«Cinco minutos son suficientes para vivir una vida entera, así de relativo es el tiempo»
Mario Benedetti
¿De cuántos “cinco minutos” están compuestas nuestras vidas?
Así vamos caminando, viviendo la vida de a cinco minutos guardados en la memoria del corazón.
Con los años de soledades y lejanías nos vamos inmortalizando, de “a cinco minutos, diamantes vivos en nuestras almas, sin saberlo nos hacemos adictos a los pequeños paquetes o quarks “de cinco minutos”. ¿Cómo? Simplemente valorando el regalo cada vez que tenemos cinco minutos para sentir, amar, emocionarnos de alegría o de tristeza. Sabiendo que en ese momento, en ese instante estás vivo y estás viviendo.
Cada vez que los evocas o surgen en momentos en que el frío de la soledad nos desdibuja el camino con densa niebla, los diamantes de “cinco minutos” surgen con sus alas llevándonos a saltar la niebla que no nos deja ver el rumbo de nuestras vidas o las pinta de gris, entonces, volvemos a ella, la vida, dispuestos a vivir nuevos “cinco minutos”.
Para llegar a los diamantes vivientes casi siempre necesitamos de una imagen, un sonido, un tacto, un sabor o un olor. Muchas veces la combinación aleatoria de varios de esos sentidos.
A mi, por ejemplo lo que siempre me abre la puerta para volver a tener en el corazón un diamante de “cinco minutos” es la lluvia.
Ver la lluvia detrás de una ventana, el sonido de las gotas repicando en los cristales, la vista de una calle arbolada desdibujada por los vidrios llenos de ríos corriendo y también algo empañados. Salir al aguacero, sentir la lluvia fría, mirar al cielo y saborear el agua, mojarte la cara, oler el perfume de la tierra mojada.
Alguno de estos diamantes, guardan a un niño pequeño en la cocina de una casa, con olor a café recién hecho, leche hervida, pan tostado untado de manteca y la sabrosa mermelada casera de naranjas amargas. Sin prisas, es temprano, a las 8 hay que estar en la escuela, la lluvia volando con el viento da en la ventana, todo un concierto de percusión llenando la cocina de la casa. La voz de la madre diciendo que las botas de media caña ya están preparadas igual que el chubasquero y la cartera de cuero con los deberes hechos y los cuadernos “de doble raya”.
Entre las luces azuladas de los relámpagos contaba cuanto tardaba el estruendo del trueno o el rayo, uno, dos, tres, cuatro…
El beso cálido y tierno de la madre con la advertencia de tener cuidado y no hacer temeridades. Bien sabía que enfundado con las botas ningún charco se escapaba, que llegaría a la escuela mojado por levantar la cara al cielo y saborear el agua de la lluvia, limpia, fresca, pensando de qué río se abría evaporado y formado esa nube tan compacta y que ahora nos mojaba. En aquel momento no sabía que ese instante, ese diamante de cinco minutos, en otro tiempo y en otro espacia me alegraría tanto. Lo que sí estaba seguro que eso, me gustaba.
Otro “diamante de cinco minutos” que la lluvia me rescata, guarda un chico alto y flaco caminando con un paraguas por una calle desierta, viendo correr el agua, rumbo a la casa de su amada.
Salir los dos abrazados enamorados, escuchar el repiqueteo de la lluvia bajo el techo protector del paraguas, las caras mojadas, el pelo largo de la joven amada chorreando agua, el sabor fresco de los besos con las bocas empapadas. Palabras de amor acompasadas por la lluvia en la calle desierta de adoquines que brillaban cuando las luces de un coche los iluminaba o el flash del relámpago nos fotografiaba.
Cinco minutos guardados de tantas vidas vividas dentro de una galaxia.

