El silencio del vacío 


Entrar en el silencio, es entrar en el vacío,

miro la mar unirse con el cielo, 

mi corazón se expande surcando cielos, 

veo la Tierra navegando veloz en el espacio vacío, 

el sol y los planetas girando en una galaxia llena de vacío. 

Galaxias girando en un cúmulo, rodeado de vacío, 

cúmulos de galaxias girando en un infinito vacío. 

En el vértigo de esta inabarcable danza, 

mi mirada se pierde en la mar uniéndose al silencio del vacío. 

Mi corazón sabe que es partícula de partícula, 

surcando eterna el silencio del vacío. 

Tarde de lluvia

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Las tardes de lluvia en otoño tienen algo especial. Aunque la lluvia, sea un motivo de alegría en si misma, ya que es un regalo de las nubes en forma de agua que es la vida, pero si se produce en otoño y en una tarde, es capaz de hacernos vivir momentos de eterna dulzura, calma y felicidad. Si por el devenir diario, no lo estás viviendo, la lluvia de la tarde de otoño se las arreglará para que en nuestros corazones evoquemos y «volvamos a sentir» aquella tarde, cercana, lejana o venidera, porque como ya sabemos el tiempo es un inmenso mantel de una invisible mesa, en el cual podemos ver los dibujos del mismo en el centro, en los bordes o en cualquier lugar del mantel, solamente tenemos que mirar a un lugar determinado, no hay líneas rectas.

Así que ayer, el segundo día de la luna creciente de Libra, estuvo lloviendo casi toda la tarde. Al ir esquivando los charcos de la calle, el aire húmedo y fresco me iba llevando a un punto del mantel en el que me veía niño, con mi túnica blanca arrugada, mojada y la moña azul colgando goteando agua sujeta por un nudo hecho de cualquier manera cuya única función era que no se perdiera la moña y que más o menos estuviera rodeando el cuello. Volvía de la escuela a casa, la cartera pequeña de cuero completamente empapada, conservaba bien secos los cuadernos, libretas y lápices que guardaba. Las medias, otrora hasta las rodillas, se agolpaban enrolladas como un mazacote informe y seguían sumergiéndose en el agua que guardaban los botines, después de haber caminado por todos y cada uno de los charcos de agua.

Sentía el sonido de los botines en el agua y las gotas de lluvia recorriendo mi cara, pasando la lengua por los labios para beber el agua. Instantes felices de la tarde de otoño, lluviosa de abril o mayo. Al llegar a un cordón de la vereda y ver la fuerte correntada descendiendo calle abajo, abrir la cartera y sacar aun medio doblado el botecito hecho en la escuela clandestinamente con papel de estraza, porque sabíamos que al salir encontraríamos antes de llegar a casa un buen río para que nuestro bote navegara antes de ser engullido por las enormes «boca tormentas», como le llamábamos a las alcantarillas. Cómo navegaba de rápido, compitiendo con hojas y palitos de ramas. Saludaba su viaje veloz y le enviaba un mensaje a las aguas de otoño que alegraban las calles.

Luego tiritando de mojado, entraba en casa donde sabía me esperaban la ropa seca, una taza enorme de cocoa o leche caliente con gofio y el delicioso pan marsellés untado con manteca y azúcar o dulce de leche……mmmmmmm. Una vez repuesto y al calor del «primus», escuchando la noche que empezaba a caer con las gotas de lluvia, después de hacer «los deberes» acompañados de algún dibujo con acuarelas de agua sobre hojas de garbanzo, siempre escuchaba alguno de los cuentos de Fernán Silva, Constancio Vigil o algún capítulo de «Corazón» de Edmundo de Amicis, sobre aquel valeroso niño de la Lombardía del siglo XIX.

Después venía la noche espesa, llena de lluvia para arrullarnos entre sueños y aventuras de los seres que poblaban los cuentos.

