EQUINOCCIO DE OTOÑO 2020

EQUINOCCIO 2020

Hoy 22 de setiembre de 2020 nuestro planeta denominado por una de las especies que lo habita (los homínidos autodenominados “humanos”): Tierra, estará con su eje de rotación a exactos 90º de los rayos del sol.

Esto producirá que el día y la noche tengan la misma duración de horas. A este fenómeno astronómico desde tiempos inmemoriales le llamamos EQUINOCCIO. A lo largo del viaje de la Tierra en su órbita elíptica entorno al sol, se producen 2 equinoccios durante un año.

Por caprichos de la inclinación del eje terrestre nos encontramos con el principio de polaridad. Tenemos un Polo Norte y un Polo Sur que nos dan dos hemisferios, Norte y Sur.

La importancia de los equinoccios es que, inmersos en la polaridad, marcan el inicio de diferentes estaciones según el hemisferio terrestre. El 22 de setiembre empieza el otoño en el hemisferio Norte y la primavera en el hemisferio Sur.

Todos los homínidos llamados humanos, tendríamos que sentir la importancia de este cambio ya que nos va el alimento, el sustento material de nuestros cuerpos.

Tal vez los que notamos más este cambio somos aquellos homínidos que nacimos en un hemisferio y vivimos en otro.

Por ejemplo, yo, que nací en las praderas del Sur cuando llega el mes de setiembre, mi alma se prepara para la primavera. Se que ha de venir el persistente viento del Sur, el Pampero, para ayudar a las abejas en la polinización y a los niños hacer volar sus brillantes cometas.

En cambio mi cuerpo me dice que me una al descanso de la naturaleza. Que mire los árboles pintarse de amarillo y dejar caer las hojas en los caminos, calles y charcos. Disfrutar de los días que se acortan y ver más tiempo a Polaris fija en el cielo del Norte.

Ya no hay prisas, las cosechas están en los graneros y el vino en sus botas.

Como sólo se puede vivir una polaridad a la vez, travesaré la puerta que abre la Tierra hacia el otoño.

Caminaré por bosques o calles de árboles amarillos, rojizos y terracotas. Hundiré mis piernas en la hojarasca seca apilada por el viento. Sentiré el giro de las hojas succionadas por los breves remolinos que me harán subir el cuello de la chaqueta. Cuando venga la lluvia suave, apartaré un rato el paraguas para que moje mi cara, después la seguiré escuchando repiquetear en el paraguas. Entraré en los bosques, despacio, en silencio, procurando no molestar las setas e insectos que viven en la hojarasca. Escucharé el latir del bosque, la mirada atenta de los árboles y cómo se hablan entre ellos con las raíces y ramas. En las noches sentiré los perfumes de otoño, humedad fresca, lluvia o alguna flor despistada.

Pasaré la puerta que abre la Tierra para vivir desde donde sea las delicias del otoño y hacer como hacen las hojas secas, dejar que el viento las transporte lejos de sus ramas, flotando en algún charco, marchando veloz en una correntada, haciendo rondas con otras hojas, jugando en los remolinos de aire o pintadas por los niños para celebrar el otoño de los colores cálidos.

En mi corazón guardaré el otro polo, el del Sur, en donde hay un niño volando cometas y árboles llenos de pequeñas hojas verdes diciendo que es primavera y la vida se acelera buscando la eternidad.

Otoño atardeciendo

Las tardes del otoño ya casi invernal junto a la mar son una fiesta para los sentidos.

En este trocito de orilla de la mar Mediterrània, Vilanova i la Geltrú, conspiran varios paisajes para hacer los atardeceres espectaculares. El sol, la mar, las marismas, las aves, los sonidos, los olores, la playa con la arena fría, el aire fresco y húmedo que lo envuelve todo. Si dejas entrar todo eso a tu alma ocurre la magia. De pronto te sientes como un astronauta que viaja en una gigantesca nave que está viva. Que respira, siente y te lleva en un eterno viaje estelar orbitando una galaxia.

Hoy desde la ventana de mi trocito en la orilla de la mar Mediterrània, vi una hermosa estrella, dicen que es una enana blanca, fundirse en las aguas. Iluminaba todo pintando de colores imposibles el cielo y las aguas. Iluminaba los peces que las fragatas hábilmente pescaban entrando como certeras flechas entre las olas del agua. Mientras las fragatas llenaban de comida panzas, yo me llenaba de luz el alma.

Unos patos salvajes, que pasan el invierno en estas latitudes más cálidas, tomaban un descanso en las aguas de la pequeña marisma.

Desde mi ventana de la nave la estrella alumbraba la luna semilla creciendo hasta llenarse de susurros y suspiros de tantas almas.

Podía sentir la nave navegando veloz entre las estrellas de la galaxia.

Tercer día de Luna Nueva de noviembre de 2017.

Equinoccio

Hoy la luz y la oscuridad se reparten por igual su estada en el planeta.

