En pleno vuelo la pequeña abeja sintió que el sol palidecía. Muy extraño, ya que no habían nubes en el cielo.
La protectora colmena, según sus datos de orientación, estaba muy lejos todavía.
Dejó de escuchar el zumbido de sus alas y se dio cuenta que estaba cayendo. En ese instante empezaron a pasar delante de ella todas las flores que había visitado y le habían dado su polen.
Las rosas, unas de las que más le gustaban, le hacían llegar las fragancias de sus perfumes. Igual que los pequeños jazmines blancos llenos de pureza. Hasta las insignificantes, hermosas y minúsculas «nomeolvides» de azul eléctrico intenso, aparecieron delante de ella.
Mientras caía sintió el sabor dulce y familiar de la miel que tan bien sabía crear junto a sus hermanas.
Se vio larva pequeñísima, cuidada y alimentada. Delante de ella aparecieron valles, montañas y llanos por donde había volado tantas veces, igual que lagos, ríos y mares, aunque a estos nunca se adentró porque no habían flores.
También aparecieron los geranios que alegraban los balcones de pueblos y ciudades.
Fue entonces cuando pensó «qué vida más larga y maravillosa la mía, he visto cosas extraordinarias, he polinizado miles de plantas, he hecho deliciosa miel perfumada, he compartido colmena con mis hermanas, he visto desde el aire ríos calmos, torrentosos, pequeños y grandes…»
Mientras seguía cayendo, una voz le interrumpió sus alabanzas. Era la voz de una galaxia que agonizaba. Su agujero negro se había convertido en un implacable cuásar. Lo engullía todo, sistemas solares enteros, estrellas gigantes que de tan grandes eran incompresible para la imaginación de una abeja suponer su tamaño, la galaxia estaba muriendo.
La galaxia le comentó a la abeja, que seguía cayendo, lo breve que había sentido su vida. Había dado a luz a millones de estrellas y miles de millones de planetas. Le dijo que había viajado por el mar oscuro del espacio donde sólo existe una energía cálida, agradable, suave que unía todo con todo, por eso podía hablar con ella, una abeja, esa misteriosa energía las unía y comunicaba.
Le dijo que gracias a ella, la pequeña abeja que ya no zumbaban sus alas, había podido oler las flores y sentir el gusto de la miel. La abeja agradeció a la galaxia que una de sus hermanas le había dado el sol para orientarse y hacer surgir las flores.
Así continuaron las dos, dándose las gracias y contándose las maravillas de lo inmensamente grande y de lo inmensamente pequeño, mientras en el tiempo del no tiempo, la abeja seguía cayendo y a la galaxia la engullía el cuásar.
Pero de pronto y sin ninguna explicación, de la profunda oscuridad del Universo surgió un rayo misterioso de luz que hizo de la galaxia una frágil larva de abeja a la que cuidaban y alimentaban otras abejas adultas en el centro de una colmena. Y la abeja no llegó a tocar el suelo ya que se convirtió en una hermosa estrella llena de energía con la cual alimentaba un minúsculo planeta lleno de flores, perfumes y abejas zumbando por valles, praderas, ríos y mares.
A las dos lo único que les quedó, por el resto de sus infinitas vidas, fue una sensación inexplicable de infinito ya que la poderosa estrella nunca supo que había sido una abeja y la insignificante larva de abeja tampoco nunca supo que había sido una inabastable galaxia.
Esta historia estaba escondida detrás de un reloj blando que se derretía.
Vilanova i la Geltrú, a pocos días de empezar el otoño de 2023.
De pié, detrás del atril del Paraninfo de la Universidad, la Doctora. Eulalia Grau, especialista en Física Cuántica, se disponía a hacer su discurso.
Había ganado el premio al mejor trabajo de investigación científica del año.
Su estudio sobre las subpartículas atómicas era el responsable de haber obtenido el primer premio.
La luz del atril iluminaba la primera hoja de su discurso, mientras acomodaba el micrófono a la altura de su boca.
Después de los aplausos, el público que llenaba el paraninfo, guardó un profundo silencio académico.
La Doctora Eulalia Grau sintió aquel silencio como algo místico, casi religioso.
El silencio le dio tiempo para ser consciente de en dónde se encontraba.
Supo que estaba en el lugar más emblemático de su querida Universidad. En el sitio donde tantas veces había asistido, como oyente, a tomas de posesión de rectores, clases magistrales de académicos extranjeros, entrega de doctorados, en una palabra, los acontecimientos más importantes y trascendentes de la Universidad.
Ahora estaba ella, la Doctora Eulalia Grau, explicando a compañeros científicos de todo el mundo sus espectaculares investigaciones y descubrimientos del enigmático comportamiento de las partícula subatómicas.
Iba a hablar de las partes más pequeñas que componen los átomos, que a su vez son los que forman el mundo material que conocemos.
Tal vez fue el profundo silencio, misterioso y envolvente, tal vez la sala del Paraninfo revestida de madera marrón clara, escalonada y circular tipo anfiteatro con dos pasadizos ascendentes color rojo granate de moquetas mullidas o tal vez fue un misterioso as de fotones saltándose los limitantes parámetros del espacio-tiempo, como bien sabía ella que hacían las subpartículas atómicas en funcionamiento cuántico, pero lo cierto es que en su corazón resonó la voz de su abuela Manuela: “Mi pequeña Lali, ¿ahora sabes qué es la magia?”
Al oír a su abuela, instantáneamente se encontró en la enorme cocina de la casa de sus abuelos.
Era otra vez una niña pequeña de 7 años, con dos trenzas rubias a los costados de la cara. Llevaba aquel vestido azul que tanto le gustaba, calcetines hasta las rodillas y zapatos negros sujetos por una tira. Estaba hablando con su abuela mientras esta cocinaba.
– Abuela, ¿qué es la magia?
Al recordar aquella pregunta supo porqué se encontraba delante del atril en el Paraninfo de la Universidad. Era la Doctora Eulalia Grau, la mejor científica en física cuántica del país y una de las mejores del mundo entero. Reconocida, seguida y respetada por prestigiosas Universidades y centros de investigación.
Desde centros espaciales dependientes de estados punteros en la conquista del espacio hasta laboratorios de investigaciones biomédicas. Sus estudios e investigaciones eran imprescindibles para hacer navegar con éxito una nave por el infinito espacio exterior lleno de planetas, galaxias, sistemas solares, materia oscura, agujeros negros, espacio y tiempo, materia y energía… También para hacer navegar por el torrente sanguíneo de un ser vivo, nanorobots microscópicos para reparar células y curar enfermedades.
En definitiva magia pura.
La Dra. Eulalia Grau, recodaba perfectamente cuando Lali, la niña de 8 años, llena de preguntas, llena sueños, ávida por entender el mundo que la rodeaba, le preguntó a su abuela “¿qué es la magia?”
Su abuela Manuela, que aún guardaba a la niña curiosa e inquieta en su corazón, intentó responderle lo mejor que pudo.
