La tenue luz de las estrellas

A la pequeña Núria a sus diez años de edad le agradaba mucho mirar el cielo nocturno de septentrión. En las noches frías de enero cuando volvía a su casa con su madre, de realizar algún recado, o una visita, le fascinaba ver el paisaje de miles de lucesitas enganchadas en el cielo. Bueno de vez en cuando alguna se caía. Era tan rápido que ni tiempo daba en formular el famoso deseo que había que pedir.

Lo que no sabía Núria era que si miraba fijamente por un rato una de esas lucesitas, podía «ver», o mejor «sentir» imágenes y sensaciones que ocurrían en lugares remotos y jamás soñados.

Así fue que aquella noche de invierno boreal con el cielo inmaculadamente despejado, Núria miró fijamente una estrella que titilaba o mejor dicho tiritaba de frío, que estaba un poco por debajo del cinturón del gigante Orión.

Seguramente nunca supo porqué empezó a sentir una brisa marina con profundo perfume a mar. Lo sorprendente era que la calle por la que iba, su casa y su pueblo estaban a muchos quilómetros de la mar.

Con la tenue luz de aquella estrella, había comenzado a ver escenas que la luz estaba viendo al otro lado del mundo.

En el Sur del Sur, en la Tierra de los Pájaros Pintados, un grupo de muchachitos se acercaban al faro de la Paloma, en el Cabo de Santa María a pescar pejerrey «a la encandilada». Pertrechados para la ocasión con un gran calderín, para atrapar los escurridizos pejerreyes y un farol a mantilla, marchaban contentos a instalarse en un lugar protegido de las rocas del faro. Pensaban, ya bien entrada la noche asar los peces pescados con un buen fuego en la solitaria noche del verano austral.

Metidos en el agua del océano hasta la cintura, dos sujetaban el gran calderín suficientemente sumergido y el tercero sostenía el farol, con la parte luminosa semi cubierta, intentando alumbrar el lejano horizonte. Imprescindible era evitar que una ola acallara la luz del farol con mantilla incandescente alimentado de queroseno.

Después de no mucha espera, el calderín fue levantado con 6 o 7 pejerreyes bien grandes y gorditos. Ya era suficiente par una deliciosa cena junto al fuego.

Mientras se dirigían hacia las rocas donde tenían la ropa seca constataron que la noche sería muy oscura, negra. Era Luna Nueva y habían visto desaparecer en los campos lejanos el finísimo aro de luz brillante.

El faro hacía ya un buen rato que disparaba ases de luz que el oscuro océano tragaba con ansias. Al llegar a la parte más alta de las rocas se dieron cuenta que no necesitaban del farol ni la linterna para encontrar dónde estaba la ropa.

Todo sucedió en un instante de eternidad.

Algo les sumergió en un silencio poblado de sonidos como si estuvieras en un cuarto insonorizado y escuchas el latir de tu corazón.

La mar con sus cientos de olas rompiendo al unísono generaba un murmullo que envolvía en calma todo el aire. Se detuvieron, quedaron los tres muchachitos como enganchados a la gruesa arena del faro. Fue como si una gigantesca varita mágica los hubiera convertido en estatuas blandas, llenas de asombro.

Hasta donde les daba la vista, todo, absolutamente todo estaba iluminado por una luz tenue, azul plateada. Se derramaba por los médanos, las rocas, la playa, hasta se podía ver el horizonte de cielo y mar. Algún avezado experto la habría catalogado de «luz fría». Todo lo contrario, era envolvente y fresca llena de perfumes de mar, pineda y campo. Aliada de la brisa marina tan agradable en los veranos australes.

Millones de estrellas, cúmulos y galaxias componentes de la Vía Láctea derramaban su leche azul plateada, iluminando todo, llenando todo de magia, de misterio infinito.

Uno de los muchachos miró al cielo, vio el gran espectáculo, se sintió observado, como si una de las estrellas le estuviera mostrando a Núria, que estaba al otro lado del mundo, una escena de unos muchachitos pescando.

Al ver el espectáculo su alma, la del muchacho, se sintió enorme, infinita y eterna. Supo que eran las estrellas y su luz, también las ínfimas noctilucas que juntas llenaban de luz la espuma de las olas cuando estallaban en las rocas o en la playa, también era la luz de las luciérnagas volando por el campo, las que lo iluminaban todo, hasta las almas.

