Ventana a la mar

Abro las ventanas de mis ojos

dejo entrar la inmensa mar.

Hoy entras calma y mansa,

espejo gris lleno de humedad,

viajeras nubes dejas peinar.

El sol en tu superficie

dos veces puede brillar,

espejo gris lleno de humedad,

¿qué escondes en tu profundidad?

Me imagino volar los peces,

con sirenas jugar.

Guardiana de mil naufragios

llena de almas estás.

Por las ventanas de mis ojos

en mi alma estás

oigo tu rumores de espuma y sal.

Tu mirada enamorada

mi alma puede tocar.

Para los marinos, eres la mar.

Igual que madre amorosa y severa

a tus hijos alimento nos das.

Espejo que reflejas las lunas llenas

los ojos de mi amada me haces llegar,

saboreo tus labios tiernos,

espuma de ola y sal.

Siempre eres camino

por donde partir o llegar.

Acaricio tus suaves caderas,

olas que a la playa van,

entro en tus misteriosas cuevas

de algas que el cielo hacen tocar.

Entonces me fundo contigo,

juntos nos ponemos a nadar,

¿nadar o volar?

sólo recorremos mundos

que el amor sabe crear.

Compañera, amante, espejo de luna y sol,

llena de secretos estás

que en tu profunda alma sabes guardar.

Por eso mi alma te ama con firme pasión,

como sólo lo hacen los hijos de la mar.

 

Escrito viajando en un tren de Vilanova i la Geltrú a Barcelona mientras atravesábamos los túneles del Massis del Garraf con la mar junto a nosotros.

Puerta dimensional del viento.

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Siempre pensamos que cuando sopla con fuerza el viento se lleva cosas. Lo he visto arrancar árboles como si de débiles hierbas se tratara, hacer volar tejados enteros, arrastrar personas, levantar olas gigantescas. Son los grandes vientos, aquellos descriptos por Jorge Amado en «Los viejos marineros», aquellos que soplan con terrible fuerza, no para llevarse nada sino «…dispuestos a destruirlo todo para salvar el sueño..».

A mi me pasa que cuando los contemplo vestidos de hojarasca, polvo o arena, formando agujeros de gusano, esas puertas que viajan por el espacio – tiempo, mi alma se une a ellos y me disuelvo en el torbellino que me lleva a infinitos tiempos.

Si lo escucho aullar herido al querer atravesar las rendijas de las ventanas, me transporto a mi niñez. Me veo en una cocina caliente, con olor a estofado caliente, sentado en mi pequeña silla metálica dibujando o pintando con acuarelas en una hoja de papel garbanzo y como mesa un cajón de verduras. Veo a mi madre cocinando y a mi hermana buscando la música que le gusta en la enorme caja de madera que guardaba la radio de lámparas. Eso si, siempre es de noche e invierno. Tal vez era sentir la seguridad de aquella cocina tibia y acogedora que no dejaba entrar al viento helado y tétrico que llenaba de soledad las calles y hacía que en las cocinas se contaran historias de misterio o enigmas no resueltos.

Otras veces, cuando acaricia mi cara con fuerza y deja mi pelo revuelto, me veo con las enormes cometas de cañas, papeles de colores y largas colas de trapos, intentando no cortarme los dedos con el resistente hilo engrasado. Cometas que hacíamos con tanto cariño y destreza. Estrellas, luceros, barriletes, cajones, barcos, las infinitas formas de los sueños creadas para que fueran nuestros ángeles voladores llevando nuestro corazón al cielo, a jugar con las nubes, a burlarse de las ramas más altas de los árboles. Veo el profundo cielo azul lleno de puntos con astros de caña y papel llenando de colorido el infinito. Me trae voces y sonidos familiares inundando el aire de caras y sonrisas de niños jugando a ser viento.

Cuando sopla húmedo y frío, lo atravieso para llegar a una playa oceánica, viendo un enorme sol rojo desapareciendo en la mar entre las brumas de la lejanía. Escucho el chasquido de látigo de enormes olas antes de romper en mil y un rugidos. Lobos marinos deleitándose en el juego que les brinda la mar helada.  Subir altos médanos con las piernas desnudas sintiendo mil pinchazos de la arena voladora.  Llego a veces a la orilla de kilométricas lagunas erizadas en miles de pequeñas olas que no pueden hacer espumosas crestas. Pisando el inestable pajonal, escuchar el concierto de flautas, clarinetes y oboes del viento pasando entre las totoras y pajas bravas que se mecen pero no se quiebran.

El torbellino me lleva al centro de un trigal amarillo moviéndose en ondas que no paran de producirse. Tal vez sea yo la piedra que cae en el estanque de trigo y provoca las ondas concéntricas.