Manuela sabía la respuesta, pero como era una respuesta venida de la intuición más profunda, esa que te hace estar seguro de que sabes algo pero que a su vez te es muy difícil ordenar los conocimientos en palabras y más aún explicarlo en una secuencia a alguien.
Ella sabía que lo sabía, que la respuesta estaba en un lugar del puente, nunca descripto y explicado por la ciencia, que une el corazón con el cerebro. Aunque más que puente tal vez fuera un lemniscata (símbolo del infinito).
Así fue como comenzó la explicación:
“Bueno mi querida Lali, lo que entendemos por magia, la que hacen los magos que vemos en el circo o en el teatro, la magia de hacer desaparecer objetos o personas delante de nuestros ojos, o sacar conejos y palomas de una chistera, que es imposible que estuvieran en espacio tan pequeño, o los que nos adivinan cual carta de la baraja hemos pensado, esa magia, tal vez sea la que más conocemos, es la que nos divierte y fascina.
La maravillosa magia que traslada un huevo, una moneda de unas manos a unas orejas sin que nadie las lleve, esa es la que mueve las cosas de un lugar a otro sin ver el camino recorrido.
Además esa magia hace desaparecer las tristezas. ¿Verdad que cuando estamos delante de un mago o una maga siempre acabamos con la boca abierta de sorpresa y una enorme sonrisa de alegría?
Es que nuestra mente racional, la que se mueve por pautas, por secuencias lógicas, queda completamente alterada porque lo que ocurrió delante de nuestros ojos no tiene explicación posible para nuestra mente.
Lo cierto es que todos, a pesar de nuestra dudas marchamos del teatro felices, pensando en que lo que vimos, son trucos, son engaños a nuestros sentidos, básicamente el de la vista, aunque también interviene el oído y en algunos espectáculos también el olfato y el tacto.
La magia ésta, es la más antigua y querida por todos. Nos divierte, nos llena de alegría y hace que los misterios se transformen en risas y sonrisas. Sin dudas todo un acto de magia.”
Pero a Lali…o mejor dicho la Doctora Grau le fascinaba más la otra magia. La magia que muchas veces había experimentado estando sola o con su abuela Manuela.
Era la magia de los misterios del Universo.
Recordaba una tarde en que las dos fueron a hacer un paseo por la playa, muy cerca de la casa de su abuela. Se imaginaron a la Tierra, el planeta, como si fuera una nave espacial recorriendo una galaxia.
Manuela le dijo que entre las dos podrían crear una comandante interestelar, que en realidad eran ellas, y escribir las impresiones del momento en el cuaderno de bitácora como haría cualquier capitán de una nave interestelar.
Primero había que partir de una fecha. Pero como sabían las dos que en el Planeta existen culturas que tienen formas distintas de medir el tiempo, decidieron que al llegar a casa buscarían en la Enciclopedia Universal de Manuela las fechas correspondientes al día. Una búsqueda emocionante.
La abuela Manuela, llevaba unos cuantos años jubilada de maestra. Tenía los conocimientos de didáctica y pedagogía más que suficientes para enseñar a Lali los métodos de búsqueda y desarrollo que luego la llevaron a ser una de las científicas más renombradas del mundo.
Una vez instaladas las dos en la gran cocina de la casa, Manuela y Lali como dos niñas amigas, despejan la mesa de madera maciza tal y como hacían los domingos. Dejar la mesa sin mantel ni nada sobre ella era imprescindible para hacer la masa de los deliciosos tallarines caseros, aplaudidos, esperados y celebrados por toda la familia. La diferencia que en lugar de harina y huevos, llenaron la mesa de libros que necesitarían para hacer un buen y digno cuaderno de bitácora.
Qué momento más bonito, más mágico.
“Hemos de buscar la velocidad de la Tierra en su órbita.” -dijo Manuela- .
“¿Cómo la busco abuela?”
“Mira, coge el tomo de la Enciclopedia por dónde aparece la letra “T”. Luego ves buscando las combinaciones: primero te aparecerán temas que comiencen por “ta”, luego “te” y así hasta “ti”, después “tia”, “tie”….hasta encontrar Tierra como planeta, no como la de plantar.”
Lali enseguida aprendió la forma de búsqueda.
“Aquí, aquí, lo tengo abuela”. Dijo Lali llena de entusiasmo.
Ahora busca la velocidad del planeta en su órbita. Dijo la abuela.
“Dice que el Planeta Tierra va a una velocidad de 107.280 quilómetros por hora. Eso es mucho ¿no? Si mamá le dice a papá cuando va a 100 quilómetros por hora en el coche por la autopista, que va muy rápido, que vaya más lento. ¡Y la tierra va a más de cien mil quilómetros por hora!” Concluyó Lali llena de asombro.
Con los datos imprescindibles empiezan a redactar el cuaderno de bitácora de una comandante en una nave interestelar.
“Cuaderno de bitácora: año de la Nave tripulada Tierra según calendario maya 12.18.15.9.0, según calendario hebreo 17 Jeshvan, 5749 según calendario gregoriano 28 de octubre de 1988.
Seguimos en órbita estelar de la pequeña estrella, enana blanca, llamada “sol”.
Nuestra Nave Tierra mantiene su velocidad promedio de crucero estelar: 107.280 Km/h.
Intentamos mantener los objetivos que tiene esta misión: observar el espacio intergaláctico a través de la función VIDA.
Para que la misión tenga éxito es imprescindible procurar, mantener y cuidar la felicidad y el bienestar de todos los tripulantes asignados a esta misión.
El deber y la función de los tripulantes al mando de la Nave es garantizar el buen funcionamiento de la función VIDA.
Se han detectado muchas disfunciones en los últimos tiempos. Agradecemos a los pequeños grupos de tripulantes que están surgiendo, la gran labor en utilizar protocolos algorítmicos para reparar anomalías y mantener activa la función VIDA.
Esta función, es la base para poder cumplir la misión que es la de observación del espacio intergaláctico.
Para conseguir este fin, nuestra Nave fue dotada de una gran diversidad de tripulantes. Todos y cada uno imprescindibles para el funcionamiento general.
Así pues, tenemos a los tripulantes árboles que son los encargados, a través del sofisticado procedimiento de la fotosíntesis, de regenerar el aire que respiramos todos. Gracias a ellos el aire en la Nave Tierra es limpio y saludable.
Hoy he disfrutado de uno de los acontecimientos más hermosos que vivimos desde la Nave: el inicio del otoño.
Continúa la Comandante anotando en el cuaderno de bitácora.
Desde mi ventana de observación, situada en este caso a 41º de Latitud Norte y 2,1º de Longitud Este, magnitudes imprescindibles para movernos por nuestra nave, he visto el espectáculo.
La pequeña enana blanca aparecía y se ocultaba detrás de blancos cúmulos de vapor de agua, apreciándose su perfecta redondez.
Dejaba caer sobre la gran mar, rodeada de tierras, un hermoso chorro de fotones blancos que se derramaban sobre el agua. Parecía un líquido mágico vertido desde el athanor de un gran alquimista”.