Como todo era tan tierno y mágico no le dio importancia cuando la estrella brillante que está arriba del cinturón del gigante Orión le envió la sonrisa de una niña asombrada. Núria pensaba que soñaba despierta con un mundo que se iluminaba con las estrellas, las luciérnagas y la espuma de las olas del agua.

El faro solitario lanzaba destellos desesperado, no sabía que aquella noche las estrellas no dejarían encallar ningún barco.

Para todas las almas que son niños/as, y sepan que los sueños de estrellas en algún lugar son auténticas realidades.

Siempre mira las estrellas, verás como te hablan. Sólo tienes que escucharlas.

Quiero verte más allá del sueño

Quiero verte más allá del sueño

Ese espacio sin tiempo

Quiero ver tu pelo volando al viento

Estirar mi mano más allá del viento

Quiero bañarme en tu mirada

Nostálgica, tierna sin tiempo

Quiero ver tu sonrisa de universo

Acariciarte el corazón fuera del tiempo

Pero, ¿cómo hago para salir del sueño?

Sólo soñando que estoy despierto.

Latidos de sueños

Corazón que lates en los sueños

Te imagino y veo latiendo en labios frescos

En manos recorriendo cuerpos

Geografía de latidos escapando del sueño

Corazones fundidos en la alegría del encuentro

Vuelvo al sueño mi corazón sigue latiendo

Sigo eligiendo fundirnos en el beso

Recorrernos el cuerpo, salirnos del tiempo

Ritmo de corazones latiendo creando todo un universo

Dame tu mano compañera del viento

Volvemos juntos en latidos para crear un universo

Vivamos el mismo sueño. 

oznor

La «Mercé» una barca de luz

Tantas noches navegando Mediterráneo a la luz de las estrellas, surcando olas blancas.

Tantos sueños de lunas nuevas, crecientes, menguantes, llenas.

Luces incandescentes para llenar de sardinas y boquerones tu panza hambrienta.

En las largas noches de espera hablabas con las estrellas

las siete hermanas de las Pléyades te decían que la noche estaba serena

Orión te cedía sus canes para cazar cardúmenes en redes de pesca,

Polaris te marcaba el Norte, donde estaba la tierra para que no te perdieras

Tu girabas para capturar a los peces, las estrellas giraban en la bóveda celeste.

Con la luna el diálogo era de un amor eterno

ella te pintaba caminos de plata en las noches negras

tu disfrutabas navegando envuelta en su plateada cabellera

cuando te quitaron de la mar y te dejaron morir lentamente en tierra

la luna te visitaba cada noche usando una escalera,

te llevó una noche al cielo con ella para seguir navegando por la mar de estrellas.

Mi barquito de papel

Dónde estará mi barquito de papel. Aquel que hacía con el papel de sueños. En realidad era un papel de estraza que antes había contenido medio kilo de arroz o de azúcar comprado en el almacén del barrio. Lo alisaba con esmero para empezar los pliegues necesarios hasta convertirlo en todo un barco. Cada pliegue que iba haciendo era un universo que viajaría con él. 

Mientras cantaba un poema de Nicolás Guillem:

“Por el Mar de las Antillas

anda un barco de papel:

anda y anda el barco barco,

sin timonel……

Pasan islas, islas, islas,

muchas islas, siempre más:

anda y anda el barco barco,

sin descansar.”

Lo iba construyendo, haciendo dobleces hasta desplegar las dos puntas que darían la forma definitiva a mi barco.  

Ya lo imaginaba navegando veloz sobre la desatada correntada que casi cubría el bordillo de la acera, después de la intensa lluvia. Lucharía hasta el último aliento con el océano embravecido de olas inmensas o sortearía escollos y rápidos de caudalosos ríos nunca antes explorados por el hombre. Cuando navegaba por un inmenso charco dejado por la lluvia, entraba en los mares antillanos de Guillén llenos de islas con palmeras y papagayos multicolores. Siempre alerta porque los malvados piratas se escondían detrás de las islas para capturar desprevenidos barcos. Por eso los cañones construidos con varitas de platanero siempre estaban preparados para repeler cualquier agresión.

Cuántos mundos y universos llegué a visitar navegando con mis barquitos de papel.

