Rayos dorados duermen la tarde,
las arboledas guardan sueños alados.
Se evaporan las nubes dejando el cielo despejado,
pronto la tarde será un sueño de cielo estrellado.
Hay placeres en la vida realizables, como por ejemplo caminar por «els penya segats» de la Comarca del Garraf bien cerca de Vilanova i la Geltrú.
Oler las pinedas y la mar, bañarte entre posidonias, dejar tu boca salada y mirar una azulada luna menguante entre las ramas de un pino….., no tiene precio. Bueno si que lo tiene, el valor de sentir la vida, la alegría y la paz.
En el vínculo de abajo encontrarán algunas fotos seleccionadas y un breve poema que intentamos se acerque a trasmitir tanta belleza.
Ya pasado el ecuador de este tórrido agosto en tierras de septentrión, hemos hecho un paseo por los caminos rurales de la Comarca del Garraf.
Como pronto empezará la vendimia en esta zona costanera del Mediterráneo, decidimos disfrutar del verdor de la viñas y sus mágicos racimos ya a punto de convertirse en maravillosos vinos.
Mientras caminábamos, acompañados por trepidar de las chicharras y nos dejábamos acariciar por la insistente marinada, disfrutábamos de los olores de la tierra que mezclados con el de la mar, hacían resonar en nuestra cabeza el hermoso poema de Josep María de Segarra, «Vinyes verdes vora el mar».
Poema que explica como ninguno la sensación de calma, paz y alegría de ver ese verdor lleno de frutos con la mar de fondo a modo de enorme lienzo líquido.

pàmpol d’or,
aigua, penyal i basarda.
Josep Maria de Segarra
Viñas verdes cerca del mar,
ahora que el viento no refunfuña,
os hacéis más verdes y aún
tenéis la hoja miedosa,
viñas verdes cerca del mar.
Viñas verdes de la costa,
sois más finas que la alfalfa.
Verde cerca del azul marinero
viñas con la fruta verde,
viñas verdes de la costa.
Viñas verdes, dulce reposo,
cerca de la vela que pasa;
hacia el mar doblad el cuerpo
sin decantaros demasiado,
viñas verdes, dulce reposo.
Viñas verdes, soledad
del verde en la hora caliente.
Uva y cepavid recortada
encima de la tierra luciente;
viñas verdes, soledad.
Viñas que decís adiós
al laúd y a la gaviota,
y a la fina capa de nieve
que ahora nace y que ahora fina …
¡Viñas que decís adiós!
Viñas verdes de mi corazón …
Dentro de la cepa se duerme la tarde,
uva negra, hoja de oro,
agua, peñon y miedo.
Viñas verdes de mi corazón …
Viñas verdes cerca del mar,
verdes al alba,
verde suave al atardecer …
¡Hacednos siempre compañía,
viñas verdes cerca del mar!
Josep Ma. Segarra
Subir un valle pirenaico hasta una iglesia románica del siglo XII en el Principat d’Andorra es hacer un viaje dimensional.
Mientras caminas por el pendiente y estrecho camino empedrado de granito negro con puntas redondeadas, te empiezan a acompañar voces y formas de otros tiempos. No se si del pasado o del futuro.
Te llegan las voces de los señores carolingios d’Urgell o de Foix ordenando la defensa de los valles.
Una vez en la estancia porchada de la iglesia, escuchas a los vecinos reunidos hablando de cosechas y animales.
Tan grande es el portal que desde el porche ves dos mundos, uno el que creemos que estamos, con modernas construcciones, otro el de la eterna montaña, con sus prados y bosques siempre escapando hacia el cielo.En la paz y en la alegría puedes caminar por ambos mundos o por ambas dimensiones viviéndolos intensamente.
Cosas de la montaña.
La iglesia es la de Sant Romà dels Bons en Encamp. Año 1100.
De las tupidas ramas
del bosque de pinos negros,
al mirarlo trepar montaña
salen de las agujas misteriosos hilos de luz.
Bañan como lluvia fina
bosques, heras, cultivos y prados.
En el silencio del estrecho camino,
acompañante absorto por el rumor de las aguas del río,
las abejas susurran haciendo cosquillas al cardo.