Llegadas a este punto de la anotación en el cuaderno de bitácora, fue necesario buscar nuevos datos porque Lali que le preguntó a su abuela:
“¿Alquimista, athanor?, ¿qué es eso abuela?”
Una vez más la Gran Enciclopedia de Manuela daría la respuesta.
Leyeron atentamente las explicaciones de los términos buscados: alquimista y athanor.
Luego le dieron una interpretación comprensiva para que pudiera estar, como estaba, en el cuaderno de bitácora.
Un alquimista es o era la persona, que saliéndose del método científico por excelencia, de observación, experimentación y demostración, combinaba el uso de diferentes metales con conceptos espirituales, como la oración, para obtener un producto al que llaman “la piedra filosofal”.
Esta “piedra” tendría que tener el poder o la capacidad de convertir metales vulgares como el plomo o el hierro en metales preciosos como el oro o la plata, con sólo ponerlos en contacto.
Tal vez por eso, pensaba Lali que al poner en el cuaderno de bitácora: “un hermoso chorro de fotones blancos que se derramaban sobre el agua”, se referían a esa misteriosa mezcla que convierte las cosas en oro. La luz del atardecer de otoño era dorada y brillante como el oro.
Encontraron también y para que no hubiese dudas, que el “athanor”, es el horno donde se funden todas las sustancias que una vez solidificadas dan lugar a la piedra filosofal.
Estaba claro el “chorro de fotones de luz blanca” era la mezcla líquida que daría lugar a la piedra filosofal convirtiendo la tarde de otoño en luz de oro y también tal vez las rocas y arena de la playa. Seguro el athanor es el sol o la pequeña enana blanca.
La comandante siguió su anotación:
“Los colores del as de luz fueron cambiando lentamente. Sobre la cúpula protectora de la atmósfera, en ese punto, fueron apareciendo hermosos colores que iban del dorado amarillo al rojo más intenso.
Los cúmulos de vapor de agua se teñían de rojo al igual que la enana blanca llamada sol. Como la velocidad de giro de nuestra Nave Tierra es de 460 metros por segundo, la enana blanca iba desapareciendo sobre la mar muy rápidamente.
Al estar la mar calma y plana, el sonido de las pequeñas olas que llegaban a la playa eran rimados, casi hipnóticos.
Escuchaba voces y ladridos de otros tripulantes que se sincronizaban perfectamente con el ritmo de las olas. Como las aguas estaban de una claridad absoluta, podía deleitarme de la danza conjunta de los tripulantes que están en las aguas.
Compartía el momento con los tripulantes alados, que también les encanta observar a la pequeña enana blanca sumergirse en la mar. Ellos vuelan siempre rumbo a la estrella haciendo descansos para alimentarse y flotar meciéndose sobre las olas.
Nuestros ojos y sentidos se llenan de belleza infinita.
Ver el cielo de azul pastel reflejado en las aguas de la marisma, la luz de la estrella derramada a raudales sobre la mar, la música de las olas, silencios, suspiros, miradas, caricias, pequeños tripulantes con plumas nadando o volando, voces, ladridos…es cumplir el objetivo de la misión: ser felices”.
En este letargo de paz, la Comandante decidió desactivar la función “Tiempo”.
Esta función solamente hay que activarla para realizar los trabajos de mantenimiento de la Nave y de nosotros mismos.
Es una función que hay que controlarla y administrarla conscientes de que su mal uso pude y resulta nocivo o peligroso para el resto de la función VIDA.
Cuando está activada la Función Tiempo, por parte de los tripulantes autodenominados “humanos”, o sea nosotros, se corre el riesgo de estar ubicados en zonas inexistentes de la nave.
Es una función que tiene la capacidad de hacernos recordar momentos que ya pasaron y por lo tanto no existen. Esto fue diseñado para poder hacer tareas repetitivas. Mantener frescos los aprendizajes y realizar las tareas diarias en cada momento. Por ejemplo cómo curar a los diferentes tripulantes que sufren accidentes o enfermedades, o recordar y aplicar en el momento las fórmulas matemáticas aprendidas para reparar o confeccionar maquinarias o ingenios que nos ayuden en las tareas de mantenimiento de la Nave.
Pero el peligro está que esta función, la del Tiempo, al poder retroceder puede reproducir, momentos de miedo, pánico, tristeza o nostálgia.
Estos sentimientos, son parte de esta función. De hecho fue programada para cuidar la aplicación VIDA. Por ejemplo el sentimiento del miedo, es una alarma que alerta a los tripulantes al entrar en lugares de la Nave que pueden ser de riesgo individual o que podemos hacer una mala manipulación del lugar y provocar desperfectos serios en sectores vitales de la Nave como accidentes, incendios o derrumbes.
No siempre los tripulantes del sector llamado humanos, somos capaces de reconocer la alarma y provocamos serios desperfectos.
Por eso esta función, TIEMPO, se ha de manejar teniendo bien claros los objetivos previos a ser activada.
Por ejemplo, hacer un mantenimiento constante de la agrupación de los tripulantes vegetales en bosques, ya que estos son los responsables de la respiración correcta de todos los demás tripulantes en la Nave, incluidos los humanos.
Por esto hoy al observar el espacio desde esta ventana de la Nave hoy pudimos disfrutar del fenómeno astronómico llamado otoño.
-Mientras Manuela y Lali buscaban datos sobre la Tierra, encontraron la explicación en la Enciclopedia Universal de el porqué se producen las estaciones y porqué la Tierra está dividida en dos hemisferios: SUR y NORTE.
Esto es debido a que el Planeta, que gira sobre un eje como una peonza, este eje está inclinado y hay dos momentos cada seis meses en qué el Sol, nuestra enana blanca ilumina más horas al día un hemisferio que otro. A estos cambios se les conoce como EQUINOCCIOS, de primavera o de otoño.
Por lo tanto la Comandante de la Nave Tierra, miraba desde su ventanal que había menos horas de luz en el hemisferio Norte y por lo tanto sabía que comenzaba el otoño.
Continuaron con esta información escribiendo en el Cuaderno de Bitácora.
“Debido a la inclinación del eje de la Nave, lo que llamamos hemisferio Norte, comienza a tener menos horas de irradiación estelar. A este fenómeno le llamamos otoño. Un período en donde algunos de los tripulantes, los más antiguos navegantes, comienzan un período de letargo y reposo para poder seguir con fuerzas en su hermosa tarea de suministrar oxígeno al resto de tripulantes, manteniendo así en buen funcionamiento la función VIDA.
Desde este ventanal la observación es más que placentera.
Como siempre ocurre cuando haces estas observaciones, los sentidos del observador se agudizan.
Los momentos de observación son instantes o momentos llenos de eternidad.
Es cuando saltamos al vacío de la eternidad sin abandonar la Nave.
Es cuando disfrutamos plenamente de la función VIDA en todo su potencial.
Cierro cuaderno de bitácora, adjunto algunas imágenes de la observación.
Un abrazo estelar a todos los tripulantes de nuestra Nave Tierra.”
A las dos, abuela y nieta, les pareció fantástica la anotación de la Comandante de la Nave Tierra en el Cuaderno de Bitácora.
