Poemas de la niebla.

Me gusta tanto la niebla porque sabe jugar con las cosas que creemos «reales». Nos las oculta, nos hace ver formas parciales, llena de misterio las cosas. Nos inspira una poesía, nos demuestra que sólo con el corazón podemos ver las formas.

Pondremos un poema de una tarde de niebla junto con unas fotos de la Iglesia de Mar de Vilanova i la Geltrú. En el fondo surgiendo de la niebla una de las grúas del puerto.

 

Siento caer la tarde

sumergida en la niebla

el sol se esconde

en el difuso horizonte

intenta pintar de rosa

ingenuas nubes grisosas.

Veo envueltas en brumas de mar,

una sonrisa, una mirada

que me acarician el alma,

escondiéndose en la niebla.

Mirada de bronce

Eternamente extasiada,

atrapada en el bronce

Pasífae mira la nada.

La ubres de su carcelera vaca,

derraman luz lechosa

sobre la mar en calma.

Mirada de bronce estática

vive el sueño

crea de la nada.

Me gusta tu mirada extasiada

perdida en los sueños

siempre lista para ser rescatada.

La luna en la penumbra

En el inmenso juego de las esferas

la brillante luna llena entró.

Febrero frío y nevado la contempla.

Surge vestida de dama blanca

envolviendo con sus hilos de plata

mares, montes, praderas y amores.

Quiso en vano ocultar el amor a su amado,

y en la penumbrosa sombra entró,

más sólo una sonrisa despertó

al quedar su cara tiznada por tenue sombra,

que su amor lleno de luz no ocultó.

 

Luna llena de febrero de 2017 en septentrión con eclipse penumbral.

Noche de viento

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Tropilla de caballos corriendo en la noche

cientos de cascos percutiendo la tierra.

La noche oscura y estrellada,

me lleva a una infancia lejana.

Un niño que se acurruca con miedo

en una cueva hecha con frazadas.

Escucha el aullido misterioso del monstruo

colándose por las rendijas de la ventana.

En la seguridad de la cueva de mantas,

escucha como brama arrancando ramas.

Ningún gallo canta, ningún perro ladra

sólo se siente el temblar de frágiles casas,

estruendo de cosas que se arrancan.

Chispas de cables liberando eléctrica rabia.

Ruidos de metales, maderas, techos y casas,

arrancados, rotos, desgarrados,

prisioneros de la turbonada.

Mañana la calle estará cambiada.

Escucha el niño con miedo toda esa furia desatada,

desde la cueva de cálidas frazadas.

Desde su mente veía un malévolo gigante

soplando con fuerza y rabia sobre su casa,

su barrio, su amada ciudad, que sólo quiere

dormir tranquila a orillas del Río de la Plata.

Siempre de vez en cuando, el gigante sigue soplando.

El niño ahora fuera de la cueva de frazadas,

sabe que el malévolo gigante es el viento,

que solamente quiere insistentemente recordarle

que todas las cosas cambian y que al igual que el viento

la vida suele llevarse vidas, amores, sueños

barrios recuerdos perdidos de la infancia.

Que hay un mañana con un nuevo sol y nuevas ganas

de construir el sueño que el gigante viento

tal vez quiso arrancarle.

Viña invernal

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Como sábana húmeda la niebla,

envuelve las dormidas viñas.

Sueña con hojas verdes,

y con sabrosas uvas.

Sueñan con días cálidos

con soles largos.

Brisas frescas meciendo sarmientos.

Flores verdes de perfume dulce y suave.

Sueña la viña dormida,

entre sábanas de nieve blanca.

Guarda su rica savia en la raíz

protegida por la tierra de la helada.

Siente la niebla y la helada,

siente la vida que espera,

dormida en su savia.

Sueños de Poseidón

Cronos (señor del tiempo) y Rea (diosa de la Tierra) dos poderosos Titanes, le dan el reino de las aguas a su hijo Poseidón.

Es el mismo que se enfadó con Ulises y lo condenó a vagar por el Mediterráneo durante años sin poder regresar a Ítaca después de destruir Troya.

Hoy mientras dormía en las profundidades abisales de la mar, tuvo una pesadilla. Como no paraba de moverse agitó tanto las aguas que levantó olas gigantes, titánicas como sus padres.

Sólo dejó de refugio para las aves pequeños humedales respetados por las embravecidas olas.

Desde la glorieta solitaria me acerco con asombro al sueño de Poseidón.

 

Las abejas, los romeros, las lavandas…

A las pequeñas pero inmensas cosas que pasan por nuestras vidas en un instante cualquiera, de una mañana cualquiera, en un día cualquiera. Momentos de amor en que te haces UNO con el instante, pequeñas cosas al igual que la lluvia fina humedece nuestras almas para que germinen en nosotros la Paz y la Alegría.

Al abrir la puerta a las abejas, los romeros las lavandas y la luna, en esa sinfonía de zumbidos y perfumes surgió un susurro lejano en forma de poesía.

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Mientras la luna adormilada empieza a menguar

las maravillosas abejas vuelan sin parar.

De lavanda y romero a buscar polen van.

Caminante si te haces uno en su volar,

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perfumes de lavanda y romero paladearás,

verás a la luna que dormitando está

hacerte un guiño de amor o tal vez susurrará,

palabras que con el zumbido de las abejas,

mezclando perfume de lavanda y romero escucharás.

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Caminos de luz

La luz solar penetra el bronce de Pasífae colándose entre sus patas.