Hay vínculos de sangre o sea de herencia directa, de padres a hijos, abuelos, hermanos, etc., que parecen indisolubles. Pero hay otros vínculos tal vez más sutiles, casi etéricos, que llegan a ser de una fuerza y una solidez tan grandes que no existe fuerza capaz de arrancar. Sólo haciendo incursiones en la física cuántica, somos capaces de encontrar alguna explicación. Esta fuerza, que yo llamo «el amor de la amistad», es comparable a la fuerza de los llamados gluones que mantiene unidos los cuarks, esos que son imposible de desmembrar, ya que cuanto más fuerza se ejerce para separarlos, más resistencia, duplicada, ejercen los gluones para impedirlo. Algo así se crea cuando surge una amistad en el momento de dar nuestros primeros pasos erguidos.
Hoy te voy a escribir unas cuantas líneas, que se las estás esperando, y espero te gusten o te hagan reír, con esa risa tuya tan contagiosa.
Vos sabés Ricardo que los vínculos de amistad, esos que decía antes tienen una fuerza gluónica extraordinaria, son eternos y por lo tanto nada es capaz de disolver, ni la mismísima todopoderosa muerte. Muerte que por otra parte es parte de la vida, es el ciclo. Además no te olvides que nuestra amistad, venció a las otras grandes muertes dentro de la vida: el tiempo y el espacio, o dicho de otra manera la ausencia física y la distancia. Ahora me viene el comentario de un guía egipcio cuando nos enseñaba las pirámides: «el hombre le teme al tiempo y el tiempo le teme a las pirámides».
Así que a esta pobre que pintan de negro y con una guadaña, no tiene nada que hacer con nosotros. Si, nos puede separar en algún aspecto pero ya quedó demostrado que cada vez que nos veíamos a la vuelta de mi destierro lo primero que decíamos era: «¿qué hacés loco? Bo, el otro día……» , y empezábamos la conversación saltándonos el tiempo y el espacio. ¿Qué puede hacer esa vieja fea con capucha negra ante aquellos niños abrazados festejando un gol, o jugando a la bolita, haciendo bailar los trompos, remontando cometas o cayéndose de las bicicletas?. Nada.
Acordate que los niños aquellos, de las calles Berlin, Pablo Pérez, Corumbé, convertidos en muchachitos seguimos siendo la «barra del muro de Berlin». Aunque ya no esté el enorme árbol del paraíso que nos cobijaba de los soles del verano y al muro le levantaran una enorme valla, seguirán sonando nuestras voces, en las cantadas nocturnas o en las tertulias políticas que duraban hasta la madrugada o hasta que algún vecino gritaba: «bo, no jodan más, dejen dormir».
Acordate cuando nos colábamos en los bailes o cumpleaños de «15», de los que tenemos mil historias. Una de las que te gusta más es el día en un baile, uno de los muchachos de la barra, que sin lentes, digamos veía poco, te pregunta, «bo, cómo ves a la morocha aquella para sacarla a bailar», -«¿cuál?» -«aquella de la esquina», sólo viste una monja, -«pa, loco qué ojo tenés, está fenomenal», aquel no se lo piensa dos veces y va a sacar a bailar a una monja. Las risas empezaron a sonar, y siguen sonando hasta hoy de ver la cara de nuestro amigo, colorada como un tomate y no sabiendo qué hacer si agarrarte del pescuezo o qué. Al final la decisión fue matarse de la risa junto con todos nosotros.
Bueno loco la voy a ir cortando, porque ya sabés de historias para reírnos no acabaríamos más. Pongo algunas fotos que me mandó Aldo del encuentro que tuvimos todos los muchachos del muro, en el campamento de Santa Teresa, bueno faltan dos Antonio y Daniel, que no pudieron venir, pero como ya sabés, con que haya uno sólo y así lo quiera, la barra del muro de Berlin, está reunida.
Ahora loco hacé tranquilo el viaje que empezaste que los chachomus siempre
estamos con vos.
Chau Ricardo.
Llega a puerto la barca de luz,
cansada de tanta noche.
La esquiva sardina no acudió
al engaño de los focos,
no así el incauto atún
que en sus redes quedó atrapado.

Los marineros contentos
de tener un buen sustento.

Hoy 4 de agosto por la mañana en el puerto de Vilanova i la Geltrú a la llegada de la barca «Peix Blau».