La puerta que más me gusta es aquella que se abre cuando sopla con lluvia. Debe de ser porque mis labios tocan una cálida y acogedora boca mientras acaricio una cara mojada y juego a enredarme en la más hermosa de las cabelleras húmedas. Escucho el flamear del paraguas que sale volando sin importar para nada la lluvia.

Puertas que abren los vientos, que no se llevan nada, todo lo contrario te traen cosas, amores, paisajes, viajes, susurros de amor, vuelos en cometas de caña y papel. Creo que siempre vienen para salvar un sueño, en sus grandes alas podemos volar a vivir y realizar el sueño. No se olviden que son puertas del misterioso espacio – tiempo.

Nuevo tiempo

Entra lentamente en cada foto como si de una ventana se tratara. Cada una lleva un mensaje y una emoción que sólo podrás oír y sentir si la abres con tu corazón.

El tiempo comienza a enlentecerse cuando el sol se acerca decidido al punto del solsticio de invierno.  Es como si quisiera alargar el sueño. Descansando en la paz de las noches largas.

Se viste de amarillo antes de acostarse en la mar.

Los seres, habitantes de septentrión, nos preparamos para verlo renacer nuevamente en otro ciclo. Verlo como empieza a alargar los días. Como nos devuelve en el nuevo amanecer la promesa de paz, alegría y libertad. Promesa que está guardada en la semilla que come el jilguero, la vela que surca la mar, el vuelo en formación de las grullas y en las nubes y montañas que borronean el horizonte.

Un nuevo tiempo para amar en la alegría. Sentir el frío, fundirnos en el sol. Sentir el latir de dos corazones fundidos en uno con un abrazo. Dejar que tu alma sea el beso, la caricia, la vela, la semilla, el vuelo de la grulla.

Momentos para dejar fluir el tiempo lentamente como un río que atraviesa praderas sin prisas por llegar a la mar. Momentos de captar los susurros de amor que nos llegan desde el aire.

Nuevo tiempo para vivir cada momento desde la alegría que al igual que el sol con su fuego de estrella celestial, nos lleva a la profunda paz y nos hace sentir el regalo de la vida.

 

Luna Nueva de Sagitario caminando lentamente al solsticio de invierno en Septentrión.

Viaje del sol.

El cormorán surge de las aguas

a ver el sol poner.

El sol sube a la abandonada barca,

la consuela en su tristeza,

barca que estás en tierra

muriendo de amor por la mar.

Tantas olas surcaste

soltando redes de luz,

capturando peces de plata

sueños de pescador.

Imploras por tu vida,

dejadme hundirme en la mar azul,

navegar los fondos marinos,

ser casa del pulpo

ver bailar las posidonias,

sentir los peces curiosear.

Sólo el sol te escucha,

como experimentado patrón,

toma con manos de oro

el vetusto timón,

igual que Ra durante la noche,

serás la barca de luz,

surcando el inframundo,

mañana volver a despertar.

Tal vez ese sea tu destino,

convertirte en barca solar.

 

A la «Mercè», la barca que sacaron del agua y hoy está apuntalada con bigas en una plaza del puerto de Vilanova i la Geltrú. Deteriorándose, agonizante sin poder navegar.

 

 

Caminos a la mar que llevan a la luna.

Caminos en la tierra que llevan a la mar

pasos que se pierden en las olas del mar

ramas y juncos temblorosos, otoño invernal.

Pronto la luna llena todo lo iluminará

brillante y abollada, la punta de la torre

la quiere pinchar.

Me quedo con el calor de tu alma

a la luz de la luna en este otoño invernal.

Caminos de tierra y mar que a la luna van.

 

Sentarse junto a la mar.

El sol se derrite entre las nubes.

De tu mano camino al horizonte.

Me fundo contigo en mil colores.

Estallido de luz en este instante.

Las olas susurran un canto,

envolviendo corazones con palabras.

No hay caminos en la luz,

sólo instantes en el alma.

Siéntate conmigo a ver el sol

derretirse entre nubes y aguas.

Guardaremos esta luz en el alma,

para que se convierta en sueño

y de sueño a sentir infinitas veces

como el sol se derrite en las aguas.

Otoño atardeciendo

Las tardes del otoño ya casi invernal junto a la mar son una fiesta para los sentidos.

En este trocito de orilla de la mar Mediterrània, Vilanova i la Geltrú, conspiran varios paisajes para hacer los atardeceres espectaculares. El sol, la mar, las marismas, las aves, los sonidos, los olores, la playa con la arena fría, el aire fresco y húmedo que lo envuelve todo. Si dejas entrar todo eso a tu alma ocurre la magia. De pronto te sientes como un astronauta que viaja en una gigantesca nave que está viva. Que respira, siente y te lleva en un eterno viaje estelar orbitando una galaxia.