En estos juegos con su abuela, Lali, comenzaba su fascinante camino de convertirse en la eminente Doctora Eulalia Grau, física cuántica.
Empezó a darse cuenta que se encontraba en un Universo inimaginablemente inmenso, lleno de misterios por entender.
Se dio cuenta que todo lo inmensamente grande funciona a partir de todo lo inmensamente pequeño.
¿NOMOS Y HADAS O QUARKS SUBATÓMICOS?
A Lali le encantaban los cuentos que le leía o contaba su abuela donde los protagonistas eran los nomos o las hadas. Seres infinitamente pequeños, mágicos y invisibles para los ojos.
Seres que sin dudas son tripulantes de la Nave Tierra y que acostumbran a vivir en los bosques junto a los tripulantes vegetales. Hay también muchos que viven en las aguas, por ejemplo, las ninfas en ríos, arroyos, lagos y cascadas.
Luego están las sirenas que estas habitan los mares, los responsables de dar el color azul a la Nave Tierra vista desde el espacio.
Estos seres son invisibles a los ojos, solamente los puedes ver con el corazón, sintiendo la energía amorosa que emiten y que te hacen sentir tan bien cuando caminas o te sientas en una piedra en medio de un bosque, bebes agua con la mano de un río, caminas por una playa o estás en el pico de una montaña.
También los puedes ver con forma en el mundo de los sueños, muchas veces se aparecen y te hablan mientras duermes.
Manuela también le contó a Lali que hay seres de estos en el aire y en el fuego.
A los del aire se les llama ángeles, a los del fuego salamandras.
Lali recordaba perfectamente los días que iba a quedarse a la casa de su abuela.
Sobre todo le encantaban las noches de invierno y con tormenta. Eran las noches en que se iba a dormir pronto y Manuela se quedaba estirada con ella hasta que se dormía. Era para que no tuviera miedo de los truenos y rayos que menudeaban bajo el aguacero.
Además esos eran los momentos de los cuentos “inventados”. Los cuentos en donde todas las cosas eran posibles a partir de un simple pensamiento.
Así, el posible miedo se disolvía en la voz suave y tranquila de la abuela y el calor tibio y agradable de la cama.
La tormenta no paraba de hacer electrizantes destellos azules iluminando todo, como el flash de una cámara de fotos.
Los visillos de las ventanas de la habitación dejaban pasar la luz siempre enigmática de los relámpagos.
Suerte que duraban poco tiempo, porque acababan siempre en el estruendo explosivo de truenos o rayos.
“Seguro que Espurna y los seres del rayo, andan celebrando algo” – le dijo Manuela a Lali-.
“Espurna es nada más ni nada menos que el duende de los rayos, relámpagos, centellas y de todas las luces que aparecen durante las tormentas.” -continuó la abuela-
“El nombre se lo pusieron hace ya miles de años los antiguos habitantes de las cavernas. Según cuentan las lejanas historias, esas que como nunca se escribieron, jamás sabremos si son ciertas. Dicen que Espurna enseñó a utilizar el fuego a los habitantes de las cavernas. Parece ser que el poder de encender fuego sólo pertenecía a los seres invisibles, esos que no se pueden ver con los ojos. Son los seres que duermen en las nubes y en la luz de las estrellas. Al igual que todos esos seres infinitamente pequeños, les gusta jugar y reírse, como a cualquier hada, ninfa, duende o ángel.
La forma que tiene Espurna y los seres del rayo de divertirse, es juntar muchas nubes, darles de comer algo parecido a las palomitas pero que en realidad son bolas de energía y ver como estás las digieren o se atragantan. Aunque ellos dicen que son vitaminas que no vienen ni en jarabe ni en pastillas que hacen engordar las nubes.
Cuando las nubes están llenas, les hace ruido la barriga, son los truenos que escuchamos.
Después les hacen cosquillas, algo que le encanta a las nubes. Los seres del rayo se ponen a cantar hasta hacer llorar de risa a las nubes.
La letra de tan graciosas canciones son casi incomprensible para nosotros, excepto si nuestros corazones están ligeros y sin miedos.
Con las lágrimas de risa y las palomitas de energía los seres del rayo modelan varas de luz dorada para hacer más cosquillas a las nubes.
Todos ocupan sus posiciones en diferentes nubes. Se lanzan las varitas de nube a nube. ¡Parecen rocas rodando!” “¡Qué ruido más divertido!” – ríen los seres del rayo-
“¿Abuela me contarás la historia de como Espurna y los seres del rayo enseñaron a utilizar el fuego a los seres humanos de las cavernas?” – le pidió Lali a Manuela con los ojos iluminados por el fulgor de un relámpago-.
“Claro mi pequeña flor de primavera – así era como Manuela llamaba muchas veces a su nieta desbordando ternura- déjame poner cómoda en tu almohada y te la cuento enseguida.”
LA MÁGIA DE LOS SERES DEL RAYO
“Empezaré primero por explicarte cómo son estos seres o duendes juguetones.
Yo vi uno, no se si era el mismísimo Espurna o tal vez era se madre o su hermana o hermano.
Fue hace muchos años, pero lo recuerdo muy bien. Era yo por aquel entonces tal vez algo más pequeña que tú. No mucho más pero sí más pequeña.
Recuerdo que al atardecer se había desatado una intensa tormenta, mucho más fiera que esta de hoy.
Por aquel entonces vivíamos con mis padres, o sea tus bisabuelos, en una granja en el campo.
La casa la recuerdo muy confortable. Era de madera con dos plantas y techos de dos aguas.
En una casa como esta, las noches de tormenta se llenaban de ruidos inquietantes y misteriosos, sobre todo para una niña de 8 años.
El viento se colaba siempre por alguna de las ventanas que nunca cerraban herméticamente.
Así colándose entre las rendijas y con la impunidad de la noche, hacía que se escucharan desde aullidos de lobos hambrientos o tal vez otros animales más temibles hasta desgarradores lamentos que la imaginación de una niña podía convertir en almas de muertos o espíritus malévolos que vagaban por campos y montañas perdidos. Seguramente aprovechaban la oscuridad y la tormenta para entrar en casas solitarias del campo y atemorizar a los habitantes.
Pero un día, en medio de una tormenta, escuché al viento que se colaba por una pequeña ventana. No aullaba como un fiero animal ni como un espíritu malévolo. Sonaba como una flauta dulce. Un sonido agradable y suave. Enseguida decidí escuchar esa música del viento. Desaparecieron los temores y al sonido de la flauta le acompañaron los redobles de las gotas de la lluvia racheada golpeando los cristales de la ventana.
Recuerdo bien que me acerqué a la ventana, separé los visillos para deleitarme del repiquetear de las gotas y de las flautas del viento.
Afuera se veía todo muy negro. Aprovechaba la luz de los relámpagos para ver las copas de los árboles meciéndose. Cabellera larga, despeinada, revuelta. Parecían artistas de algún grupo de rock blandiendo sus guitarras.
De pronto, una bola de fuego de blanco brillante saltó de una nube posándose sobre la alambrada de uno de los corrales de la granja.
