Charco atrapado en el cemento de la calle, que a su vez atrapa al sol, que quiere escaparse siguiendo cables reflejados en el agua.
El sol se disfraza de cometa para acelerar la tarde.
Algarroba y amatista unidas por el liviano misterio de la pluma.
Silencio burlón el de la madrugada.
Se ríe de mi porque escucho su risa.
Despierta las calles, levanta al sol,
cuando este es sólo una promesa diáfana de alegría.
Pasos solitarios se mezclan con murmullos de alas.
Hora azul como inmensa mar,
donde se bañan sueños nocturnos.
Penumbra silenciosa, te prometo un nuevo día,
dice el sol lagañoso de nubes.
Pasos solitarios caminan hacia la plenitud del día.
Silencio burlón de la madrugada,
nos vemos en la hora azul vespertina,
para preparar sueños que por la noche,
formarán los pasos del próximo día.
Subir un valle pirenaico hasta una iglesia románica del siglo XII en el Principat d’Andorra es hacer un viaje dimensional.
Mientras caminas por el pendiente y estrecho camino empedrado de granito negro con puntas redondeadas, te empiezan a acompañar voces y formas de otros tiempos. No se si del pasado o del futuro.
Te llegan las voces de los señores carolingios d’Urgell o de Foix ordenando la defensa de los valles.
Una vez en la estancia porchada de la iglesia, escuchas a los vecinos reunidos hablando de cosechas y animales.
Tan grande es el portal que desde el porche ves dos mundos, uno el que creemos que estamos, con modernas construcciones, otro el de la eterna montaña, con sus prados y bosques siempre escapando hacia el cielo.En la paz y en la alegría puedes caminar por ambos mundos o por ambas dimensiones viviéndolos intensamente.
Cosas de la montaña.
La iglesia es la de Sant Romà dels Bons en Encamp. Año 1100.
De las tupidas ramas
del bosque de pinos negros,
al mirarlo trepar montaña
salen de las agujas misteriosos hilos de luz.
Bañan como lluvia fina
bosques, heras, cultivos y prados.
En el silencio del estrecho camino,
acompañante absorto por el rumor de las aguas del río,
las abejas susurran haciendo cosquillas al cardo.
Ayer, el atardecer estuvo especial. Después de una tarde de plena canícula, la tenue oscuridad iba ganando terreno. En el pequeño ejido del fondo de mi casa, las plantas esperaban con ansias el riego nocturno.
Absorto en las tareas vespertinas, hubo algo que me hizo detener y salir al ejido. Fue como si se hubieran encendido millones de luces amarillas, una en cada gotita invisible suspendida en el aire.
En el cielo las nubes como espejos gigantes derramaban la líquida luz dorada del sol poniente.
Desaparecieron las sombras y todo el ejido se bañó de oro. En lo alto de una antena, el mirlo cantaba alegre a los miles de soles que se peinaban en las nubes.
Hechizos de las tardes de verano.
Después de la breve noche de verano,
te veo más hermosa,
El sol te lleva a dormir, sueños de plata.
Sueños que son realidad sólo con tu luz mágica.
Locas golondrinas vuelan en tu derredor,
te susurran palabras de amor.
Vestida de blanco en el cielo azul,
vas a dormir sueños,
envuelta en fragancia de jazmín.
Cuatro alas tiene la gaviota,
dos que la hacen volar por el aire,
dos que la hacen volar por los sueños.
Parecen mundos distantes.
Hay dos alas que vuelan,
por el mundo sin formas, sin límites.
Esas son las alas que crean las cosas.
Alas que marcan los límites,
de a dónde quieres llegar en el sueño.