Hoy desde la ventana de mi trocito en la orilla de la mar Mediterrània, vi una hermosa estrella, dicen que es una enana blanca, fundirse en las aguas. Iluminaba todo pintando de colores imposibles el cielo y las aguas. Iluminaba los peces que las fragatas hábilmente pescaban entrando como certeras flechas entre las olas del agua. Mientras las fragatas llenaban de comida panzas, yo me llenaba de luz el alma.

Unos patos salvajes, que pasan el invierno en estas latitudes más cálidas, tomaban un descanso en las aguas de la pequeña marisma.

Desde mi ventana de la nave la estrella alumbraba la luna semilla creciendo hasta llenarse de susurros y suspiros de tantas almas.

Podía sentir la nave navegando veloz entre las estrellas de la galaxia.

Tercer día de Luna Nueva de noviembre de 2017.

Luna negra sol rojo.

Hoy en el cielo no brillará la luna. Luna Nueva o luna negra. Será una noche larga oscura fría y húmeda que hará temblar a las estrellas.

Por eso fuimos a las marismas que están junto a la mar para despedir al sol y guardar en las retinas y el corazón su luz de otoño tibia y roja convirtiendo el cielo en arteria.

Estas tardes son como si pasearas por un cuadro que un gigantesco pintor está pintando.

Eres una pincelada más en el abanico de formas y colores. Tal vez por eso puedes ser la vela o la gaviota; la mar o el cielo; el sol o el niño que juega en la arena.

Un cuadro con movimientos lentos, lleno de voces y risas lejanas. Un instante de eternidad que percibes del aire susurros que te hacen cosquillas en las orejas. Te dicen palabras de amor y calma que creo hacen el sol más rojo y la mar más en calma.

Después que se vaya el sol a dormir en su lecho húmedo de agua, vendrá la noche y me iré a una cabaña. Encenderé el fuego para no olvidar al sol y dormiré mirando estrellas, soñando y tal vez mañana volver a ser pincelada de otro cuadro.

Las fotos son de hoy 18 de noviembre de 2017 entre las 17.00 y las 18.00 horas, después la noche nos envolvió con su sábana de estrellas.

Pescador de estrellas

El pescador de bronce al atardecer, vuelve de la mar.

En colores y estrellas, el sol se fragmentará.

En la noche mientras los sueños nos hacen dormir,

él tirará sus redes al cielo nocturno y oscuro,

estrellas y constelaciones pescará.

Irá llenando de luces su barca de sueños,

con miles de estrellas la llenará.

En la calma nocturna las comenzará a amasar,

con sus manos toscas y suaves de mar,

hará una radiante esfera de luz.

El sol estará naciendo lleno de mar.

Formado por mil estrellas  y constelaciones

que el pescador en la noche supo pescar.

 

Sensaciones e imágenes de una plácida tarde de otoño caminando despacio, sin tiempo mientras sentimos la Tierra girar.

Dejar que los colores, olores, tactos y sabores de un atardecer junto a la mar recorran tu cuerpo hasta esculpir tu alma con forma de alegría y paz.

 

Mi barquito de papel

Al igual que un electrón (materia, o realidad tangible), puede transformarse en fotón (energía, o realidad intangible) y viceversa, el tiempo y el espacio aparecen y desaparecen como por arte de magia.

Por eso las cosas que en un momento fueron «reales» y «sólidas», pasaron a ser ases de fotones gravados a modo de película en un celuloide neuronal. Tal vez eso sean los recuerdos.

Así como para ver una película antigua de celuloide se necesita un proyector que de luz a los fotogramas para que hablen y se muevan, se necesita «algo» para que surjan los recuerdos.

Para mi la lluvia es el proyector de un trozo de película almacenada en neuronas, axones, dendritas y sinapsis.

Con la lluvia mojándome la cara, escuchando mis pasos sobre los charcos de agua en la calle, empiezo a ver una película que me gusta mucho. La verdad no había sido consciente de que se estuviera filmando.

En los enormes charcos de las aceras desniveladas, navegan hojas y ramas. El viento agita las aguas haciendo temblar y distorsionar el mundo de las imágenes reflejadas.

De la luz llega aquel barquito de papel de estraza. Valiente marinero desafiando el viento y las olas del charco.

Es un barquito cargado de sueños. El estibador es un niño que corre feliz siguiendo los sueños que lleva el barco flotando en el río de la correntada.

La lluvia proyecta la película, revive los sueños. Los sueños que lleva el barquito que son los de un niño jugando.

Muchas veces, el barquito, al igual que la barca solar de Ra entraba con las aguas en las «boca de tormentas», empezando el viaje al inframundo de Apofis. En aquel momento parecía el fin de tan valiente travesía. Pero sólo era un tramo de la travesía. Siempre regresa de la luz para hacerse electrones el barquito de papel cargado con los sueños de un niño jugando.

Mientras llueva siempre habrán barquitos de papel.

En el día de la Luna Nueva de octubre 2017.

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