Parte 1: Lluvia o llovizna en una noche fría sobre una calle empedrada.
Repiquetear de la lluvia, percusión celestial, vehículo atemporal. La lluvia es capaz de llevarme, como lo hace una sinfonía musical, a recordar, a sentir, a crear, a amar.
Me hace transcurrir por caminos de alegría, melancolía, amor.
Siempre con un ritmo diferente, el ritmo de las emociones. Cuando ésta es suave, de gotas pequeñas, de repique lento, me lleva a una calle empedrada de mi querido Montevideo. Vuelvo a caminar sobre el granito negro de los adoquines en una calle nocturna y mojada. Las luces de la calle son destellos ahogados en los charcos de adoquines negros.
Mis pasos siempre van acompañados, somos dos cuerpos abrazados escuchando la lluvia debajo de un paraguas. Es de noche y hace frío, tal vez final de otoño o invierno consumado. El calor del amor camina lento bajo el paraguas. De vez en cuando sin perder la marcha mi cara y tu cara se miran enamoradas. El calor, la ternura y la suavidad de los labios ilumina nuestros rostros. Los corazones laten acelerados, los adoquines de granitos negros quedan iluminados. La lluvia continúa con su sinfonía de agua. Detenemos la marcha para escuchar el beso y la eternidad del abrazo, sentir el amor en calma, solos, quietos, con relojes derretidos en una calle de adoquines negros, empapados, cubiertos de noche fría y solitaria.
A esta lluvia me gusta llamarla “lluvia del amor” porque encierra alegría, nostalgia y pasión amorosa guardada en los corazones, lejos, inalcanzables del corrosivo tiempo, del cruel espacio y de la dura materia. Esta lluvia habita en la dimensión del espíritu y del alma, indestructible y eterna.
Hoy salí a caminar por la playa. El viento de Gregal erizaba la mar.
Mientras emprendía el camino de regreso a casa me di cuenta que había perdido algo. Enseguida revise todos los bolsillos, aparentemente no faltaba nada. El teléfono móvil, los documentos, algunas monedas sueltas. Todo estaba en su bolsillo correspondiente.
Pero continuaba con la sensación de que había perdido algo.
Iba despeinado por el viento, con el corazón liviano, sin peso. Sentía mi cuerpo en calma, la respiración un poco más rápida, por eso de caminar contra el viento. Me sentía liviano, como más suelto. Oía los pájaros cantando al viento, veía las nubes grises cargadas de lluvia adentro. Todo parecía eterno.
Fue entonces que me dí cuenta que era lo perdido: había perdido el tiempo.
Se ve que al caminar por la playa, respirar la mar, escuchar al viento, ver las olas encrespadas haciendo espuma de mar, captaron mi atención y de descuidado perdí el tiempo. Lo peor de todo es que ni cuenta me dí de tamaño descuido.
La verdad, no sentí pena ninguna de que se me perdiera el tiempo.
Tampoco deseo que nadie se lo encuentre, mejor que se vaya mar adentro. Eso: que se una con la mar y guarde sus misterios.
Si alguien lo encuentra y lo recoge, mejor que lo tire lejos. Es que le gusta meterse en los relojes y hacer que vayas todos los días tenso y corriendo. Además le da valor monetario a los trabajos que muchos hacen con y por amor y esmero. Nos aparta de la vida, nos obliga a vivir en la nada, en cosas que ya pasaron o en cosas que aún no han pasado. Nunca nos deja sentarnos en un parque o caminar por la playa, hacer un sendero, visitar el bosque o nadar con y en la mar cuando está en calma. No nos deja caminar sintiendo los pies sobre la arena, la hierba o la hojarasca. Menos disfrutar de la compañía en silencio, del abrazo, del beso, ni tan sólo entrelazar tus manos con otras manos, normalmente no tenemos tiempo. Es como la sombra por más corras ligero no la atraparás nunca, en fin todo un misterio.
No pienso ir a buscarlo, sólo avisar a los que se lo encuentren de que no se lo lleven. Déjenlo perdido y sólo, de a poco tal vez, nos deje tranquilos y no busque encadenarnos ni que perdamos la vida corriendo en vez de amando y sintiendo la vida.
Caminar en la noche por algún lugar solitario es lo más parecido a estar soñando, dormido o con los ojos cerrados.
Es en las noches cuando las sombras y los sonidos, que no sabes de dónde vienen, te envuelven en recuerdos, vividos o soñados en una noche cualquiera.
Caminar por un parque o una calle desierta en noches de frío y estrellas, de viento y lluvia o de calor lleno de perfumes, hacen que sueñes.
Cuando caminas en la noche puedes elegir los sueños o vivencias de recuerdos que quieres sentir o escribir.
Siempre escribo, vivo o sueño los de caricias y besos. Los de palabras en latidos, los de labios húmedos, temblorosos, blandos, adoptando la forma de otros labios o cuerpo. Labios incansables de recorrer cálidos paisajes llevados por un ardiente deseo hecho aliento.