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Otras veces las tardes de lluvia en otoño, si no lo estás viviendo, te pueden llevar a ese lugar del mantel en el que convertido en un muchacho caminabas por un parque mojado abrazado de la mujer amada, los dos bien juntitos porque hay un sólo paraguas. Escuchar los pasos de ambos como si fuera uno solo, acompasados por el monótono repiquetear de la lluvia en el paraguas, entonando una canción de amor tan dulce que te detenía sobre cualquier charco y girando los cuerpos hacía que se encontraran los labios entonces, apartando un poco el paraguas dejábamos que las gotas de agua recorrieran las caras y mojaran aun más las bocas y los labios. Era cuando todo el Universo giraba en torno a la risa que provocaba las cosquillas del agua. Caminar por las arboledas mojadas que ya amarillaban sintiendo la lluvia de la tarde de otoño cayendo sobre el paraguas, es la magia que te dice, se puede mirar otro punto del mantel del tiempo y grabar un momento de alegría, tranquilidad, paz y calma……sólo lo tienes que ver con el cristal de tu alma.

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Las olas viajeras

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Ola y espuma que llegas de la mar,

cuéntame que viste en el fondo abisal.

Caminaste en la inmensa oscuridad,

de la mar quieta y calma,

donde las redes no pueden llegar.

Dices hay un reino de peces y algas,

en penumbra siempre,

porque el sol no puede llegar.

Dices que a las sirenas viste peinar,

mientras juegan en naufragios,

que las olas llevaron al fondo de la mar.

Déjame escuchar el silencio

que habita en la profundidad.

Ola viajera que vienes del fondo abisal,

cuántas cosas me dices y cuentas,

cuando a mi playa quieres bañar.

Nuevo amanecer 

Las barcas llegan a muy buen puerto. 

Surgen de la mar oscura, 

en una noche sin luna. 

En sus entrañas vienen peces de plata. 

El faro las mira con alegría dándoles la bienvenida. 

Su luz certera les marcó el rumbo, 

ahoraa descansar durante el día, 

que en estas noches sin luna, 

hay que engañar a la enamorada sardina de la luna. 

OTOÑO

                                                                      OTOÑO

POEMA DE OTOÑO.

La luz empieza a acortar el día,

nubes de tormenta hacen soplar al cielo.

La calma vuelve a la naturaleza.

dsc_4496Los árboles se desvisten con el viento.

dsc_3601Las veredas se llenan de otoño,

atardeceres largos teñidos de rojos.

Marrón, amarillo, ocres vistiendo árboles.

Corazones en la paz y la calma,

de las calles vestidas de otoño.

La euforia del verano necesita descansar, con las cosechas en los graneros y bodegas, la naturaleza empieza a dormitar.

Sentir el otoño, es empezar un viaje. Un viaje en la luz, acompañando a la Madre Tierra en su descanso.

Esperamos ver los bosques llenos de lluvia para recolectar las setas mágicas, sentimos el éxtasis de la vida en atardeceres largos teñidos de oro y rojo.

Dejamos que el viento haga volar nuestros pensamientos al igual que las hojas amarillas de los árboles.

Es la estación del viaje a nuestro interior, a seleccionar como semillas los pensamientos que luego harán nuestras realidades.

La Naturaleza nos invita a pensar la Paz, a pensar la Alegría, entonces estaremos rodeados de belleza y armonía.

Enlentecer los ritmos para diluir el tiempo, convertirlo en arcilla que de forma a nuestros sueños, igual que mágicos alfareros.

Es la época de ver como corren las nubes en el cielo, estirados en la hierba sabiendo que somos eternos.

Es la época de susurrar palabras al oído, despacio, lentas, de esas que sólo el corazón es capaz de pronunciarlas.

Feliz ciclo de otoño, en la Paz y la Alegría, disfrutemos de este viaje.

Camino de plata líquida. 

Derramas hilos de plata 

sobre la oscura mar. 

Navego en tu plata líquida 

fundiéndome en la mar. 

Fundido en ella 

mi alma empieza a soñar. 

Sueños de lejanos mares 

algunos que pude navegar. 

Sueños de lunas del trópico, 

sueños de lunas heladas. 

Sueños que se acercan 

siguiendo tu plata líquida 

cuando la derramas en la negra mar.

Bañarme en el camino de líquida plata, 

siempre me hace soñar. 

Hermosa luna de plata 

entrega mi corazón a mi amada, 

seguro que en alguna orilla 

lo ha venido a buscar. 

Luna penumbral. 

Luna de penumbra que enamoras. 

La difusa sombra de la Tierra, 

deja tu luz amarilla y cálida. 

En tu luminosa brillantez, 

envuelves corazones que se aman. 

Entre los mástiles eres la Bien Amada. 

Vienes de surcar mares y montañas lejanas, 

llevas en tu brillo un susurro de amor, 

haciendo flotar en luz las almas enamoradas. 