En invierno cuando los charcos amanecían congelados, de camino a la escuela, era un impresionante rompehielos explorando la Antártida. Lo dejaba sobre el charco congelado así al mediodía, al volver de la escuela ya estaba navegando por una mar fría pero con el hielo dominado. Mientras explorábamos, veía desde la cubierta enormes rebaños de lobos y leones marinos descansando sobre el hielo. Otras veces escuchaba atento el griterío de las enormes colonias de pingüinos emperador, los más grandes, mientras enseñaban a sus pollos a deslizarse hacia la mar desde empalizadas heladas.

Así iban navegando mis barquitos de papel hasta que no resistían más la humedad y se deshacían en el charco o eran engullidos por la “boca de tormenta” que tragaba la correntada. 

Pero su valiosa carga de sueños y de historias que en cada doblez del papel llevaban siguen navegando ufanos y victoriosos en mi corazón.

Por eso cuando me pregunto “¿dónde estará mi barquito de papel?” surgen de mi corazón prestos a navegar de nuevo y ahora convertido en experto marinero, salir a descubrir mundos que voy creando.

Polaris y los Magos

Noches frías y serenas de enero, esas en donde el cielo se convierte en una ronda de estrellas girando sin parar en torno a Polaris, son especiales. La vara mágica del Gran Mago, es el eje de la Tierra y su punta brillante es Polaris, siempre quieta.

Hace girar la rueca hilando en el cielo la capa de los Magos llena de lunas y estrellas.

Cada noche en Septentrión es una danza de estrellas entorno a la luz de la vara mágica que hace girar la Tierra.

Pero hay una noche más especial que las otras. La del 5 de Enero. Es la noche en que cabalgan desde el misterio tres Grandes Magos venidos de muy lejos.

Es la noche en que todos volvemos a ser niños. Es la noche que volvemos a recordar cosas que sabíamos y se nos fueron olvidando. Como por ejemplo que la magia existe, que se crean cosas con sólo pensarlas.

Tres Magos con regalos a la Luz acabada de nacer del solsticio de invierno.

En la pureza de los pensamientos de los niños está la Luz inmaculada, de la que surgen todas las cosas. Esa noche del 5 de Enero, los Magos Celestiales se visten con sus trajes de estrellas que giran ens sus gorros cónicos rematados con la luz de Polaris.

Comienza la magia. Le regalan a la Luz recién nacida tres sustancias para que esta Luz pueda crear un mundo donde pueda «sentirse» a ella misma a través de un cuerpo.

Oro, para que a través de su riqueza no le falte nunca sustento y techo a ese cuerpo. Incienso, para que al quemarlo la Luz siempre recuerde que es Espíritu que une cielo y tierra y que procede de las estrellas. Mirra, para cuidar el cuerpo con salud perfecta, así poder deleitarse con los perfumes, escuchar el canto de los pájaros, saborear el agua fresca, ver con claridad valles, praderas, mares y montañas, sentir el abrazo fraterno, la caricia de una madre y el beso apasionado.

Los Magos Celestiales bien saben todo esto y con sus regalos todos recordamos que somos Luz de estrellas. Esta noche guardamos en nuestros corazones el Oro, el Incienso y la Mirra para cuidar y mimar nuestros pensamientos. Con la pureza del niño crearemos mundos donde todo está hecho con el Amor de la Luz de las Estrellas.

«Burning of Darkness» de Nicholas Roerich

Poema cuántico

El ritmo de las olas engaña al tiempo

vaivén de espuma y algas

lo hacen perderse en breves universos

sólo el corazón puede abrir ventanas al tiempo

para ver mares y soles a ritmo de olas

hacer que se pierda el tiempo

cuando el tiempo se pierde en algún universo

sólo están las olas, la mar, la pineda y el viento

puedes oler y sentir caricias y besos

sabor a mar y pinedas enredadas en el viento

Siente el ritmo de las olas

deja que se pierda el tiempo.

Dualidad

Llega la Navidad al hemisferio Norte del planeta. Invierno en septentrión. Las noches que se fueron alargando inexorablemente frenan su carrera de oscuridad con el Solsticio. A partir de ahí el sol, bien bajo en el horizonte, comenzará su ascenso triunfal.