Creo que las ciudades, son como las personas que las habitan, es decir tienen una imagen colectiva social y otra íntima personal.
Este es el caso de esta maravillosa ciudad de Barcelona, por un lado vemos su imagen colectiva social, con su eterno tráfico, bocinas, sirenas, gente agolpadas en los semáforos para cruzar las calles, turistas con sus cámaras retratándose en edificios emblemáticos como la Casa Batlló, La Pedrera… o los del Quadrat d’Or, sus palos para hacer «selfies» o autofotos, que me gusta más decirlo así, disfrutando de las farolas modernistas del Passeig de Gràcia, comprando en las lujosas tiendas… En fin, el ritmo y la aceleración de lo que se llama «una ciudad moderna», con todo el mundo «consumiendo» cosas, desde el tiempo cronológico
hasta las imágenes, con una voracidad insaciable por «congelar», «inmortalizar», «atrapar» algo que será imposible si tu consciencia no sabe que sólo en el corazón lo puedes guardar eternamente.
Por eso cuando le dedicas unas horas a la otra ciudad, la íntima y personal, literalmente entras en otra dimensión del espacio tiempo. Entras a compartir la ciudad con sus «vivientes» o sea los seres para quienes la ciudad es su hábitat natural, trabajan, duermen, viven su ocio, sus angustias, sus alegrías sin salir de ella.
Este es el caso del «Jardí de la Torre de les Aigues». Se encuentra ubicado en una de las calles más transitadas y populosas del eixample barceloní, Roger de Lluria. Ya le llaman muy bien «illes» (islas) a esos espacios centrales de las manzanas del eixample. Esas islas, son exactamente eso, lugares aislados, en este caso no rodeados de mar sino de edificios, calles con intenso tráfico y «viajeros» que no saben que están viajando, porque no hacen las fotos con sus corazones, que son las verdaderas cámaras imprescindibles para decir: «…he visto…», es que no me imagino a Ulises haciéndose una selfie con Medusa.
En una discreta y sombría entrada en el número 56, después de atravesar un largo túnel, accedes a un cuidado jardín lleno de árboles de magnolias, una acacia un hermoso jacarandá y una alta pared recubierta de hiedra e hibiscus rojos. En el centro sobre unos laterales surge una sólida torre de ladrillo rojo construida al más puro estilo del modernismo industrial del siglo XIX que tuvo a Catalunya en general y Barcelona en particular su más alto exponente. Esta torre mandada construir por los vecinos que comenzaban a poblar l’eixample por el año 1860, tenía la finalidad de extraer agua de uno de los pozos que hay en esta zona, bombeada por una máquina de vapor el agua a la torre para su posterior suministro comunitario, a los efectos de garantir agua potable para las viviendas que se estaban construyendo en esta zona. Muchos de los edificios que se construyeron en l’eixample, hoy día son iconas de la ciudad de Barcelona como por ejemplo la Casa Batlló o la Pedrera.
Esta magnífica torre se mantiene escondida de las devoradoras cámaras de fotos de los turistas y a sus pies hay un estanque de agua bien fresca, ya que viene del oscuro subsuelo, que con sus azulejos azules hace de pequeña piscina para el deleite de niños y adultos que «forzosamente» los acompañan.
Allí sintiendo las risas de los niños, el chapoteo de sus pies en el agua, oliendo las magnolias, disfrutando de los colores de los hibiscus y el jacarandá, viendo la ropa de los vecinos colgando en los tendederos de las ventanas y tal vez comiendo un bocadillo de jamón con pan con tomate y aceite, tu corazón hace la verdadera foto, la que te llevarás para siempre porque en ese mismo momento sabes que la Ciudad te abraza en uno de sus secretos más bien guardados.
Ayer, el atardecer estuvo especial. Después de una tarde de plena canícula, la tenue oscuridad iba ganando terreno. En el pequeño ejido del fondo de mi casa, las plantas esperaban con ansias el riego nocturno.
Absorto en las tareas vespertinas, hubo algo que me hizo detener y salir al ejido. Fue como si se hubieran encendido millones de luces amarillas, una en cada gotita invisible suspendida en el aire.
En el cielo las nubes como espejos gigantes derramaban la líquida luz dorada del sol poniente.
Desaparecieron las sombras y todo el ejido se bañó de oro. En lo alto de una antena, el mirlo cantaba alegre a los miles de soles que se peinaban en las nubes.