Lentamente, como sin querer, de oro se visten las aguas.

Las gaviotas no pueden resistir volar y bañarse en doradas aguas.

El sol como un cántaro brillante aboca su luz líquida dorada,

momento de las almas que se aman para caminar juntas en los cielos y en las aguas.

Atardecer del Mediterráneo con las aguas calmas,

en mis ojos y en mi alma queda guardado este instante de magia.

Rumbo a la segunda luna nueva del mes de octubre de 2016.

 

Tarde de lluvia

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Las tardes de lluvia en otoño tienen algo especial. Aunque la lluvia, sea un motivo de alegría en si misma, ya que es un regalo de las nubes en forma de agua que es la vida, pero si se produce en otoño y en una tarde, es capaz de hacernos vivir momentos de eterna dulzura, calma y felicidad. Si por el devenir diario, no lo estás viviendo, la lluvia de la tarde de otoño se las arreglará para que en nuestros corazones evoquemos y «volvamos a sentir» aquella tarde, cercana, lejana o venidera, porque como ya sabemos el tiempo es un inmenso mantel de una invisible mesa, en el cual podemos ver los dibujos del mismo en el centro, en los bordes o en cualquier lugar del mantel, solamente tenemos que mirar a un lugar determinado, no hay líneas rectas.

Así que ayer, el segundo día de la luna creciente de Libra, estuvo lloviendo casi toda la tarde. Al ir esquivando los charcos de la calle, el aire húmedo y fresco me iba llevando a un punto del mantel en el que me veía niño, con mi túnica blanca arrugada, mojada y la moña azul colgando goteando agua sujeta por un nudo hecho de cualquier manera cuya única función era que no se perdiera la moña y que más o menos estuviera rodeando el cuello. Volvía de la escuela a casa, la cartera pequeña de cuero completamente empapada, conservaba bien secos los cuadernos, libretas y lápices que guardaba. Las medias, otrora hasta las rodillas, se agolpaban enrolladas como un mazacote informe y seguían sumergiéndose en el agua que guardaban los botines, después de haber caminado por todos y cada uno de los charcos de agua.

Sentía el sonido de los botines en el agua y las gotas de lluvia recorriendo mi cara, pasando la lengua por los labios para beber el agua. Instantes felices de la tarde de otoño, lluviosa de abril o mayo. Al llegar a un cordón de la vereda y ver la fuerte correntada descendiendo calle abajo, abrir la cartera y sacar aun medio doblado el botecito hecho en la escuela clandestinamente con papel de estraza, porque sabíamos que al salir encontraríamos antes de llegar a casa un buen río para que nuestro bote navegara antes de ser engullido por las enormes «boca tormentas», como le llamábamos a las alcantarillas. Cómo navegaba de rápido, compitiendo con hojas y palitos de ramas. Saludaba su viaje veloz y le enviaba un mensaje a las aguas de otoño que alegraban las calles.

Luego tiritando de mojado, entraba en casa donde sabía me esperaban la ropa seca, una taza enorme de cocoa o leche caliente con gofio y el delicioso pan marsellés untado con manteca y azúcar o dulce de leche……mmmmmmm. Una vez repuesto y al calor del «primus», escuchando la noche que empezaba a caer con las gotas de lluvia, después de hacer «los deberes» acompañados de algún dibujo con acuarelas de agua sobre hojas de garbanzo, siempre escuchaba alguno de los cuentos de Fernán Silva, Constancio Vigil o algún capítulo de «Corazón» de Edmundo de Amicis, sobre aquel valeroso niño de la Lombardía del siglo XIX.

Después venía la noche espesa, llena de lluvia para arrullarnos entre sueños y aventuras de los seres que poblaban los cuentos.

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Otras veces las tardes de lluvia en otoño, si no lo estás viviendo, te pueden llevar a ese lugar del mantel en el que convertido en un muchacho caminabas por un parque mojado abrazado de la mujer amada, los dos bien juntitos porque hay un sólo paraguas. Escuchar los pasos de ambos como si fuera uno solo, acompasados por el monótono repiquetear de la lluvia en el paraguas, entonando una canción de amor tan dulce que te detenía sobre cualquier charco y girando los cuerpos hacía que se encontraran los labios entonces, apartando un poco el paraguas dejábamos que las gotas de agua recorrieran las caras y mojaran aun más las bocas y los labios. Era cuando todo el Universo giraba en torno a la risa que provocaba las cosquillas del agua. Caminar por las arboledas mojadas que ya amarillaban sintiendo la lluvia de la tarde de otoño cayendo sobre el paraguas, es la magia que te dice, se puede mirar otro punto del mantel del tiempo y grabar un momento de alegría, tranquilidad, paz y calma……sólo lo tienes que ver con el cristal de tu alma.

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Las olas viajeras

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Ola y espuma que llegas de la mar,

cuéntame que viste en el fondo abisal.

Caminaste en la inmensa oscuridad,

de la mar quieta y calma,

donde las redes no pueden llegar.

Dices hay un reino de peces y algas,

en penumbra siempre,

porque el sol no puede llegar.

Dices que a las sirenas viste peinar,

mientras juegan en naufragios,

que las olas llevaron al fondo de la mar.

Déjame escuchar el silencio

que habita en la profundidad.

Ola viajera que vienes del fondo abisal,

cuántas cosas me dices y cuentas,

cuando a mi playa quieres bañar.