En el hemisferio Norte, tierras de septentrión, empezamos el viaje a las sombras. Al mundo interno de los sueños.

Momento de despedir el verano y hacer el balance de las cosechas.

Ahora al ir acompañando a la Madre Tierra en su letargo, iremos preparando los sueños que nuestras almas quieren vivir.

Las nubes viajan serenas sobre la mar en calma. Las gaviotas descansan en la playa desierta.

Todo se calma mientras la Tierra entra en el ciclo que nos lleva a las sombras largas.

Abrazarlo todo. Entra en el sueño de un beso largo. Fundir cuerpos y almas, en un equinoccio que nos lleva al otoño lleno de colores, alegría y calma.

Tarde de lluvia

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Las tardes de lluvia en otoño tienen algo especial. Aunque la lluvia, sea un motivo de alegría en si misma, ya que es un regalo de las nubes en forma de agua que es la vida, pero si se produce en otoño y en una tarde, es capaz de hacernos vivir momentos de eterna dulzura, calma y felicidad. Si por el devenir diario, no lo estás viviendo, la lluvia de la tarde de otoño se las arreglará para que en nuestros corazones evoquemos y “volvamos a sentir” aquella tarde, cercana, lejana o venidera, porque como ya sabemos el tiempo es un inmenso mantel de una invisible mesa, en el cual podemos ver los dibujos del mismo en el centro, en los bordes o en cualquier lugar del mantel, solamente tenemos que mirar a un lugar determinado, no hay líneas rectas.

Así que ayer, el segundo día de la luna creciente de Libra, estuvo lloviendo casi toda la tarde. Al ir esquivando los charcos de la calle, el aire húmedo y fresco me iba llevando a un punto del mantel en el que me veía niño, con mi túnica blanca arrugada, mojada y la moña azul colgando goteando agua sujeta por un nudo hecho de cualquier manera cuya única función era que no se perdiera la moña y que más o menos estuviera rodeando el cuello. Volvía de la escuela a casa, la cartera pequeña de cuero completamente empapada, conservaba bien secos los cuadernos, libretas y lápices que guardaba. Las medias, otrora hasta las rodillas, se agolpaban enrolladas como un mazacote informe y seguían sumergiéndose en el agua que guardaban los botines, después de haber caminado por todos y cada uno de los charcos de agua.

Sentía el sonido de los botines en el agua y las gotas de lluvia recorriendo mi cara, pasando la lengua por los labios para beber el agua. Instantes felices de la tarde de otoño, lluviosa de abril o mayo. Al llegar a un cordón de la vereda y ver la fuerte correntada descendiendo calle abajo, abrir la cartera y sacar aun medio doblado el botecito hecho en la escuela clandestinamente con papel de estraza, porque sabíamos que al salir encontraríamos antes de llegar a casa un buen río para que nuestro bote navegara antes de ser engullido por las enormes “boca tormentas”, como le llamábamos a las alcantarillas. Cómo navegaba de rápido, compitiendo con hojas y palitos de ramas. Saludaba su viaje veloz y le enviaba un mensaje a las aguas de otoño que alegraban las calles.

Luego tiritando de mojado, entraba en casa donde sabía me esperaban la ropa seca, una taza enorme de cocoa o leche caliente con gofio y el delicioso pan marsellés untado con manteca y azúcar o dulce de leche……mmmmmmm. Una vez repuesto y al calor del “primus”, escuchando la noche que empezaba a caer con las gotas de lluvia, después de hacer “los deberes” acompañados de algún dibujo con acuarelas de agua sobre hojas de garbanzo, siempre escuchaba alguno de los cuentos de Fernán Silva, Constancio Vigil o algún capítulo de “Corazón” de Edmundo de Amicis, sobre aquel valeroso niño de la Lombardía del siglo XIX.

Después venía la noche espesa, llena de lluvia para arrullarnos entre sueños y aventuras de los seres que poblaban los cuentos.

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Otras veces las tardes de lluvia en otoño, si no lo estás viviendo, te pueden llevar a ese lugar del mantel en el que convertido en un muchacho caminabas por un parque mojado abrazado de la mujer amada, los dos bien juntitos porque hay un sólo paraguas. Escuchar los pasos de ambos como si fuera uno solo, acompasados por el monótono repiquetear de la lluvia en el paraguas, entonando una canción de amor tan dulce que te detenía sobre cualquier charco y girando los cuerpos hacía que se encontraran los labios entonces, apartando un poco el paraguas dejábamos que las gotas de agua recorrieran las caras y mojaran aun más las bocas y los labios. Era cuando todo el Universo giraba en torno a la risa que provocaba las cosquillas del agua. Caminar por las arboledas mojadas que ya amarillaban sintiendo la lluvia de la tarde de otoño cayendo sobre el paraguas, es la magia que te dice, se puede mirar otro punto del mantel del tiempo y grabar un momento de alegría, tranquilidad, paz y calma……sólo lo tienes que ver con el cristal de tu alma.

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