Hechizos de las tardes de verano.

Desde que nuestra especie, los conocidos por «homo sapiens», abandonó sus hábitos de recolectores – cazadores, que nos convertía en nómadas y adoptamos el sistema de los asentamientos, pasando a depender de la agricultura y ganadería, se produjo una necesidad imperiosa: atrapar el tiempo, encasillarlo, dividir los ciclos de la naturaleza en puntos de referencia.Así es como surge la observación de los astros más relevantes, como el sol y la luna. Había que saber con antelación cuándo se producirían los solsticios y equinoccios, dividir el ciclo en estaciones para saber qué y cuando plantar o cosechar los alimentos, las épocas de crías de los animales domesticados. Poder predecir los tiempos dentro del ciclo de grandes lluvias o grandes sequías.
Conforme los grupos de sapiens, se iban sofisticando y la incipiente capacidad de generar tecnologías iba avanzando, necesitábamos cada vez más atrapar «el tiempo», es decir predecir con más precisión los acontecimientos naturales.
Basándonos en la necesidad de parcelar el tiempo surgen los calendarios. Pudimos perfectamente usar el calendario natural de la Tierra en donde para ella el tiempo, es un parámetro inexistente, porque el planeta entero sabe que ES en cada momento y vive en un absoluto AHORA, que «pasado» y «futuro», no están en ninguna parte, que todo, absolutamente todo ocurre en el mismo instante. Podría poner algún ejemplo pero declino a tal tentación sino estaríamos poniendo límites y fronteras a algo que no las tiene, es infinito, eterno y VACÍO.
Movidos tal vez, o mejor dicho, seguramente, por la supervivencia, o sea el miedo a la muerte, parcelamos el tiempo en calendarios y así nos hemos atrapado inexorablemente en una telaraña virtual de la que estas complejas sociedades será muy difícil que puedan abandonar. Tal vez en muy pequeños grupos, algo así como los antiguos nómadas se fueron progresivamente asentando.
Esta idea de que los calendarios son un «atrapa tiempo», lo tuvieron muy claro los pueblos mayas antiguos. Igual que todos los calendarios, el maya, divide en días y meses el viaje de la Tierra en su órbita solar. Pero a diferencia del calendario gregoriano, que es con el cual nos movemos mayoritariamente los sapiens actuales, ellos vieron que el giro completo de la Tierra en su órbita, lo que llamamos un año, correspondía a 13 ciclos lunares de 28 días, es decir de la Luna Nueva a Luna Nueva. Esto evitaba, como ocurre en el calendario gregoriano, meses con 30 días, otros con 31, uno con 28 y cada 4 años agregarle un día más, siendo el año de 12 meses. Ellos aplicaron un calendario con 13 meses de 28 días pero para completar el giro de un año de la Tierra, les sobraba un día. A este lo declararon DÍA FUERA DEL TIEMPO.
Creo que sabían perfectamente los científicos mayas de aquel momento que el calendario era un «atrapa tiempo» y por tanto «atrapa sociedades», al resolver magistralmente el día sobrante. Simplemente lo dejamos fuera de la partición, le decimos indirectamente a todos los sapiens que el tiempo no existe, que es una partición arbitraria para controlarnos unos a otros.
En el «día fuera del tiempo», no existe tampoco el «miedo a la muerte». Es el Gran Día, es el momento de saber que somos eternos, infinitos e inabastables, sólo «transformables». Es el día que lo podemos dedicar a pensar, sentir y vivir la ALEGRÍA, la FELICIDAD y el AMOR en nosotros y compartirlo con todos los SERES y en un abrazo abierto de corazón con nuestra MADRE TIERRA, porque Ella ES Nosotros y Nosotros SOMOS Ella.
Tal vez si entre pequeños grupos somos capaces de ir actuando en COOPERACIÓN, compartiendo la maravillosa tecnología que hemos alcanzado y la que aún vendrá, venceremos el miedo a la muerte, sabremos que somos almas inmortales y que el Paraíso es y somos LA TIERRA.
Feliz Día Fuera del Tiempo y un deseo de PAZ, ALEGRÍA Y FELICIDAD para todos los seres de todos los mundos.
Según el calendario gregoriano 25 de julio de 2016.