Era una espiral de fuego, girando, lanzando chispas incandescentes a todos lados en su giro frenético.
Reconozco que al principio me asusté, pero se me pasó cuando vi la bola de fuego ir corriendo por el alambre más alto del corral.
Parecía que era el mejor equilibrista del mundo, corriendo por por un alambre sin caer y además con el viento que soplaba.
Cuando llegó a la barra metálica que sostenía los alambres y era el límite de la larga puerta del corral, se detuvo con una gran explosión.
Ahí fue cuando lo vi. La luz blanca incandescente quedó azulada. Un pequeño ser vestido de plumas azules incandescentes, un fuego azul. Supe que un pájaro no era porque en lugar de alas tenía pequeños brazos con manos que no paraban de lanzar chispas a todos lados.
Los ojo eran enormes, en relación al cuerpo tan pequeño, y negros. Tan oscuros y negros que a simple vista podrían dar miedo. Pero no, ni gota de miedo. Eran unos ojos que sin escuchar palabra sabías que eran buenos. Se habían guardado las imágenes más bellas de todo el Universo, todo fue muy raro porque al mirar aquellos ojos entré en un mundo eternamente infinito y grande, pero partiendo de lo más pequeño, difícil de explicar.
Creo que como mi corazón estaba tranquilo y contento, escuchando las flautas del viento y los redoblantes de la lluvia en los cristales, pude ver adentro de los ojos de los ángeles del rayo.”
“¿Qué vistes abuela dentro de los ojos del ángel del rayo?” – interrumpió Lali intrigada-.
Vi como en un acto de amor, se apiadava de los pobres seres que vivían atemorizados en las heladas cavernas.
“¿Qué hizo entonces Espurna, abuela?”
Iluminó todo el cielo con la luz azulada de los relámpagos para que los homínidos que estaban en la entrada de la cueva pudieran ver el exterior perfectamente. Luego lanzó desde sus manos un potente rayo a unas ramas secas de un viejo árbol. Estas ardieron con un fuego amarillo maravilloso. Cesó la tormenta y unos de los homínidos, venciendo al miedo se acercaron cautelosos a los trozos de ramas que aún ardían en el suelo. Comprobaron que emitía un calor agradable pero si te acercabas demasiado te hacía daño. Uno de ellos cogió una de las teas caídas de la parte donde no quemaba y la llevó a la cueva. Vencido el miedo vieron que aquella llama iluminaba las zonas más oscuras de la cueva y les daba un calor agradable. Los más viejos dijeron que había que protegerlo con un círculo de piedras, mantenerlo dándole de comer ramas secas y adorarlo con gratitud porque era un regalo del cielo, era un trozo de sol para sobrellevar las largas noches de miedo.
Así fue como Espurna y los ángeles del rayo nos regalaron el fuego, bueno a nuestros antepasados. Imagínate si habrá sido importante Lali, que todavía hoy, pasados miles de años, en las culturas de muchísimos pueblos, existen fiestas que se rinde homenaje al fuego, a sus ángeles y dioses que nos lo dieron. Hacemos grandes fogatas donde nos reunimos a bailar en las fiestas de Sant Joan o el solsticio de verano, bajamos desde lo alto de las montañas teas encendidas para iluminar las plazas de los pueblos y un sinfín de rituales mágicos que nos recuerdan que hemos de cuidar el regalo del fuego.
La Doctora Eulalia Grau se encontró de pronto inmersa en el aplauso de ovación de todo el público puesto en pie que llenaba el paraninfo de la Universidad, acababa de hacer su discurso sobre el comportamiento de las partículas subatómicas.
Una lágrima de emoción se deslizó por su cara cuando en un as cuántico de luz vio sonriente a su abuela Manuela y destellos de luz azulada que la envolvían junto a Espurna y sus ángeles del rayo.
Un homenaje a todas las mujeres, en este cuento especialmente a las científicas.
Una de las grandes manifestaciones del AMOR sin dudas es la AMISTAD.
Este amor trasciende las fronteras del género, del espacio y del misterioso tiempo.
Como todo amor, la amistad, vincula a los seres humanos a través de esa energía etérica, intangible, invisible pero con la misma fuerza que hace girar la Tierra en su órbita solar. Es la energía inagotable del Universo, la fuerza gluónica demostrable en el macro mundo que habitamos.
Poder vivir el amor de la amistad es para mi el gran salto cualitativo de este instante que llamamos vida. Es trascender el mundo de la materia, el tiempo y el espacio. Con este amor podemos decir que trascendemos el limitado universo de las 3 dimensiones.
Vivir la amistad es vivir para siempre, ya sabemos que la energía es eterna y esta energía de amor funciona como un vehículo que nos puede transportar a universos en donde el alma y el espíritu son estados reconocibles del Ser.
Esto sólo se puede entender cuando has tenido la suerte o el deseo realizado de vivir el amor de la amistad.
Hoy en estos ratos en que el intenso calor del verano de septentrión, hace que todo vaya más lento y buscando la quietud de una habitación en donde el tiempo es un monótono giro de aspas del ventilador de techo, algo, no sé qué, me llevó al baúl donde están archivadas las fotos analógicas. Ahí guardo las fotos hechas por nosotros en un recorrido de unos 50 años, más las que heredamos de otras generaciones que en total deben de remontarse más o menos a 140 años.
Abrí uno de los sobres al azar y surgieron como salidas del sombrero de copa de un mago unas cuantas fotos que desprendían el amor de la amistad.
En mi niñez y adolescencia tuve la suerte de compartir esta celestial energía, la de la amistad, con un grupo de niños a los cuales nos unió, creo que eternamente, la fuerza del amor de la amistad.
Las fotos que pongo son mi homenaje a los amigos de la “barra del muro de Berlín”. Lo del muro de Berlín viene porque en el barrio de Montevideo dónde nacimos todos, mi casa estaba en la calle Berlín y separando el jardín de la acera había un muro. Allí, junto al muro nos reuníamos, primero a jugar con los trompos, a hacer cometas o hacer diana con flechas que tirábamos de arcos hechos de cañas al robusto árbol del paraíso que tan hermosa sombra nos daba. Después ya más grandes, a hablar de política, religión, filosofía y tantas inquietudes destinadas a cambiar el mundo. Era una época donde el Universo giraba en torno a un muro de la calle Berlín en Montevideo.
En una de las fotos, estamos todos los del núcleo central de la “barra del muro”: de izquierda a derecha, Antonio, Aldo, Fernando, Willy, Ricardo y Daniel. No sabíamos que era la última foto que haríamos todos juntos. Ricardo hace unos años que dejó el universo de las 3 dimensiones, aunque sabemos bien que ahí siguen su energía de buen humor, alegría y risa que tantas veces compartimos y tenemos bien guardadas en el corazón.
El motivo fue celebrar el reencuentro después de 20 años sin vernos todos juntos. Lo que no sabíamos era que también sería una despedida.
Desde aquel otoño austral de abril del 99 hasta hoy día no hemos vuelto a estar todos juntos. Si que nos fuimos viendo en grupo más reducido, pero la «barra del muro de Berlín» no se ha vuelto a reunir en su totalidad, en forma física nunca más.