Son noches largas de recogimiento de las familias junto al fuego. Adornar un árbol con luces, ofrecerle regalos para que él no se olvide de nosotros cuando llegue el verano y nos colme de frutos. En las cocinas, olor a caldo caliente y carnes horneadas. Comidas calóricas para soportar mejor el frío de la tierra helada. Días para estar con la família compartiendo generaciones, inmortalizando ritos y tradiciones. Siempre flotando en el aire el recuerdo amoroso de los que han marchado al gran silencio o misterio que es la muerte, la plácida y serena alegría de los que ahora saben ocupan el lugar de los seres que marcharon, la fuerza y empuje de los «medianos» llenos de futuros y la alegría inocente, espontánea, pura y siempre en el tiempo presente de los niños. Con ese espíritu, las casas se llenan para compartir el sentimiento de Amor que nos identifica como «humanos».

Los que nacimos en el hemisferio Sur del planeta y vivimos nuestra infancia y parte de la juventud, nos resulta inevitable vivir en una dualidad de sensaciones y sentimientos.

Compartimos y disfrutamos junto a nuestros hermanos del Norte, la Navidad en invierno con todo lo que hemos explicado antes, pero…… Es inevitable que de vez en cuando, hagamos saltos cuánticos en el espacio tiempo. Hay momentos, que no se cuanto duran, que estás fuera del tiempo lineal. Son momentos en que moléculas de algun olor o perfume o fotones de un rayo de luz o la radiación calórica del fuego, te transportan. Así me sucede a mi, que a veces un olor me lleva a la cocina de mi infancia. Aparece mi madre en la cocina del verano austral con su delantal, cantando mientras preparaba el delicioso «tuco» para acompañar la pasta de la cena de Noche Buena. Otras veces es el olor a leña que me lleva al patio de mi casa entre naranjos y berros de agua junto a mi padre, preparando el fuego y la enorme parrilla, muy temprano, para aprovechar la fresca de la mañana, y empezar a asar el cordero o lechón de Navidad. Había que empezar muy pronto porque el ritual era lento, lleno de aperitivos, risas y charlas mientras se iba haciendo la carne. Bajo la protectora sombra de uno de los naranjos, me veo jugando con piedrecitas y cañas construyendo poblados indios en miniatura.

De pronto un destello de luz o el calor de las brasas en la cara me lleva otra vez al Sur, a la Navidad en verano. Mediodías poblados por el canto de las chicharras y las calles «humeando» al calor de la distancia. Niños jugando con agua mientras se regaba con la manguera las aceras del barrio, planificando ir mañana a la playa y bañarnos en las aguas del río grande como mar.

Días largos, noches cortas la del verano. Cielos sembrados de estrellas, cual de ellas más brillantes, en los lugares aislados del campo, si no hay luna puedes iluminarte con la luz de la galaxia.

Dualidad plácida la que vivimos los que cambiamos de hemisferio. Hoy he vuelto a hacer el salto cuántico con los cantos familiares….»caga tió, tió de Nadal, no caguis arengades que són massa salada, caga turrons que són més bons»…… y la magia infinita de las estaciones nos sumerge en este misterioso y maravilloso mar cuántico que creo, es la vida.

Al Cabo Polonio y su faro, tal vez el del fin del mundo.

Cuando la vida te para en esta loca carrera a ninguna parte, aprovecho para darme la vuelta y mirar el camino recorrido.

Es entonces que veo pequeños escenarios en donde pasé instantes de la vida, están a oscuras y en silencio. Vasta con una simple evocación que surge en forma de un olor, un tacto, un sonido, una imagen para que el escenario se ilumine y empiecen a aparecer los actores del instante.

Cuando empieza el espectáculo, me instalo cómodamente en la butaca especial del corazón. La obra es tan real que enseguida comparto escenario con los actores.

Faltan aún 4 o 5 kilómetros para llegar, ya respiro el aire frío impregnado de olor a océano. El camino entre los médanos se hace pesado. Sólo lo compensa la visión de la mar de arena dorada que llena mis ojos. Los médanos no dejan ver la mar, la de agua, sólo sentir su perfume de dama enamorada. Intenso perfume, a salitre, algas, tiburón. Perfume que te envuelve con la inmensidad de las fosas abisales del Sur, blanco y fresco de los témpanos de hielo perdidos, la fuerza y la intensidad de las ballenas australes, la gracia y ligereza de los pingüinos.

Por fin sin saber como, el rugido de las olas me dicen que la mar está cerca.

Sonido constante, relajante, el de la mar sacudiéndose en mil olas la espuma llena de yodo, para que el viento forme con ella bolas gigantescas y correr como locas por la interminable playa.