Sueños, palabras o momentos en donde se disuelve el tiempo, donde unos ojos cerrados entregados al sueño, llevan el lenguaje a las manos, a las puntas de los dedos. Claro, es de noche en el parque, en la calle desierta, te mueves a ciegas sólo el tacto de la piel te dice qué sueño o vivencia a elegido tu corazón o tu pensamiento.
Por eso me gusta la noche, para poder elegir sueños. Para poder viajar por mundos que están fuera de las cadenas del tiempo.
Seguro, si cierras los ojos y evocas una noche cualquiera, sentirás la caricia de unos labios y las palabras convertidas en aliento. Tal vez el ritmo de dos corazones latiendo acelerados te hagan brotar un poema.
O tal vez todo está en la noche viajando con las alas del viento.
Dice la mar que hay flores en la arena, también misteriosas pisadas de tres dedos.
Dice la mar que el aire junto a las rocas es limpio y fresco.
Dice la mar que le gusta el azul pastel del cielo, más si está salpicado de nubes blancas.
Dice la mar que están por llegar las barcas después de una noche larga persiguiendo sardines.
Dice la mar que piense en la musa y la veré, caminando por la arena con su vestido blanco de espuma y una diadema verde de algas sujetando la cabellera.
Tal vez ella, la musa, me susurrará palabras para hacer poemas de luna.
Me gusta la mar charlatana y contenta explicando historias que si las creo seguro que son ciertas.
Ver amanecer siempre es una buena noticia. Marcará el resto de un día. No podemos ver girar la Tierra pero sí sabemos que pasan las horas.
Por eso busco la belleza entre las horas. Ahora es de día, ahora es de noche.
Entre cables, cementos, vías de hierro y vidrio mugrientos de la ventana de un tren, el sol naciente lo llena todo de belleza.
La belleza es subjetiva, pregunto a veces?
No lo sé.
Lo que tal vez sí intuyo, es que la belleza es un «éter» de fotones y electrones que penetran y traspasan todas las cosas para que el corazón las vea.
Es una hermosa figura de mujer desnuda a la que vamos poniendo cuerpo y rostro, sonrisa o lágrima, sonido y silencio. Por sus ágiles y rápidos movimientos sin dudas tiene alas y una piel muy suave y cálida.
Tal vez por eso veo la belleza en el conjunto del sol saliendo, entre cables, hierros y vidrios mugrientos.
Mirar la belleza te libera de las horas y así, ver girar la Tierra, abandonar las cadenas del tiempo.
Hacía ja un buen rato que los gallos del barrio me habían despertado. Como todavía estaba oscuro, antes de levantarme, disfrutaba del tacto agradable de la sábana que me cubría. La mañana a pesar de ser verano era muy fresca, como suelen ser las mañanas de finales de Enero en el Sur de América.
Por la ventana abierta de la habitación entraba el fresco, típico aliento de un amanecer de Enero. El aire vibraba en una mezcla de cantos de gallos y gritos de alegría de los venteveos. Madrugadores irreductibles de las mañanas de verano, los venteveos, despertadores de plumas amarillas y negras repitiendo …”bien te veo”. Los niños para reírnos de alguien o simplemente gastarle una broma transformamos el canto en “bicho feo”. Incluso lo silbamos para decirle a alguien que es un “bicho feo”.
Los grillos también se sumaban a la aérea sinfonía de la mañana. Algo cansados de cantar toda la noche a la luna y las estrellas, esperaban la salida del sol e irse a dormir y pasar el canto a las chicharras.
De pronto por el trozo de cielo que la ventana me regala, comienza a aparecer pintada la enigmática hora azul. Las estrellas se van disolviendo en el cada vez más claro azul del amanecer.
Las pequeñas gotas de rocío que se habían posado durante la noche en los pétalos de los jazmines del cabo y en las espigadas flores de la lavanda, se iban evaporando lentamente. Humedecían el aire del dulce y delicioso perfume de los jazmines y las lavandas. Enero se convertía así en un caudaloso río lleno de perfumes y sonidos que inundaba todo Montevideo.
Desde mi barrio, el que está acostado en una de las faldas del Cerrito de la Victoria, el de la triunfante batalla en la Guerra de Independencia, el de donde se puso sitio a la colonial y amurallada Montevideo, me llegaban los familiares sonidos de una mañana de Enero.
Antes que la calle despertara y los árboles dieran su sombra sonaba el estridente carro del lechero. Lo escuchaba venir desde lejos. Cada vez que el rutinario caballo estiraba del carro después de la parada a la orden de “soooooo” del lechero, las botellas de leche, vacías, colocadas en los casilleros metálicos para diez unidades, producían un ruido continuo de cristales rompiéndose. Evidentemente no se rompía ni una, pero el ruido era como si se estuvieran rompiendo todas. Por fin se detenía en la puerta de casa. Desde mi refugio, en la cama, seguía la secuencia del lechero. “Soooooo”, se detenía el caballo, el lechero, hacía girar la rueda del freno para que el carro no se moviera, es que la calle hacía pendiente. Sacaba dos botellas llenas, abría el portón de casa, atravesaba el jardín y se dirigía a la columna que sostenía el porche, bien cubierta por la frondosa hiedra. Entre las hojas de la hiedra estaban las dos botellas vacías con el dinero dentro que mi madre a la noche, antes de irse a dormir había dejado junto a la hiedra. Nos dejaba las botellas llenas y partía. El caballo al sentir que liberaban al carro del freno, volvía a tirar produciendo el ensordecedor ruido de cascabeles que hacían los casilleros con botellas vacías. Así hasta la siguiente casa donde detenerse.