Cada vez que nos encontramos, con uno o con otro, nos identificamos en la mirada, la sonrisa, el abrazo y el continuar distendidamente la conversación que tuvimos ayer.
Letras constructoras de palabras. Sois como los dedos de una mano. Sin letras no existen las palabras.
Cuando las palabras son susurradas, las letras se convierten en notas musicales. Dedos o notas musicales, siempre las palabras son capaces de acariciar cuerpos y almas.
Hay algunas que golpean y hacen daño, en estas prefiero no fijarme.
A mi me agradan las palabras que son manos abiertas y suaves, las que están siempre listas para deslizarse por una cara o un cuerpo desnudo, lentas, tiernas y cálidas.
Manos de palabras que acarician, las que dejan la piel erizada, los ojos entrecerrados y la boca entreabierta, mitad suspiro mitad éxtasis.
Hay letras que forman una palabra que lo abarca todo, lo envuelve todo y es todo.
Comienza por la letra “a”, la que manuscrita es un círculo al que agregamos un sólo brazo a su derecha, curvado extendiéndose al cielo. Este brazo se une a la letra “m”, la que manuscrita parece un puente de tres arcos por donde seguramente pasa río caudaloso, el último brazo del puente queda listo para unirse a un camino. Una vez del otro lado del río nos encontramos con la sensual “o”, formada por dos círculos uno grande que contiene al pequeño a modo de cabeza escondida que piensa y de ella sale al cielo una idea. Esta idea se convierte en el primer muro de la “r”, con forma de casa.
Esta es la que guarda los sentimientos trazados en las otras letras y es la que da sentido a la palabra: “AMOR”.
Hacer de esta palabra manos es hablar en silencio.
Si se juntan con otras manos que se impregnaron de la misma palabra, es hacer fluir eternamente la alegría, felicidad y esperanza.
Así con las manos y las letras sentiré el tacto suave de una cabellera, la piel tibia de una cara, la de unos brazos, un pecho o una espalda. Crearemos un círculo de fluir luz en donde dos se convierten en uno.
Estas letras formando la palabra tienen un gran poder creador. Cuando las manos también son corazón nos llegará una música que emociona, un perfume que deleita, unas imágenes de paz y alegría y los sabores más deliciosos.
Escribir estas letras con un lápiz es disfrutar de cada curva, cada lazo que une con suavidad una letra con la otra. Cada curva o vuelta de la letra te lleva a saborear y sentir el alma. Entras en el Espíritu, el que todo lo engloba, el que todo lo abarca, el que está en todo. El que es 4 letras creando AMOR.
La vida es un mar cuántico. Somos partículas de pensamientos.
Hubo un instante donde mi pensamiento era tener la forma de un niño. Con esta forma podía vivir las aventuras que me llevarían a un aprendizaje más en mi esencia de partícula cuántica. Pensaba la vida para así aprender a través de las aventuras.
Dentro de las maravillas que quería ver y vivir hay una que me fascinaba y me sigue fascinando, aunque ahora no tengo la forma de un niño de 5 años, esta es la de mirar los cielos con sus nubes.
Me encantan los cielos de vientos. En mi forma de niño mis pensamientos eran de ver estrellas y luceros. Por eso hacíamos cometas con forma de estrellas que volaban al sol entre las nubes con sus formas infinitas.
Los días de viento, que eran los más, las nubes se convierten en dragones blancos, pájaros, alas, caballos, leones o perros.
Todos sabemos que la forma de las nubes se la dan los seres del aire, los ángeles de los vientos.
Estos pueden desplegar sus enormes alas cuando se enfadan y soplan fuerte convirtiéndose en los grandes vientos como el Pampero o la Tramuntana. Hasta se pueden disfrazar de ciclón, tornado o huracán, si su enfado es mayúsculo.
Otras, sus alas son amables brisas o soplos de algún punto cardinal.
Ver a los ángeles del aire jugar con las nubes en el cielo, es un placer y un espectáculo.
Hoy disfruté viendo cómo jugaban a soplar las nubes desde adentro, para desgranarlas en chorros de nubes blancas.
En un trozo de cielo arremolinaron nubes hasta formar un cono danzarín.
Al estar jugando tan alto no oía sus cantos, pero como estaba junto a la mar oía el ritmo de las olas que con sus alas los ángeles del aire batían sin parar.
Creo que los vi y por es mi pensamiento es de alegría y pude ser uno con los ángeles del aire, ser viento, nube, sol y mar.
Lo hemos publicado en AMAZON Kindle. Presentado en formato ebook, accesible a todos los que optaron por esta tecnología para el hábito de la lectura y para los lectores del continente americano, ya que será lo más práctico por el tema de entregas.
También está en formato libro clásico de bolsillo, distribuido por Amazon en los países de la Unión Europea.
Antes de hacerles una breve reseña del libro, ponemos el enlace con Amazon Kindle para que lo puedan adquirir.
Este libro está dedicado los/as que disfrutan todos los momentos que en qué nos desplazamos de nuestro entorno mas cercano.
Así por ejemplo, cuando nos desplazamos de nuestros hogares al trabajo, siempre hay alguien que nos pregunta, ¿cuánto tiempo de viaje tienes?
Ese es el encanto, por breve que sea en tiempo y espacio, el desplazarnos siempre es un viaje. Sólo hemos de tener un buen amuleto para la buena suerte en el viaje y estar dispuestos a observar y compartir con los seres que nos encontramos esa experiencia y aprendizaje que nos regala «el viaje».
Un viejo amigo había hecho un cálculo muy curioso. Contabilizó el tiempo medio que pasaba una persona viajando a su trabajo, ya fuera en vehículo particular, autobús o tren, a lo largo de su vida activa. La sorpresa fue que esta persona durante los viajes podía estudiarse 2 carreras universitarias de 5 años de duración cada una. Sorprendente ¿no?
Por eso en este libro, viajarán con Tomás, el protagonista, preparando el viaje o de cómo seguir disfrutando del viaje cuando este se sale del guión previsto y de vivirlo siempre como una aventura, una experiencia y una gran adquisición de conocimientos.
Todo comienza con el regalo a un niño de una cámara de fotos para uno de sus cumpleaños. Cámara que se convertirá en una cámara de fotografiar sueños y viajes que sólo están en el futuro pero que al usar la cámara como amuleto de buena suerte, estos viajes se hacen realidad.
Mi deseo, que lo disfruten y compartan con Tomás y su familia un extraordinaria viaje.
Si alguien quiere compartir en este Weblog sus opiniones y sensaciones, será bien recibido. Muchas Gracias.
La memoria es como una red de pesca de trama fina. Algunos recuerdos, tal vez porque los consideramos cotidianos y hasta rutinarios, como puede ser salir de la cama cada mañana, nunca quedan atrapados en la red de la memoria. No quiere decir que se pierdan o desaparezcan sino que están como tornillos o tuercas en una caótica caja de herramientas: nadie sabe en qué momento pueden servir. Esos recuerdos están ahí, sin tiempo, esperando ser útiles alguna vez. Encerrados en la insondable caja de la memoria.
