decirnos nada empezamos la charla.

Esta consistía en sentir el calor de las manos, tu pelo acariciándome la cara mis labios soplándote suave al oído, como para susurrarte algo, pero sólo era un soplo de aire cálido.

¿Dónde estaban las palabras? Se escabullían por el aire. Esto les permitía enredarse en las agujas de los pinos, rodar como granitos de arena por la playa o bañarse en la mar disfrazadas de olas, espuma o algas. Otras eran aves que volaban, planeaban o caminaban por la playa.

Los dos, con las manos entrelazadas, bien juntos sentados en el banco del parque, hacíamos volar y navegar las palabras.

¿De qué iba la charla? Nunca lo sabremos porque todo era aire de palabras, disueltas, blandas. Incomprensibles si nadie las pescaba.

Todo acabó, me refiero a la charla, en el momento del beso. Fue cuando juntamos nuestras bocas y sentimos los labios frescos y húmedos. Entonces todo se comprimió a un átomo o a una sola palabra: AMOR.

Por eso me gusta ir al parque porque siempre me encuentras en la playa, en los árboles, en la mar, en los pájaros y en el aire multitud de palabras amables, tiernas y cálidas, seguramente creadas por unas manos entrelazadas y unas bocas que tal vez se besaron.

SINFONÍA DE INVIERNO

Me gusta el invierno

así, tal y como es

con su tembloroso fío,

su esquelética desnudez

sus noches largas

llenas de soledades,

de recuerdos y nostalgias

de silencios sin palabras.

Me gusta el invierno

por las promesas guardadas

por el fuego ardiente

escondido en las ramas

por la semilla que bajo tierra

estalla, sabia de vida

en las raíces bien guardada

por la nieve y el hielo

que pronto harán bailar

duendes y hadas

en borbotantes fuentes

nacientes de cauces de agua

por la promesa de tu pelo

volando al viento

entre trigales,

por tu sonrisa sabia

que sabe, el invierno

es un dormir del alma,

que la vida es eterna

que siempre renace.

Por todo esto,

me gusta el invierno

así, tal y como es,

lleno de silenciosa magia.

Lluvia de invierno, alegría de amar

Llueve junto a la mar

tarde de encuentro, de manos frías

de latidos acelerados

de labios sedientos de calor

secretos guardados bajo el paraguas

bien juntos, bien abrazados

susurrando gotas de lluvia,

lluvia de invierno junto a la mar,

lluvia de invierno compartida

llena de alegría

la playa, la tierra, las almas, la mar

tu boca, mi boca

manos frías entrelazadas

conjugando el verbo amar

alegría de amor de la lluvia fina,

invierno junto a la mar.