Todo parecía normal pero no. Hoy era mi cumpleaños. Inevitable no pensar en los regalos. Primero pasaban por mi cabeza los ansiados, aquellos regalos que ni tan sólo los Reyes, con su poderosa magia traían. El tren eléctrico o el maravilloso avión a fricción que al hacer girar las ruedas en el suelo se encendían unas luces en las alas y en la cola. Seguro me regalarían alguno de los libros que faltaban para completar los 23 volúmenes de la “Enciclopedia de Oro” que tanto utilicé y de la que tanto aprendí. Eso era un excelente regalo.
También pensaba en los calcetines, calzoncillos, camisas o zapatos que no podían faltar. Si me regalaban zapatos, que fueran esos de charol, los de una parte con cuero blanco y la otra con cuero negro o marrón, como los que salían en las películas de gangsters. Esos me encantaban y todavía hoy, me encantan.
Bueno hoy es mi cumpleaños y era un día para disfrutarlo.
Mi madre y mi hermana aparecían al pie de la cama: -Feliz cumpleaños Nando-
-A levantarse que es tarde y hay muchas cosas para preparar- Mientras me hacía el dormido las risas estallaban cuando mi hermana me hacía cosquillas en los pies.
-Ves que no está tan dormido-
En la cocina, tomaba la enorme taza de cocoa disuelta en leche fría, todo comenzaba a llenarse de perfumes de fiesta. Saboreaba el delicioso pan “marcellés” untado con manteca y mermelada de las naranjas amargas del fondo de casa. ¡Qué delicia!
En la enorme radio de lámparas se escuchaban tangos emitidos por Radio Sarandí o Radio Carve. El mate dulce circulaba sin parar, era el preferido de mi madre y hermana. De vez en cuando me tomaba alguno. Me gustaba el sabor del cedrón o el de la piel de naranja seca que le ponían.
En poco rato el perfume de las pizzas, los escones y las “pildoritas” llenaban la casa de olor a celebración.
Lo que más me fascinaba eran las tortas donde después iban las velas correspondientes. Algunos años eran tortas con forma de barco. Mi madre recortaba el bizcochuelo en tres partes dando forma a un espectacular barco. Otras veces la torta era una cancha de fútbol. La hacía con coco rallado teñido con anilina verde para formar el césped. Los jugadores de ambos equipos eran de azúcar pintados de los colores de Nacional y Peñarol. Todo un espectáculo y además riquísimo.
Después de comer venía la imposible siesta. Muy poco rato duraba y como era mi cumpleaños, pleno verano y hacía calor, me dejaban organizar una “guerra” de agua. La manguera del jardín conectada, dos o tres baldes de agua preparados y la fiesta comenzaba. Consistía en mojar a todo el mundo que se acercara al “campo de batalla”. Carreras, risas y agua refrescante llenaban la calurosa tarde.
Sobre las 6 tocaba una buena ducha. Mi madre me ponía bastante agua de colonia, gomina en el pelo y me peinaban un impresionante jopo que se mantendría hasta la hora de ir a dormir. Pantalón corto azul marino con dos tiradores, camisa blanca almidonada de manga larga y medias blancas hasta las rodillas.
Ya estaba preparado para recibir a los invitados.
Mientras llegaban los invitados, la noche se iba instalando en el barrio. Era el momento de empezar los juegos con todos los niños. Casi siempre empezábamos por “el librado”, algo así como “ladrón y policía”. Luego cuando la noche ocupaba todos los rincones, era el turno del “escondite”. -Uno, dos, tres, cuatro…..
-Estás vichando-
-No, no vi nada-
-Si, hacés trampas- Las eternas discusiones que siempre se arreglaban. Es que en el barrio teníamos infinidad de escondites y nadie era tan, tan tramposo.
Cansados y tranquilizados por el maravilloso perfume de los jazmines que inundaban el barrio en una noche de Enero, nos tirábamos en el césped a mirar el cielo.
Los grillos acompañaban a las estrellas de Orión, el gran cazador celestial, con sus fieles perros en su intento de cazar a las 7 hermanas cabritas del cielo (las Pléyades). Cuando veíamos la Cruz del Sur entre la copa de los árboles, ya sabíamos que era hora de ir a dormir.
Guardar los regalos, echar “flit” en la habitación para espantar a los mosquitos, abrir de par en par la ventana, mirar las estrellas y soñar, soñar con hadas, duendes y doncellas. Esos seres que por las noches se escapan de los libros de cuentos y viven sus aventuras en los sueños de los niños. Tal vez mañana me despierte el carro del lechero o los gallos del barrio, siempre tan madrugadores.