Pero hay otros, que sí quedan atrapados en la red. Son los recuerdos que nos provocaron sensaciones y emociones de tamaño tal que la memoria los atrapó en su red.
Una ida o marcha, no contemplada y planificada del lugar donde naciste y te has desarrollado una etapa de tu vida, sin lugar a dudas crea sentimientos y emociones tan grandes que la red de la memoria las atrapa y sólo las libera cuando el soñador o navegante decide liberar el recuerdo atrapado.
Cuando decido liberar alguno de estos recuerdos, intento cuidar mucho de dejar marchar hacia el inmenso mar del olvido los sentimientos cubiertos por espinas o aguijones venenosos como puede ser el miedo, la ira, la tristeza, la soledad, la angustia… Una vez extraídos, mediante el reconocimiento, el amor y el agradecimiento por haberlos sentido y vividos, nos queda un recuerdo maravilloso. Limpio, agradable, lleno de amor, de aventura, alegría y la increíble sensación que has vivido algo único, irrepetible y que tienes la suerte que la red de la memoria lo atrapó para poder limpiarlo y evocarlo cuando quieras.
Así fue que rescaté de la red de la memoria mi primer exilio. Este fue dentro del territorio de la República. A mis 11 años y por motivos de ruptura familiar, tuve que marchar con mi madre a casa de una tía en la ciudad de Rocha.
La marcha de mi Montevideo natal fue muy dura, pero como contrapartida y como un auténtico regalo de la vida, pude vivir y conocer una de las zonas más maravillosas del Planeta. Por aquella época era tan inaccesible y solitaria que se la consideraba, vírgen.
Uno de estos lugares era el Cabo Polonio. Digo era porque ahora y desde los últimos años cayó engullido por la aplastante maquinaria del negocio turístico. Pero bueno en la red de la memoria se conserva pura, salvaje, peligrosa y tierna.
Para acceder a este promontorio rocoso que se adentra en el Océano Atlántico, en aquella época era bastante épico o digamos dificultoso.
Cuando iba, lo solía hacer con el sistema de «autostop» o «a dedo» como le decimos nosotros, los orientales.
Para ir al Polonio, elegía la Ruta 10, es la que va más cercana a la costa. La Ruta 9 es la Panamericana mucho más transitada y alejada de la costa ya que discurre por el Paso de la
Angostura, único lugar con continuidad de «tierra firme» entre las inmensas lagunas, de Rocha, Castillos y Negra, que comunican con la mar por el sistema de «barras arenosas». Al costado que mira al Sur, el océano Atlántico y al Norte los extensos bañados o marismas.
Cuando conseguía llegar lo más cerca posible de la laguna de Castillos, comenzaba un trayecto hacia el Polonio de unos cuantos quilómetros, dependiendo de dónde me dejaran en la ruta.
Había 2 caminos posibles para llegar al solitario Cabo. Uno era ir por la costa, el preferido por mi, ya que iba disfrutando de la firme arena de la playa, las inmensas olas llenas de espuma yodada, el olor a salitre, a mar y el eterno rugido de miles de olas rompiendo al unísono. Ese salvaje y solitario conjunto dejó atrapado en la red de la memoria la sensación de inmensidad, de pequeñez corporal ante tan enorme paisaje y lo más importante, ver que te conviertes en espíritu y del pecho surge la expansión que te hace ser todas las cosas. Algo así como debe de ser un estallido cósmico. En ese estado eres océano, viento, nube, ola, ballena, tiburón, albatros, eres un atomizado de átomos tejiendo historias.
Me fascinaba ver las aletas y los chorros de agua de las ballenas australes jugando con sus crías, o ver «volar» entre las olas a las gigantes rayas negras con sus más de 3 metros de diámetro. Al ir acercándome al Polonio, el encuentro era con los enormes lobos marinos, mirándome pasar, ellos inmutables con su casi tonelada de peso.
Todo un placer para los sentidos.
El otro camino para llegar al cabo, consistía en caminar unos 10 km. a través de los enigmáticos médanos móviles, lo más parecido a una travesía por el desierto del Sahara.
La única diferencia era escuchar constantemente el relajante rugir de la mar, eso sí, lleno de advertencias.
Cuando llegaba a la cúspide de un médano, el paisaje no tenía parangón.
Mirando al Sur la interminable mar azul, oscura y profunda, al Norte, las praderas verdes y el brillo de los bañados.
Uno de aquellos días de visita al Cabo Polonio, quedó muy bien atrapado en la red de la memoria.
Fácil de reconocer, ese día, porque entre las rocas y la gruesa arena del cabo encontré una caracola enorme, sin dudas regalo de las sirenas.
En el enigmático Polonio, pude sentir sus miradas llenas de ternura y curiosidad.
Si atiendes bien y discriminas entre el rugido de las olas y el de los lobos puedes escuchar sus voces suaves y finas, capaces de ir desde los oídos hasta el corazón.
La decisión de la vuelta fue por los médanos para así alcanzar la Ruta 9.
Si no encontraba a nadie que me acercara en su vehículo, tenía el autobús de línea, el que hacía el trayecto de la ciudad fronteriza de Chuy a la ciudad de Rocha.
Era otoño y las temperaturas a la tarde ya comenzaban a caer en picado. La zona aquella siempre se caracteriza por el viento, ya lo dice la letra de una canción: «…..donde el viento no reposa….».
Hasta hacía poco rato había estado soplando el Pampero (viento Sur, frío y seco) en su versión moderada, cosa que no presentaba inconveniente para acceder a la Ruta 9 por los médanos.
Pero vete aquí que el viento hizo un viraje repentino. Ya llevaba un buen trecho de la travesía.
El sureño Pampero viró a SE, indicando una inminente «sudestada». El viento del Sudeste, viene cargado de humedad atlántica, agolpa renegridas nubes y desata las tormentas más fuertes de lluvia y viento.
La arena de los médanos empezó a volar con fuerza, cambiando el paisaje rápidamente. De aquí le viene el nombre de médanos móviles, al no haber árboles que los fijen, ellos entran y salen de la mar de acuerdo al viento que sopla. Muchos «románticos» que habían decidido hacerse una casa en aquellas soledades, las perdieron sepultadas completamente por la arena.
Tuve que envolverme la cara con la camisa porque la arena me cegaba los ojos y se me incrustaba en la boca y nariz.
Normalmente solíamos ir al Polonio en grupo de dos o tres amigos pero aquella vez había ido solo. Sin brújula, sin visibilidad y con el cielo nublado, empecé a sentir la miedosa angustia de que te puedes quedar enterrado en la arena.
Cada vez me sentía más cansado. Desorientado iba caminando contra el viento, mala elección. Era consciente que no podía parar porque sentarme era quedar cubierto por la arena en pocos minutos.
De pronto pensé en el sol y en aquel cuadro del Ángel de la Guarda que mi madre tenía inamovible en la mesa de luz de mi habitación.