Cuando siento el rugido o murmullo de las conversaciones de los lobos marinos se que una vez pase este médano me encontraré frente al océano, la mar de mares.

Me detengo en lo alto del médano, porque cuando estás en este escenario, el tiempo desaparece o estás en otro tiempo u otra dimensión. Respiro profundamente, extiendo los brazos. Abrazo el infinito que se extiende ante mi. El aire de la mar llena mis pulmones, me despeina y con silbidos me murmura historias en la oreja. Mi vista recorre la ancha playa, se detiene en las inmensas y erosionadas rocas del Polonio, rematadas por el faro, tal vez el del fin del mundo.

Sobre las lisas y pulidas rocas, escultura realizada por la mar y sus enormes olas, descansan al sol del Sur la colonia de lobos marinos. Mastodontes pesados y lentos en tierra y ágiles voladores de aguas embravecidas, haciendo su descanso. Seres de miradas tiernas, llenos de amor, agradecidos de la mar que los alimenta y las rocas del Cabo que les dan calor y protección.

Instantes de soledad llena de compañía. Inmensidad que llena mi alma. Miro al Sur hasta donde la mar me lleva. El viento me dice que horizontes más allá, está helada la Antártida.

No muy lejos de la costa veo las enormes aletas traseras de dos ballenas australes sumergiéndose no se si jugando o buscando el nutritivo plancton. Imagino que tal vez están mirando los restos de algún naufragio. Hay tantos de cuando la mar erizada por los vientos del Sur se transforma en médanos líquidos como montañas y los barcos son hundidos por esa fuerza desatada.

Comienza a hacerse de noche o se apagan algunas luces del escenario. No lo se, pero es momento de regresar, no he traído impermeable ni manta. Las noches del Polonio son muy frías y largas.

Vuelvo al camino de la vida hasta otra parada. Eso sí, estas visitas al teatro me dan fuerzas para ir haciendo escenarios para que un día pueda detenerme, mirar atrás y volver a disfrutarlos.

Un homenaje a la amistad

Revisando archivos y documentos en carpetas guardadas en el ordenador, surgió este cuento del Gran Maestro del cuento corto Juán José Morosoli.

Escritor uruguayo que supo como nadie describir los sentimientos y emociones humanas a la perfecció. Todos sus personajes fueron «reales». Gentes sencillas pero como todo lo sencillo de una gran profundidad humana.

El cuento «El burro» es todo un canto a la amistad y el amor. No hago más comentarios así lo pueden leer y disfrutar en toda su intensidad.

EL BURRO (de Juán José Morosoli)

Umpiérrez se levantaba, empezaba el mate, encendía el fuego y ponía un churrasquito en las brasas. Después desayunaba y se iba al horno de ladrillos donde trabajaba. Al mediodía se apartaba del grupo de «cortadores» que hacían un fuego en común, encendía su propio fuego, tomaba mate, ponía un churrasquito y almorzaba. De tarde, al rgresar del horno, pasaba por el matadero, levantaba achuras, las asaba, tomaba mate y cenaba. Luego se sentaba frente a la noche, fumando. Por el camino ciego que moría en el horno, no pasaba nadie. A sus espaldas las tunas y cinacinas borroneaban la noche. Después se iba a dormir.

Una vez Anchordoqui le preguntó:
-¿Pero vos no vas nunca al boliche?
-¿Pa qué?
-A jugar un truco… A tomar una caña…
-¿Para salir peliando después?
-¿Y las mujeres, no te gustan?
-¿Pa qué? ¿Para llenarte de hijos?
Anchordoqui seguía preguntando. Esperaba dejarlo sin respuesta.
-¿Y perro no tenés?
-¿Pa qué?
-¿Como pa qué? -dijo Anchordoqui malhumorado-. ¿Pa qué…? Para tenerlos nomás, para lo que se tienen los perros!
-Para tenerlos nomás, mejor no tenerlos…
-Pero alguna diversión tenés que tener -dijo Anchordoqui en retirada.
-¿Querés mejor diversión que vivir como yo vivo?
Esta vez fue Anchordoqui el que no contestó.