Cosas de la mar

img_1325 img_1324 img_1326 img_1315 img_1327 img_1328 img_1323 img_1318 img_1319 img_1317 img_1314 img_1321 img_1322 img_1320Siempre que te acercas a la mar el entorno es diferente. Aunque vuelvas a la misma hora, siempre hay algo que hace cambiar el paisaje. Todo depende de la luz, la estación del año, si está nublado, si hay temporal….

Pero desde hace un tiempo llegué a la conclusión, por simple observación, que lo que hace que el entorno cambie, son los ojos con los que los miras. Quiero decir que es cuando cada uno de nosotros, escucha los latidos de su corazón, cosa que hace «salirte» del tiempo lineal, entrando entonces en la verdadera dimensión del tiempo, un inmenso e inabastable plano. Al sentirte los latidos del corazón, la conexión es inmediata, le estás diciendo a tu cuerpo, que todo está bien, que te encuentras muy bien, en una zona de calma y tranquilidad, aunque estés corriendo. Es como si el corazón te dijera, -estoy bombeando sangre perfectamente a todo el cuerpo, tu respiración oxigena la sangre que distribuyo, sigue así que estoy muy bien-.

Luego de recibir este mensaje, por tus ojos, oídos, nariz, boca y piel, empiezas a recibir las imágenes, sonidos, olores, gustos y tactos necesarias para incrementar la sensación de bienestar, calma y alegría.  Por eso el paisaje cambia constantemente, aunque estés en el mismo lugar y a la misma hora. En definitiva es nuestro corazón el que hace cambiar el entorno, ya que ES lo que percibimos, sentimos y pensamos.

La otra tarde, me acerqué a caminar por el espigón de levante que hace de protección al puerto de Vilanova i la Geltrú, un paseo bastante habitual y frecuente.

Mi corazón enseguida me envió el mensaje -todo está perfectamente bien-, y empezaron a aparecer ante mis sentidos montañas de maravillas. De la mar me llegaba la fresca y húmeda brisa marina, mirando al Este, veía como el Macís del Garraf derramaba en piedra sobre la mar sus acantilados, las pequeñas calas y sus prominentes puntas, que se desdibujaban en las brumas de la lejanía. Mientras respiraba oliendo a sal y algas, mezclado con el tenue perfume de las flores silvestres que crecen entre las piedras del espigón, miro al Norte y veo la figura del faro recortándose sobre el Montgròs, la otrora montaña sagrada de los cosetanos, pueblo íbero de antes de la romanización, cargando sobre su perfil un impresionante cúmulo nimbo, seguro que cargado de agua, truenos y rayos. Allá casi oculta entre las mansiones noucentistas, la humilde ermita de Sant Cristòfor.

Miro al Oeste, cada vez más consciente de encontrarme en un punto del plano del tiempo, y me introduzco en un enorme pasadizo de luz creado por la complicidad del sol y la mar. Las barcas durmiendo su sueño de calma, que sólo el puerto les puede brindar, acompañadas por las gaviotas también adormiladas por las caricias del ya tibio sol vespertino. Más allá, al Sur, la inmensa y misteriosa mar tocando el cielo en el horizonte inalcanzable. Bueno inalcanzable con una barca, pero siempre cerca cuando lo miras, lo oyes, lo respiras, lo saboreas, lo tocas….con el corazón.

En fin supongo que son cosas de la mar y del corazón.

Curiosas composiciones. 

Charco atrapado en el cemento de la calle,  que a su vez atrapa al sol, que quiere escaparse siguiendo cables reflejados en el agua. 

El sol se disfraza de cometa para acelerar la tarde. 

Algarroba y amatista unidas por el liviano misterio de la pluma. 

Silencio burlón de la madrugada. 

Silencio burlón el de la madrugada. 

Se ríe de mi porque escucho su risa.

Despierta las calles, levanta al sol,

cuando este es sólo una promesa diáfana de alegría. 

Pasos solitarios se mezclan con murmullos de alas. 

Hora azul como inmensa mar, 

donde se bañan sueños nocturnos. 

Penumbra silenciosa, te prometo un nuevo día, 

dice el sol lagañoso de nubes. 

Pasos solitarios caminan hacia la plenitud del día. 

Silencio burlón de la madrugada, 

nos vemos en la hora azul vespertina, 

para preparar sueños que por la noche, 

formarán los pasos del próximo día.