Inmediatamente sentí un susurro en el oído que me decía: «el viento es del SE, la Ruta está al Norte, deja que el viento te empuje».
Más calmado y tranquilo me dejé llevar por el viento sintiendo el empuje de la arena en la espalda, como si una enorme mano me llevara.
No se cuanto anduve subiendo y bajando médanos pero el hecho es que llegué a la R9. El último tramo, campo a través por que me había apartado unos kilómetros del destino deseado.
Pero ahí estaba, cansado, sonriente, lleno de arena y mojado, ya había empezado la lluvia. Mientras esperaba el autobús, todavía resuena en mí la sensación de agradecimiento de oír a la distancia el típico silbido del motor de dos tiempos de los autobuses GMC de la ONDA (la mítica compañía de autobuses que llegaba a todos los rincones de la República). Sonido que me supo a gloria en la inmensa soledad de aquellos campos del Sur.
Además de haber quedado atrapada en la red de la memoria, aquella experiencia sobrevivida me dejó una gran enseñanza, un camino a seguir: cuando me encuentro perdido y abrumado caminando por los médanos móviles de la vida, escucho al viento y permito que sus grandes alas me envuelvan y me lleven. Estoy completamente seguro, porque es así, que siempre, siempre, siempre me dejará en un buen puerto o en una buena ruta donde habrá un autobús protector esperándome.
Que los vientos siempre nos lleven a lugares donde nos sintamos y seamos felices.
PD. En la red de la memoria hay más historias atrapadas.
La caracola, regalo de las sirenas del Sur, siempre me acompaña.
He visto la luna escurrirse por las fachadas de edificios casi dormidos, intentando escapar de las luces de la calle.
Luz fría y blanca derramándose por las fachadas. Se escapa entre los barrotes de hierro de balcones que no pueden atraparla.
¿Luna o fuente inagotable de luz lechosa, plateada? Viertes tu luz como una cascada sobre las fachadas, cuando están envueltas de noche, sólo son siluetas negras que tu luz resalta.
Miro los edificios llenos de sueño y ganas de ser bañados de luz lechosa y blanca.
Conviertes las cortantes aristas de algunas fachadas en veloces rampas de bajada. Así, tu líquida luz llega a las calles para iluminar de sueños a seres adormilados.
Hay fachadas llenas de curvas y líneas onduladas. Son como una mujer deseada saliendo de su baño de leche tal y como hacía la reina Cleopatra.
Luz de luna escurriéndose por las fachadas, pasión y misterio de piel erizada. Haces sentir y ver cosas que las sombras esconden y guardan.
Luz líquida, amorosa, sigilosa, lechosa y brillante, en un cántaro de plata. La ninfa de las estrellas, en sus manos suaves sostiene el cántaro que es la luna. Con una radiante sonrisa vierte sobre las calles, sobre las fachadas y los caminantes cansados su luz líquida lechosa y brillante.
Si te baña el agua de luna podrás soñar con los ojos abiertos o con los ojos cerrados, sólo hay que dejar que te lleven sus aguas.
Secretos de luz de luna escurriéndose sobre las fachadas.
Lleno de palabras viene el aire de primavera. Palabras mezcladas de perfumes dulces: azahares, retamas, tomillos, romeros y oréganos.
Son palabras que si las escuchas esparcen en el aire susurros de un “te quiero”, “gracias”, “te amo”.
Vuelan cargadas de colores para pintarlo todo. Estallan los rojos, blancos, amarillos, lilas, azules, verdes, grises o marrones, todos ellos llenos de matices y combinaciones. Así pintan las rosas, las malvas, las borrajas, retamas e hinojos.
Palabras que son sonidos, flotan en el aire como zumbidos alados de insectos, murmullos de alas en los nidos, trinos y cantos en las ramas. Por las noche el ulular de las rapaces nocturnas nos hacen adivinar el silencio de su vuelo.
En el aire hay palabras de bocas que se besan, estas palabras son ligeras y etéricas, las reconoces en un suspiro, un aliento o un jadeo.
Si te sumerges en el aire y dejas que las palabras atomizadas te toquen, sentirás como el tibio sol acaricia tu cara o como la lluvia fina disuelve las lágrimas. Palabras que son los pies mojados caminando por la fresca arena de una playa. Hay palabras tan hermosas que hacen sentir el tacto de unas manos entrelazadas.
Otras palabras llevan sabores. De miel, hinojos tiernos o labios con sabor a madreselvas.
Parece mentira que todas estas palabras estén en el aire. Para verlas, sentirlas, olerlas, escucharlas y saborearlas tienes que atraparlas. Ser un pescador de palabras. Para ello hay que utilizar la red de hilos de sueños, que todos llevamos en el corazón guardada.
Salir en primavera a pescar palabras siempre llena el alma. El aire de bosques, mares, ciudades, praderas y montañas está lleno de palabras. Están para ser pescadas y escritas. Son interminables.
Lo maravilloso que tienen estas palabras pescadas es que cuando alguien al leerlas después de escritas las abre, vuelven a la vida. Sentirás entonces la ternura del beso, el zumbido de las abejas, la lluvia en la cara, el calor del sol en todo el cuerpo, el color de las flores, los suspiros de amor a corta distancia, la oscuridad de la noche, el cielo estrellado, la luna flotando en el agua.
Si haz hecho una buena pesca sabrás que todo está en las palabras atomizadas en el aire. También hay en el aire las palabras tristes o las que hieren como lanzas, éstas cuando las pesques, no las escribas, devuélvelas al aire. Ellas, las tristes e hirientes serán sonrisas cuando el aire las lleve cerca de un abrazo, una caricia enamorada, un fraterno apretón de manos o unos niños jugando.
Desde la ventana del tren veo como se desliza la noche. Gelatinosa y lánguida avanza sobre las vías, esparciéndose sobre los pueblos que se van durmiendo. Inunda los campos de oscuridad de luna, siempre llena de secretos y misterios.
Mientras el tren se sumerge en la noche, los edificios se apagan lentos, despacio, en silencio. Pocas son las ventanas que dejan escapar luces tenues, llenas de sueño o anunciando un amor ardiendo, otras ya cerraron sus ojos para no ver la noche ni sentir sus misterios.
El tren avanza somnoliento, de estación a estación que con sus frías luces marcan la periferia de un pueblo.
La noche lo detiene, abre las puertas. Como el aire respirado por la boca salen viajeros rendidos al cansancio y el sueño. En algunas estaciones, otros entran, van a sus pueblos, ya engullidos por la oscuridad gelatinosa y lánguida que sólo el tren horada lento. Pero cuando cada uno baja sabe que ese es el lugar de su sueño. Sabe que la oscuridad y la noche lo mecerá con la canción de la luna y las estrellas, viajando por mundos absurdos e inexplicables con el tren de los sueños.
El tren seguirá hasta que la noche gelatinosa y lánguida lo detenga en su estación de sueño. Sin voces, sin nadie adentro, sin respirar gente, solo y vacío se irá apagando sobre los raíles fríos de una vía muerta.
Suerte que por muy larga que sea la noche, mañana el sol le hará recuperar el aliento.