Con los vecinos se llevaban bien. A Nemesia la lavandera, vecina de metros más allá, la veía cuando se levantaba. Ella le daba los buenos días, arrimaba el carrito de mano, en el que llevaba las bolsas de ropa al arroyo y al fin las cargaba. Alguna vez Umpiérrez la ayudaba a levantar las bolsas.
Con Vera -el guardia civil lindero del otro lado-, se veían a boca de noche, cuando regresaba de «el servicio», y solían cambiar algunas palabras. Una vez que este estuvo enfermo fue a acompañarlo. Llevó la pava y el mate y se sentó al lado de la cama, le preguntó si quería algo y luego se puso a tomar mate callado.
Al rato Vera le dijo:
-Yo no hablo porque tengo la garganta mal…
-Quédese callao nomás -respondió él-, yo no vine a hablar. Vine a acompañarle.
Así estuvo hasta que Vera se durmió.
-El hombre está dormido -se dijo-. Y levantó la pava, puso el mate en un bolsillo y se fue.

Un día partió hacia la estancia de Ramírez. Iba a hacerle cuatro «quemas» de ladrillo «por un tanto» con techo y comida.
Al terminar le dijo a Ramírez:
-El trabajo está… Si no precisa algo más…
Ramírez le contestó que no. Le dijo -además- que estaba muy contento con él y con el trabajo que había hecho.
-Le voy a regalar una manta de charque, medio capón y una bolsa de boniatos.
-La cuestión es llevarlo -comentó él.
-Cargue en el burro y cuando llegue a su rancho lo echa al camino…
-¿Y cabrestiará? -preguntó Umpiérrez.
-Pruebe…
Era un burro sin dueño y cansado de caminos, que había llegado allí un día que encontró la

portera abierta. Era de pelo gris, con basteras que empezaban a pelechar, de orejas quebradas que le caían sobre las quijadas.
El ensilló su caballo, cargó el burro y partió. El burro emparejó el trotecito del caballo sin dificultad. Cabrestiaba que daba gusto. Había marchado como una hora olvidado del burro, cuando se le ocurrió mirar para atrás. El cabestro se había desprendido de la asidera, pero el burro seguía la marcha como si nada hubiera ocurrido.
-¡Mirá! -dijo Umpiérrez.
Desmontó, sacudió la clinera del burro con simpatía, ató otra vez el tiro y siguió camino adelante.

Llegó, desensilló, y luego de refrescar el caballo lo soltó allí nomás en el potrero lindero al horno. Luego consideró que el burro tendría sed. Sacó la lata de lavarse los pies, la llenó de agua y esperó.
-Sin duda el burro, después de beber -pensó-, tomará el camino. Hambre tiene que tener…
Pero no. El burro bebió y luego se paró frente a él, mirándole con curiosidad llena de ternura.
-¿Pero ha visto? -dijo Umpiérrez hablando para sí mismo a media voz. Y tras un silencio:
-Umpiérrez, traéle un poco de chala… te trajo el charque y el capón y los boniatos.
Y cuando él se aconsejaba, siempre aceptaba los consejos.
Por eso fue a buscar un brazado de chala.

Al otro día cuando volvió del trabajo, encontró a López -un español riquísimo dueño de medio pueblo-, parado frente al burro.
-¡Qué lindo animal! -le dijo y agregó-: Cuando yo era niño y cuidaba ovejas en la montaña, tenía uno igual…
Unpiérrez pensó que López se estaba riendo de él y del burro. Pero no, porque López siguió así:
-Mañana traigo a mis nietos a verlo y te mandaré un saco de maíz y otro de afrecho.
Umpiérrez se quedó cavilando. Halló que la actitud del burro con él, y la de López con el burro eran una cosa rara. Y aquella generosidad, conociendo a López, más.

El iba al horno, venía. Se iba otra vez. El burro lo veía partir, de pecho al camino, como hace un perro cuando se va el amo. Al atardecer, cuando Umpiérrez volvía, el burro estaba allí esperándole.

Aquella tarde estaban López y Nemesia frente al rancho.
-¿Qué pasa? -preguntó Umpiérrez.
-Pasa que los muchachos casi matan al burro a pedradas. Si Nemesia no llega a tiempo… Mañana hacemos el alambrado y un galpón de cajones…

Era un galpón abrigado, de piso seco, con olor a pasto. Cuando llovía, Nemesia iba allí a lavar y a secar la ropa. Umpiérrez cebaba mate para los dos. Un día ella se comidió para hacer la comida, y él aceptó.

Anchordoqui terminó el comentario:
-No quería bichos ni mujer, pero el asunto es que los tres se la pasan mejor que yo…

Suplemento dominical de El Día
17 de junio de 1951